lunes, 29 de julio de 2013

Así funciona TripAdvisor, II

Hablaba en la anterior entrada de esas críticas escritas por perfiles de usuario con una sola contribución que todo lo ven maravilloso, y lo sospechoso que puede resultar de cara, no sólo al cliente, sino a los demás hoteleros que sin duda pasan tiempo escudriñando las críticas recibidas por la competencia.

Y es que no hace falta probar que uno se haya alojado para escribir, como tampoco hace falta nada más que una dirección de email para darse de alta y comenzar a explayarse por ahí. TripAdvisor es gratis (¿o tal vez no?)

El ranking de TripAdvisor es una excelente herramienta de marketing, hasta el punto de ver cómo un hotel que no necesariamente es lo mejor del mundo, es capaz de vender a precios considerablemente más altos que otros establecimientos, no ya de su mismo nivel, sino también más modernos y mejor equipados gracias simplemente a figurar en la primera posición. Y además, a priori, no cuesta dinero ocupar una posición elevada en el ranking. 
 
Lo que les ponen a los de las oficinas centrales para creerse el asunto
 
Por este motivo, los directivos intentan que sus hoteles figuren siempre arriba, y algunos dan una importancia, a mi juicio demasiado elevada, a cualquier alteración en la clasificación (sobre todo si es a la baja, claro). De ahí que muchos hoteleros intenten generar críticas positivas para subir o para mantenerse, lo que desvirtúa totalmente la utilidad del ranking.

Pero TripAdvisor no es estúpido, y sus sistemas son capaces de detectar algunas de esas críticas, más que nada porque hay quien tiene el poco cuidado de escribir desde el mismo ordenador con el que gestiona su cuenta, usando la misma conexión, lo cual canta bastante. Los hoteleros también tienen la posibilidad, así como los demás miembros de TripAdvisor, de reportar opiniones sospechosas.
 
Trolleando el tripazvaisor
  
El establecimiento que es pillado haciendo este tipo de prácticas, que no sólo pueden ser críticas positivas hacia uno mismo sino quizá también críticas negativas hacia la competencia, será castigado bajando muchas posiciones en el ranking. Recuerdo el caso de un hotel de cierta ciudad que hace dos años era número uno y, a día de hoy, anda por la mitad de la tabla. Les pillaron, evidentemente. Y de ahí es muy difícil volver a subir.

Pero yo no culpo a los hoteleros que intentan por todos los medios mantenerse arriba. Cuando en los objetivos del bonus anual hay un porcentaje basado en el puesto en TripAdvisor, todo vale. Tampoco culpo a los directivos por forzar la situación, pues en aquellos destinos en los que más puede influir el ranking también tenemos hoteles particulares gestionados por la familia propietaria, que lógicamente también harán lo que sea por figurar bien arriba para asegurarse un marketing gratuito que, todo sea dicho, funciona.

¿Seguro que es gratuito? Corre la leyenda de que aquellos hoteles que se subscriben a la herramienta de marketing de TripAdvisor, llamada algo así como “Review Metrix Plus”, además de beneficiarse de comparativas con todos los hoteles en cuanto a críticas y ofertas, también ascienden en el dichoso ranking por arte de magia. Yo no voy a asegurar que eso es así, pero tampoco tengo pruebas que me digan lo contrario.
 
Review Matrix, o algo así
 
De ser cierto, el ranking volvería a estar nuevamente desvirtuado. Y, personalmente, tampoco me extrañaría que lo fuese. TripAdvisor en principio estaba asociada con Expedia (que todo sea dicho es el mayor dolor de sistema de reservas de cara al hotelero, y fuente de innumerables problemas de todo tipo que darían para otra entrada), pero desde hace tiempo vemos cómo muestra precios de otras plataformas tales como Booking.com o Agoda. Imagino que algo de pay-per-click tendrán con esas páginas. Sin embargo, a los establecimientos no les cuesta nada aparecer en el listado, como tampoco les cuesta nada subir fotos profesionales, responder a las críticas o, como particular, participar escribiendo opiniones, o evidentemente leer la página. Luego de alguna otra forma habrán de generar ingresos, y si es mediante la venta de esa herramienta de marketing, es fácilmente imaginable que quienes la contraten obtengan un cierto beneficio o una cierta preferencia.

Así que tenemos directores de hotel falsificando, directivos de empresas presionando y/o falsificando también, una empresa sospechosa de dar preferencia a aquellos que pagan, clientes que podrían ser sobornables, los conocidos de los propietarios o directivos escribiendo sin parar, etc… Y algunas, seguramente en un elevado porcentaje, críticas verdaderas de las que, sin embargo, pocas se pueden considerar útiles y, además, todas han de ser cogidas con pinzas. ¿Quiénes nos faltan? Los estafadores.
 
Le "halludamos" a mejorar...
 
Hace tiempo apareció una empresa que, utilizando un nombre que talmente sugería asociación con TripAdvisor, proponía a los hoteleros unos bonos de críticas positivas a cambio de X cantidades de dinero. Con planes y todo, usted nos paga 50 Rupias de Critiquistán y nosotros le aseguramos 15 críticas “cinco estrellas 100%” al mes. Oferta: páguenos 100 Rupias y obtendrá un mínimo de 40 críticas mensuales. Evidentemente no estoy dando datos reales, pero funciona o funcionaba de esa manera. El problema, además de la posibilidad de que TripAdvisor descubriese el pastel, venía en el momento en el que la empresa dejaba de generar el prometido número de críticas, el hotelero protestaba y amenazaba con no pagar o con darse de baja, y esa banda de piratas respondía con ingenio: si usted no nos paga, le pondremos 15 críticas negativas al mes. Un papelón tremendo del que avisó la propia TripAdvisor a los hoteles hace tiempo. ¿Quizá porque les hacía la competencia y ya no resultaba interesante a los hoteleros comprar el reviewmetrixplusonemoretime ese famoso? Podría sonar a conspiranoico, quizá mejor pensar en la necesidad de TripAdvisor de mantener su buena reputación y la validez de sus contenidos.

Sinceramente, me gusta la página y la uso, pero creo que en ocasiones se llevan las cosas demasiado lejos, por ambas partes: el cliente y el hotelero. Si en alguno de sus viajes tienen un problema gordo con un hotel, hablen con el director. Poner una crítica en TripAdvisor al llegar a casa, y que ésta sea la primera noticia del asunto que obtenga el hotel no les va a solucionar nada. Evidentemente, si el hotel no ha respondido a su queja y ésta es fundada, escriban lo que crean conveniente. Lean la página, pero miren todo desde una cierta perspectiva. Y si son hoteleros, personalmente creo que no pasa nada por hacer alguna trampilla, pero no se engañen a sí mismos y no bajen la guardia. No hay nada peor que posicionarse arriba, creérselo y, por estar relajado, encontrarse con la realidad del cliente enojado (con sus razones para ello), pues la reacción suele ser la del adicto en primera fase: negarlo todo y acusar al cliente.

Añado que los hoteleros tienen la posibilidad de abrir una disputa por alguna crítica que consideren no ajustada a la realidad o falsa. Para bien o para mal, junto con las respuestas a las críticas, es el único sistema de defensa que tienen. Pero lo que mejor suele funcionar es tener clientes satisfechos ya que, por el momento, sigue resultando muy difícil atraer sólo a clientes inteligentes (clientes estúpidos, puede dar para otra entrada del blog…)

www.tripadvisor.com

jueves, 25 de julio de 2013

Así funciona TripAdvisor, I

Creo que es conveniente hacer un par de entradas en las que pueda explicar tanto al cliente como al hotelero el funcionamiento de esa máquina de perdición que es TripAdvisor, motivo de llamadas inquisidoras de los jefazos a sus directivos hoteleros, de decisiones turísticas, de desahogo de quejicas profesionales, de plataforma de prácticas para quien se cree crítico profesional, y de trampas por doquier por parte de directivos y propietarios, así como base ideal para la aparición de estafadores.

¿Qué es TripAdvisor? La autoproclamada mayor comunidad de viajeros en Internet es una página en la que aparecen hoteles y restaurantes de todo el mundo, sobre los que la gente escribe críticas y comentarios libres. Lo primero que llama la atención es que no hay porqué probar que se han utilizado los servicios sobre los que escribimos para poner casi, casi lo que nos dé la gana. Así, hay críticas en hoteles de gente que nunca se ha alojado allí, hasta el esperpento de una recibida por un conocido hotel parisino, siendo acusado vilmente de racismo y homofobia por no haber permitido la entrada a su bar de dos turistas una noche en la que, no sólo el bar, sino todo el hotel estaban privatizados. Pero claro, coincidió que el “agredido” era negro y gay, además de susceptible y bastante tonto.
 
Tripadvisor

También conviene aclarar que los establecimientos pueden aparecer sin haberlo solicitado, ya que TripAdvisor, para rellenar hueco y hacer ver su poderío, directamente incluye establecimientos sin consultar con los propietarios. Esto puede parecer positivo de cara al visitante, pero también es fuente de polémica al obligar a aparecer a quien, por los motivos que sea, no desea figurar en la página o, incluso, quiere “darse de baja” o borrarse del listado.

Dicho esto, queda claro que la veracidad en el sentido de fiel reflejo de la realidad de todo lo que figura en TripAdvisor puede, y debe, ser puesta en duda desde el primer momento. Pero no vamos a ser tan negativos y apliquemos la sabiduría popular, que nos dice que cuanto el río suena agua lleva, compensada con el definitivo no es oro todo lo que reluce. Les permito sustituirlo por un más cómico oro parece, plátano es, si lo desean.
 
Plátano es
 
En esta entrada hablaré sobre la relación entre TripAdvisor y los clientes-críticos, y les pido permiso para hablar haciendo referencia a hoteles, aunque lo mismo se puede aplicar a restaurantes.

¿Cómo se genera el ranking de TripAdvisor? Bueno, uno quiere irse de vacaciones a tal o cual destino y ve ofertas de hoteles, pero como no los conoce intenta buscar opiniones sobre esos establecimientos, y es cuando llega al listado de hoteles de la ciudad, con sus primeros puestos no necesariamente copados por los mejores hoteles, sino por los más populares. Así que lo primero que uno ha de entender es que no por estar en el puesto 1 ese hotel es lo mejor del mundo, y que no por estar en el puesto 25 o en el 125 ese hotel es un horror. Pongamos el caso de la ciudad de Madrid, donde el primer puesto lo ocupa un hotel de 2 estrellas mientras que el excelente Villamagna aparece en el puesto 11.

No sólo eso, sino que las opiniones y sus puntuaciones dependen siempre de las expectativas del crítico (no lo llamaré cliente pues está por demostrar que realmente se haya alojado ahí), siendo posible que las expectativas de Manolo y Puri sobre su hotelito de 3 estrellas sean bajas y se sorprendan por tener una cama de 180 cuando la suya en casa es de 135, o un buffet de desayuno con salami y queso de barra, y califique todo con la máxima puntuación, y que la Sra. López-Urrutimendi, gran viajera ella, considere inaceptable que sólo haya agua con gas y Cava en el buffet del desayuno, y no Perrier, San Pellegrino y Veuve-Clicquot, o que se fundiese una bombilla de una de las treinta y cuatro lámparas del salón de su suite, y considere al Grand Hôtel Palace de Chamberlain du Foie (Oviedo, Asturias) un verdadero desastre en decadencia. Todo esto que digo es muy básico, pero no está de más recordarlo.
 
Veuve-Clicquot, evidentemente

Conviene también saber separar la paja del grano, o el grano de la paja, según se mire. Hay críticas muy negativas fundamentadas en absolutas gilipolleces sin trascendencia (“el recepcionista estaba ocupado y tardó treinta y dos segundos en atenderme, ¡inaceptable!”), como hay críticas en las que todo es maravilloso basadas en lo mínimo (“mi habitación tenía agua caliente y una puerta con cerradura, ¡cinco estrellas!”). No exagero, es lo que uno llega a leer cuando se enfrenta a TripAdvisor a diario. Así, si uno quiere darle buen uso a la herramienta, conviene estudiarse un poco las críticas y ver cuál es el denominador común.

Pero también se ha de ser consciente de que la inmensa mayoría de las críticas de la inmensa mayoría de los hoteles son todas positivas. “Como estar en casa”, “No me quiero ir”, “El mejor hotel en el que he estado en mi vida”, “Impecable”, “No busque más y quédese aquí”… (uy, esta última me suena un tanto sospechosa…) La gente por lo general escribe cosas buenas y, salvo un grupúsculo de amargados sin nada más que hacer o clientes realmente indignados, pasa de perder el tiempo en contar sus generalmente intrascendentes miserias vacacionales.
 
Preparándose para escribir la crítica....
 
Quizá por ello, una vez echado un vistazo general al hotel y sus críticas, convenga leer aquellas que lo califican con 3 estrellas (medio, ni bueno ni malo) y alguna de las que lo ponen a parir, para compensar. Así como mirar las fotos que hayan podido subir los clientes (si han hecho fotos, ya entiendo que sí han sido clientes), para ver si las fotografías profesionales de las webs reflejan la realidad.

¿Y entonces cómo es que hay hoteles “peores” por encima de otros “mejores? La respuesta pasa por un supuesto algoritmo sofisticadísimo que TripAdvisor dice utilizar, que no sólo toma en consideración las últimas críticas y las puntuaciones, sino la “calidad” de las críticas. Evidentemente, no te dicen cómo miden esa calidad, y de nada sirve creer que se trata de valorar mejor las críticas de aquellos que más escriben o más antigüedad tienen como miembros de TripAdvisor. Porque ese es otro tema, en ciertos hoteles muy bien situados en el ranking podemos encontrarnos con sospechosas críticas 100% positivas, o 100% negativas, escritas por nuevos perfiles con una sola contribución: la crítica que leemos. Y es entonces donde entran en juego el hotelero, el directivo, el estafador y, por qué no, ese cliente novato al que convencieron para poner algo.
 
Gente de vacaciones

Mi consejo particular para valorar las críticas está dicho ya aquí arriba: leer todo intentando hacerlo desde una perspectiva exterior, y no creerse las cosas al pie de la letra. Un mal día lo puede tener cualquier persona, sea un empleado que se equivocó llevando croissants en vez de tostadas o poniendo camas separadas en vez de dobles en la reserva, o sea un cliente al que le amargó algo y se tomó su venganza.

Lo que sí recomiendo es leer la segunda parte de esta entrada, pues nunca está de más saber lo que se traen entre manos los hoteles. Y, por descontado, hablar con el responsable del hotel en el momento en el que surge un problema, sin que nos pueda el espíritu del vengador cibernético capaz de poner verdaderas tonterías como esta crítica del hotel Ansara de Vientiane (Laos), correctísimamente respondida.

www.tripadvisor.com
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lunes, 22 de julio de 2013

Discapacitados y hoteles

No soy yo mucho de comentar noticias, pero hay cosas que acaban por hervirle la sangre a uno y, claro, lo mejor es dejar escapar el vapor para no terminar cual olla a presión llena de lentejas requemadas o, lo que sería mucho peor, explotando en la cocina.

Leo en un periódico nacional una noticia. Es la continuación de otras que surgieron hace tiempo en las que se hablaba de un cierto hotel en España que, según los titulares, había negado la entrada a un grupo de discapacitados psíquicos, que es como se denomina a la gente que tiene retraso mental certificado por médico (porque sin certificar hay muchos, qué duda cabe). Bueno, seamos correctos pero sin buenísimos, a gente que tiene una enfermedad que es una verdadera putada.
  
Leyendo la prensa, como quien dice
 
La realidad, o lo que se daba a entender de la lectura de la noticia, es que el hotel nunca había denegado el acceso a sus instalaciones, sino la cotización de la reserva. Es decir, un hotel recibió, como reciben millones de hoteles en el mundo cada día, una petición de reserva para un grupo. Y como millones de hoteles en el mundo hacen cada día, la denegó. Y la denegó por los motivos que fuesen, quizá porque no le interesaba en ese momento ese grupo, quizá porque no se sentía preparado para acoger ese grupo, o quizá porque no le dio la gana al director, que para eso es director y sabe cómo y cuándo llena el hotel.

Pero resultó que era una asociación que trabaja con enfermos de Síndrome de Down, y se inició una campaña de desprestigio contra el hotel, llamándoles de todo por discriminar a una minoría. Tócate los cojones, que se suele decir.

No contentos con eso, y arengados por los comentarios de la masa social en las interwebs y en la calle, se ha llegado al punto de que ahora la noticia es que van a denunciar al hotel. Y los subnormales, no refiriéndome a los del grupo de turistas sino a los comentaristas de noticias, dando palmas con las orejas. ¡Bien! ¡Viva! ¡Abajo la discriminación! ¡Tolerancia cero! ¡Hijoputas, que los maten!
  
Manifestaciones

Definitivamente, subnormales todos. Verdadero país de subnormales. Ahora me denunciarán a mí, supongo…

Conviene puntualizar, de nuevo, que el hotel no niega la entrada a ese grupo, sino que niega la cotización de la reserva. Lo que pasa es que la gente no lee, pan y circo, y ahora el malo malísimo es el hotel. Por descontado, no les propongas a ellos el restaurante donde esté ese grupo, porque no entrarán.


Es en estas ocasiones en las que me alegro de no trabajar en España. Si además de esta subnormalidad manifiesta unimos las demás dificultades propias del sector, lo normal es que uno salga corriendo lo más lejos posible. La ley de protección de datos, que de lo mierdera que es no merece ni las mayúsculas, es un buen ejemplo. Es decir, que a mí me bombardean a llamadas compañías telefónicas o eléctricas en cuanto llego a España y enciendo mi móvil, pero luego un hotel tiene miles de dificultades para hacer bien su trabajo, que incluye mantener una base de datos con informaciones relevantes. 

La clientela esa que asegura haber viajado por todo el mundo, ¡por todo el mundo! sin que nunca antes les hayan pedido la tarjeta de crédito en el hotel tampoco se queda corta, pero no debemos olvidar el complemento perfecto que supone el cliente típico español, que arrasa en los hoteles con todo lo que para él se supone que ha de ser gratis: albornoces, toallas, zapatillas, pilas del mando a distancia, jarrones, platos, cubiertos, perchas, cosas del minibar, vasos, etc… No exagero, recuerdo cuando puse unas perchas forradas en seda negra en  uno de los hoteles en los que he trabajado, en Birmania, y a la mañana siguiente nos faltaban dos en una habitación. Habitación ocupada por una sinvergüenza española que, además, aseguró no haber tomado nada del mini-bar pese a haberlo hecho.

¿Y los que arrasan en el buffet de desayuno porque “es gratis”? Sí, esos que mezclan cosas imposibles y llenan los platos hasta arriba, cuando no directamente se hacen bocadillos o sacan piezas de fruta para así pasar el día.
 
¡Es gratis!
  
Mi favorita, no obstante, es esa ridiculez propia de países de retrasados llamada “hoja de reclamaciones”. Sí, esa con la que amenazan los clientes enfadados, generalmente por nimiedades, en lugar de hablar directamente con el responsable y buscar una solución al asunto del que se trate, aunque en ocasiones la solución pasa porque ese cliente no vuelva a viajar en su vida. Esa que nunca nadie ha sabido si sirve para algo, por otra parte.

Pero volvamos al asunto, porque hay cosas que no me quedan claras. Es decir, yo he intentado reservar en ocasiones en ciertos hoteles, y me han dicho que no. El motivo suele ser estar completo, lo estén o no. Yo como hotelero he negado cotizaciones de reservas de grupos porque no me interesaban las condiciones que me pedían, tanto de tarifas como de fechas, como de equipamientos y servicios. Y nunca ha pasado nada.  ¿Por qué este revuelo con esta reserva de un grupo de minusválidos? ¿Cuál es el motivo por el que un hotel deba de aceptarlos? Yo no soy ni mejor ni peor hotelero por no querer grupos de jubilados en mi hotel, ni por ello condeno a los jubilados a no tener vacaciones. Sencillamente no me interesan como clientes. ¿Por qué han de hacerlo? ¿Por qué han de hacerlo un grupo de minusválidos con unos requerimientos específicos?
  
Me parece maravilloso que disfruten, que no implica que quiera sumarme a su viaje
 
Voy más allá: ¡igualdad! Efectivamente, eso es lo que piden y es lo que merecen. Igualdad relativa, claro. Más bien es igualdad de oportunidades. Me parece perfecto, bastante jodido es tener esa enfermedad como para que encima se te pongan más dificultades en tu vida diaria. Pero la igualdad no ha de anteponerse a la imposibilidad, y yo como hotelero no soy responsable de que una persona requiera X cuidados, como de que un grupo requiera X instalaciones. Y no me refiero a un grupo de disminuidos psíquicos, sino a un simple grupo pidiéndome una sala de reuniones que no tengo. Por ley, los hoteles han de tener un número de habitaciones adaptadas a minusválidos. Muy bien, pero esa debería de ser la última intromisión del gobierno en los establecimientos privados. ¿Por ley está un hotel obligado a aceptar una reserva de un “colectivo en riesgo de discriminación”? ¿Pero qué clase de tontería es ésta?

Ahora la culpa es del hotel. ¿No hay otros hoteles? Pues que vayan a esos otros hoteles dispuestos a acogerles. ¿Desde cuándo un establecimiento privado tiene la obligación de aceptar reservas de clientes? Porque, repito, no hablamos de negar la entrada sino de negar la cotización de la reserva. Quizá yo esté algo descolgado del tema en España, pero me parece realmente terrible que sea así.

Todos estos que claman evidentemente preferirían estar en un hotel sin ningún grupo de retrasados mentales a su alrededor. Aunque lo nieguen, es la realidad.  Te dirán “no, a mí me da igual”, pero si les toca la primera noche y al segundo día el grupo se va, se quedarán más tranquilos. Es así, no hace falta que sea un grupo de disminuidos o de jubilados, basta con que sea un simple grupo más ruidoso o numeroso que el suyo.
 
Negar esta reserva no es discriminación, por lo visto, aunque te pidan gimnasio y piscina y tú no tengas.
 
Por descontado, si el hotel niega la reserva al Real Madrid aquí no ha pasado nada. Como mucho llamar tonto al director, que en españa ya sabemos que todo el mundo sabe hacer el trabajo de otros muchísimo mejor.

Estoy viendo la picaresca, que es como se llama al robar y a la hijoputez típica española, confundiendo mala educación y delincuencia con inteligencia, de reservar sin decir nada, a ver si cuela. Lo veo venir, como quien reserva para dos y se plantan 4 en la habitación. Y todavía la culpa será del hotelero por discriminar. Pues muy bien.

martes, 2 de julio de 2013

Motivos para no volver a un hotel

Antes de nada, advierto que son motivos bastante pijoteros, pero ya me conocen...

Hace unas semanas, publiqué una entrada sobre motivos por los que rechazar un hotel, llamándome mucho la atención el caso de un supuesto agente de viajes que rechazaba hoteles en cuanto le pedían una tarjeta de crédito. Hoy voy a comentar esos motivos que hacen que uno, habiendo depositado su confianza en cierto establecimiento, decida no volver por allí.

Sucedió en Bangkok, ciudad con una oferta hotelera de lujo realmente amplia, para todos los gustos. Y sucedió que le quise dar tres oportunidades a un hotel, que de barato no tiene ni tenía ni tendrá nada de nada, creyendo que era la mejor opción para mí. Y sin duda lo era, o lo parecía. Pero ha resultado que no y, de hecho, no tengo pensado volver por allí.
  
Ahí hay por lo menos 60 hoteles, y un helicóptero

Que se olviden de recogerte en el aeropuerto es algo que con una buena sonrisa, una buena oferta y un perfecto servicio de traslado de vuelta, que incluye asistencia con trámites de devolución de impuestos y tal, más si todo eso es gratis, se solventa. Porque llegar al aeropuerto y esperar tu coche, y no encontrarlo, es una terrorífica forma de empezar la estancia, estancia que el cliente que reserva el coche del hotel, pagando generalmente muchísimo más que si fuese en taxi, espera empiece en el momento en el que se aparece por el hall de llegadas del aeropuerto, y no cuando se entra en la recepción del hotel.

Que no haya quien te siente en el restaurante para el servicio de desayuno, que luego lo hagan, pero que al volver tú del buffet te encuentres con una enorme señora hindú sentada en tu sitio y siendo servida tu té, se toma con filosofía, unas risas, y al final queda en anécdota. Ver al personal atendiendo a una señora tailandesa y olvidándose de los demás ya comienza a ser un poco inconveniente, pero como uno ya es mayor se las arregla solo.
 
Aquí no te sientan, pero tampoco te quita el sitio una señora enorme y, además, tomas algo con un tipo que se parece a Eddie Jordan

Que pese a hacer tu reserva con el propio Director General del hotel, ser tu tercera estancia, haber intercambiado una decena de emails sobre forma de mejorar el servicio en ese sitio, ir recomendado, etc… te pidan de nuevo el pasaporte (yo no necesito visado en Tailandia, no hay porqué pedirlo si hace un mes que me he quedado), la tarjeta de crédito, la dirección, el email, el teléfono, y casi la talla de pantalones cuando todo eso debería de estar ya en su sistema,  directamente resulta molesto.

Que luego te digan que tu up-grade a habitación Club no incluye los beneficios de la habitación Club, suena totalmente ridículo e incluso ofensivo. Que el Director General no haya venido a saludar, teniendo todos los datos del vuelo de llegada, ni haya una nota o alguien en recepción saludando, ya como que no.

Que te vuelvan a dar exactamente la misma habitación es falta de luces pudiendo obtener comentarios de otro tipo de alojamiento. Que esa habitación se sienta húmeda y calurosa en lugar de fresca y ventilada es malo, pero peor es descalzarse y notar la moqueta mojada de lo que uno espera fervientemente que por favor sea sólo agua. Y ya, que en la habitación no haya frutas de cortesía ni esas galletas tan ricas de las dos primeras veces, y no las haya hasta bien entrada la tarde, da a entender que ese hotel no funciona bien los domingos, que es cuando descansan los jefes de departamento si el Director les ha puesto a todos a descansar el mismo día.
 
Uno pisa sobre mojado y se cree más aquí que en donde debería de estar alojándose

Y luego uno va a la piscina, a esa maravillosa piscina a relajarse, pero se encuentra con dos orientales de tamaño cachalote haciendo lo propio: nadar a lo largo, bien pegados al borde y por tanto jodiendo toda la piscina, en una competición de ver quién logra ir más lento y salpicando más, creando auténtico oleaje que sería clasificado por Paco Montesdeoca como fuerte marejada o incluso arbolada.
 
Si Paco dice que marejada, es marejada.

Esa piscina en la que sigue sin haber un servicio de bar, o alguien que te sirva un vasito de té helado y te dé una toalla resfrescante, dos detalles que lo hacen todo y que no cuestan nada en un hotel de más de 300 USD la noche en Tailandia.

El principal motivo, pues, para no volver a un hotel en mi caso no es un detalle, sino algo que sólo puedes achacar a la manera de gestionar el establecimiento. Sólo he puesto algunos ejemplos, cosas que pueden pasar en los mejores hoteles del mundo y que, de hecho, yo como empleado he visto. Pero también he visto una manera de resolver que fidelizó al cliente. Lo que de verdad nunca en mi vida había visto es un semi-upgrade y un personal que casi te perdona la vida al hacer tu check-in en la sala club a la que, al parecer, no tienes acceso -que no hablamos de la sala club del Lebua, ojo, o la de Etihad en Abu Dhabi, sino más bien de la sala Vip del aeropuerto de Luang Prabang con decoración moderna-.
 
Sala VIP
 
En definitiva, estuvo bien mientras duró y echaré de menos a la maravillosa conserje que tienen. Pero a ella sola, porque pese a saber que un paquete debería de haber llegado a mi nombre al hotel y debería de habérseme entregado durante aquella fatídica estancia, nadie en el hotel me lo recordó ni parecían estar al corriente.

Más perdidos que un pulpo en un garaje. Y yo para eso prefiero pagar tres veces menos y quedarme en otro sitio igualmente bueno. Detalles, presencia, detalles, más presencia y más detalles. Algún día lo aprenderán, o quizá no.

martes, 21 de mayo de 2013

Dejarlo todo atrás

Creo que es evidente que, con las tasas de paro que se anuncian en España, a nadie ha de extrañar que los foros en Internet se llenen de gente pidiendo consejo sobre cómo emigrar, cómo irse a trabajar al extranjero, cómo “lograrlo”. Muchos de los que preguntan, en realidad no tienen muy claras las ideas ni las intenciones, y una buena parte nunca saldrá de España, mientras que otra saldrá para volverse, con suerte, al cabo de un año si no antes. Muchos de los que responden apenas llevan dos meses viviendo en un piso compartido en Londres, pero le ponen ganas y contestan con lo que ellos quisieran para sí mismos. No hemos de culpar a ninguno de ellos, no obstante, ni criticarles.

También hay mucha gente que se cree expat, que son esos extranjeros a los que grandes multinacionales mandan a tomar por saco de todo a dirigir un negocio, cobrando millonadas y con beneficios tales como casa, coche, viajes, colegio, seguros, etc… Esta especie es cada vez más escasa, pero es comprensible que quienes se van fuera se quieran ver a ese nivel tan “Españoles en el mundo” o “Callejeros viajeros”, que son dos excelentes detergentes cerebrales disfrazados de programa televisivo de entretenimiento.
  
Expats, viajando en avión

Luego tenemos los que son incapaces de entender que un español puede perfectamente “triunfar” en el extranjero sin ser expat, gente que te pregunta si eres botones cuando les dices que trabajas en un hotel, porque no les da la cabeza para pensar más allá. Aquellos para quienes todos los españoles que viven en Reino Unido trabajan en restaurantes de comida rápida, y de hecho están deseando ir allí de turista para encontrárselos.

No nos olvidemos tampoco de gente normal y corriente, que lleva ya muchos años fuera y ha visto llegar y volverse a muchos compatriotas, incapaces éstos de adaptarse al cambio y a las nuevas circunstancias. Son los que menos ruido hacen, por otra parte, pues tienen más cosas que hacer.

Y, por último, tenemos a los negativistas, para los que todo es imposible. Generalmente empiezan que si en España esto, en España lo otro, como en España en ningún sitio. Los recordarán por un anuncio muy conocido de Campofrío en el que una pareja de turistas visitaba Nueva York, y él decía “tengo unas ganas de llegar a casa y comerme un bocadillo de….” mientras por la calle pasaba un camión frigorífico de la dichosa marca. Podemos dividirlos en negativistas-emigrantes y negativistas-caseros, dependiendo de si salen o no de España. Me resulta a la par curioso y triste que en un anuncio se resalte la morriña de unos turistas que, con suerte llevarán fuera de casa una semana.
 
No hay marcha en Nueva York, y los jamones son de York

Me van a permitir haber hecho un resumen tan escueto, y un poco cutre, del panorama, pero sólo quería darles una pequeña introducción al tema, por lo siguiente: desde hace meses, las discusiones en Internet sobre la emigración incluyen un componente bastante peculiar que debería de ser estudiado. Y es que poco importa que quien hable pertenezca al grupo que pertenezca de los arriba nombrados. Hombre, entre los que llevamos muchos años fuera, quizá no se aprecie el componente que quiero decir, pero seguro que alguno hay que piense así.

Es un componente de tristeza, de hundimiento, un sentimiento que no es pesimista sino negativo. Cómo explicarlo, digo que no es pesimista porque se da en todo tipo de gentes, tanto en los ilusionados como en los reticentes, tanto en los que tienen la maleta hecha como en los que siguen en pijama. Es una, a mi juicio equivocada, idea que se resume en “dejarlo todo atrás”.

Es esa impresión, o al menos la que yo me llevo, de que para ellos el salir al extranjero es poco menos que una cadena perpetua en una cárcel de Filipinas, aunque estemos hablando de irse a trabajar a Toulousse o, por ser aún más extremos, de irse a Biarritz cuando se es de Bilbao.
  
Todo atrás

Todo atrás. No, no hablo de un Porsche 911, sino de un error de base que me entristece leer en mensajes escritos por gente muy joven y sin experiencia. ¿Qué es lo que causa semejante aberración? ¿Cómo es posible que quien no tiene trabajo ni casi posibilidad de tenerlo, se siente a meditar sobre un posible futuro en el extranjero y piense que lo deja TODO atrás? ¿Qué es ese todo?

Quiero creer que la causa proviene, aunque sea en parte, del confort al que nos hemos acostumbrado, el tenerlo todo al alcance de la mano, el sentimiento de seguridad por tener controlado lo que pasa a nuestro alrededor y conocer lo que nos rodea. Eso que nos pasa cuando hemos crecido en un mismo lugar y, generalmente, ido de vacaciones de verano a otro mismo sitio durante toda la vida, aunque la vida sea corta y, curiosamente, aunque se hayan visitado muchos otros lugares (porque la visita fue como la de los del anuncio de Campofrío). La mezcla del natural miedo a lo desconocido con el miedo a perder lo que tenemos. Más vale malo conocido que bueno por conocer, aunque lo malo sea un freno total al desarrollo personal, y lo que se pierda sea nada porque nada se tiene.

¿Quién les ha metido en la cabeza esa idea? ¿Es una cuestión de proteccionismo? ¿O es una simple y llana negación de la realidad?
 
¿Banana? ¿Piña? ¿Por qué el primo de Bill Gates está confuso?
 
Como yo no soy ni sociólogo ni tertuliano, no voy  a seguir con el análisis de las causas sino que aclararé algunos conceptos que la generación del Smartphone parece haber olvidado, por extraño que suene. Como ya comenté en mi artículo “El viajero eterno”, quienes hemos vivido en muchos sitios diferentes, queremos vivir en ciudades que son un megamix de recuerdos positivos, y en cuanto salimos de ellas las echamos de menos ya que nuestra mente olvida lo negativo, por muy negativo que fuese todo. “No quiero dejar a mis amigos, mi familia, a mi vida (en negrita, sí), atrás…” Leer eso de alguien que no supera la treintena es desolador.

Skype, Whatsapp, 3G, Facebook, Gmail, Flickr, Twitter, Tumblr, Forocoches, elmundo.es, km77.com, Youtube… Que alguien cuya vida es básicamente eso te diga que la deja atrás por irse al extranjero, cuando todo eso cabe en un bolsillo, es inexplicable. ¿O hablamos de la vida social de ir a tomar algo o de salir a cenar? No me lo explico, de verdad, ¿no hay vida social en el extranjero?. Es la pura cerrazón por la cerrazón, y empiezo a creer que no tiene remedio. Es la madre llorando porque el niño se va con una maleta enorme a… ¡a Londres! ¡Pero si es que Londres está a dos horas de vuelo con compañías baratas! Que lo más lejos que está es por el cambio horario, señora… Pero que una madre llore es comprensible, no nos confundamos. No es admisible que alguien con la formación y el conocimiento (o las posibilidades de tenerlo) del mundo occidental sienta otra cosa que no sea emoción por adrenalina ante la idea de iniciar una etapa en el extranjero.

¿O quizá hablamos de la comida? Curioso, cuando la mayoría de la gente come mal y cosas que se pueden comprar en todo el mundo. ¿Es miedo a lo desconocido o un ataque de ignorancia de proporciones bíblicas? Lo de antes, la cerrazón por la cerrazón. Ese miedo tan nacional que nos hace ir corriendo al Zara de la ciudad en la que estemos, a ver la misma ropa que vemos en nuestra pequeña, y generalmente paleta, capital de provincias. Ese miedo que nos hace sentir alivio al ver que en el restaurante tienen vino Marqués de Cáceres entre todas esas cosas sudafricanas o neozelandesas. El mismo que nos guía al McDonald’s aunque estemos rodeados de restaurantes de todo el mundo.
  
Embajada de España en Ginebra, tomada
 
Por otra parte, yo quisiera preguntar a los asustadizos algo muy sencillo: ¿qué hay de malo en cambiar de vida? Ellos siguen empeñados en que lo dejan todo atrás, pero ¿por qué no ver el cambio como algo positivo? De la misma forma que uno no se pone a llorar, salvo que se tengan 6 años, por tener que deshacerse de unos pantalones que se han quedado pequeños o que parecen un pingo, ¿por qué negarse a un cambio? ¿Por qué creer que nada de lo obtenido hasta entonces será válido y que todo se perderá en cuanto nos sellen el pasaporte?

Hay un razonamiento de Epicuro que siempre me gustó sobre el irracional miedo a la muerte, irracional porque estando muertos no podemos sentir miedo ni ninguna otra sensación. Se puede extrapolar a este tema “migratorio” con un irracional miedo a lo desconocido: si es desconocido, no se le puede tener miedo porque no se conoce; y una vez que lo conoces, deja de ser desconocido. Quizá sea un tanto exagerado y no sé si se entenderá lo que quiero decir, que se resume en que una persona joven nunca ha de temer al cambio. Sí tener respeto y ser precavido, evidentemente, pero sin temor. Bueno, vale, un temor pequeñito si me apuran….

O como dijo una vez alguien respecto a los problemas: si tiene solución, ¿por qué te preocupas? Y si no tiene solución, ¿por qué te preocupas? Acabo las citas con una de Jack Sparrow, una de mis favoritas y que intento aplicarme a mí mismo cuando me veo en algún aprieto, sea éste del ámbito que sea: el problema no es el problema; el problema es tu actitud ante el problema.
  
Sparrow
 
No seré yo quien anime a la gente a salir al extranjero, eso ya allá cada cual; ni quien se posicione en el bando de los que sólo ven la posibilidad de emigrar y pretenden aplicar eso a todo el mundo, independientemente de las circunstancias personales de cada uno. Pero que no me vengan con “lo dejo todo atrás”, porque no cuela. Todo atrás lo dejan los subsaharianos, que es como ahora se llama a los negros, cuando cruzan en una patera el estrecho tras haber, literalmente, dejado todo atrás, concretamente al dueño de la patera a modo de pago por el viaje. Pero no lo que deja un chavalete de Burgos que se va a trabajar a Berlín. Háganme el favor…

Artículo escrito cuando se cumplen 11 años de mi primera experiencia en Francia, y algo más de 3 años de mi llegada a Asia.

sábado, 18 de mayo de 2013

Shinta Mani, Siem Reap

Hay veces en las que uno no puede más y, harto un poco de tanta vulgaridad de resort 4 estrellas típico de zona turística, decide moverse a un hotel de esos que llaman boutique o de diseño. Cuando esto sucede en Siem Reap, Camboya, los motivos se vuelven inexplicables. Y es que esta ciudad, a dos pasos de los impresionantes templos de Angkor Wat, es el típico lugar en el que uno ha de alojarse en un gran resort con espacio, piscinas, bares, buffets y, casi casi, animación. Bueno, eso igual no, pero resort, sin duda alguna.

El plan ideal en Siem Reap, al menos fuera de la temporada de lluvias, consiste en levantarse realmente temprano para ir a Angkor al amanecer. No hagan caso del resto de manadas de turistas, y no esperen a la salida del sol para hacer la foto de los templos reflejados en el estanque con el sol naciente de fondo. O hagan la foto, pero corran rápidamente al interior de los templos, para verlos sin apelotonamientos coreanos (de Corea del Sur, se entiende).
 
Los turistas esperando por la foto
 
Luego, visiten algún que otro templo y vuelvan rápidamente al hotel a descansar, a bañarse en la piscina, a tomarse unos cocolocos o lo que les plazca, a volver a bañarse en la piscina, a comer, a volver a bañarse en la piscina, y a volver a bañarse en la piscina. Y cuando estén como pasas, regresen a los templos a seguir la visita hacia eso de las tres de la tarde, para terminar con la puesta de sol, regresar al hotel, último baño en la… bueno, ya saben, cenar y, si eso, salir a tomar algo a la horripilante zona de turistas de la ciudad (este punto es totalmente prescindible)
  
 Pub Street, totalmente prescindible

Pero no cometan el error, teniendo un presupuesto amplio, de ir a un hotel boutique de diseño, como es el Shinta Mani. Que conste que si me cambié de hotel fue por imposibilidad de seguir en donde estaba, al estar completo. La opción Raffles no era mucho más cara, pero quería probar el famoso hotel de diseño de la ciudad. La opción Aman es la mejor, pero no me apetecía pagar casi mil dólares por una noche, menos estando solo como estaba. La opción Orient-Express es clásica, pero tan clásica como poco apetecible. Sólo me quedaba el Shinta Mani, y allí fui.

La entrada al hotel es realmente bonita. En realidad, todo es muy bonito, así que no sé muy bien por qué me quejo tanto… Sí que lo sé, y es que un hotel no ha de ser sólo bonito, también ha de ser cómodo y ha de tener alma. El confort lo dan los equipamientos, el alma los empleados y, en última instancia, la dirección. En todos los sentidos, no sólo por la calidez del trato, sino por el enfoque comercial del hotel y la elección de sus mercados. Vamos con el tema del hotel en sí.
 
Entrada del hotel
 
La habitación era un verdadero desastre. Una cama amplia y bastante cómoda, eso era lo bueno, junto con una hermosa ducha. Nada más. A mí ya no me engañan, y no me siento impresionado por unas paredes grises, unas luces escondidas, una pantalla plana negra o unas cortinas raras. Mi habitación, en planta baja, daba directamente a la piscina y, como es lógico, obligaba a tener las cortinas permanentemente cerradas. Luz natural, no. No me importaría si hubiese vegetación, pero el hotel es un puro bloque de cemento adornado con piedras negras. Tampoco me importaría si hubiese espacio, pero de mi ventana a la piscina no había más de dos metros.
 
 Habitación en foto de catálogo
  
El aire acondicionado carecía de mando a distancia, y eso ya te fastidia todo. Que tardes 15 minutos en hacer sonar tu iphone en el equipo de música, pues bueno, quizá torpeza propia. Que el equipo de música tenga un subwoofer de tamaño de concierto de Lady Gaga… eso ya te cohíbe para poner tu música y te asusta ante la posibilidad de que el vecino sea fan de Camela o de Tito MC. Nada destacable, salvo que… que nada, nade de nada destacable.

La piscina, otro desastre absoluto. Me gustan las piscinas que usan sal en vez de cloro, lo prefiero. Y me gustan las piscinas alargadas en las que nadar, pero no en un hotel de vacaciones. La piscina es negra, y a sus lados hay tumbonas. El agua desborda y se filtra bajo unas rocas negras. En realidad, es como nadar en una bañera gigante. Para trepar, perdón, para entrar en la piscina hay que superar un muro de un metro de alto, y luego meterse en el agua. Sin problema, salvo que al salir, completamente empapado, te das cuenta de que todo el suelo que te rodea es de un hermoso cemento pulido brillante, resbaladizo y duro como el hielo. El patinazo está asegurado, la fractura de crisma es opcional (desconozco si la cobran aparte).
  
Piscina negra

Hay un bar en la piscina, sin alma de ningún tipo. Como todo el sitio. Dos clientas postureando cual top-model de catálogo del Hipercor, un grupo de tres jóvenes que llegan y son conducidos a sus habitaciones mientras se les cae la baba por el diseño… Sinceramente, creo que es un hotel que, como mucho, impresionará a los clientes inexpertos. Fin de la historia, a mí no me venden la moto.

El tema del desayuno fue bastante patético, como patética fue la respuesta que obtuve de la dirección hacia una crítica escrita en otro medio. Ningún producto local, poca calidad, poca imaginación, ningún atractivo. Eso sí, camas colgantes para desayunar sobre ellas. Camas que no se veían limpias.

Y así pasó la noche, sin pena ni gloria pero con 250 dólares menos en la cartera. Que no es que me moleste, pero es que tampoco lo vale. Un hotel que, de estar en Londres, podría vender a mil euros la noche. Pero no lo está, y donde está lo que apetece es resort, piscina gigante, muchas plantas, buffet con muchas cosas, y todo lo que ofrecen establecimientos como el Victoria o el Sofitel. Pero desde luego que no un bloque de cemento relleno con habitaciones, por mucho diseño que tenga.

Salí de allí sin ninguna intención de volver, pero con la lección aprendida: en cada sitio, cada cosa. Cómo sería que ni se me ocurrió usar el resto de servicios del hotel.

Sinta Mani, Siem Reap
http://shintamani.com/
Tienen una fundación que hace cosas, imagino. Me parece estupendo y lo apoyo.

martes, 26 de febrero de 2013

Motivos para rechazar un hotel

Entra ahora mismo una señora vestida con chándal y un horrible chubasquero en el restaurante de un hotel, que tiene acceso directo desde la calle, y ni corta ni perezosa se dirige al camarero en francés para preguntarle por el baño. Estamos en una pequeña ciudad del Sudeste asiático que, ciertamente, fue colonia francesa hace muchos años, muchos más de los que tiene el camarero. También estamos en un hotel de lujo.

Me apasiona la facilidad que tiene la gente para presentarse en hoteles, restaurantes y demás con objeto de usar el cuarto de baño. Sin problemas.
Me apasiona igualmente la facilidad de muchos franceses para dirigirse a todo el mundo en francés. La cara del camarero, todo sea dicho, era un poema. Porque yo puedo entender, o mejor dicho conocer debido a mi experiencia, esa actitud. Pero este chaval, que por cierto me acaba de traer una copa enorme llena de un zumo de naranja delicioso, como sabe que me gusta, no alcanza a explicarse por qué un desconocido le pregunta por el baño, ni menos por qué le habla en un idioma que ya casi nadie habla en el país.
 
 Tu sais où sont les toilettes?
 
No es la primera vez que veo estas cosas, y a veces llega a cabrear la actitud del “cliente”.  Me resulta incomprensible cómo alguien puede enfadarse porque le miran mal al querer usar el aseo de un hotel de lujo. Resulta curioso que no se les vea entrando en el bar cutre de la esquina, no. Evidentemente, mejor aposentar y cambiar aguas en un entorno distinguido, tratándose de ocasiones especiales. En capilla, vamos.

Cierto día presencié una reacción que no sabría ni cómo calificarla. Estaba yo sentado en el hall de un conocido hotel parisino esperando a un amigo para comer un tartare de esos que sólo preparan bien en París, cuando noté a alguien que, cómo decirlo suavemente, no pegaba con el entorno. Pero no tanto por aspecto, sino por actitud. Esa persona llegó, se sentó, sacó el ordenador, pidió la contraseña del wi-fi, preguntó por el baño, denegó la oferta del camarero de tomar algo, pidió papel y bolígrafo… hasta que una señorita, muy bien vestida y arreglada, con sus tarjetas de visita y su teléfono en la mano, le preguntó educadamente si estaba esperando a alguien o si le podían ayudar. Había pasado  ya más de hora y media, yo ya comía con mi acompañante el postre (imagino que alguna tontería de chocolate, habitual de por allí). El hombre dijo que no esperaba a nadie, a lo que la señorita, con una exquisita educación pero con la mayor de las firmezas, le dejó saber que aquello era un local privado y le invitó a irse.
 
 Recreación del lugar de autos
 
El escándalo, seguido de la más ridícula de las amenazas jamás escuchadas: ¡pues nunca me quedaré en ningún hotel de esta cadena!

Mi acompañante y yo nos moríamos de risa, al igual que el jefe de sala y su barman. No digamos ya Jean François, el conserje (todo un personaje, conocedor de absolutamente todo París), que no escondía sus risas mientras señalaba con el dedo cual Risitas, el perro de Pierre Nodoyuna.

Un motivo como otro cualquiera para no elegir un hotel, imagino. Hay gente para todo, qué duda cabe. Yo suelo tener otros motivos de mayor peso para rechazar un hotel, pero allá cada cual. El otro día, un cliente me comentaba que él siempre escribía un email a los hoteles y, en base a la respuesta, elegía. En su email explica que son seis: padre, madre, tres niños y una niña.  Basa su elección en la capacidad de respuesta, imaginación e iniciativa del hotel para acomodarles. Hace bien.
 
Kids suite en algún hotel americano
 
Otro, muy curioso porque lo leí en un foro escrito por alguien que decía ser agente de viajes, es la tarjeta de crédito. Ese personaje aseguraba que descartaba un hotel en cuanto le pedían la tarjeta de crédito. Yo, que soy hotelero, le pregunté el porqué de su negativa a dar esos datos, y él aludió que no se fiaba del uso que se haría de su tarjeta. No logró entender que yo tampoco me fiaría de alguien que reserva si no me garantiza que va a venir, o de alguien que se aloja si no me garantiza que me va a pagar o que no me va a destrozar el hotel. Para aquella persona, el malo es el hotelero. Él sabrá.

Mi motivo principal para rechazar un hotel es el acceso a internet. Que uno puede ser muy pijotero para ciertas cosas y gustar de recibir buen servicio cuando se paga (o cuando me invitan), como también me adapto a hoteles baratos en los que sabes que casi todo va a ser malo, como el último en el que estuve en Hanoi, un tugurio inmundo extremadamente barato y con el peor desayuno que jamás vi, muy bien localizado a dos pasos de mi nueva oficina, pero cutre hasta decir basta. Eso sí, con un jacuzzi en la habitación.
 
Internet, esta mañana
 
Lo que yo no puedo tolerar es que un hotel de supuesto lujo me cobre por acceder a internet. No hay excusa que valga, el acceso a internet, aunque haya quien viaje y no lo necesite (que lo dudo), es como el agua caliente. A día de hoy, sigue habiendo muchos hoteleros, demasiados, que consideran el acceso a internet como un servicio de pago al nivel del mini-bar o la lavandería. Y no, internet es un servicio básico que ha de facilitarse no ya de forma gratuita, sino con la mayor sencillez de acceso posible.

Algún día los hoteleros se darán cuenta de ello. La pena es que muchos no viajen, porque entonces caerían en la cuenta de lo ridículo que resulta pagar por acceder a internet en un hotel de gran lujo de Londres, no ya cuando en un hotelito de Nyang Shwe (Birmania) te lo facilitan sin cargo, sino cuando basta bajar al MacDonald’s de Picadilly Circus para acceder (mientras te pones como un cerdo a base de hidratos, lípidos y, sobre todo, sal) a tu correo, a los blogs, a los periódicos o directamente al porno, que alguno se ha visto disfrutando por partida doble. O al Starbuck’s si te diferencias de un pedigüeño por llevar un iPhone.

Hipsters que no pagan por la conexión
 
Gratuito y sencillo. Tampoco me explico por qué en unos hoteles el acceso es simple, directo y veloz, y en otros, misma ciudad, un puro engorro en el que has de conectarte introduciendo tu nombre (y rezando por que la persona de recepción lo haya escrito bien en el sistema), y un código imposible que te facilitan en un papelito mal recortado, que siempre pones mal porque la ele resultó ser un uno, y el uno era una i mayúscula. Y, tras haberlo logrado, el acceso se corta a las X horas.

En uno de mis últimos viajes a Bangkok, estuve alojado en un hotel que preferiré ni nombrar ni comentar. No era malo, ojo, es sencillamente que no hay nada que decir de él, salvo “lo del internet”. Para cuando logré conectarme, ya tocaba salir a cenar. A la vuelta, aquello seguía funcionando, pero evidentemente fue a cortarse por la mañana, cuando yo tenía que descargar un archivo importante y enviar un par de correos, estando yo en la cama, sin duchar aún y en pelota. Llamada a recepción, la chica me dice que tengo que bajar a firmar un papel para renovar mi conexión, pues he de renovar mi conexión cada día. Logré convencerla de que no iba a bajar y para que me diese un acceso de forma inmediata. Lo que el hotel logró es que ni siquiera me plantee quedarme nuevamente allí, aunque me inviten. 
 
Lo del internet y el alquiler de la manta, son 35 dineros más IVA
 
¿Se imaginan algo así con el agua caliente, el aire acondicionado o el papel higiénico? Algunos hoteleros no lo entienden, pero lo cierto es que esas tres cosas, pese al confort que suponen, son sustituibles. Ducharse, uno se puede duchar con agua fría y, aunque pueda haber riesgo de pulmonía, es tonificante; no tener aire acondicionado puede convertir la habitación en una sauna, ahorrándonos el spa; sobre sustitutos del papel higiénico no hablaré, por motivos de decoro. ¿Cómo sustituyo el acceso a internet si no tengo un teléfono que me lo permita, o donde estoy no funciona, y por narices tengo que enviar un correo con un archivo que estoy terminando en mi ordenador? Temo que algunos hoteleros crean que eso se arregla abriendo el minibar y tomándose ese zumo de piña que nadie se toma, o la bolsita de pistachos. Ellos sabrán.

sábado, 23 de febrero de 2013

Naypyitaw, el lugar más extraordinario

Con la llegada de los militares al poder en Birmania,  en 1962, no sólo se abolieron constitución, derechos, libertades y demás. El país incluso cambió de nombre y, posteriormente, cambió de bandera. Y de capital. No cambiaron de localización porque les resultaba engorroso, supongo. Ésta es una introducción un tanto cutre y simplona, pero no me negarán que para más datos es mejor consultar un blog sobre historia o una buena enciclopedia. Yo sólo lo digo para que aquellos que estudiaron que Birmania capital Rangún, se pongan al día con el actual Myanmar capital Naypyitaw. Es, cuanto menos, conveniente.

“El lugar más extraordinario”, así lo describía en un informe un vicepresidente de cierta multinacional tras su estancia en la capital, y no le faltaba razón. Es una ciudad tan extraña que resulta difícil explicarla de forma ordenada, quizá porque la ciudad, pese a lo que podría entenderse de un proyecto organizado por militares, carece de todo orden y de toda lógica urbanística.
 
Welcome to Naypyitaw

Quizá pueda enfocar este artículo como una supuesta visita que comienza con un viaje en coche desde Yangon (Rangún) hasta la capital, para luego regresar en avión. Además, dado que ya escribí sobre Myanmar Airways, aquí podré actualizar hablando de su pequeñísimo Beechcraft en el que tuve la suerte de hacer un par de viajes a Naypyitaw. Comencemos, pues, con la autopista que nos lleva desde Yangon hacia el Norte, una autopista de nueva construcción que pasa junto a Naypyitaw para a continuación dirigirse a Mandalay. De entrada, eso de que sale de Yangon es un decir más que una realidad. Desde la que era mi oficina, en pleno centro de la ciudad, para alcanzar la entrada de la autopista siempre hubo una hora de circulación densa (hasta el aeropuerto), y otra de circulación fluida por unas calles anchas llenas de curvas, coches, niños, perros, autobuses sin puertas y algún que otro caballo.

Incorporarse a la autopista pasa por una avenida recta de bastantes carriles sin pintar, y un puesto de peaje. A partir de ahí, libertad (condicional). En mi primer viaje en coche descubrí, pasada poco más de media hora, que la idea de circular a 140 era totalmente descabellada, así que reduje el ritmo a unos modestos 100/110 que se transformaban en 130 ocasionalmente. Los baches, las curvas, y la falta de aislamiento de la vía, aconsejan ir con cautela, aunque los birmanos ricos te pasen a mucha más velocidad. Lo más destacable de esa autopista, lluvias y tormentas aparte, es su población. Hay que pensar que la gente que vive en sus alrededores, a medida que nos adentramos en el país, lleva viviendo de la misma manera centenares de años, y su actitud hacia la autopista es más un “qué bien, ahora tenemos un camino ancho” que cualquier cosa que tenga que ver con el desarrollo o la seguridad vial. Es gente que vive sin electricidad en sus casas, por poner un ejemplo. Así, por la autopista no es raro encontrarse motos en dirección contraria, bicicletas, niños volviendo del colegio, perros, patos, algún que otro camión en sentido opuesto porque le resulta más conveniente, etc., etc.…  Y gente limpiando las cunetas a mano, incluso pude ver a alguien barriendo la cuneta.

Y así, tras tres o cuatro horas, llegamos al área de descanso en donde parar a estirar las piernas, despejar la mente, ir al baño y tomar algo. Pese a su aspecto similar al de cualquier área de cualquier país, no esperen nada occidental. Uno de mis acompañantes, más inglés que la Reina Isabel, quiso tomar un té. Por nuestra mesa pasaron todas las variedades de té disponibles (verde, verde con azúcar, chino, con leche condensada, frío…) hasta que, como último recurso, le trajeron una taza del té ultra concentrado y absolutamente negro que usan para mezclar con leche condensada. Culpa suya, por pedir cosas raras.

De ahí a Naypyitaw es una tirada ya muy corta, y se llega en un momento. La salida de la autopista nos desemboca en una avenida que cada vez se va haciendo más ancha. No hay tráfico, y mientras seguimos circulando por esa avenida se nos hace de noche. No es que anochezca muy rápido, es que el lugar es inmenso. A ambos lados de la carretera se van acumulando hoteles, a cada cual más terrible. Uno de ellos incluso tiene un viejo jet sin motores acondicionado como bar. También vamos dejando de lado urbanizaciones de chalets construidas para los militares, y un campo de golf.
 
Pagoda Uppasanti, por fuera

Siempre me he alojado en el hotel Aureum. Me van a permitir no escribir una crítica feroz ni dedicarle un artículo completo pues, aunque ahora ya no resida en Birmania, prefiero no criticar algo que pertenece a una persona muy poderosa en el país. Sólo decir que es todo muy ostentoso, que tiene piscina y que, de todas formas, tampoco les interesa pues nadie va a Napyitaw a disfrutar de un hotel. Bueno, y que es como si hubiesen construido el hotel y luego haberse dado cuenta de que tenían que poner las tuberías. Creo que sigo teniendo restos de cemento en uno de mis trajes, gracias a esa extraña técnica de construcción de añadir desagües a posteriori.

El Aureum no queda lejos de uno de los dos centros comerciales de la ciudad. Visité uno, no dejaba de ser un gran supermercado con algunas tiendas en las que, como suele ser habitual en el país, hay siempre tres o cuatro chicas aburridas jugando con su teléfono móvil en espera de que entre algún cliente (que no entrará al ver el panorama). Lo que sí se ven son funcionarios adinerados con grandes coches negros aparcados en el parking.
 
 Zona comercial, supuestamente
 
La ciudad no tiene centro. Hay, si eso, una zona de casas bajas con alguna tienda y dos o tres restaurantes en una colina, es el llamado barrio de Myoma. Pero no hablamos de un centro por el que pasear. Los paseos se hacen en coche, punto. De esos restaurantes, destaca un tailandés por ser un poco más lujoso y por servir comida china. Sí, lo llamé tailandés porque el mismo restaurante se denomina tailandés. Quizá sea más recomendable ir al restaurante de estilo Shan que hay al lado. Imprescindible para comer, con esas bandejas metálicas de cantina de prisión. Brutal. Eso sí, una comida deliciosa.
 
 Comida en el restaurante Shan
 
Digamos que en Naypyitaw hay tres puntos destacables. Una es la réplica de la pagoda Shwedagon de Yangon, que llaman Uppatasanti. Al ser de nueva construcción, es hueca por dentro y uno puede pasear por su interior, siempre descalzo, admirando los bajorrelieves de la vida de Buda. De todas formas, no hay prácticamente nadie dentro. Por fuera es espectacular, como espectaculares son las vistas de la ciudad. El otro punto de interés es el parlamento, pero olvídense de visitarlo. Uno puede acercarse relativamente, ya que a mitad de la avenida hay un control policial infranqueable. No seré yo quien saque la cámara de fotos allí.
 
  Pagoda Uppasanti, por dentro
 
Y el tercer punto de interés no es otro que la infraestructura viaria. Básicamente, los ministerios están distribuidos junto a una autopista de cuatro carriles por sentido, con unos jardines perfectamente cuidados en la mediana y rodeada de aceras cuyos zócalos van pintados en inmaculado rojo y blanco, cual piano de circuito de carreras. Y encima tiene curvas, subidas y bajadas. Un verdadero paraíso, imagino, para quien tenga permiso para darle cera al coche. De vez en cuando hay una rotonda inmensa con una fuente en medio, y muy pocas señales de tráfico.
 
 Fuente con pagoda
 
Y es entonces cuando, en una de esas rotondas,  observamos una extraña salida con una cantidad de carriles considerablemente mayor al de las otras avenidas. La rotonda ya nos avisa, el buen observador habrá visto que hay no menos de 5 carriles ahí. ¿Quiere decir que la avenida en cuestión tiene 10 carriles? Al principio sí, porque pronto se ensancha para ocupar nada menos que 24 carriles, que al verlos en línea recta y pendiente descendiente impresionan, vaya que si impresionan.
 
 Avenida, desde el coche
 
He dicho que no hay un centro como tal, pero eso no quita para que la ciudad esté dividida en zonas. He hablado de la zona de hoteles, la residencial (aunque no he nombrado los bloques de apartamentos, muy discretos y disimulados, nada que ver con los edificios-colmena comunistas que uno se imaginaría), la comercial y la administrativa. Falta por nombrar la zona internacional en la que, como era de esperar, no hay absolutamente nadie ya que ningún país ha movido su embajada de Yangon a Naypyitaw.
 
 Zona religiosa, esperando nuevos templos o a saber
 
Toca regresar, lo haremos en avión. Si la ciudad es extraordinaria, el aeropuerto no lo iba a ser menos. Recién terminado y sin usar, huele a nuevo. ¿Saben ese olor a moqueta nueva? Así es, a nuevo. La instalación es tremenda, hay decenas de puertas de embarque y de mostradores de facturación, separados entre vuelos domésticos e internacionales. La luminosidad es perfecta, la amplitud y la modernidad de todo ello es alucinante. Llegamos tarde, hemos salido de una reunión en uno de los ministerios, tras asistir a una gala de algo en un hall de congresos descomunal, y toca llamar a la compañía aérea para que retrasen el vuelo. ¿Problema? Ninguno, somos los únicos ocupantes del avión, que hemos fletado para nosotros.
  
Aeropuerto, hall principal 
 
Al llegar, pasamos los controles de seguridad pertinentes. Seguimos estando solos, allí no hay nadie más. Es la primera vez que paso un control de seguridad mientras hablo por el móvil, pero no parece importarle a nadie. Pese a nuestro retraso, pasamos a la sala VIP. Uno no puede negarse a que te sienten cinco minutos ahí, las autoridades han de mostrar el aeropuerto completamente, lleguemos tarde o no. Y embarcamos. El Beechcraft nos espera en la pista, a donde nos lleva un autobús modernísimo y que dudo tenga más de 500 kilómetros en el marcador. El vuelo pasa sin mayor incidencia más allá de la risa que provoca ir metido en esa avioneta, o que la azafata te ofrezca té o café para luego avisarte que la bebida va fría porque no tiene cocina. Imagino que el avión tampoco tiene aseo, da igual.
 
 Embarcando

No es un sitio al que ir de turismo, la verdad. Hay quien va, allá ellos. Birmania es lo suficientemente variada como para pasar un día en Naypyitaw. Pero si han de ir por negocios, ahora ya saben a qué atenerse. Eso sí, tengan en cuenta que en ese país las cosas cambian a una velocidad pasmosa, quizá lo que he escrito ya no sea válido.

Pueden leer, en español, esta interesante entrada sobre la historia y el urbanismo de la ciudad. También en Skyscrapercity.com hay un buen hilo con multitud de imágenes.

domingo, 6 de enero de 2013

Mañana de Reyes

1993, Oviedo, España. Un bloque de pisos en una calle del centro.

En el Quinto puerta 2, Francisco y Carmen creen tenerlo todo bajo control. Saben que Carlos anda con la mosca detrás de la oreja, a sus diez años es más que probable que en clase alguno haya dado el chivatazo y claro, el chaval empieza a sospechar que quizá haya vivido engañado las mañanas del seis de Enero desde que tiene uso de razón. Pero Carmen es muy ocurrente y tiene respuestas para todas las preguntas de Carlos, respuestas que van más allá del clásico “porque son magos…” De cualquier manera, esta tarde irán a la Cabalgata con los primos, tanto los mayores como los pequeños.

Arriba, Pepe y Natalia, la pareja que llegó hace pocos meses al Sexto puerta 5, tan sólo se tienen que preocupar de lo habitual ya que Ángela y María son demasiado pequeñas para cuestionarse nada. Pepe no logra ocultar la emoción y está decidido a volver a hacer que todo sea pura magia en casa. Para ello cuenta con la ayuda de Manu, amigo de toda la vida que, además, no vive lejos, y de Isidore, francés de nacimiento pero de claros orígenes africanos. Vamos, que es negro, pero negro como un zapato. Van a montar toda una representación, no sea que las niñas se despierten… En realidad eso es lo que quiere Pepe, que se despierten y vean pasar a los Reyes. De momento, Natalia se encargará de distraerlas llevándolas a la Cabalgata, y luego a acostarse pronto, que es lo que toca.

En el Noveno puerta 4, Andrés no está pasando sus mejores Reyes. A sus casi dieciséis años no siente ninguna ilusión, no entiende nada de lo que pasa en casa, no entiende a su hermana Lucía (de hecho, sólo sabe de ella que estudia en otra ciudad), y lleva ya un tiempo algo fastidiado. Y todo porque su padre, Juanjo, se compró hace meses una nueva bici de montaña, y desde entonces no para de picarle. “¿Qué harías tú con una bici como ésta?, ¿cuánto crees que tardarías en subir al Naranco con una bici así tan ligera?, ¿cómo bajarías por la Fuente de los Pastores con estos frenos tan potentes?” Andrés no entiende nada, se mosquea porque pese a tener una buena bicicleta desde hace años, quiere otra, la suya se le queda pequeña y pesa, pesa mucho para él.

Ya son casi las seis de la tarde, toda la ciudad se agolpa en las calles que forman el recorrido de la Cabalgata, los niños no sospechan nada, incluso Carlos se ha olvidado de aquello que le contaron en clase, aunque sea por unos momentos… o lo que tarda en llegar a casa. Imposible, no hay quien lo haga dormir. Francisco y Carmen insisten, “tienes que acostarte, si ven que estás despierto pasan de largo”. Pero el chaval no es tonto, y replica que ha sido bueno todo el año, que porque una noche no duerma no le van a hacer la jugarreta… Francisco tiene un plan, de todas formas.

Arriba del todo, Andrés se ha ido a tomar algo con sus amigos y, por qué negarlo, a ver un poco la Cabalgata. “¡Para el año que viene nos apuntamos de figurantes!” Bueno, eso lo llevan diciendo desde hace tiempo, y al final nunca se apuntan porque se les pasa totalmente. De vuelta a casa, todo parece una noche más, no tiene ni la más remota idea de lo que va a pasar a la mañana siguiente. Su hermana sí, pero se calla. Es la ventaja que tiene ser la mayor.

Las niñas parecían cansadas de vuelta a casa, pero tanto caramelo les ha dado un verdadero subidón y no hay quien las pare. Natalia las calma un poco y juntas empiezan a preparar el avituallamiento para los Reyes. Lo primero es el turrón y los mantecados, puestos en una bandeja en un lugar visible, para que les sea fácil de encontrar. No nos olvidemos de la bebida, que tanto trabajo agota y hay que reponer líquidos. Pepe se ríe imaginando la escena y la tremenda borrachera que debe de suponer tomarse una copita de anís en cada casa, por no hablar del dolor de cabeza del día siguiente. Por eso les dice “no, mejor ponemos Whisky…” ¿Qué falta? ¡El agua para los camellos! No se sabe muy bien cómo entran tres camellos en el ascensor, y menos cómo consiguen no hacer mucho ruido, pero agua que no falte. Rellenan un barreño y lo ponen junto a la entrada.

Carlos sigue sin dormirse. Son las cuatro y media de la mañana y no hay manera. Carmen se acostó hace tiempo, Francisco ve la tele con la seguridad de quien se sabe vencedor de la batalla. Carlos sigue empeñado en desenmascarar a los Reyes, y en el salón sigue sin haber ni un solo regalo. De todas formas, antes de las cinco el sueño acaba por derrotarle y se queda dormido en el sofá. Francisco lo lleva a la cama, casi se le escapa una lágrima al pensar en lo que será el amanecer que ya casi parece asomar por la ventana.

Pepe ha quedado con Manu e Isodore a las seis de la mañana. Evidentemente, ambos vienen de doblete, que para algo la noche ha caído en sábado. Pero son responsables y saben de la importancia de la misión. Mientras llegan, toca preparar el asunto: mordisco a cada trozo de turrón, desenvolver dos mantecados e ir a cambiarse de ropa. Eso lo hacen los tres ya juntos en el portal, para no armar mucho barullo en casa (porque las risas en el portal no faltan). Natalia ya se ha levantado también y está lista para completar el atrezzo. Entran los tres “Reyes” en casa, colocan los regalos mientras Natalia espolvorea algo de purpurina por el pasillo junto con confeti que recogió de la cabalgata: los Reyes Magos dejan estela a su paso, faltaría más. Lo que no perdonan Manu e Isidore es el lingotazo de whisky. Mediovacían el barreño de los camellos, dejando claras salpicaduras de agua alrededor, que se note que estos bichos no son delicados bebiendo, precisamente.

Las niñas no despiertan, igual hay que hacer algo más de ruido, así que “accidentalmente” chocan contra la mesa del salón. Natalia, escondida tras la puerta de la habitación de las niñas, les avisa asintiendo con la cabeza. Ángela y María, de la mano, se asoman al pasillo en el momento en el que ven pasar rápidamente tres sombras por la puerta. ¿Son ellos? Pepe tiene el tiempo justo de quitarse la túnica y la peluca y colarse de vuelta en casa y, mientras las niñas corren hacia el dormitorio de sus padres, se mete en el cuarto de baño para disimular. “Papá, te los perdiste, ¡se fueron ahora mismo!” Los regalos están ahí, y hay para todos. Se han comido casi todo el turrón, pero parece que el mantecado de chocolate no les gustó. El whisky se lo han bebido, “¡mamá, incluso los camellos bebieron! ¡Y hay purpurina!"

Carlos se despierta hacia las nueve. Ha dormido poco, y está enfadado por no haber aguantado, pero feliz porque es la mañana de Reyes. Va al salón, sus padres ya se levantaron hace un rato y le están esperando con absoluta normalidad. Pero no hay regalos. “Carlos, te lo dijimos, si saben que estás despierto no vienen”… “Pero mamá – responde Carlos – yo me dormí, ¿por qué no esperaron?”. La lágrima parece escaparse, antes de que eso pase Francisco interviene: “Carlos, estate tranquilo y vete a la cocina a por un vaso de zumo”. Efectivamente, sobre la mesa de la cocina están todos los regalos. La lágrima en esta ocasión se le termina escapando a Francisco. Este sí que ha sido el último año de la ilusión, piensa.

Y lo piensa porque sabe que Andrés anda como anda, en fase “odio la Navidad y nadie me entiende”. En el Noveno se han levantado ya hace tiempo, poco antes de las ocho. El salón está como cada mañana del seis de Enero desde hace algunos años, con regalos en paquetes brillantes apilados en pequeños montoncitos. Juanjo prepara un par de cafés y juntos los cuatro van abriendo los regalos. Recibir un jersey por Reyes no es algo que ilusione en demasía, pero
Andrés está a punto de tener los mejores Reyes que ha tenido hasta la fecha, que recordará toda su vida. Junto al jersey hay un sobre, en el sobre hay una carta. La abre confundido, su madre le dice que la lea en voz alta. No entiende nada, algo dice de que el movimiento se demuestra andando (y no “hablando”, como se oye en el anuncio de Moviline de la tele) y que proceda a pasar al dormitorio de sus padres. “¡Venga, hombre, entra!” le dice Juanjo con una enorme sonrisa. Tan enorme como la sorpresa de Andrés al ver, allí apoyada contra la pared, la mejor bicicleta que jamás pensó podría tener. Con su cuadro azul oscuro y buenísimos componentes, de su talla, limpia, nueva… suya.

Lo que recuerda Andrés del resto de aquella mañana es que poco después todos los ciclistas amigos de su padre le esperaban para estrenar la bici. Lo que nunca ha entendido es cómo sus padres lograron esconder durante semanas aquella bicicleta, y cómo nadie le dijo nunca nada pese a que todo el mundo lo sabía.

La mañana de Reyes es una de las mejores mañanas del año. Yo no recuerdo ni un día de Reyes en el que no luciese el sol. Lo que pasó hace veinte años en aquel bloque de pisos fue una maravillosa y simple concentración de ilusión y buenas intenciones. Sirva este pequeño cuento para trasladar esa ilusión y esos sentimientos a quienes hoy, desgraciadamente, no han podido celebrar el día. Y, bueno, la bici no era la de la foto, porque para esa igual uno va a tener que esperar un poco más de los 23 años que llevo queriéndola. O al menos a que alguien me la quiera vender.
 
Klein Attitude, 1990, colores "Team Dolomite"

Y yo aprovecho para pedirle a Google un editor de textos decente para Blogspot, que no hay quien haga nada bien a la primera...
 
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