jueves 22 de mayo de 2008

La vuelta al mundo en un mapa

Me van a perdonar que haga una entrada auto-aduladora de nuevo. Ya saben que no es mi estilo, pero quiero aprovechar la ocasión y el espacio para dar la bienvenida a toda la gente de nuevos países que me está visitando.

No tengo un número de lectores excesivo, y además éstos (ustedes) no acostumbran a dejar comentarios de los que generan conversaciones. Pero no por ello me siento menos satisfecho al comprobar la cantidad de gente que me lee.

La sorpresa al ver el mapa de visitantes que Statcounter me acaba de dar ha sido considerable. Tuve en el pasado gente de Japón, de Bahrein llega a veces la visita de una amiga, cada poco aparece el visitante misterioso de la Isla de Man, y aunque en el mapa esta vez no se aprecia, de vez en cuando alguien me visita desde el mar (imagino que será una plataforma petrolífera nigeriana).

En fin, aquí les dejo el mapa con las últimas visitas. A mí me ha hecho ilusión verlo. Tonto que es uno…














Click sobre la imagen para verla en grande.

Lo sabe todo... y conduce

No soy muy dado a personalizar mis críticas ni, por tanto, las entradas del blog, pero ayer la situación fue cuanto menos “acojonante”. Salir de casa dirección al trabajo conlleva atravesar media ciudad (lo que tiene vivir en el centro) y decidir si se va por la autopista o por la carretera antigua. Por motivos que no vienen a cuento, ayer tocó la carretera antigua.

De la Sabelotodo ya han podido leer una crónica hace algunas semanas. Por si no lo recuerdan, o por si yo no lo hubiera nombrado, dispone de un vehículo deportivo y prestacional, como evidentemente no es un Renault Clio dci. Sí, ella se lo cree, qué se le va a hacer. Lleva llantas de aleación…
















La máquina de la velocidad, con tambores detrás.

Salimos de la ciudad y embocamos una carretera de doble carril que a los pocos metros se bifurca, limitada a 90, y por la que la gente suele situarse en el carril que le convenga desde el principio, para evitar sustos, sorpresas o cualquier cosa. Cierto es que todos deberían de circular por la derecha, si aplicamos la norma a rajatabla. Cierto es que todos saben a dónde van, son muy pocos metros y no merece la pena andarse con cambios de carril injustificados.

Así, tranquilamente circulamos varios coches, hasta que por detrás aparece como una exhalación ella, adelantándonos por la derecha para al instante dar un volantazo y situarse de nuevo a la izquierda. No hablo de un cambio de carril lógico, sino de un puro e injustificado volantazo, que da más sensación de deportividad, imagino… ¿Velocidad? Unos 130, que para eso la carretera parece una autopista. No tarda en encontrarse con un lento bloqueándole el paso. Lento entrecomillado, claro, pues de 90 no bajaba. Los 300 metros que estuvo tras él, no para de pisar el freno, sin separarse más de 10 centímetros del parachoques. Frenar en una carretera de doble carril equivale, en la mayoría de los casos, a no tener ni idea de cómo conducir, a no tener ni una pizca de previsión y, además, a carecer de cualquier tipo de respeto por el resto de usuarios de la vía.

Más y más freno, sobre todo cuando la carretera se limita a 60 y se acerca un cruce. El lento se desvía a la derecha, momento que aprovecha nuestro personaje para adelantar… en línea continua y en pleno cruce, con dos ovarios. Deberían de inventar un sistema radical contra este tipo de maniobras, como podría ser la amputación y posterior explosión de la cabeza. No es exagerado, es una mera eliminación de elementos no deseados, como hago en mi casa con las hormigas, o como se hace en la huerta con las naranjas podridas.




















¿Alguien gustaría de tenerlas en casa? Yo ya las he tenido... y paso.

Acelera como una posesa y pretende perderse en el horizonte. Lástima que la carretera no sea especialmente larga, y pronto se encuentra con una rotonda, a la salida de la cual, un nuevo coche la hace frenar. Yo, que he seguido a un ritmo constante cercano a los diferentes límites de la vía, no tardo en alcanzarla. En ese momento, aprovechando un trecho de línea discontinua, aprieta su pequeño motor para adelantar, justo antes de que el camión que viene de frente la aplaste como a una cucaracha. Enhorabuena, ha logrado un adelantamiento y llegará en primera posición al siguiente cruce. ¿Tiempo ganado? Unos 4 segundos.

Y es ahí cuando un nuevo vehículo parece estorbarle demasiado, así que no espera su turno y toma la desviación por el carril contrario, nuevamente acelerando. Durante un rato la pierdo de vista. La carretera es ahora estrecha y empinada, dentro de un bosque, una pista privada llena de curvas. Pero lo cierto es que es “mi pista”, y no perdono subir a buen ritmo, dando las curvas como mi coche merece. No tardo en alcanzar a verla entrando ya en el recinto, lugar en el que es frenada por un camión de transporte de vidrios. Se desvía para acceder al parking por el camino más largo, que pretende minimizar a base de acelerador. Yo espero pacientemente al camión, que al instante se aparta, y metros más adelante aparco mi coche.














Pero en gris plata, claro.

A la oficina llegamos exactamente a la vez. “¿No ves como no sirve de nada correr tanto?” le pregunto, inconsciente de mí. Con su mal carácter y su prepotencia habituales me responde de malas maneras un “¿de qué me hablas?”, que se podría traducir como un “cállate, gilipollas”. No es consciente de que yo haya venido detrás de ella. Como Dios, va a toda velocidad, jugándosela en cada maniobra, y no acierta a visualizar los coches que la rodean… ni mucho menos el mío, que es cuanto menos algo peculiar y que suele aparcar a su lado.

“Ah, no sé, yo conduzco siempre así, no tengo por qué cambiar”. Pues mira, monina, a ver si un día te das la hostia y dejas de dar por el culo con tu agilipollamiento… evidentemente no se lo digo, aunque lo piense.



















O relativizas, o acabas así con ella…

Así son, inconscientes, sabiondas, con un coche en absoluto pensado para ello, agresivas y siempre a la defensiva ante cualquier tipo de comentario, venga de quien venga. Lo siento, este tipo de gente me da mucho asco, me provoca repugnancia. Pena de Guardia Civil… aunque sólo fuese por la úlcera que le provocaría su reacción ante las verdades cantadas por la autoridad.

Como en la primera entrada, yo recomiendo mantenerse alejado. Como decía una crítica de un bodrio televisivo que leí hace años en un periódico, una película llamada “Samurai Cowboy”: La imposible mezcla de subgéneros que propone el título no nos incita a nada más que salir corriendo lo más lejos posible de semejante espanto.

Pues eso.

lunes 19 de mayo de 2008

Un día en el Salón

Si hay algo que a todos los aficionados a “los coches” nos gusta es un Salón del Automóvil. Cuando se tiene la suerte de vivir en la ciudad que organiza uno de los más importantes del mundo, la felicidad aumenta conforme se acerca la fecha. Y ya se está acercando. En pocos meses el recinto de Porte de Versailles de París acogerá una edición más del famoso Mondial de l’Automobile, exhibición de lo mejor de cada casa en un marco único que lo junta con… lo peor de cada casa.



















Racaille: dan asco.

Efectivamente, por desgracia las jornadas al público de una exposición como la parisina aglutinan una cantidad de gentuza que acaba con la ilusión del visitante humilde. Ya no es el tema de la imposibilidad de acercarse a los stands de Ferrari o Lamborghini (a los que, sencillamente, no se puede entrar), sino el hecho de encontrarse tapicerías sucias, botones arrancados, barullo por todas partes… y muchísima gentuza. Así no hay quien vaya, y al final acaba siendo más recomendable ver reportajes en Internet desde la comodidad del sillón favorito.

Yo sufrí dos ediciones en ese plan hasta que me decidí a acudir con acreditación de prensa, algo mucho más lógico. Y es que el salón para los periodistas no tiene nada que ver, sobre todo si no se va a trabajar y no es necesario obtener la primera y la mejor de las fotos del último prototipo presentado, enviarla y correr a la siguiente presentación. Sobre cómo se obtienen las acreditaciones no hablaré. Yo la tengo, es así de sencillo. Permítanme contarles cómo sucede una jornada de visita a una exposición privada, aunque no se tomen el texto como una incitación a la envidia y al odio, faltaría más.
















Todo comienza a una hora lógica. De nada sirve madrugar y correr al recinto de exposiciones para entrar el primero, ya que no hay ninguna obligación, y con dos días de prensa por delante hay tiempo de verlo todo. Así, hacia las 11 se hace una hora muy decente para salir de casa, caminar un rato y subirse en el excelente tranvía que recorre el Sur de la capital francesa. No más de 5 minutos de transporte y voilà, bienvenue au salon! La entrada es realmente diferente. Enseñando la acreditación se accede a algo que poco tiene que ver con una jornada pública. Dossier de prensa a retirar del stand de acogida, guardarropía gratuito a disposición, parking gratuito si fuese necesario, todo tipo de atenciones para que uno pueda ir allí y trabajar. O trabajar por amor al arte, como es mi caso.

El recinto está dividido en varios edificios o halls, cuya distribución es siempre la misma durante las distintas ediciones. El hall 1 acoge las principales marcas francesas e internacionales: Renault, Peugeot, Ferrari y compañía, Porsche, Mercedes Benz, el grupo Ford al completo… Tanto General Motos como el grupo Volkswagen cuentan con su hall propio, lo cual hace muy intuitiva y sencilla la visita. Lo ideal es marcarse un recorrido continuo y ver las marcas que por ahí “aparecen”, pues no tenemos que correr de presentación en presentación. No he nombrado a Citroën, y se preguntarán por qué. Es sencillo: la casa francesa ocupa el lugar central del hall 1, con el stand más grande y espectacular de todos. Es la auténtica estrella del salón, por encima del resto.
















Hace dos años su stand era bonito, pero hace cuatro era un espectáculo que hacía desaparecer el resto de la exhibición en cuanto enchufaban la música y el video: una maravilla adictiva que sigo buscando a día de hoy por Internet.

Visitar los stands es tarea sencilla: absolutamente todo está abierto y a disposición de los periodistas, se trate del stand de Skoda, sea el hermético stand de Ferrari. Así, uno puede subirse a las joyas automovilísticas sin ningún problema, tocar, fotografiar, abrir, cerrar, volver a tocar… Todo está permitido y siempre hay un representante de la marca dispuesto a explicar lo que sea o a recibir tus impresiones con atención. Uno pasa de ser un visitante más, pura chusma, como en las jornadas públicas… a un experto cuya voz se ha de escuchar y un fotógrafo para el que hay que hacer todo lo posible por facilitar que la foto del producto sea la mejor de todas. Así da gusto, claro.


























Venga, intenta salir de ahí...

En Aston Martin todo son risas cuando me quedo atrapado en las plazas traseras del Vanquish S. En Ferrari, pese a no presentar nada en exclusiva, las facilidades son enormes para poder hacer tomas espectaculares del 599GTB, al tiempo que los comerciales se interesan por las impresiones de las plazas traseras del 612 Scaglietti. Alfa Romeo exhibe su 8C, y todo son invitaciones a que pase el tiempo que vea necesario haciendo fotos al coche… y a la modelo. Audi presenta su R8 y dispone de dos unidades para mejor aprovechamiento del tiempo. Subirse a un Maybach, a un Bentley o a un Rolls Royce sin que a nadie le importe si vas a comprar o no. Estar junto al mismísimo Stirling Moss mientras se presenta el SLR 722 en el stand de Mercedes Benz. Todo esto y mucho más es lo que sucede en estas jornadas. Y todo esto y mucho más provoca saturación y, sobre todo, hambre.
















Las jornadas públicas del salón son un verdadero timo a la hora de comer. Al no poder abandonar el recinto, o vas cargando con el bocadillo, o no comes, o comes allí auténtica basura a precio de restaurante de la zona de Saint Germain. Y claro, eso no es operativo. Las jornadas de prensa ofrecen un sistema muy diferente. Ciertas marcas buscan atraer al periodista como sea, especialmente durante la comida. De siempre se ha dicho que Mercedes Benz es quien mejores platos da, pero hace dos años no fue así. Una marca que no presentaba nada, consciente del nulo atractivo no ya de su stand, sino de su gama en general, encargó el mejor catering de París y lo puso a disposición de la prensa sin ninguna medida, a lo grande. La casa era Nissan, y el catering Dalloyau. Unas porciones miniatura de auténticas exquisiteces, perfectamente servidas por auténticos profesionales en un ambiente distendido pero agradable, sin ninguna prisa ni presión… magnífico. Eso sí, la zona de refrigerio continuo del salón sigue siendo el bar de Mercedes Benz, auténtico punto de encuentro.
















¿Y qué sucede cuando se trabaja? Que de alguna manera hay que ponerse en contacto con la central y enviar ficheros. Para ello, se instalan en el recinto varios puntos de prensa con todo tipo de equipamientos. Yo opté durante la pasada edición por el del grupo Vokswagen, pese a que su cafetería me pareció excesivamente corriente (de hecho, la merienda la volví a hacer en Nissan). Una simple presentación de la acreditación, y todo queda a tu disposición para que hagas lo que tengas que hacer, en mi caso leer dos foros y conectarme al Messenger. Muy profesional, vamos.
















Hacia las 5 de la tarde el cansancio comienza a hacer mella. Es normal, todo esto satura cualquier cerebro, por mucha afición que haya. En un día de visita es fácil verlo todo, pero si se va sin prisas lo mejor es aprovechar las dos jornadas, centrándose en lo accesible el primer día y dejando el segundo para “lo demás”, incluyendo azafatas y curiosidades. Además, durante la tarde del segundo día ya comienzan a acudir visitantes VIP y los stands se preparan para su configuración “marabunta”, reordenando los coches y cerrándolos. El segundo día tampoco hay presentaciones, y los periodistas están mucho más relajados, siendo más sencillo estar más tiempo estudiando las fotos.
















El trabajo del informador no termina ahí. En casa, o en la oficina, o en el hotel, hay que clasificar fotos, retocarlas en lo que sea necesario, aplicar la marca de agua, subirlas al servidor y, en mi caso, redactar los mensajes del foro para que todo quede ordenado y fácilmente identificable. La satisfacción de verlo todo y de leer los agradecimientos compensa el esfuerzo, sobre todo porque el esfuerzo ha propiciado dos días inolvidables en el Mondial de l’Automobile.

A modo de anécdota, a la semana volví por allí. Al tener acreditación, la entrada es gratuita durante todo el salón. El horror.
















Adorando a sus Dioses: Lamborghini Murcielago LP640 Versace y el teléfono móvil con cámara.

















La cara del chico del stand lo dice todo: pavor.

Y ahora toca esperar a que llegue Octubre…

lunes 5 de mayo de 2008

Lo sabe todo

Es que no falla. Es salir de casa, enfocar la calle que me lleva al aparcamiento, y frente a la misma farmacia de siempre, el mismo barrendero de bigote de todos los días me cierra el paso. Hoy lo he estado observando, para estudiar sus movimientos y poder proceder al quiebro de una forma eficaz, pero es inútil: este señor tiene una habilidad innata para bloquear a cualquier viandante, venga de donde venga. Él mueve su carro a un lado, luego al otro, y cuando crees tener vía libre, saca la escoba o el recogedor siempre en dirección a tu cabeza. Es un genio.

Un genio como el hambriento descubridor de los percebes, como el creador del nudo windsor de corbatas, o como el que puso la opción de “no conectado” en el Messenyeah.

















Un genio como el señor Rubik, inventor del maldito cubo. Y lo llamo maldito porque, desde que me lo regalaron, no paro de mover los dedos y de ver piezas de colores en cada cosa que tengo delante. Si me como un sándwich, en tres segundos pienso en la maniobra que hará que el jamón quede por encima del queso sin cambiar la orientación del pan. Si me estoy duchando, busco cómo invertir el bote de champú mediante giros y así poder sacar la esquina blanca-azul-roja. Si es que hasta en las teclas del teléfono intento ver un movimiento que me permita poner juntas las caras de la esquina colgar-descolgar-almohadilla.




















¡Atrás sentido contrario, arriba sentido contrario, derecha 180º, hombre!

Gracias al cubo he desarrollado una teoría, que dice que cuanto más orgulloso te sientas de haber resuelto el cubo siguiendo las instrucciones de Internet, más gente aparecerá a tu alrededor asegurando haberlo resuelto miles de veces, sin ayuda, y hace años. Yo es que soy un poco tonto, porque sigo sin ver forma de resolverlo por mí mismo, y aunque ciertos movimientos me los sepa de memoria y los haga muy rápido, lo cierto es que no entiendo el por qué de los mismos. O sea, que no, que soy un torpe.

Desde hace un tiempo, hay una persona trabajando en la oficina que, seguramente, resolvió el cubo de Rubik antes incluso de tenerlo. Es más, puede que le haya dado instrucciones a Mr. Rubik sobre el diseño, la comercialización, y la rentabilidad del producto; o sobre el menú para la celebración del éxito; o sobre cómo limpiarse las orejas; o sobre qué aislante es mejor para los techos; o incluso sobre cual es el mejor modelo de inversión en economías africanas en periodos de entre-guerra. Eso como mínimo, ojo.
















¡Esto está dominado!

Es impresionante. Al principio imaginé que probablemente no supiese a qué me dedicaba yo en el trabajo (que no es que me dedique a mucho). Creí que igual me veía como uno más, uno para todo, que lo mismo hacía una fotocopia que atendía al teléfono, que ayudaba en otros lados… Ella sabría. Supongo que algo de chasco se llevaría al verme haciendo eso tan hermoso de tomar decisiones, pero es su problema. Además, con el tiempo he visto que sus constantes correcciones y puntualizaciones van dirigidas a todo el mundo, aunque se trate de Norman Foster en la realización de una de sus obras o de un ingeniero de la Raytheon sobre aviónica militar.

Imagínense a alguien, auxiliar administrativo, dando lecciones de todas las tareas que se desarrollan en la empresa. Pues ahora imagínense a esa persona hablando de cosas que nada tienen que ver con la empresa. Y como muestra, un botón. O dos o tres, depende de los que me salgan…

Un compañero se ha comprado un coche nuevo. Vaya, ha resultado ser un SEAT León. Si leyeron mi “prueba”, entenderán que guardase un respetuoso silencio cuando nos lo enseñó. Ese coche trae unas ruedas desproporcionadas. No les voy a aburrir con medidas, pero basta decir que tiene ruedas más anchas y grandes que las de, por ejemplo, un Honda S2000 de serie. El asunto está en que el motor del SEAT da 140 caballos de potencia, y el del Honda 240, que es simplemente mucho más. El argumento de la sabelotodo fue “es que este coche es un deportivo, necesita esas ruedas”. Qué duda cabe… Ella sabe más de ruedas que todos los ingenieros de Goodyear, y digo esto después de que dictaminase que mis neumáticos eran malísimos para el agua. Neumáticos, todo sea dicho, más pequeños en mi coche de 110cv que los de su Clio de 75. Ella sabrá, claro. De la misma forma que el día en el que me aseguró a mí que la presión fiscal en Francia era menor que en España. Pena que ese día viniese yo de recibir la declaración… O como cuando me dio lecciones magistrales sobre imagen corporativa o informática, todo ello muy interrelacionado.




















Como pase por ahí, la lía…

Seguro que ustedes conocen a gente así. Es esa gente que no puede evitar meter baza en cualquier tema, sentar cátedra mediante un par de refranes mal dichos y quedarse con la última palabra. Suelen, además, alargar un mero “buenos días” en una conversación de 5 minutos mediante tesis doctorales. En el mundo de foros en Internet hay una máxima, que traducida del inglés viene a decir: discutir en Internet es como correr en los juegos paraolímpicos; aunque ganes, seguirá siendo retrasado. Yo no sé ustedes, pero he comenzado a evitar cualquier tipo de comentario “opinable” frente a ella. Bueno, y también he comenzado a darme paseos relajados mientras ella trabaja, aunque sea por fastidiar un poco… Sienta muy bien, y lo cierto es que mientras no se me cuele en reuniones, estaré a salvo.





















Sigan mi consejo, evítenlos, no den pie a nada, no vale la pena. O, si pueden, júntenlos con algún Don Perfecto para risión generalizada.

lunes 21 de abril de 2008

El carnet en una tómbola

¿Si no van y se me rompen los cordones de los zapatos? Tengo un par de zapatos, con forma un poco como de botín cruzado con zapato de Charles Chaplin, comprados en Adolfo Domínguez a principios de año. Son realmente cómodos, y calentitos. ¿El problema? Tienen una tendencia extrañísima a cortar el forro de los cordones, de forma que poco a poco se van pelando como si fuesen un cable, y esta mañana ha pasado lo que ya se veía venir: cordones rotos.

He tenido que ponerme otros zapatos, mucho más bonitos pero más serios… y fundamentalmente más fríos, así que con el suelo de mármol de las oficinas se me quedan los pies congelados. De hecho, el punto de congelación es tal que ya me he planteado poner una alfombra de estas pequeñitas, en plan persa. Si además me traigo algún adorno árabe y la réplica en metacrilato iluminado con leds del hotel Burj-Al-Arab, esto puede ser el acabose.




















Y los leds son de colorines, además.

Ciertamente, es una preocupación propia de alguien sin preocupaciones. Vaya, igual es que yo soy así… No lo creo, pero el contratiempo es importante, qué duda cabe. Ahora me tiraré todo el día con los pies congelados, y lo cierto es que para conducir estos otros zapatos no son muy apropiados, y menos en días de lluvia en los que uno se ve obligado a cruzar el coche en cierta curva de camino a la oficina.

Pues eso, que ando con cordones fracturados, tendré que comprar unos nuevos. O mejor, iré a un sitio a ver si pregunto por alguien, y que me diga dónde los puedo conseguir a cambio de algo. De paso, miraré si me pueden hacer un arreglillo con las facturas de la luz, o conseguirme camisas planchadas, que planchar lleva mucho tiempo. Imagino que allí encontraré a una fila de gente esperando por su carnet de conducir.
















Siguiente, por favor...

Hace tiempo, de camino a casa de unos amigos, me aproximaba a una rotonda por la que ya circulaba un viejo BMW 318 burdeos, conducido por una señora igual de vieja, pero no del mismo color (afortunadamente). En el momento del cruce, la señora frenó y se quedó parada en medio de la rotonda, en una aplicación parisina del código de circulación. Por fin, decidió reiniciar la marcha, cambiándose directamente al carril interior, para a continuación salir por la siguiente salida. Yo, que me esperaba ya cualquier cosa, mantenía una distancia prudencial por miedo a arrugar mi hermoso automóvil.

Y como si lo viese venir, en la siguiente rotonda realizó varios cambios de carril, para salir por su salida al carril derecho, momento que aproveché para adelantarla. ¿Y qué sucedió? Que nada más rebasarla, ella decidió que iba mejor por el carril izquierdo, siempre a sus 48 km/h de velocidad constante. ¿Inverosímil? Justo después de ese cambio de carril, tomó una salida a su derecha. Yo hice un LOL y un OMG, y ciertamente acojonado continué hacia mi destino, donde me esperaba el inicio de una velada que resultó muy agradable, todo sea dicho.




















Oh My God

El viernes pasado iba camino del trabajo, por la autopista. No es que me guste precisamente ir por ahí, porque tengo la sensación de que tanto a la ida como a la vuelta siempre voy cuesta arriba, pero resulta cómodo y me ahorro unos minutos de ciudad (convenientemente aprovechados un tiempo antes en remolonear en la cama). Al llegar a una de tantas cuestas arriba, un Saab 93 cabrio me precedía, circulando a velocidad absurda, por lo que decidí adelantarle. No es que fuese yo a toda máquina, pero a unos 120 sí. En ese momento, el conductor del Saab decidió acelerar el ritmo, haciendo imposible que mi modesto Mazda MX5 adelantase de forma segura, por lo que preferí desistir, situarme detrás, e ir señalizando mi salida (para la que faltaban unos 700 metros). ¿Qué lleva a alguien a hacer semejante tontería? Igual resultó que aquello fue un “pique sano”, y ahora el saabista andará publicando en los foros de saabistas que con su coche se fundió a otro descapotable, mientras perpetra las gloriosas faltas de ortografía que tanto se ven por los foros. O igual, y más probablemente, sea que decidió que yo no le iba a adelantar, y punto. O igual ni me vio, que todo puede ser. El caso es que aceleró sin venir a cuento. Él sabrá.

Otra situación: circulo por ciudad un día cualquiera, y me encuentro delante con un Audi Q7, a ritmo extraño y con manifiesta incapacidad de mantenerse en su carril. “Seguramente irá hablando por teléfono”, pienso… En cuanto tengo la posibilidad, y dado que la calle es de dos carriles, le adelanto y me lo quito del medio. Pues no, justo cuando mi coche está a su lado (o debería decir debajo), me cierra inconscientemente. Frenada y cagamento. Aparece otra oportunidad de deshacerme del pestoso, desviándome por otra calle. Lo logro. Mentira, porque un par de horas más tarde, cuando ya me había olvidado del tema, me lo vuelvo a encontrar exactamente al mismo ritmo imposible circulando por una plaza. Impresionante. Como puedo, logro llegar hasta mi garaje. Aparco el coche, me pongo la chaqueta y salgo a la calle. Voy caminando en dirección a un supermercado, miro en un paso de cebra para cruzar y… ¿quién viene? De nuevo el Audi Q7 de los huevos. A la misma velocidad, pero esta vez de frente. Logro ver al “piloto”, que resulta ser una señora con la vista centrada en su puto teléfono móvil. Evidentemente no frena para dejar pasar a ningún peatón. Vaya, se nos van a juntar varios tópicos, espero que las asociaciones feministas de conductoras telefonistas no se me echen encima…

















Más grande se ve que ya no les cabía en el molde.

Hace una hora, más o menos, de nuevo camino del trabajo en una zona de autopista limitada a 90. Voy tranquilamente oyendo la radio, reduzco a los 90 de la señal. Detrás de mí se aproxima un Alfa 147 gris. Se pega cada vez más hasta el momento en el que dejo de ver su matrícula delantera. Estamos en una autopista, ojo. Yo bajo un poco el ritmo hasta unos 85 km/h, porque tras un minuto así estoy empezando a ponerme nervioso. El conductor del Alfa se pega casi todavía más, pero no me adelanta. En la autopista sólo estamos él y yo, a todo esto. Vuelvo a levantar el pedal y dejo el coche caer hasta los 80 km/h, momento en el que veo como el Alfa se me separa súbitamente: ha pisado el freno. Inútil. En una autopista vacía y el muy imbécil tiene que pisar el freno. Por fin pone el intermitente y me adelanta. Es increíble lo que cuesta deshacerse de estos pestosos.

El carnet en tómbolas, supongo. A mí no me cabe otra explicación a esos comportamientos, sin entrar en serios problemas psiquiátricos o de percepción. Ayer en una cadena española de televisión pusieron La Roca. En un momento del diálogo, Sean Connery, hablando de su compañero de misión un poco torpe, piensa “me pregunto cómo logró superar la pubertad…” Mi abuelo tiene otra duda existencial (por la existencia de ellos, no por la suya): ¿cómo esa gente ha logrado sobrevivir en el mundo moderno sin que les atropellen coches o sin electrocutarse con enchufes? Y yo me pregunto algo más básico: ¿por qué esa gente conduce?















De los casos que he nombrado, la verdad es que no podría decidirme por el peor, porque aunque por un lado las señoras del primero y del tercero sean realmente peligrosas, a mí me sigue llamando mucho la atención cómo es posible que de dos coches, en una vía de dos carriles y en plena línea recta, uno tenga que llegar a pisar el freno. Me gustaría decir que hace años que no piso el freno en las autopistas, pero por desgracia no es así. Lo que sí puedo decir es que hace mucho tiempo que, si lo piso, es por emergencias o maniobras imprudentes por parte de otros.

Es que a uno se le queda un sentimiento de tonto… Y además igual incluso pagan menos de seguro que yo. ¿Por qué conducen? Porque se les deja.

Y es entonces cuando, tras revisar este texto, salgo de la oficina un segundo y me encuentro con una compañera observando una rueda de su abollado coche. Y ella, con dos ovarios y porque siempre sabe más que nadie, me asegura: “pues esas ruedas que llevas tú con tanto dibujo son muy malas para el agua…” Sí, será eso. El carnet, y a veces el cerebro, en una tómbola, ton ton tómbola. Coño, pues Marisol tenía su gracia cantando aquello… De luz y de coloooor, oooh, de luz y de coloooor, oooh…

sábado 19 de abril de 2008

Un año

No es que sea yo muy fan del autobombo y demás, pero lo cierto es que días atrás el blog cumplió su primer año. Y como esto es un blog, hay que hacer cosas de bloggers, entre las que se encuentra el proselitismo lectoril, la autocomplacencia, y evidentemente las autofelicitaciones mediante artículos cortos, insulsos y que a nadie interesan.

Por tanto, declaro esta entrada como totalmente inútil y aprovecho, además de para saludar a mis colegas parisinos y a Emma, que ya sabe lo que me regalará por mi cumpleaños dentro de unos días, para felicitarme por el año.

Felicidades, gracias.















Dicho lo cual, pasemos a otra de las facetas que tanto abundan en los blogs “de éxito”, como es el copypasta descarado de cualquier cosa con objeto de sumar entradas. Por tanto, yo copiaré algo y lo pondré aquí debajo, y así esta entrada ganará espacio. Posteriormente añadiré tres fotografías de nula relación con el asunto, editaré todo, daré un formato apropiado, y publicaré el artículo. Y después seguiré trabajando un ratito más, que siempre viene bien, aunque cada vez estoy más convencido de que un amigo tenía razón cuando me dijo que el trabajo embrutecía.

Saludos cordiales.





















Luego de la invención del tenis por un comandante británico, el tenis se popularizo de manera inmediata en Inglaterra y el resto del mundo dando la entrada al mercado a los clubes de tenis. Estos eran muy populares entre la clase alta, los jugadores se reunían en el club y jugaban horas al tenis. Pero tenían un problema, el clima, de ahí nace nuestra historia del tenis de mesa.

Se cuenta que cuando llovía los tenistas no podían practicar el juego y se reunían en los finos salones que el club tenia habilitado. Un día por la decepción del clima entraron los jugadores a uno de los salones a jugar al billar y a estos ingeniosos hombres se les ocurrió: poner dos libros dividiendo la mesa de billar como la cancha de tenis, poniendo una cuerda en el medio y las raquetas eran cajas de puros, los hombres se fumaron todos los puros para poder jugar con sus cajas.














Esta historia del tenis de mesa se origino en Inglaterra y luego de esta pequeña improvisación los ingleses comenzaron a meterse en el mercado y a inventar todos los elementos para que se practicara con objetos decentes. Las primeras raquetas en la historia del tenis de mesa tenían un mango bastante incomodo, ya que era muy largo y no permitía un buen movimiento. Tiempo después muchos países comercializaban con el popular “ping pong”, nombre que se le dio por el sonido que hacia la pelota.

viernes 4 de abril de 2008

Seat León

Vivo en apartamentos alquilados. Lo siento mucho si decepciono a alguien por haber elegido esta opción, pero en mi caso y de momento, creo que es lo más adecuado. Me acabo de mudar, de hecho. Mudarse con un Peugeot 206cc y un Mazda MX5 no es sencillo, se lo aseguro, pero lo he logrado.

Una de las actividades más amenas de la búsqueda de pisos y posterior mudanza consiste en encontrar ese mueble (aunque muchas veces sean varios) totalmente indescriptible y que te obliga a crearte una idea generalmente muy negativa del propietario. Sí, segunda decepción, suelo tirar de apartamentos amueblados. ¿Por qué? Porque se suelen encontrar “amueblados” de forma muy sui-géneris, con prácticamente nada en su interior, y si hay un poco y ese poco te es útil, bienvenido sea. Además, luego las mudanzas son más sencillas.















Que tampoco es plan de hacerse esto cada dos por tres.

Lo que decía, siempre uno se encuentra con una pieza digna del museo de los horrores. En mi anterior apartamento, en una de estas zonas residenciales de alta gama, se trataba del sofá. Uno de los sofás más feos de la historia, con una forma poco confortable, un tamaño exagerado, y un tapizado floral causante de pesadillas. Bueno, el sofá y todos los cuadros que adornaban las paredes. Y me estoy olvidando de las dos camitas del dormitorio. Todo excepto el sofá, debido a su mencionado descomunal tamaño, pasó a mejor uso en el trastero del apartamento. Sí, mejor uso: el de coger polvo y mantenerse alejado de la vista. Y me he vuelto a olvidar de las alfombras, ciertamente. Y de los cojines.

Ahora me he cambiado a la “City”, bastante más movido todo, en un edificio antiguo rehabilitado, un apartamento ligeramente más grande y, sobre todo, con jardín. Glorioso (de momento). Pues bien, no podían faltar esas piezas de meter miedo, esta vez en forma de cama insufrible, mesa y silla casi peores, y una especie de camastro de tamaño indefinido que se transforma en “sofacito”, nuevamente tapizado en flores, con estructura de madera modelo ataúd claro, balaustrada (sí, balaustrada), y una forma imposible capaz de proporcionar una incomodidad sin igual. Perfecto.















Quedaría todo mejor con estos puestos en el salón, en vez de "el monstruo".

Estos muebles, junto con esas inexplicables perchas de cable grueso forrado en plástico azul o verde que siempre están perdidas por los armarios, te crean una idea destructiva del propietario. Propietarias, en estos casos que menciono. Son mala gente. Ya no es una cuestión de gustos, que me dan igual. Estamos hablando de millonarias, que tienen varios apartamentos en las mejores zonas de la ciudad, que se dedican a vivir además del dinero que ganan sus maridos. ¿Qué les puede llevar a comprar semejantes espantos? Con la variedad de muebles que hay, con la posibilidad de comprar piezas básicas y baratas, ¿qué lleva a alguien a hacerse con un sofá como el del primer piso? ¿Por qué? ¿Por qué se terminan comprando aquello?

Como esas preguntas no tienen una respuesta lógica que quepa en mi cerebro, y nunca la tendrán, lo mejor es librarse de esas cosas. Me refiero a los muebles, no a las propietarias. Una liberación bien sea visual, bien sea total, claro está, para a continuación dirigirse a las tiendas de muebles más apropiadas y rellenar el vacío dejado. Tras haber cambiado en este piso el comedor por el salón, el salón por el dormitorio, y el dormitorio por el salón, me di cuenta de que me faltaba una mesa de centro, o algo que adornase mi alfombra. IKEA, me dije. Ya he hablado de ello, esta gente pone al alcance de cualquiera una variedad y un diseño hasta ahora nunca visto por España. Y fue en ese momento cuando mi amigo el Roboc me comentó (porque será roboc, que no robot, pero habla) la moda de modificar los afamados muebles suecos al gusto del consumidor. Grandísima idea.





















Mi amigo el Roboc

Si se fijan, IKEA hace sus muebles en distintas líneas, y luego siempre vende piezas sueltas. El objetivo es favorecer la creatividad del comprador, y fundamentalmente la versatilidad de sus diseños. Quizá no sea una práctica muy común, pero permite la realización de piezas espectaculares, a poco que se tenga talento y gusto. La serie Lack de IKEA resulta, además de bonita y moderna, muy económica. ¿Por qué conformarse con lo que viene en las fotos cuando, pensándolo un poquito, uno puede hacerse sus propios muebles? Dicho y hecho, con la inestimable ayuda de un bolígrafo y un papel, comencé a trazar una mesa de centro apropiada. Y en un alarde de tecnología aplicada, abrí el Paint y realicé un croquis del diseño. La compra fue sencilla, como lo fue la presentación y como espero sea el montaje. El resultado será visible en mi apartamento, para quien decida venir a visitarme (y sea invitado a ello, claro).

La sensación es la de haber sido iluminado por la luz de la sabiduría y el conocimiento, haber conocido un nuevo camino alejado del MerKamueble, e incluso del propio IKEA, y verse convertido en diseñador de una parte más de tu propia vida. Porque yo no sé ustedes, pero en mi salón suelo tener vida más allá de la siesta de fin de semana con película de Antena 3.




















De esto, de esto.

Como veo que ya llevo escrito lo suficiente como para rellenar la mayor parte del artículo, pasaré a hablar del SEAT León, que es lo que nos ocupa. Lo siento, he tenido que contar todo eso porque el coche, lo que es el coche en sí, no da para mucho. Es más, esta será seguramente una de las pocas pruebas de coches en las que el probador se haya negado a conducir el vehículo en cuestión.

Todo sucedió por la visita de unos amigos, para cuyos desplazamientos decidieron alquilar un automóvil de turismo, que se llama. Y qué mejor que optar por lo peor que podría haber en el catálogo de la casa de coches de alquiler. De esta manera, por aquí se plantaron en un SEAT León de color gris, creo recordar. Por lo visto era un modelo equipado con motor de gasoleo. Instalado dentro, en el puesto de conducción (con perdón), la sensación global que me invade es la de asco y desgana. Yendo en marcha detrás, uno se da cuenta de que el coche sirve para ir por los sitios, lo cual no está nada mal.















Intenté ser objetivo con los materiales que adornan (relativamente) su interior, pero creo que no lo fui. Uno conoce el Audi A3, y está harto de oír que si mismo coche con diferentes acabados, pagas por los anillos, no hay tanta diferencia, y demás chorradas que sueltan los propietarios de este engendro nacional. Todo mentira, claro. La tapicería que montaba el modelo en cuestión era, sencillamente, mala. Como lo era el tapizado del techo, como lo era el plástico del salpicadero, como lo eran las alfombrillas, como lo era prácticamente todo.

El caso es que el aspecto exterior no es desagradable, desde el momento en el que la visión del coche no provoca cegueras ni necesidad de comer excrementos. Y me parece que su precio no es del todo malo, estando por debajo de su primo el VW Golf, y muy por debajo del nombrado Audi A3. Normal que esté por debajo, pues por muchas similitudes mecánicas que tenga, no tiene nada que ver. Ni por dentro ni por fuera.
















Me dejaron en mi casa y al día siguiente nos volvimos a ver. Yo, para compensar, les recibí subido en una segadora John Deere verde, vehículo mucho más atractivo de manejar que su coche gris a gasoil con diseños de curvas y aristas. Por lo que pude saber, el coche se comportó como era de esperar, y como ya he comentado: les llevó por los sitios.

Supongo que comentarios así de subjetivos podrán doler a la masa propietaria del coche en cuestión. Más de uno dirá que soy un payaso, o que "no tengo ni puta idea". Pues qué se le va a hacer, si me ha dado mucho asco y además esto se publica en mi blog, que para algo es mío. En realidad es más que probable que el coche no sea malo. De hecho, estoy seguro de ello. Como también estoy seguro de que subido en la inmensa mayoría de compactos sentiría sensaciones similares. Qué se le va a hacer, si no me gustan. Que hable bien del coche sería como pretender que hable bien de acariciar escrotos de perros: puede que a alguien le resulte atractivo, pero a mí no.

Bueno, seguiré con mi mesa de centro. Saludos cordiales.

SEAT León 1.9 TDI, probablemente. Anda lo suficiente, no es caro, tiene su punto visto por fuera, por dentro tampoco es tan terrible, y su calidad mecánica está demostrada. Si a alguien le gusta, que se lo compre. No es un mal coche.

 
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