martes, 19 de abril de 2011

Les Bistronomes

Como en todas las grandes ciudades, escribir sobre cualquier restaurante pequeño y poco conocido tiene un lado positivo y otro negativo. El negativo es que te dejas en el tintero cientos de otros sitios seguramente igual de buenos y agradables, y el positivo, en este caso, es que escribes sobre el restaurante de un amigo, y sobre un restaurante bistrot sencillamente magnífico.

Sylvain trabajó años en la industria hotelera parisina. No nos habíamos vuelto a ver desde que a finales de Agosto de 2007 abandonase yo París. Fue precisamente en su casa en la que pasé la penúltima tarde allí (la última fue con mi familia, ya preparados para el viaje). Durante esos años seguía trabajando en hoteles, desde entonces ha estado buscando su sitio, y creo que lo ha encontrado con la apertura de Les Bistronomes, un pequeño bistrot que maneja junto con Cyril, su socio y chef.


Un sitio pequeño, de buen ambiente, al que ir a comer o a cenar en un ambiente que no por ser más o menos informal, implica un mal servicio o una cocina “corriente”. En absoluto. De hecho, la calidad del servicio, por cercanía humana, es lo que le da ese toque personal del sitio al que apetece ir a disfrutar, sin perder ni las formas ni el estilo, ni el confort, pero sin sentirse obligado a cenar en capilla, como sucede en esos restaurantes de renombre tan carísimos, en los que uno casi que le coge miedo al sumiller, no digamos ya al maître.

A dos pasos de Palais Royale o de Opéra, el local está situado en los bajos de un edificio con el típico portal parisino de pasaje, al que miran las ventanas de vidrio teñido del restaurante. Es un sitio pequeño, ya lo he dicho, es un puro bistrot en el que las mesas están cerca las unas de las otras. Porque París es una ciudad cara, en la que el espacio es el verdadero bien de lujo. Pero aquí no hemos venido por el espacio, sino por el ambiente y por la comida.


La carta es breve pero directa. Unas entradas agradables, productos de temporada y de mercado, y unos platos (pocos) por los que cuesta decidirse. Éramos tres para cenar, y a dos se nos ocurrió pedir lo mismo, y como el placer personal va muy por encima del blog, sintiéndolo mucho por los lectores, nos mantuvimos fieles a nuestra elección y nos quedamos sin probar algún otro de los platos. Cayeron un filet de pigeon (perdonen el afrancesamiento tan snob, pero es que traducir eso como filete de pichón me suena tan ridículo como intentar sacar un filete de un pájaro pequeño), y un bar rotie, que es una lubina asada y que podría haberlo escrito en español, pero por seguir la tónica...


El pichón es en realidad un hojaldre relleno. La base de la tartaleta es repollo salteado, luego viene la carne con alguna que otra cosa, y todo va cerrado. Se sirve con una salsita opcional. La carne perfectamente poco hecha, como debe de ser, sabrosa y jugosa, creando un plato sencillamente rico y agradable, con una delicada presentación. El pescado yo creo que es una mejor opción, y se emplata sobre una especie de risotto de arroz negro con alubias rojas y guisantes, ligeramente aceitoso y que el chef llama “tipo paella”, que es una delicia. Y las porciones de pescado vienen perfectamente cocinadas, en un punto de cocción y de dureza que es eso: perfecto. Así da gusto.


De postres yo pedí un milhojas de plátano flambeado al ron añejo, servido con un helado de no recuerdo qué. Lo sé, es una crónica vaga... Es peor aún, mis amigos pidieron un algo que tenía piña (con lo que ni me planteé probarlo por cuestiones alérgicas), y otra cosa que no era con chocolate, sino con crema chantilly. Discúlpenme por tan terrible descripción, pero uno estaba algo cansado y yo no soy muy de postres. De todas formas, nadie quedó insatisfecho con el menú, lo que indica la buena calidad de todo lo servido (mis amigos son también muy de disfrutar de estas cosas). Y es cuestión de entrar en la web del restaurante y ver los menús y las fotos...


Acompañamos la cena con una copa de tinto para la señorita Nunzia, un agua con gas para el señor Xavier, y yo no podía pedir otra cosa que una cerveza. Al terminar, Sylvain nos ofreció un benjamín de Ratafia, que es una bebida hecha con mosto de las uvas del Champagne, alcoholizada a posteriori (no fermentada), de color tirando a rosado oscuro, relativamente agradable.


¿He dicho ya que fue todo estupendo? A veces apetece salir a cenar y disfrutar, y llevando un año en Laos y estando de vacaciones, más. No puedo decir que, desde el punto de vista del placer culinario personal, la cena en Les Bistronomes sea 10 veces mejor que la cena en una brasserie de Neuilly recién aterrizado en París el otro día, con un tartare delicioso y cerveza de barril. Son cosas diferentes, y si Sylvain sirviese aquel tartare, yo también habría quedado a gusto. Es el conjunto de todo, lo simpático del local, la cercanía del servicio, la cercanía de las otras mesas... es un bistrot, y ya tenía ganas yo de volver a uno. Me alegro haberlo hecho al de un amigo, y no dudo en recomendarlo, sin duda.

Les Bistronomes, 34 rue de Richelieu, 75001 - París, plato, postre y bebida por unos 50 euros por persona. Es caro, pero al tiempo no es caro. Es París, pero el París de los de allí. Conviene llamar para reservar.

2 comentarios:

Teresa dijo...

no dejaré de visitarlo en mi próximo viaje

Anónimo dijo...

Curiosa la popularidad del término "bistrot".

Aunque "bistrot" nos suene a la mayoría como a "restaurante sencillo y fino"... en realidad, por definición, no deja de ser un bar de comidas de elaboración más o menos rápida.

El equivalente castellano sería "taberna", y sería equivalente a los típicos bares del centro de madrid, en los que te sirven excelentes callos, jamón, ahumados, quesos, y platos de elaboración rápida.

 
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