jueves, 31 de enero de 2008

De Usted

Me contaba el otro día un responsable de la Recepción de uno de los mejores hoteles parisinos que, en cierta ocasión, estando con unos amigos en un cóctel en los jardines de la residencia de un conocido inversor japonés, fue testigo de un hecho insólito, digno de la mayor muestra de disimulo posible. Al parecer, dicho señor, recién regresado de uno de sus múltiples viajes a Andalucía, había confundido una botella de aceite de oliva virgen con otra del exquisito vino licoroso PX de Pedro Ximénez, y tras servir las respectivas copas, se disponía a hacer un brindis en honor de sus invitados. Invitados que, imagino debido a las costumbres asiáticas y probablemente presa de un ataque de caspa, no lograban encontrar el momento en el que parar semejante atropello. Por fin, alguien pudo detener el despropósito y la anécdota fue recordada durante meses. La velada fue agradable, y el propio “causante” se ríe de aquello a veces, cuando pasa por el hotel.


Buen lugar para reír las gracias de alguien…

Este tipo de equivocaciones, como hechos simpáticos que son, carecen de toda importancia y se quedan en recuerdos entrañables de las personas. Como cuando Carmen Sevilla apareció presentando el Telecupón en zapatillas. Como cuando Pedro Delgado llegó tarde a la salida de una contra-reloj del Tour de Francia. Como cuando yo mismo, siendo bien pequeño, jugando al Trivial pronuncié en un aproximado inglés el nombre de Hernán Cortés (por entonces para mí un tal Sir Herman Cortes). O como cuando la madre de unas amigas no dejó de preguntar por el hermanín al niño de una paciente, hasta que la señora pudo aclararle que estaba gorda, no embarazada.

Hay otras equivocaciones que son fruto de una gran ignorancia, y que en determinadas ocasiones merecen un grandísimo desprecio por el sujeto. Que quien se cree algo por haber tenido un cierto éxito empresarial coma croquetas con cuchillo no puede producir más que asco. Pero no asco por el agravio a la croqueta, pues quien ha viajado y ha visto de todo está curado de espantos. Asco por semejante personaje venido a más y que aún pretende dar muestras de una supuesta educación.


¡Diga que sí, hombre, a cuchillo!

“Bueno, quizá no tuvo las oportunidades que tuviste tú”, podrá responder alguno. Y estará respondiendo mal, porque desconoce las oportunidades que yo haya tenido en ciertos ámbitos, se arriesga en demasía con la educación que hayan podido recibir los del cuchillo, pretende justificar comportamientos injustificables basándose en una cierta empatía hacia el criticado, y, sobre todo, se dirige a mí tratándome de tú. No quiero decir que se me deba de tratar de Usted, ni mucho menos. En este blog hay artículos cortos con una redacción coloquial a más no poder, así que ese no es el caso. El caso es que, en muchísimas ocasiones, no se sabe tratar de Usted a la gente.

Basta ver algún fragmento de programas “del corazón” españoles para captar lo que trato de decir. Pero como no quiero obligarles a ello, permítanme reproducir un par de conversaciones entre “periodista” (con perdón) y famoso. La primera sucede entre una imbécil e Isabel Pantoja, y se transcribe:

- ¿Dígame?
- Hola, Isabel, mira te llamo de Telecinco… es para saber qué tal estás, como hace días que no sales de casa…
- Señorita, haga usted el favor de no volver a marcar este número.
- Bueno, Isabel, perdona… lo siento, eh? Un saludo…


¡Señor, qué cruz!

La segunda no sé si calificarla como más sangrante aún, pero desde luego que pone el nivel muy muy alto. Intervienen una gilipollas que se escuda en que está haciendo su trabajo, un mascachapas que sujeta una cámara, y el Conde de Salvatierra, hijo de la Duquesa de Alba, y se resume en:

- Hola, Cayetano, que vienes para el concurso…?
- Haga usted el favor de dejarme en paz, no me moleste.
- Perdona Cayetano, era por si te podíamos hacer unas preguntas…
- Que le estoy diciendo que no me moleste, que deje de grabarme y que me deje tranquilo.
- Lo siento, Cayetano… es cierto que hay una reconciliación con Genoveva? Podrías decirnos algo…
- Oiga, mire, haga el favor, y déjeme.

Y así continua hasta que el pobre Cayetano, sin perder en ningún momento su educación y sus buenas maneras, termina amenazando con separar la cabeza del cuerpo al “periodista” (con perdón), para enfado y aspavientos de los demás “periodistas” (de verdad, lamento mucho llamarles así) que comentan en tertulia lo sucedido. Con dos cojones.

He puesto estos dos ejemplos no por tratarse de personas famosas, sino por mostrar hasta donde llega la ignorancia y la falta de educación de buena parte de la sociedad actual. Soy miembro de un club de automóviles deportivos en cuyo foro acostumbramos a tratarnos de Usted. Incluso en persona o por teléfono lo hacemos, para risión multilateral, evidentemente. Mi padre a veces trataba a mi madre de Usted por puro cachondeo. En el colegio los profesores eran Don Luis, Doña Evangelina, Don Arturo… y de esto les aseguro que no hace tantos años. Probablemente haga los mismos años que esos…. esos de las cámaras y los micrófonos fueron al colegio. Esos y muchas otras personas que te encuentras en cualquier lado. ¿Qué ha sucedido para que pierdan el Norte y olviden una norma básica de respeto?

Como muchos de ustedes sabrán o han podido deducir, tras años de domicilio en París domino el idioma francés. Idioma que, como el español, cuenta con esa figura del “vous” que facilita enormemente las conversaciones, haciendo posible dirigirse a un desconocido sin por ello molestar, aunque sea para resultar impertinente. Por algo es el idioma de la diplomacia, que como todos sabemos es el arte de insultar sin perder la compostura. Llama la atención lo reservados que son los franceses en general para pasar al tuteo en relaciones comerciales o personales “no íntimas”. Más o menos como sucede en España (ironía).


A punto de aniquilarse, pero sonríen.

Hace tiempo tuve que ponerme en contacto con Movistar. En un tono dinámico y juvenil, una señorita me inquirió “¿en qué puedo ayudarte?” Imagino una reacción asustada ante mi primer “señorita, personalmente me gusta que se me trate de Usted cuando hablo por teléfono con alguien que no conozco, y más aún cuando llamo por un problema”, pero es que todo aquello era impresentable. Pretendían darle un tono coloquial y amigable al asunto tratándome de tú, como si ello no fuese posible utilizando fórmulas de cortesía propias de los negocios. Y como si ello fuese necesario, por otra parte.

Otra vez, una conocida comentaba su incapacidad para tratar de Usted a la gente, fuesen clientes o fuesen sus superiores. Que lo dijese con humildad y sinceridad es algo que se agradece y que le honra. Que al mismo tiempo le restase importancia y se jactase de ello, por desgracia le hace perder todo lo recuperado. No, no y no. Porque no se trata de evitar el tuteo a toda costa y de forma forzada en pos de un supuesto respeto, que es lo que algunos podrían interpretar. Todo consiste en aplicar a cada momento la fórmula correcta para no caer en lo chabacano. Porque, por norma general, quienes se sienten incapaces de tratar de Usted a la gente, tampoco consiguen mostrar respeto y educación tuteando, haciendo de ciertas relaciones (generalmente comerciales) un trance insufrible en la que uno no desea más que finalizar cuanto antes. Porque esos indocumentados oyen a la Infanta Doña Pilar tutearme, como tutea a todo el mundo, y creen que ellos lo pueden hacer. Y las cosas no son así, porque ni pueden ni, sobre todo, saben.


Doña Pilar: Andrew, ¿qué te parece este teléfono?
Andrew: le sienta a Usted de maravilla, doña Pilar.

Los ingleses no tienen el trato de Usted, y son capaces de mostrar ese respeto de cuya falta me quejo. Uno puede hablar con un Lord usando las mismas palabras que cuando se dirige a su colega de trabajo, pero con ciertos matices logrará darle la solemnidad necesaria a la conversación. Uno puede llegar a un hotel en el Park Lane londinense y, evidentemente, no sentirse molesto cuando el recepcionista le pide “your credit card”, como no se sentirá molesto en la recepción del Hôtel de Paris monegasco al solicitársele “votre carte bancaire”. Que en España se empeñen en tratarte como si fueras de la familia en cualquier circunstancia, evidentemente, resulta molesto. El problema es que a la gente parece darle igual el tema, y se cae en el esperpento. Valle Inclán tenía razón.

miércoles, 9 de enero de 2008

Extras

No acostumbro a comprar mucha prensa escrita, la verdad. De hecho, mi modus operandi suele ser siempre el mismo: sala de espera de un aeropuerto o una estación de tren, justo antes de salir compro lo que vea interesante, me lo ventilo en el trayecto, y luego queda disponible bien para ser releído durante el resto del viaje, bien para ser depositado en la pila correspondiente de mi casa, quedando a disposición precisamente hasta que se vaya a la basura.

Antes sí. Cuando era pequeño compraba todos los meses alguna revista de coches o de bicicletas. Y ahí siguen en el trastero, haciendo lo que mejor hacen las colecciones de cosas, que es ocupar sitio y guardar polvo. Llegado el momento algo haré con ellas, pero ahora da pena reciclarlas. A día de hoy, sigo sin ver el interés de comprar prensa escrita especializada en ciertos temas, sobre todo si hablamos de coches, motocicletas o pornografía.


Es bonito, pero si no lees algo puedes acabar desquiciado…

Puedo entender que la gente se compre revistas del corazón. De verdad, hay que entenderlo, ha de haber formas variadas de gastar el dinero, y en las peluquerías son muy agradecidas. O de moda, de decoración, de animales… ¿Pero revistas de coches? ¿Y revistas porno? Imagino que dentro de la pornografía habrá varios grupos, en plan publicaciones temáticas sobre bisexualidad, homosexualidad, hombres negros con mujeres blancas, hombres blancos con mujeres chinas, mujeres pelirrojas con animales a manchas, depilados y peludas, sadomasoquismo con polypiel, fantasías extrañas con disfraces y gelatinas… Y lo digo porque en Internet todo eso debe de existir, e imagino que bien diferenciado. Quizá la revista porno se compre en homenaje a los años del recorte del Interviú o del Private que más o menos todos los hombres hemos tenido. Yo, la verdad, no entiendo ese homenaje existiendo la red. Pero bueno, alguno habrá así de “romántico”, con perdón de la expresión.

Y con los coches pasa tres cuartos de lo mismo, sólo que para ver páginas de automoción no hace falta cerrar la puerta con llave ni manejar el ratón con una sola mano. Y eso es una gran ventaja. Desde que en Internet uno puede, no ya ver las páginas de los fabricantes, sino seguir miles de noticieros, leer cientos de pruebas como las de las revistas españolas (es decir, puros publirreportajes), ver videos, participar en discusiones y pedir opiniones a la gente, etc… la compra de prensa escrita, para mí, sólo se ve justificada por la necesidad de lectura intrascendente en ciertas ocasiones. Y la ocasión por excelencia es la que todo el mundo sabe: ir al cuarto de baño. Por tanto, debemos de dar gracias a Internet por haber acabado con el monopolio de lectura de los botes de geles y champús.


Miren qué curioso…

Sin entrar en detalles escatológicos, el otro día estaba yo leyendo una revista francesa de hace tres o cuatro años en la que venía un pequeño artículo sobre la configuración actual de los coches llamados “Premium”, y lo escandalosa que puede llegar a resultar la factura final del equipamiento extra añadido al coche. Era un artículo corto y que pasaba totalmente desapercibido en la revista, pero sin desperdicio. En el párrafo inicial dice:

“La escena sucede en un concesionario BMW, bajo una batería de focos halógenos que iluminan un Serie 5 negro. La berlina impone, con sus grandes llantas, su suspensión rebajada y toda suerte de artilugios electrónicos de último grito en su interior. Justo delante, un pequeño letrero presenta dos tarifas, separadas por una lista de equipamiento opcional larga como una página de listín telefónico. 530i Première, precio base: 42.200 €. Modelo expuesto: 75.750 €. O sea, 33.550 euros suplementarios. No, no se trata de un Mini Cooper S entregado como complemento, sino simplemente la suma a pagar por disfrutar de lo último en equipamiento”.

La frase es desoladora, pero totalmente cierta. Por el precio del equipamiento opcional te puedes llevar otro coche caro. Y no sólo es BMW quien realiza estas prácticas, sino también Audi, Mercedes, Porsche… y prácticamente cualquier fabricante de coches de lujo, a excepción de los japoneses. Y a excepción del mercado norteamericano, donde los coches se venden cargados de equipamiento y al instante, no estando generalmente dispuesto el comprador a esperar más de 2 días por él. Aquí es todo diferente, y si esperamos 8 meses a que nos entreguen nuestro Mercedes, se considera buena señal, cuando lo único que podría ser bueno es el hecho de llevarse el coche como uno quiere.


Salir con un Clase E así, sale todavía por más pasta de la que están pensando.

Que un Porsche pueda ser equipado hasta el extremo, incluyendo la parte trasera del retrovisor interior forrada en cuero, o los flancos inferiores del hueco de las puertas en fibra de carbono con leyenda personalizada iluminada en distintos tonos, me parece perfecto. Pero que comprando un compacto con motor de cuatro cilindros alcancemos cifras superiores a los 45.000 euros es escandaloso. O quizá no, no lo sé. Quizá lo escandaloso sea el hecho de doblar el precio. La primavera pasada se me presentó un BMW 120i impecable. Era un modelo de exposición, y en su equipamiento contaba realmente con todo lo necesario. O todo lo que tú crees necesario cuando te presentan esa lista de opciones. Tapicería de cuero en un tono amarillo casi blanco (“lemon”, lo llaman), pintura exterior negra brillante, cambio automático, navegador, interior en madera negra, asientos deportivos, techo solar, y muchos otros “gadgets” absolutamente apetecibles. El coche costaba esos cuarenta mil euros, pero todavía se podía superar el precio añadiendo kits estéticos y deportivos de la propia casa.

Esa política de equipamientos es defendible dado que uno se puede hacer el coche a su gusto, prescindiendo de cosas que realmente no necesita o no quiere, instalando aquello que sí considera útil para sí mismo, y dejando un coche totalmente personalizado. Y aunque los coches hoy en día vienen muy bien equipados, pagar un suplemento por la pintura metalizada o por el climatizador cuando te estás comprando un producto ya de por sí caro es, sencillamente, impresentable. Y es que nadie que se quiera gastar un 60% de más en un coche con respecto a la competencia debería de mirar por los 700 euros de suplemento por la pintura metalizada, sino comprar el coche en el color que le guste. Porque si alguien pretende ahorrar ahí, gastándose lo que se va a gastar en un coche nuevo, lo más sensato es que se vaya del concesionario y vuelva a la escuela.


Otro que tal.

El nuevo Audi A4, en su versión 2.0 TDI, que será la más vendida, puede alcanzar los 64.000 euros a base de quitamiento (link). Y ojo, no hablamos tampoco de incorporar un botón de teletransporte, otro para que el coche no consuma nada, asientos en piel de prepucio de cebú alsaciano o acabados en plata de Ley propios de Galería del Coleccionista. No, sólo se trata de instalar al coche la tecnología que ofrece la marca en seguridad, comportamiento y confort, una pintura personalizada y un interior lujoso. Diez millones largos de pesetas, y seguimos con un 4 cilindros de gasoil con cambio manual. El precio base se vuelve anecdótico.

Sí, todo es mucho más sencillo: no pongas ese equipamiento. O hazte a la idea de que los coches de lujo, en realidad, son muchísimo más caros que los coches normales. Yo me hice a esa idea hace ya tiempo, pero me sigue resultando sorprendente la diferencia tan brutal que puede llegar a existir, y lo fácil que resulta que esa diferencia exista. Y es que cuando te ves con la lista de equipamiento opcional delante, irremediablemente empiezas a necesitar la práctica totalidad de las propuestas. Hagan la prueba, pero tómenselo con humor cuando BMW o Mercedes les propongan equipar el coche con alfombrillas, o les muestren como equipamiento de serie las luces traseras, y eso es totalmente verídico. “Luces traseras de diseño vanguardista”, decía un catálogo de hace años.


Así queda uno…

BMW 120d Coupé. Un coche de cuatro plazas, cuatro ruedas y cuatro cilindros que cuesta 30.727 euros, que ya está bien. Pintura metalizada, asientos deportivos de cuero, alfombrillas, paquetes de compartimentos e iluminación, sistema de fijación de asiento infantil, triángulo de emergencia, volante multifuncional, faros de xenon, alarma, sensor de lluvia y luces, acceso y arranque sin llave, y no creo estar instalando nada exagerado, nos vamos a 36.920 euros. Es decir, un millón de pesetas más. Puesto como a mí me gusta, como merece, son 46.077 euros. O sea, el coste del modelo de base más un Ford Focus. Bueno, vale, sería capaz de bajar equipamiento hasta los 42.033 euros… Qué locura.

martes, 8 de enero de 2008

Menos muertos

Según las estadísticas del ya año pasado, ha habido menos muertos en carretera que en 2006. Bien. Evidentemente no voy a dejar este artículo aquí, aunque podría ahorrarme todas las explicaciones y divagaciones que, más o menos, logre escribir a continuación. Y digo que podría ahorrármelas porque, pese a todo, hay quien sigue descontento con todo lo que rodea a las autoridades de Tráfico. No sólo descontento, sino incluso ofendido, hasta el punto de no dudar en continuar con los insultos más inverosímiles que puedan imaginar.

Un vistazo a cualquier foro de Internet sirve para darse cuenta de que, se haga lo que se haga, pase lo que pase, nunca llueve a gusto de todos. Bueno, tampoco es que sea una novedad. Simplemente resulta ofensivo en este caso que alguien se enfade porque haya menos muertos, o porque el gobierno de turno se apropie del logro, cuando esto debería de darnos igual.



















¿Cómo es eso de que existen las mentirijillas, las mentiras y luego las estadísticas? Y es que unos fríos datos (valga la redundancia de frío, hablando de cadáveres) pueden ser interpretados de cualquier forma. A la vista está por las opiniones que se leen. Se dice que, desde que entró en vigor el carnet por puntos, también cambió el sistema de contabilización de víctimas mortales en accidentes de tráfico, de forma que ahora, por lo visto, es más sencillo que haya un número menor. No se contabilizan las víctimas sucedidas 24 ó 48 horas después del golpe, así que si te la das bien pero bien, quedas “malherido” (o bien herido, depende del objetivo) y pese a todos los esfuerzos de los médicos logras palmarla a los 4 días, dejas de ser víctima de tu accidente. Una lástima, a veces no se saben los motivos de cada uno para morir.

A mí, personalmente, me trae sin cuidado que haya cambiado el método. Y lo digo sin problema alguno, porque ni me va ni me viene quién esté al frente de la Dirección General de Tráfico, en un país en el que los gobiernos actúan con planes a corto plazo y movidos generalmente por el revanchismo. Me trae sin cuidado porque, tras haber visto el último anuncio de la DGT, el objetivo se ha cumplido. ¿Qué es falso? Da igual, que no lo digan y convenzan a la gente, punto. Ese anuncio dice algo así como que por fin el número de muertos en carretera ha bajado. Que gracias a ponernos el cinturón, a no beber y a correr menos, hay menos víctimas… directas e indirectas, por todos los familiares y amigos que sufren las consecuencias. Y termina proponiendo al espectador una especie de pacto con un “¿seguimos?”. Perfecto, el mensaje esta vez es perfecto. Repitamos…

















Porque nos ponemos el cinturón hay menos muertos. Más de uno se sorprenderá, pero todavía a día de hoy queda gente que pone en duda la obligatoriedad del cinturón, aduciendo a su libertad para decidir por sí mismo. Sobran explicaciones sobre teorías de libertad, derechos y obligaciones, por no hablar de temas económicos y prácticos. Quien pone en duda estas cosas, sencillamente tiene un trastorno moral considerable: ese que te obliga a estar siempre a la defensiva, en contra de todo, pase lo que pase y se diga lo que se diga; ese que no te deja ver las cosas desde fuera, sin dejar de pensar en yo, yo y yo. Que haya gente que siga circulando sin cinturón, la verdad, no me sorprende. Idiotas los ha habido siempre, qué se le va a hacer. Lo cojonudo viene cuando es un “fitipaldi” el que, al tiempo que está plenamente convencido de sus capacidades de conducción, reniega del cinturón. Se ve que en su amada competición nadie va sujeto al asiento, claro.

Porque no bebemos hay menos muertos. Y luego tenemos que soportar, no ya a los que “controlan”, sino a toda esa gentuza capaz de juzgar a alguien por, por ejemplo, admitir haber circulado a ritmos elevados en ciertas circunstancias, pero luego bien que se toman sus vinos, sus cervezas, sus copas… Afortunadamente cada vez son menos. Lástima que muchos lo hayan dejado por simple miedo a la multa, a la pérdida de puntos, pero debemos de estar satisfechos. Ahora, como sea, hay que convencer a la gente de que alcohol y volante nunca han sido buenos compañeros. Yo incluso pediría la famosa “tolerancia 0”. Porque, ¿qué necesidad hay de beber si luego se ha de conducir? Ninguna, no cabe otra respuesta. De la misma forma que no hay ninguna necesidad de vestirse de torero para operar a corazón abierto, o de hacer el pino-puente en la cocina para hacer unos huevos con chorizo, cosa que puede quedar espectacular en televisión, pero que en casa resulta muy poco práctico. Me cohíbe el que me puedan tomar por “radical” y la tengamos liada otra vez (véanse entradas Límite de velocidad I y II).




















Y porque corremos menos hay menos muertos. Esto es lo que más suele doler… Pero es la pura realidad. Luego saltarán los ya clásicos del “y si vamos a 20 seguro que no nos matamos ninguno”. Imbéciles, no son más que eso. Por tanto, no merecen la más mínima atención en sus discursos infantiles. Si acaso, una respuesta al mismo nivel, en plan “y si viene una hormiga gigante y te pisa…” La realidad es que, circulando todos de forma coherente y a ritmos racionales y homogéneos, las posibilidades de “no matarse” aumentan. Suena muy cáustico, pero el día en el que cambiemos el chip y seamos conscientes de que un accidente por una tontería lo puede tener cualquiera, y que por esa tontería podemos perder mucho dinero, la confianza o la salud de nuestros cercanos, e incluso la vida; el día en el que seamos conscientes de que en la carretera no siempre “no pasa nada”… ese día nos comportaremos como personas inteligentes, como ya se comportan la mayoría de los conductores, y dejaremos de jugárnosla. Pero es inútil, es una utopía que nunca sucederá, y menos en España.

El pasado día 1 de Enero yo cometí una de esas imprudencias. Permítanme ponerme como ejemplo. A la entrada de una autopista, tras unos diez segundos esperando que el Hyundai Coupé que me precedía se decidiese a arrancar con el semáforo verde, le pité. Arrancamos por fin, y le adelanté. Ya en la autopista, comencé a acelerar hasta mi velocidad de crucero. No había nadie más, y pese a que el Coupé no se me separaba, fui tan estúpido como para seguir acelerando por encima de los 120, por encima de los 150, por encima de los 170, por encima de los 180… Nunca debí de hacerlo, el “pique” ya estaba provocado y lo peor podría suceder. Y sucedió. Hasta en dos ocasiones tuve que evitar el frenazo con el que me premiaba el Hyundai tras adelantarme. En la primera vez, incluso me tuve que echar primero a un lado y luego al otro para evitarle en sus cambios de carril. Inmensa estupidez por mi parte (porque lo del otro no tiene nombre), por la que podría haber empezado el año de la forma más pistonuda.













Siempre igual.

Como estas cosas nos pueden pasar a todos, aprender de los errores se hace necesario. Y sí, empeñarse en correr muchas veces es un error. Evidentemente, no seré yo quien prohíba todo exceso de velocidad… no, no se trata de eso. Se trata de todo exceso de brío injustificado. Como prohibir esto oficialmente es más que difícil, se trata de hacer caso de lo que nos dice ese anuncio de la DGT y responder a la pregunta. “¿Seguimos?” Evidentemente sí, tenemos que seguir. Porque no nos equivoquemos. Hay quien se mata solo, generalmente haciendo gala de su inutilidad para controlar el coche cuando las cosas se ponen complicadas. Es una lástima, pero siempre ha habido gente que sólo aprende a golpes. El problema está en todos esos excesos de brío, de hormonas, que nos llevan a hacer estupideces con las carreteras llenas, implicando a terceros en nuestros actos. Y aunque algunos histéricos aseguren que es problema de distracción, del tiempo que hace, de fallo mecánico, de mala señalización, de lo que sea… la velocidad sigue y seguirá siendo un factor muy determinante en las consecuencias de los accidentes. Y me refiero sobre todo a esa velocidad injustificada en casos de circulación relativamente densa que nos lleva a realizar maniobras peligrosas como cambios bruscos de carril, adelantamientos forzados… o sencillamente a pisar el freno en una autopista de circulación fluida (nada más estúpido y muestra de inutilidad notable). No me refiero a ir a ritmos elevados cuando las circunstancias son favorables o a circular sencillamente más rápido que otros conductores. Lástima que se confundan ambas situaciones muchas veces. Lástima que personajes como Don Categórico López o Johny Sánchez Racing sean incapaces de ver diferencias.

Ha muerto menos gente, o al menos en las cifras oficiales aparecen menos. Eso es sencilla y llanamente un motivo de alegría. La invitación de la DGT a continuar poniéndonos el cinturón, no bebiendo y controlando nuestras hormonas en la carretera es de esas invitaciones que no se deben rechazar. ¿Rechazarían ustedes una invitación para llevarse lo que quisieran de El Corte Inglés sin pagar y sin límite de gasto? Entonces explíquenme los motivos para rechazar una invitación a comportarnos de forma racional y lograr entre todos que haya menos accidentes. Ah, claro, que ellos no hacen las cosas que deberían, que hay puntos negros a mejorar, que las carreteras son malas, que las asistencias son penosas, que tal y que cual… y que “los accidentes les pasan a otros”, según Don Categórico a los rapidillos, según Johny a los torpes, que “no controlan”. Lo que quieran. Además, no debería haber mayor motivo que la inutilidad manifiesta del gobernante para decidirse a tomar cartas en el asunto y realizar las cosas por uno mismo. Porque yo no espero que alguien me salve de morir, y mucho menos si puedo intentar evitar esa muerte.
















A mí esto no me apetece, la verdad, ni mucho menos que me pille a mí por cosas de otro.

Y es que, como siempre, conducimos los conductores. Que menos que ser nosotros mismos los que tomemos medidas a favor del interés común, que es la reducción de accidentes y de víctimas. Quizá una vez que hayamos demostrado que sabemos hacer las cosas, que sabemos comportarnos, haya alguien que se decida a gastar dinero en, por ejemplo, aplicar límites variables en las autopistas, que a fin de cuentas es lo que más parece interesarnos. ¿Seguimos?

viernes, 4 de enero de 2008

Un utilitario utilizado útilmente.

No será la primera vez que hable sobre la utilidad de las cosas, y ese sentido general que se le suele dar al término, no dudando en calificar de inútil lo que no se ajusta a él. El caso es que ciertos productos no sólo pueden ser perfectamente válidos, sino que a la larga se acaban mostrando como lo ideal. Tal es el caso de uno de los vehículos que tenemos en casa. Y es que cuando se compró, la opción barajada por la mayoría de conocidos pasaba por un típico Golf TDI. De hecho, incluso un familiar en circunstancias relativamente parecidas se lo compró. En el momento en el que el coche fue presentado, todo el mundo coincidió en lo mono que resultaba, pero solían callarse como perros acerca del servicio que aquel auto podría llegar a dar.

El coche era un Peugeot 206cc, en motor de gasolina y con cambio automático. Partiendo de la base de que la idea generalizada en España no pasa por otra cosa que no sea motor de gasoil, para ahorrar, y cambio manual, para sentir la conducción, por no hablar del hecho de ser descapotable, podrán comprender el punto de estupefacción global alcanzado. A día de hoy, con algo más de cinco años de edad y algo menos de 30.000 kilómetros en su marcador, algunos siguen sin aceptar la realidad: aquella compra fue perfecta. Pero no lo explicaré sólo por esos fríos datos. Permítanme que me extienda.



Y es que, si bien sobre el tema del motor de gasolina queda todo dicho a la vista del kilometraje, la caja de cambios automática suponía tan sólo hace cinco o seis años una novedad, una especie de herejía o contraindicación, algo inexplicable, y mucho más en un coche tan pequeño y de un supuesto (muy a poner en duda) carácter deportivo. Lo cierto es que su usuaria habitual admite sin pudor no saber conducir un coche manual, y fundamentalmente no tener interés alguno por aprender. Alguno habrá que la critique, alguno habrá que hable de inutilidad, e incluso alguno se sentirá ofendido. “¡Por Dios, si eso es no saber conducir!” Por mí, pueden meterse sus lenguas en sus respectivos orificios anales, porque lo cierto es que el coche se muestra ideal con esa caja de cambios, bien sea para viajar, o bien sea para los trayectos urbanos e interurbanos que habitualmente recorre. Y este es uno de los puntos por lo que el coche es, para nosotros, el utilitario perfecto. Poder ir de un sitio a otro sin ninguna preocupación y conduciendo de forma más eficiente que muchos de aquellos “hábiles” que tanto criticaban y aún hoy critican. Sin errores en los cambios, con agilidad y “pasando” de algo que supone una molestia, se mire como se mire, en este tipo de coches. ¿Qué tiene de bueno la caja manual de un Peugeot 206 básico? Evidentemente nada. A mí ya no me engañan.

Su facilidad de conducción es tal que, como era de esperar, tuvo que verse acompañada por un toque de gracia, de confort, de lujo. Y es que, aunque al igual que la caja automática, la tapicería de cuero no fuese algo estándar ni mucho menos imaginable en España para coches pequeños por entonces, el plus de gusto que aporta es imprescindible. He de decir que los asientos del 206cc siempre me parecieron magníficos, más teniendo en cuenta el tipo de coche del que hablamos y su precio. El hecho de sentarse sobre algo que no “huele a perro”, con un tacto acogedor, acompañado por una climatización no muy efectiva, todo sea dicho, pero perfectamente válida… ¿qué más se puede pedir?



Algunos pedirán plazas traseras, y yo responderé: las tiene. Cuando oigan a alguien decir que este coche, como otros del mismo tipo, es exclusivamente biplaza, pueden reírse en su cara directamente, sobre todo si lo hacen de mi parte. Yo puedo decir que sé lo que es un coche biplaza, voy por el segundo ya. Biplaza significa que no hay nada donde poder acomodar a alguien más, punto. Que sólo hay dos asientos. El 206cc tiene unos muy pequeñitos detrás, que cumplen su función de forma adecuada en toda circunstancia. Quien lo niegue, no sabe de lo que habla. Y dado que el coche es usado habitualmente por una sola persona, dos a lo sumo, y aunque en alguna ocasión se hayan llenado los cuatro asientos, no hay nada que justifique el disponer de más espacio detrás. Porque lo que si hay es algo que justifica esa falta de espacio.

El día está despejado y no hace un frío extremo. El trayecto es corto, sin ninguna necesidad de correr. No hay prisa y la carretera no invita a ello. En el mismo parking arrancamos el motor, y con total naturalidad soltamos los enganches del techo. Mantenemos pulsado el botón, ese magnífico botón, y una vez bajadas las ventanillas se abre el capó del maletero y el techo se retira, plegándose hasta quedar perfectamente oculto. Una señal discreta nos avisa de la finalización de la maniobra.



A día de hoy, todo ese proceso se siente un poco anticuado y superado por los recién llegados de este tipo de coches. Nada grave. El proceso lleva cinco años funcionando como el primer día, sin ningún tipo de problemas, y el resultado final es lo que importa. Aquello por lo que hemos renunciado a dos cosas que nunca nos iban a ser necesarias: plazas traseras más grandes y la posibilidad de abatir los asientos para convertir el coche en una pseudo-furgoneta, el horror. Y salimos a la calle con el cielo por techo, disfrutando del trayecto con tranquilidad y serenidad, como pasaría con un coche “grande”.

La diferencia es que este 206cc se aparca en cualquier sitio sin riesgos ni histerias por su capota metálica, tiene un maletero más que suficiente (por no decir grande) con la capota puesta, se maneja sin preocupaciones de tamaño, paga poco impuesto, sus ruedas no son desproporcionadas, su mantenimiento y consumo resultan indiferentes a la vista del kilometraje anual, y aunque haya costado una cifra excesiva para un “utilitario”, tampoco hablamos de un coche carísimo.


Se aparca en cualquier sitio, sí.

El utilitario perfecto es aquel que, sin dejar de ser un utilitario, cumple a la perfección con todas las necesidades de uso de sus conductores. El 206cc lo hace como no lo habría hecho ningún otro en el momento en el que se compró. A día de hoy, siempre y cuando estemos dispuestos a renunciar a nuestra dignidad estética, un Mitsubishi Colt o un Nissan Micra cc lo harán también. Yo quizá prefiera el nuevo 207cc, aunque todo sea dicho, en realidad lo que prefiero es mi MX5. Pero no es un utilitario. Seguramente el Mercedes CL63 AMG de mi vecino le sirva para todo y le sea muy útil, pero tampoco es un utilitario.

Peugeot 206cc 1.6 automático. Costó menos de lo que aportó. Y le quedan años siendo igualmente válido. Pese a todo, su dueña quiere cambiarlo.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Me gusta conducir II, Honda S2000

Cuando hay confianza, sucede que al terminar la bajada del puerto de los Lagos de Covadonga, se para en un pequeño aparcamiento y se intercambian los coches. Eso es bueno, como bueno es lo que a continuación intentaré hacer: desmontar el mito. Permítanme que describa a continuación una prueba de un coche de forma directa. Creo que es lo menos que se merece el Honda S2000. ¿Y qué es el S2000? Par quien no esté al corriente, es el segundo deportivo verdadero que fabrica Honda en veinte años. Porque todo lo demás han sido y son versiones más o menos acertadas de coches populares, y ese no es el camino. Estamos, pues, hablando de un producto sin compromisos, diseñado y construido para decirle al mundo “nosotros lo hacemos así”. Afortunadamente.


Intemporal.

La primera sensación es de calidad, de coche grande y bueno. Y no por los acabados de las puertas o de ciertos mandos, o del túnel central, todo bastante sobrio, sino por el tacto de los asientos y del cuero. Algo tienen los grandes Mercedes, BMW o Porsche en el cuero, con ese brillo y esa solidez de todo, que te crea unas referencias. El S2000 las cumple.

La postura al volante es especial, con los brazos muy estirados, al igual que las piernas. Todo, absolutamente todo, queda a mano. Admito que esa posición puede llegar a cansar, pero mentiría si dijese que prefiero la de un Mercedes SLK, por ejemplo. Son cosas diferentes, no equiparables. Desde el volante se alcanzan a la perfección los mandos de la climatización y del equipo de audio. Eso es bueno, muy bueno, como buenos son precisamente esos mandos con ajustes milimétricos, que te permiten seleccionar correctamente la temperatura y la intensidad del aire sin quitar la vista de la carretera.


Cuadro de mandos, sólo para el conductor.

Si por algo destaca el S2000 es por su caja de cambios. A priori, acostumbrado a la excelente caja del MX5, se hace un poco “suave”. Qué le voy a hacer, siempre me han gustado las cajas duras, rugosas y sonoras. Pero claro, negarse ante la evidencia no es fácil, y si bien el tacto inicial de punto muerto a primera es un poco engañoso, lo cierto es que en marcha los movimientos son tan sumamente cortos que los cambios se suceden a un ritmo impresionante, hasta el punto de tener que concentrarse en saber en qué marcha se circula cuando no se conoce bien el coche. Y digo esto porque, una vez conocido, de nada sirve saber la marcha precisa en la que circulamos. ¿Por qué? Porque el mito que rodea a este coche es sencillamente falso. Uno va en la marcha en la que vaya, y los números dejan de existir.

Arranco el coche mediante el botón situado a la izquierda del volante. Rojo, como deben de ser todos los botones importantes. Es un buen botón. La salida es sencilla, aunque curiosamente después lograse calarlo dos veces seguidas en otra parada. El único secreto en la conducción es no acelerarlo en exceso en las curvas. No hay otra. Ya en marcha, la cercanía de un túnel me pone en alerta. Mi amigo acelera en vacío mi coche, con un resultado modesto pero agradable. Yo hago lo propio con el S2000. ¿Siete mil vueltas? Chorradas, lo subo hasta pasadas las nueve mil, el Do de pecho. Ovación. Y continuamos con la ruta.



En marcha el coche se muestra como lo que es: un deportivo auténtico con una buena cifra de potencia, unos 240 caballos. La dirección es extremadamente directa, el coche va sobre raíles y no cabecea en ningún momento. La frenada es… como uno se espera: buena. De cualquier forma, la ruta no obliga a grandes frenadas y yo no soy un conductor de destrozar los frenos. Los adelantamientos se hacen obligatorios, y se basan en un juego de tercera y cuarta velocidad. En realidad, en toda la ruta no siento necesidad de pasar a quinta, y todo por culpa del falso mito que rodea al coche. Vamos con ello.

De siempre se ha dicho que el S2000 tiene un motor demasiado puntiagudo. Es decir, que exige llevarlo siempre alto de vueltas para que podamos disponer de la potencia necesaria. Es cierto, las cosas como son, pero quienes aseguran eso, y quienes consideran que no es un coche fácil de exprimir debido a ese motor que tiene, o nunca lo han conducido, o comenten un error de bulto. El error de mirar el cuentarrevoluciones como si se tratase de un coche normal, de esos que se llevan en carretera de forma natural entre las 2.500 y las 4.000 vueltas, dejando los picos para momentos excepcionales. Así, con esa visión limitada y condicionada por la experiencia previa, es normal que pensemos que un coche que sube hasta las 9.000 rpm exige concentración para llevarlo siempre alto. Nada más lejos de la realidad.


Las revoluciones... ni la Francesa. Omitan la velocidad.

Si en el cuentarrevoluciones del S2000 cambiásemos la escala por una falsa, nunca se dirían esos tópicos. Si en lugar de ir las cifras de mil en mil, fuesen de quinientos en quinientos, creeríamos estar ante un motor de muchos más cilindros, de esos capaces de circular por ciudad a menos de mil vueltas sin ningún tirón. Porque el S2000 circula a bajo régimen como cualquier coche, pese a quien le pese.

La realidad es que, en carretera, circulamos con total normalidad con el motor a mitad de régimen de funcionamiento: a 4.500 vueltas. No hay quejidos, ruidos extraños, o necesidad de meter una marcha más y “bajar el volumen”. En absoluto. 4.500 son realmente 2.200 de cualquier otro tetra-cilíndrico, y la subida de vueltas hasta el corte es tan homogénea y tan rápida que, en realidad, no existe esa sensación esperada de motor eterno que nunca deja de subir de vueltas. Y no existe hasta el punto de que, en segunda, resulta muy sencillo “terminarse el motor”.


Es más que bonito. Tanto como la foto, que ya van dos veces que la pongo...

Así, desmontamos esa creencia popular de coche complicado. Y, sin embargo, confirmamos la realidad del S2000 en cuanto a su manejo “bipolar”: de la misma forma que circulando despacio podemos manejar el motor como en un coche “normal”, cambiando de marcha antes de las cuatro mil revoluciones por minuto y no obteniendo, por tanto, demasiada potencia del motor, también podemos circular a toda velocidad sin mayor dificultad que la que pone la propia configuración del coche en sí, con su tracción trasera y la ausencia de controles electrónicos. Tan sólo conviene cambiarnos el chip del cuentarrevoluciones y guiarnos no por los números de éste, sino por su indicador digital. Así de sencillo.

La ruta se termina. No conozco la carretera, y de noche prefiero no apurar en exceso los adelantamientos, lo que me lleva a abortar uno doble y preferir meterme entre el coche que acabo de sobrepasar y la furgoneta que le precede. Eso parece no sentarle nada bien al conductor del coche, que me premia con luces, bocina y aspavientos con las manos. Sigo pensando que mejor llevaba las manos en el volante y se concentraba en lo que viene por detrás… o quizá es que le he despertado con el ruido del escape, que podría ser. De todas formas, no pasan 10 segundos hasta que veo un nuevo hueco y salgo disparado a adelantar a la furgoneta. Vertiginoso adelantamiento, y de la misma forma que lo hago en tercera, sé que podría hacerlo saliendo desde cuarta. Otra vez desmontamos ese mito, según el cual este coche no tiene motor por debajo de las 5.000 rpm. Todo mentira, y más si quien lo dice conduce “deportivamente” un compacto diesel de menor potencia (aunque le duela).



Al llegar de vuelta a Cangas de Onís, me doy cuenta de lo mucho y bien que anda el Honda, y de lo mucho que anda también mi coche. Y es que cuando lo ves desde detrás, y encima desde un coche con más del doble de potencia, la sensación es diferente, se le ve rápido y ágil. ¿Se me verá así a mí? La verdad, no me importa. Buscando aparcamiento decido llevarlo en primera, aunque sólo sea por el ruido. No hay tirones, no hay borbotones extraños, y el tamaño compacto del coche hace muy sencilla la circulación. Aparco y pongo la capota. Me ha gustado, y mucho.

Y dicho lo cual, me quiero comprar un Porsche Boxster. Buenas tardes y hasta el año que viene.

Me gusta conducir I

Vengo de hacer realidad dos deseos fundamentales. El primero es quitar el volumen de la maldita televisión y así poder concentrarme en escribir algo. El segundo, en realidad, lo hice el otro día. Como de casualidad. Un día estás tranquilamente (es un decir) en tal sitio con tal gente, y te encuentras con tal chica. Al día siguiente, tomando el vermouth con aquella gente te vuelves a encontrar con esa chica, esta vez acompañada de otro con más ganas que tú por ir a hacer algo con los coches. Y se lía.

Se lía de forma que bastan cuatro mensajes cruzados por el móvil para acabar saliendo dirección Cangas de Onís, Asturias, con varios objetivos, entre los que está sencillamente gastar gasolina y ruedas. Conducir por conducir, pero no de cualquier forma, sino como realmente se disfruta de la conducción: 12 kilómetros de brutal subida, plagados de virajes, un frío de impresión en el exterior, y coches sin capota. Y los trayectos correspondientes hasta el lugar, evidentemente.


Con capota, pero sólo lo que tarda en secar tras el lavado.

Mucha gente considera que son amantes de la conducción, y presumen de ello. Mentira. Lo que la mayoría de ellos hacen es ir de un lado a otro y, eventualmente, disfrutar con el desplazamiento. La verdadera conducción de placer consiste en acelerar, hacer culear el coche en cada curva, a ser posible con el cielo por techo y sin ningún motivo concreto que no sea el disfrute. El disfrute de la máquina, del paisaje, y de esas carreteras que nunca nadie reconoce como verdaderas obras maestras de lo que mejor sabe hacer el hombre: buscar un objetivo, y hacerlo de la forma más difícil posible.

¿Qué sentido tiene el puente de Millau? Podría haberse hecho más bajo, más normal. Y sin embargo ahí está. ¿Qué sentido tiene una carretera que va a unos lagos perdidos en medio de la montaña, donde nunca nadie vivió? Hacernos disfrutar, sea en bicicleta, sea andando, o sea haciendo ruido sobre cuatro ruedas. Con eso ya es suficiente, y no es poco.


Millau.

El ir de Oviedo a Cangas de Onís es un trayecto “a la antigua”. Si bien hay un buen trecho de autopista, pronto se circula por una carretera nacional que no cesa de atravesar pueblos, uno tras otro. Los adelantamientos se suceden, especialmente a aquellos extraños conductores que circulan de forma constante a 79 km/h, independientemente de la limitación de la vía en cada momento. Cuarta a tercera, acelerador a fondo, motor hasta las 7.000 vueltas, cuarta, regreso al carril, y quinta rápidamente para “bajar el volumen” un poco y así continuar hasta el siguiente “estorbo”. Resulta curioso ver, además, los adelantamientos forzados en línea continua que sigue haciendo la gente, aunque estén a menos de dos kilómetros de su destino. Pero esto no es disfrutar de la conducción, no nos engañemos, y de ahí que considere como estorbos a la mayoría de los demás usuarios de la vía. En realidad, ninguna vía con usuarios dará jamás el gusto supremo de un puerto de montaña vacío. Y si se pudiese, iría hasta allí por autopista. Todo lo cual no quita para que sienta excitación en un buen adelantamiento ultra-rápido, y más si el coche es potente y hace música por ruido.

De cualquier forma, como bien decía Javier Krahe, “no todo va a ser follar”. La gran maravilla de estas salidas clandestinas consiste en el conjunto de la experiencia, que incluye una charla amena en un bar, comer en algún sitio interesante (lo sea por el motivo que sea en cada caso), pedir un chocolate en el bar a la vuelta… todo.


O recibir la bendición antes de darle zapato.

Así, tras haber comido amigablemente rodeados de la gran familia dominguera de todo-terreno aparcado a la puerta, mesa para los “chavales”, pantalones de fin de semana con bolsillos laterales modelo “aventura”, etc… nos dirigimos hacia nuestra carretera. El trayecto es sencillo, sobre todo cuando delante circula alguien que se lo conoce al dedillo. Pronto nos acercamos a la Basílica y, tras las fotos de rigor, damos media vuelta para encarar la subida. Al principio, zona más bien boscosa, conviene tantear el suelo. La temperatura exterior es baja, la carretera es sombría, y estamos a finales de diciembre. Podría haber hielo, pero no lo hay. Bien.

Durante toda la subida sólo adelantaremos a dos coches. El primero, un todo-terreno más, se lo ve venir y se echa ligeramente a un lado en cuanto hay oportunidad. Gracias. La compenetración entre los dos pilotos es perfecta sin necesidad de palabras. Sabemos a lo que vamos, sabemos cómo hacerlo, ambos conocemos el puerto y ninguno tiene nada que demostrarle al otro con maniobras estúpidas. El siguiente coche en caer, portugués, tampoco tiene reparos en apartarse. Podría novelar el relato contando que, en el adelantamiento, el conductor baja la ventanilla para sentir el rugir de nuestros motores, pero quedaría demasiado tópico y, sobre todo, demasiado cursi. Lo que haga ese conductor me trae sin cuidado. Allí estamos para disfrutar nosotros dos con nuestros coches, independientemente de la audiencia. Si ellos también disfrutan, de nada.


Horrible plano, por cierto.


El tramo conocido como “La Huesera” se acerca. Es una zona prácticamente recta sin mucho barranco a la derecha, con el lateral izquierdo protegido por la montaña. La ocasión es ideal para acelerar aún más, exprimiendo la mecánica al máximo. Ojo, rápidamente llega un giro pronunciado a la derecha tras el que entramos en una de las zonas más espectaculares de la subida, plagada de revueltas verticales, muretes separando del vacío, contra-soles cegadores, zonas sombrías con riesgo de hielo, y una considerable elevación hasta casi llegar a la cima. Y ahí está el primero de los lagos, el Enol.

La parada para las fotos es obligatoria. ¿Difícil sin walkie? En absoluto. Un toque de largas y el warning sirven para hacer comprender al compañero que hay algo por lo que merece la pena parar. Y vaya si lo merece. Lo merece de tal forma que el resto del escasísimo tráfico puede y debe esperar a que terminemos las fotos. A fin de cuentas, la prisa allí no existe. Lo que existe es una vista impresionante.


Eso mismo.

El frío va en aumento, y tras la ligera bajada viramos a la derecha para continuar subiendo. Objetivo: el lago de La Ercina y el paisaje nevado de los Picos de Europa. La carretera ya ha dejado de ser una cinta de asfalto en buen estado y se convierte poco a poco en una sucesión de parches que desembocan en un aparcamiento afortunadamente sin asfaltar. Es pertinente hacer una sesión fotográfica arriba, pero el frío no deja pensar y sólo hay ganas de abrir el capó y colocar las manos sobre el bloque del motor. Está caliente, buena señal. Como es buena señal que las ruedas estén calientes, como es buena señal que los frenos no lo estén. Y es que les espera una bajada considerable. Una bajada en la que de poco sirve retener con el freno motor. En segunda velocidad, el coche se embala sin piedad alguna en cuanto soltamos el freno. No pasa nada, es buena señal. Significa que acabamos de subir por uno de los mejores puertos de Europa y, por tanto, del mundo.


Iniciando la bajada.

¿Correr? No hay motivo alguno para correr bajando. Vale más ir parando en ciertos sitios, disfrutar del paisaje que no hemos visto a penas en la subida, charlar, hacer más fotos, y seguir nuestro camino de nuevo hacia la Basílica.

Me gusta conducir. Sí, lo puedo decir con total confianza en mí mismo. Estas son las cosas que te hacen disfrutar de la conducción, y aunque mi coche para muchos sea un vehículo modesto, y para algunos sea una “mariconada”, yo me río en su cara porque sé de lo que es capaz. Y lo que proporciona no lo hace ninguna medianía de vehículo compacto racional que tanto se estila, aunque pueda ir más rápido. Afortunadamente a esos siempre les quedará el tuning y los “ajusticiamientos” en las vías de acceso a los centros comerciales. De hecho, el ataque de risa todavía me dura desde que, de vuelta a casa plenamente satisfecho, fui adelantado de forma absurda y condescendiente por un Opel Mierda GSI a la salida de una de esas rotondas urbanas. Angelito…


Amigo, corre por el centro comercial... yo vengo de ver esto.

Aparco el coche en su plaza de garaje y lo miro. No soy de los que hablan a sus coches, la verdad. Se ha portado como debía de portarse. Es un buen roadster.

domingo, 16 de diciembre de 2007

La Zapatilla II

Dejando de lado la desgracia absoluta que supuso en mí la posesión de aquel cacharro, lo cierto es que no todo fue tan negro. Y no hablo de la experiencia global, cuya lección es de las de no olvidar, además de bastante útil a día de hoy cuando se me presentan ocasiones de hacerme con otro coche viejo. Tampoco hablo del mayor subidón de mi vida: el día que vi cómo se lo llevaba aquel chalado subido en la grúa (el estado natural de aquel coche) tras darme a cambio una sustanciosa cantidad de dinero.

El X 1/9 lo cierto es que tuvo momentos gloriosos. Concretamente tres, que podrían ser muy pocos para los seis meses que lo tuve, pero que se corresponden con cada vez que lo utilicé. Y pocos coches hay que te den esas satisfacciones a cada uso.


Porsche 911 GT3, seguro que es uno de esos.

El primero de ellos sucedió el día de la compra. La antigua dueña vivía en una casa de campo, alejada de Melun, en el Sur de París, cerca de Fontainebleau. Una carretera de campiña, con curvas y mucha vegetación a los lados; una tarde de verano; un coche sin techo con un olor maravilloso, mezcla de aceite, mala combustión, cuero viejo, y ese toque de “avería” que tienen todos los coches antiguos, especialmente los italianos. El hombre y la máquina en perfecta armonía, que dirían los cursis, aunque no les faltaría razón, ya que había que estar algo desequilibrado para sentirse en armonía con semejante artefacto, y yo acababa de comprarlo… evidentemente, algo desequilibrado tenía que estar.

Ese primer paseo, solo, a bordo de uno de mis coches favoritos de todos los tiempos, mío, sintiendo la conducción, escuchando las cuatro salidas de escape atronando al pasar entre las casas… Y la primera parada en la gasolinera, lleno absoluto de Super. Un par de rotondas y dirección a la autopista camino de París. En el peaje, una primera comprobación de las simpatías que despierta el coche. Saludos de aprobación y admiración entre quienes me adelantan, pues el coche no permite ir a más de 100 por hora, so pena de perder apoyo en las ruedas delanteras y quedarse sin dirección. Llegar a París, aparcar por fin en ese parking que llevaba casi un mes esperando por su ocupante. Quedar con un amigo, pasar a buscarle. Subir los Campos Eliseos, cambio de sentido en el Arco del Triunfo, la gente te cede el paso, bajar los Campos Eliseos majestuosamente… Perdón, me he dejado llevar. Lo cierto es que ese momento de gloria sólo duró hasta el parking. Una vez allí se caló por primera vez. Llegar hasta el Hotel de Crillon para recoger a mi amigo fue un calvario. La subida de los Campos Eliseos y el rond-point no estuvo mal, pero en la bajada el coche se caló constantemente. Recordé lo que me había anunciado otro amigo: “ya verás los atascos en los Campos Eliseos cuando explote el motor…” Casi casi.


Y con tráfico de fin de semana, imposible hacerlo mejor.

El segundo momento de gloria del Fiat tuvo lugar unos pocos días más tarde, cuando inicié la búsqueda de un taller en el que me pusiesen a punto el coche (inocente de mí, pensé que era lo único que necesitaba). Volvía de la concesión Fiat de Boulogne, en la que la recepcionista, tras decirle yo tener un X 1/9 del 82 me respondió con un “¿pero es un Punto o un Stilo?” Uno se queda en blanco ante semejante retraso mental. El caso es que hubo que parar en un semáforo previo a la Porte de Saint Cloud, que es una gran glorieta con varios carriles, un puente que cruza el boulevard Periférico y pasa junto al estadio del Parque de los Príncipes, y otra gran glorieta ya dentro de París.

Parado en el primer semáforo, un “chavalete” se sitúa en el carril contiguo con el compacto de moda. Cruce de miradas, disposición a pique. Lo cierto es que no soy partidario de las carreritas y demostraciones de potencia, pero… ¿qué coño? El semáforo se va a poner en verde, introduzco segunda, me olvido del embrague, hundo medio gas… motor a alto régimen, última mirada, semáforo abierto, levanto embrague y el coche sale disparado entre una nube de aceite, vapor, gases varios y algún que otro tornillo. El compacto de gasoil y probablemente segunda mano, con conductor patético de gorra hacia atrás y chándal blanco, ha sido humillado por un Ferrari 154 GTS. Y yo voy a bordo del Ferrari. Normal que a duras penas llegase hasta el garaje… Que me quiten lo bailao, pienso entre risas, esperando que nadie me haya reconocido.


Allí iba yo, a morir...

Volviendo a la normalidad, relativamente, meses más tarde vuelví al taller para recoger mi coche, ya equipado de un nuevo escape, un carburador limpio y piezas diversas. Y es aquí cuando llegó el tercer y último momento glorioso de mi vida a bordo del X 1/9, que no es nada más (ni nada menos) que el paseo que me di atravesando el boulevard de Grenelle, cruzando el puente de Bir-Hakeim dejando atrás a mi derecha a la Torre Eiffel, enfocando la Avenida Versailles, dando un rodeo para no llegar a casa nunca, y aparcando el coche con la normalidad que tanto había soñado. Por fin tenía un coche que hacía cosas de coche, como arrancar, girar, frenar, no calarse, etc… Poco duró. Al día siguiente no arrancó, y no lo volvería a hacer hasta un par de meses después, para explotar el motor al instante. Pero aquel paseo es algo que no se olvida, como no se olvida al primer Ferrari.

Sonará presuntuoso, pero aquel coche compartía algo más que piezas y diseñador con algún Ferrari de la época. Además de una fiabilidad ridícula, fundamentalmente tenía en común con los Ferrari, especialmente con aquellos que se compran con esfuerzo y por admiración, no como objeto de lujo, esa capacidad de… de ilusionar. De hacerte sentir como si tuvieses 7 años y estuvieses de rodillas sobre la alfombra, jugando con tu cochecito miniatura. Lo cierto es que lo echo de menos. Bueno, sólo un poquito…
 
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