martes, 19 de junio de 2007

Hôtel du Palais, este sí que sí.

Cuando era pequeño, los bombones de la confitería Peñalba de Oviedo tenían fama de ser, prácticamente, los mejores del mundo. Yo, que lo mismo comía un bombón de esos que un par de onzas de chocolate Milka, lo único que sabía es que me daba miedo entrar en aquel sitio. A ver, una confitería toda en mármol, con un aspecto más propio de un velatorio que de otra cosa, con mesas enormes antiguas cubiertas de cestas de bombones nada apetitosos, en la que atendían mal y con desgana… para un niño pequeño, aquello era el pavor más que la imagen clásica de la confitería agradable y familiar con aroma a obrador.

El proceso de venta era cuanto menos curioso. Digo “era” por no decir “es”. Desconozco si sigue igual. Uno se acercaba a un mostrador al final del todo y pedía. Allí le daban un ticket en papel escrito a mano, que se entregaba a un señor que estaba metido en un cuartito a la izquierda, desde el que se asomaba a través de una ventana a la tienda, todo iluminado por una luz amarilla tenue y vieja. Allí pagabas, y por otro lado te iban preparando el pedido, y tras recibirlo, 10 ó 20 minutos más tarde, te ibas atravesando de nuevo la frialdad del local con sus lujosas mesas. Dice mi madre que el paquete salía cerrado, por lo que no sabías nunca muy bien qué habías comprado hasta llegar a casa.


Amigos, esto es lujo... ¿creen que es feliz?

Pero aquello era considerado el lujo. Un sitio caro con muebles caros y gente desagradable, pero todos millonarios. Frialdad pura, nula relación personal, todos más ricos que el resto, todos mirándose por encima del hombro hasta casi el punto de chocar con el techo de lo altos que se ponían. El ritual de comer los bombones era similar, ya que al ser los más caros de la ciudad, debían de ser consumidos con solemnidad absoluta, prácticamente en capilla.

Yo de aquella era un retaco más preocupado por mis cochecitos de Matchbox, mi colección de disfraces, y poca cosa más. Y lo cierto es que aquellos bombones de Peñalba nunca me gustaron. Igual eran buenísimos, pero tanto rollo por un trozo de varios chocolates, como que no.

En la hotelería de lujo pasa más o menos lo mismo. Nombres clásicos como Ritz, Savoy, Palace… son hoy en día, en la mayoría de los casos, sólo unos nombres con los que adornar un establecimiento que vive de lo que fue hace muchos, muchos años. Hotel de lujo, dicen…. Establecimiento antiguo amueblado con objetos no ya antiguos, sino viejos. ¿Y qué les pasa a los objetos de decoración antiguos? Que a día de hoy nos hemos dado cuenta de que son sencillamente incómodos. Sofás verticales excesivamente altos, mesas altísimas, camas viejas, parquets que resuenan al caminar… Baños pequeños, lavabos con pie desfasados, grifos incómodos… Cualquier cosa menos confort. Pero claro, estamos en un establecimiento clásico y de lujo, o sea, toca vivir con las mismas incomodidades que hace 70 años. ¿Qué digo 70? ¡170 años! Que en 1937 el rollo Louis XV estaba superadísimo por el art-decó.

Algunos hoteles prefirieron seguir con aquel sistema costase lo que costase. En muchos casos les ha costado el cierre. Otros malviven apoyándose en el nombre cual viejo en el bastón… Ese podría ser el caso, a priori, del Hôtel du Palais, en Biarritz. Cualquier viajero acostumbrado a la hotelería moderna, al entrar en la habitación que me ofreció el director del hotel, Monsieur Leimbacher, el verano pasado… habría sufrido un síncope ante tanta decadencia. ¿Seguro?


Se ve bonito, ¿valdrá la pena?

Como dije, el verano pasado tuve la idea de parar en Biarritz de camino a España. Se ve que mi extraño aspecto, conseguido tras una intoxicación la víspera y algunas horas de conducir descapotado bajo el sol, le dio lástima al director del Hôtel du Palais y, tras cinco minutos de conversación, ya me encontré invitado a quedarme. “Trouvez-lui une chambrette….” Y al instante, un botones subía mi equipaje a la habitación. Vale, el mobiliario era antiguo y mayoritariamente inútil. El baño estaba anticuado. La moqueta estaba limpia, pero de diseño antiguo. Uno sabe que está en un establecimiento de superlujo, pero tiene la impresión de que pagar por algo que parece tan sumamente amortizado, tiene un alto componente de robo. ¿Seguro?



Club Sandwich servido en la habitación 204.

Dejando de lado la exquisita calidad del servicio, de todo lo solicitado, el entorno, las vistas, la piscina, el pitching-green del jardín, el aparcamiento, la privacidad extrema del recinto (cerrado a visitantes), la amabilidad del personal, etc… no todo el hotel es tan “viejo” como parece. Pese a estar el hotel prácticamente lleno cuando me quedé, pude hacer una visita guiado por uno de los responsables de la Recepción, y… cualquier a-priori que se pudiera tener ante el hall y los pasillos, desapareció al entrar en las habitaciones de la última planta. Este piso, antiguamente defenestrado por sus pequeñas habitaciones con nulas ventanas, ha sido renovado por completo siguiendo una temática “crucero” que es sencillamente espectacular. Los pasillos son auténticos pasillos de barcos, con pasamanos para agarrarse en caso de que el edificio se escore… Las puertas, los colores de las maderas, las alfombras… todo es 100% crucero. ¿Y las habitaciones? Pequeños apartamentos con entrada, pasillo, biblioteca, dormitorio, ventanas de ojo de buey, y unos cuartos de baño supremos. Todo eso convierte a esta planta en la auténtica opción de cara a quedarse en el Hôtel du Palais si se viene con presupuesto “terrestre”.



Y digo lo del presupuesto porque también pude visitar los apartamentos presidenciales, en los que han conseguido recrear el mismo estilo antiguo del resto del hotel, pero con materiales nobles en perfecto estado y alta tecnología. Siguen siendo grandísimos apartamentos, pero ahora ya no son tan presidenciales que no apetece nada quedarse en ellos, sino que realmente dan ganas de establecerse allí, de vivir el hotel, de quedarse dentro. Nada que ver con la clásica Suite Presidencial de hotel de megalujo parisino, en la que el turista se sorprende y se maravilla con la antigüedad y solemnidad del lugar, pero que no deja de ser un sitio viejo, frío y con cuartos de baño antiguos. Esta renovación llevada a cabo en el Hôtel du Palais ha conseguido mantener el lujo y la distinción, conservar el ambiente antiguo e imperial, y proporcionar el confort y la calidad que se han de dar cuando se cobran miles de euros por noche.

Y no se crean que se acaba ahí la cosa. No puedo valorar su restauración más que por el desayuno, exquisito y muy tranquilo frente al mar, y su servicio de habitaciones, rápido y efectivo con una presentación y un profesionalismo excelentes, pero mi nota es sin duda muy alta. Sin embargo, desde finales del verano pasado hay un plus que añadir al Hôtel du Palais, algo que siempre echas en falta cuando lo conoces y, sobre todo, cuando pagas lo que estás pagando (aunque no fuese mi caso): el Spa. Tomando un antiguo edificio que usaban como residencia para personal y más recientemente para becarios y aprendices, han realizado uno de los mejores Spa de la hotelería de lujo europea, que cuenta no sólo con todos los equipamientos requeridos, sino con algo que precisamente no suele abundar en los hoteles de ciudad: espacio. El gimnasio es amplio, la piscina es amplia, las saunas, los vestuarios, las cabinas de masaje, el salón de belleza… hay lo que se llama “sitio”, y es que, parafraseando a la publicidad del Renault Espace… “¿Y si el verdadero lujo fuese el espacio?”. En este caso lo es, ya lo creo que lo es.


Y esto es sólo la piscina exterior...

Vale, toda esa calidad tiene un precio, seguramente excesivo, como la conexión a Internet (realmente carísima) o las bebidas del minibar. Cada servicio que solicitas es cobrado siguiendo las mismas tablas que los precios de las habitaciones. Ojo, estamos hablando de un establecimiento de lujo, en el que se incluye el componente psicológico de alojarse en el mejor sitio de la zona. Como hay quien puede pagarlo, se cobra, y no hay nada de malo en ello, ni de deshonesto, pues en este caso esa idea de “robo” se ve superada por lo que se obtiene. Eso sí, como digo siempre, para ir a estos establecimientos hay que poder pagarlos como se han de poder pagar. Cualquier persona podría ahorrar y permitirse una noche o dos en un hotel de superlujo, pero esto no funciona así, y para quien vaya en ese plan, sencillamente no le va a merecer la pena. ¿Cuándo merece la pena? Cuando se paga como quien paga un 2 estrellas de provincias. Esto es: te cuesta un dinero pero bueno, lo pagas. Si no puedes mantener el tren de gasto del hotel, o estás haciendo un esfuerzo grande… mejor ahorra y deja el dinero para cosas más importantes.

Precios: habrá que pensar desde los 600 euros por noche, aunque en temporada baja el precio es sensiblemente inferior. Como guía, unos extras de un club sándwich, una sopa de pescado, un yogur, una bebida y la conexión a Internet, que es lo único que pagué en el hotel, salieron por 75 euros.

Hôtel du Palais, 1 Avenue de l’impératrice, Biarritz.

7 comentarios:

Luis dijo...

Las veces que he estado en Biarritz siempre me ha maravillado este hotel que, lamentablemente, por ahora queda muy lejos de mi alcance.
En cualquier caso, muy ameno e interesante el artículo para que los que hemos tenido que conformarnos com mirar desde la vaya, podamos saber lo que hay 'allí dentro'.

Andrew Vickerman dijo...

Me alegro de que le guste el blog. Desengáñese, si no lo puede pagar bien, no merece la pena... o puede que sí! En temporada baja los precios no son tan inalcanzables, y para un aniversario o algo... se puede intentar. Eso sí, acuérdese de precisar que si aniversario, que si fiesta especial, que si tal que si cual, para que le tengan en consideración y se esmeren en dejarles un buen recuerdo (que para eso lo pagan).

Effect dijo...

Biarritz jejej, digamos que toda esa zona es (o era) de cierto caché. Muchos parisinos con pasta tienen costumbre de veranear en toda esa zona de la costa atlántica (Hendaya hasta el fin de las Landas).

De hecho en Biarritz creo que hay un conce Ferrari.

Eres un máquina escribiendo. Muy interesante. Saludos!

Francisco Miranda dijo...

Mi experiencia es que normalmente se pagan cosas como la fachada o el entorno y uno se puede llevar desilusiones con las habitaciones.

Me gustó mucho el Pestana Palace de Lisboa pagado a 80 euros donde había un lujo discreto aunque no con ello consigues un baño como los de los hoteles AC.

En otros sitios me he ido con la impresión de haber pagado por una experiencia sin haber recibido nada especial.

Por Biarritz tienes el http://www.chateauduclairdelune.com

A ver qué te parece, aunque me temo a mi no pillan ahí.

Andrew Vickerman dijo...

Que pagas nombre y fachada está clarísimo. Que puedes pasar una estancia perfecta como la mía... también. Pero también está el riesgo de que todo salga mal, que añadiendo el factor precio, hará que tu desilusión sea mayúscula e incrementará esa sensación de pagar por un nombre y una fachada.

Son delicados estos hoteles... Por eso siempre digo que son sitios a los que ir cuando el coste te supone "nada". Si haces esfuerzo, puede ser "arriesgado".

Anónimo dijo...

Le voy a decir una cosa con todos mis respetos. Le puedo garantizar, pues entiendo del tema, que los bombones de Peñalba son de lo mejorcito a nivel nacional en España y sin duda son bocados deliciosos para el 99,99% de la gente a la que le guste el chocolate (es la primera noticia que tengo de alguien que no los aprecia). Vamos, ¡compararlos con el chocolate milka hay que tener cojones y mal gusto! La verdad es que ha sido una comparación realmente desafortunada. No esta hecha la miel para la boca del asno, aunque lo del ambiente del local si es cierto que es un poco rancio (aunque usted lo pinta de una forma que tampoco es tanto...)
P.D. No desinforme así en su blog, hombre, que priva a la gente de un placer, que aunque usted no sepa apreciar, muchísima gente durante años ha disfrutado y lo sigue haciendo. Además, yo sí recomiendo que la gente los pruebe y que luego posteen en este blog su impresión.

Andrew Vickerman dijo...

Sr. Anónimo,

Le ruego tenga a bien considerar un dato importantísimo con el que inicio el artículo: "cuando era pequeño". Efectivamente, estoy hablando de los gustos de un niño, más preocupado por jugar y por probar cosas sencillas que por disfrutar de la "altitud" de unos bombones.

Por otra parte, le aseguro que aún a día de hoy, y de cara a disfrutar del chocolate, cacao o como lo quiera llamar, sigo prefiriendo la Nutella a cucharadas, a ser posible en bote de 5 kilos. ¿Miel para la boca del asno? Pues mire, soy alérgico al chocolate, y cuanto más puro es peor me pongo de estornudos. Y aunque no lo fuese, el "bombón de Peñalba", para mí, siempre contará con ese halo místico que da el local. Halo que, como ha podido leer, odio. Y lo odio tanto como ir a una joyería-relojería normalita y que te miren con desprecio porque no llevs puesto un Tag-Heuer de cuarzo, dado que el relojero desconoce lo que puedas tener en casa.

Insisto, en este caso no creo que sea el no saber apreciar, sino el juzgar las cosas con algo de sentido. ¿Que son buenos? Sí. ¿Que son comparables al éxtasis culinario? No lo creo.

 
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