martes, 8 de mayo de 2012

El viajero eterno

Mi amiga Irene es verdaderamente tremenda. Nos conocimos hace algunos años jugando a una especie de Pictionary en Internet, y aunque no nos escribimos ni hablamos ni mucho menos nos vemos a menudo, siempre es un placer y una risa leer sus emails, o contarnos nuestras penurias. Ahora, desde que se casó y vive en Estados Unidos, la cosa para verse es aún más compleja, pero sigue manteniendo la acidez absoluta en sus comentarios a lo que yo diga, haga o escriba, y eso es una gozada.

El otro día me mandó un correo con un link a este artículo, titulado Síndrome del viajero eterno, en el que el autor explica lo que pasa cuando vives cambiando de ciudad cada poco, y dice que “una de las cosas que más me cuesta explicar a alguien que siempre ha vivido en el mismo lugar , es la sensación de no pertenecer a ningún sitio. Es una especie de ansiedad, de no estar a gusto, de que falta algo…”,  mientras cita otro artículo de una tal Corey Heller, quien añade que tiene “esa sensación de querer volver todo el rato, pero cuando vuelvo en realidad estoy deseando irme de nuevo”. Es un excelente artículo, muy cortito pero muy conciso, directo al grano, a la realidad de quienes aún no han encontrado su sitio o quienes directamente no lo quieren encontrar.

París y sus cosas...

Cuando me fui a vivir a París, primera experiencia fuera de casa, lejos (relativamente), y solo, recuerdo que cada noche soñaba cómo hacía mi equipaje, lo metía en el maletero del coche (que venía a ser la variable del sueño y que empezó siendo un Volkswagen Passat W8 verde), y me iba conduciendo hasta Asturias. Sin tener muy claro, sin siquiera plantearme el qué iba a hacer en Asturias. No era un sueño de todas las noches, permítanme la pequeña exageración de antes, pero sí bastante recurrente, o más que un sueño era ese pensamiento con el que terminas durmiéndote.

La realidad es que volvía a casa cada tres meses, Air Nostrum mediante, y así estuve durante más de cinco años. Cuando por fin volví, ahora que lo miro desde la distancia al haberme vuelto a marchar (y van ya dos años en Asia), veo un periodo muy positivo en mi vida. Y eso es sencillamente porque sí, fue muy positivo, pero también porque estoy idealizando aquellos meses. Esa idealización que nos pasa a todos con los lugares en los que hemos vivido, quedándonos con los recuerdos positivos. Como escribe Reven en el artículo que digo, “quieres vivir en una ciudad collage de recuerdos, experiencias y personas. Una mezcla de estilos, arquitecturas, gastronomías… Una ciudad mezcla de los recuerdos de todas las ciudades que has amado. Pero esa ciudad no existe”.

Mezcla de estilos

A mi amiga Irene le respondí, entonces, que los dos sitios que considero mi casa son tan eternos que cambios, lo que se dice cambios, pocos… Oviedo, mi ciudad desde pequeño, sigue siendo la misma ciudad provinciana llena de pijos de siempre. Bueno, no, sólo el centro sigue así, pero es que lo que nunca fue el centro, por mucho que se empeñen las inmobiliarias, siempre ha sido un tanto “etnolandia” para pasar a ser directamente Perú de un tiempo a esta parte. He estado en Oviedo hace unas semanas, después de un año sin pisar la ciudad, y habiéndola visto el año pasado sólo seis días, tras haber pasado otro año fuera. Sigue siendo todo exactamente igual, con sus tremendas ventajas de ciudad pequeña en una región tan privilegiada geográficamente como castigada climatológicamente. Apatrullar la ciudad, que es algo que me encanta hacer muy de cuando en cuando, de noche, conduciendo sin ritmo fijo, te da la sensación de que el tiempo no pasa. Ver a la gente y sus ropas lo confirma, y aunque estabas deseando ir y echabas de menos la vida en esa ciudad, o mejor dicho lo que puedes hacer saliendo de esa ciudad, de repente te vuelven a entrar ganas de irte.

Uno de los peranzanos, en la terraza

El último piso en el que viví en Oviedo era realmente una chulada, en pleno centro, Calle Fruela, con terraza, con decoración ideada por mí mismo, con unos colores, una luz, un tamaño, un todo… un frío espantoso en invierno, una calefacción carísima, una nevera ridícula, una ducha de las de darse prisa, y una bañera que intenté llenar un día para descubrir con horror no sólo que yo no cabía en ella, sino también que el agua caliente no daba para llenarla entera, encontrándome frente a una tina de agua fresca, sin agua caliente en el depósito, en pelota y con prisa por salir. Quiero aquel piso, pero necesito recordar bien para darme cuenta de que tenía muchísimos inconvenientes y que en Asturias el verano dura dos semanas.

El otro lugar que considero mi casa es nada más y nada menos que Montecarlo. Dicho así no suena nada original, cualquiera estaría a gusto viviendo en el Principado de Mónaco, a priori, aunque luego nos demos cuenta de lo carísimo que sale todo, de lo incómodo que es pasear por una ciudad vertical y llena de turistas y coches, de lo imposible que es acceder a una vivienda, etc… Tonterías, es un sitio estupendo para vivir. Y es otro de esos sitios que no ha cambiado absolutamente nada en los últimos 25 años, cosa de la que me alegro. Sólo cambia el parque móvil. Sigue habiendo turistas de bermudas entremezclados con millonarios de ropas coloridas, anuncios de inmobiliarias con precios ridículos, las mismas tiendas (o con el mismo aspecto), y el mismo circuito de Formula 1. Es más, si me apuran hay hasta los mismos hoteles, y el Lady Moura sigue atracado en su puerto. Llegar y aparcar el coche en Santa Devota es básico y fundamental, y quizá el cambio más reseñable sea que ganar el Gran Premio de Fórmula 1 ya no consiste en pasar el fin de semana con alguna de las princesas, sino en terminar el primero en la carrera. Una pena.

En realidad en Montecarlo es habitual que haya nubes

Pero a Montecarlo le pasa lo que a Oviedo, lo que a esa ciudad que no existe, como escribe Reven. Son idealizaciones, ensoñaciones. En algunas nos resulta más fácil ver la desventaja, en otras lo que nos resulta fácil es ver cómo superar la desventaja. Es lo que sucede con Luang Prabang, un pueblo en el Norte de Laos alejado de todo y que se termina en tres días, lleno de gente que nunca ha salido de ahí ni tiene ganas de hacerlo, comunicado con Bangkok por vía aérea a unos precios de locura, sin ascensores, sin semáforos… sí, sin semáforos. Hace meses abrieron un shopping mall, que no es más que un supermercado que tiene unas cuantas tiendas en la planta baja, todo propiedad china. En realidad quieres ese Luang Prabang con las playas asturianas, el clima de Mónaco y las tiendas de París. Y eso no existe.

Imponente Range Rover

Como no existe el coche perfecto, que hoy es un Range Rover, mañana un Porsche 911 y pasado un Toyota GT86, o como dije mil veces, un Cayman descapotable con cuatro asientos, pero que no sea un Boxster ni un 911 cabrio, por ser éste un coche con chepa. He vuelto a conducir el Toyota Harrier por el Delta. Una locura terminada con un sprint para poder coger el último ferry, llegando al puerto escasos cinco minutos antes de la salida. Tardar cinco horas en hacer lo que Google dice que es hora y media, perderse, circular por pistas de tierra, arenales siguiendo huellas, abandonar la ruinosa carretera para ir por el arrozal, todo para ver el Mar de Andamán. Y volver entre un tráfico tremendo de motos, bicis y carros de bueyes, a 80 por pistas, a 100 por carreteras del ancho del coche, y a 5 por lo que ellos dicen "carretera en mal estado" mientras los bajos del coche van rozando constantemente, tardando dos horas y media gracias a seguir la ruta alternativa de unos lugareños. Y debajo pongo una foto del Mar de Andamán, pero sin pie de foto porque el editor de textos de Google no es capaz de etender que quiero el pie de foto centrado.



Y ahora sigo sin saber qué coche quiero ni dónde quiero vivir. Ese Juke me ha dejado marcado, sin duda, y encima es barato.

Se llamaban peranzanos por no haber tenido muy claro cuál era peral y cuáles eran manzanos, había tres, dos siguen vivos en la casa de unos familiares, habiendo sido el tercero arrasado por un operario de la construcción.

sábado, 5 de mayo de 2012

Nissan Juke, la rana atómica

Todo el vuelo tranquilo, y se tiene que empezar a mover la cosa cuando me pongo a escribir el artículo sobre el Nissan Juke. Bien, recuerda un poco a cómo se mueve el coche al hacerle hacer lo que no se debería hacer, o lo que muchos dicen que no se debería de hacer con él, que es meterlo por cualquier sitio, bajar a una playa perdida…y subir. O simplemente pasar excesivamente rápido los badenes esos que ponen para que la gente reduzca la velocidad. Quizá no se deba de hacer, pero el coche lo pide al verlo, y cumple.

Nissan Juke, y están todos equivocados. Sí, hablo de los compradores de compactos sin personalidad. Me refiero a la personalidad del coche, que yo en los usuarios paso ya de meterme. Y es que muchos saben del desprecio que me provocan los coches compactos “generalistas”. Bueno, casi todos. Vale, la mayoría de los normales, no me salgan con un Escort RS Cosworth o un Golf IV R32. Y aquí llega el Nissan Juke, un coche tremendamente mal hecho, a romper con todo y echar por tierra las creencias aburridas de los compradores de Opel Astra, Hyundai Loquesea, y otros que sinceramente ni recuerdo. Casi todos excepto el Renault Megane familiar (negro, lunas tintadas), y el quinteto calavera de C30, A3, Serie 1 y CT200h. Bueno, y el New Beetle, claro, pero el actual, que es realmente chulo.

Juke en Lastres, Asturias

¿Y por qué? Porque es el coche más divertido que he conducido en mucho tiempo, al nivel de sonrisas de mi viejo MX5, y sin hablar siquiera de un coche carísimo, de un producto de lujo y exclusivo. Aunque el Juke quizá vaya a ser exclusivo por mera tozudez del comprador habitual, que sencillamente se equivoca cuando compra un Seat Leon o un Ford Focus. Y se equivoca porque lo que él cree que es divertido, capaz y económico, ni es divertido, ni se va a necesitar toda la capacidad, ni mucho menos resulta económico, que tener coche hoy en día sale por un pico.

¿Pero cómo un coche que digo está mal hecho puede ser tan especial para que yo escriba lo que escribo? Porque al tenerlo todo pasa a segundo plano, incluyendo el horroroso sonido de su motor 1.5dci de origen Renault. Y lo que voy a poner a continuación es una verdad como un templo, que he tenido la desgracia de conocer. ¿Desgracia? Sí, porque donde vivo actualmente nunca me podré comprar un coche que me puedo permitir con los ojos cerrados, y eso es un verdadero problema., querer un Juke y que no te lo venda nadie. Vamos al tema…

Juke

La estética es particular, o gusta o no. A mí me gusta, sin más. Pero fundamentalmente es diferente, y no hace falta gastar una millonada en un Infiniti (que además nadie conoce) para tener una rana atómica de seis ojos saltones. El tamaño es perfecto, no es grande por fuera, no es tan pequeño como dicen que es por dentro. Tres niños en el asiento trasero, de camino a la playa que digo (en realidad fueron cuatro playas en una maratón de galletas, colacao, barro, arena, lluvia y música a todo volumen), lo atestiguan. Y el maletero es más que suficiente. Y delante se va perfectamente. No hace falta más.

El interior no se nota de lujo, evidentemente. Plásticos duros abundantes. ¿Y? Al menos no es el horror de un Peugeot 308, por poner un ejemplo, aunque desconozco si ese coche tiene plásticos blandos en su interior. Plásticos blandos, plásticos duros… por el amor de Santa Culata, que vamos subidos en una rana atómica, ¡qué más darán los plásticos! Además, lo que sí resulta es diferente, y cómodo. Todo queda a mano, sorprendentemente pese a su aspecto futurista de moto cibernética. Con mil millones de pequeños fallos, que sumados hacen un coche imperfecto. Como que el reloj de la radio sea independiente del reloj de la pantalla principal, o que el ordenador de viaje se opere con un botón al que para acceder hay que meter la mano por dentro del aro del volante, o la falta de luces en los espejos de los parasoles, que eso será algo que a alguien le importará (sinceramente, no creo que sirvan de mucho).

Por dentro, foto de estudio

El arranque del motor es todo menos suave y discreto. El motor hace mucho ruido, y el ruido se siente en el habitáculo. No así las vibraciones clásicas de los diesel, como tiene que ser en un coche actual. Al arrancar, las agujas suben y bajan cual check-control ochentero. No sirve de nada, evidentemente, pero da igual. El cuadro va permanentemente iluminado en blanco, lo cuál me parece bueno. Hay una pantalla principal con unos controles que, aunque aparentes, me pareció que no servían de nada. O eso, o las diferencias entre los programas de funcionamiento Normal, Sport y Eco tienden a cero, claro, que también podría ser y, de hecho, parece lo más lógico. Pero mola ver los gráficos de potencia, par, e incluso un medidor de fuerza G en la pantallita, que por otra parte queda demasiado baja para mirar mientras se conduce.

En marcha

Parece que de momento la cosa no va bien, y el comprador del Focus va por delante en raciocinio. Intentar acceder a las plazas traseras le dará aún más razón, y entrará en estado catatónico al ver el maletero, cuyo inútil doble fondo es casi tan grande como el principal, sin contar con esa tapa tan alta a la que subir maletas puede suponer un esfuerzo considerable. Las ventanillas traseras no bajan del todo, y quedan bastante altas, quizá demasiado para tener buena visibilidad desde los asientos traseros. ¿Y?

Pisamos el embrague, y es un buen embrague. Nada que ver con las mierdas habituales, es un embrague decente. Metemos primera y nos enamoramos. El tacto de la caja de cambios, y ojo a lo que voy a poner, es delicioso. No es un BMW, ni lo pretende, ni un MX5, un S2000 o un EVO. No es eso, pero es una gozada. Seis velocidades, una caja de cambios que apetece usar, y un motor al que no le hace falta que usemos la caja. Imperfección divertidísima, uno quiere más.

Foto no contractual

¿Más? En autopista a ritmos normales o elevados, el coche va perfectamente. No es un Cayenne, claro, pero le da mil vueltas a un Volvo S40, por poner una referencia conocida por mí, y no se siente peor que un Tiguan. En carretera de curvas, pese a ser tracción delantera, es divertido y ágil, con una dirección precisa y un volante de un tacto perfecto. En ciudad es cómodo, no es muy grande, y su altura da una ventaja de visibilidad siempre de agradecer, no digamos al adentrarnos en rotondas, permitiendo ver por encima de los demás. Bueno, salvo que uno viva en una urbanización o circule por una zona un tanto pija,  tal y como me pasó el otro día, que de repente de cinco coches, los cinco eran SUV (y el mío el menos SUV pero sí el más sucio). La suspensión es dura, quizá demasiado, pero eso ayuda a la estabilidad en carreteras con buen firme. Ojo, con buen firme, porque en baches grandes o bandas de esas de reducir velocidad, si se pillan en curva y yendo rápido el coche responde con unos movimientos laterales bastante curiosos. Quizá haya que ir algo más atento, pero conduciendo es de lo que se trata, de ir atento.

¿Y ese coche qué hace? Ese coche baja por una pista en un estado lamentable a una playa en la que hace un frío que pela, y sube con un conductor nervioso que evita a toda costa parar y volver a arrancar, temeroso de que las ruedas patinen. Y se ensucia con barro y agua sucia de los charcos, y uno se lo pasa bomba, yendo a bordo de un aparato que no cuesta mucho, no gasta mucho, y es muy diferente a todo lo demás.

Camino de la playa

Y es una forma distinta de moverse, un coche que apetece coger, un coche que dejas en el garaje y lo miras mientras te alejas. Un coche al que, para ponerle tracción total, en la fábrica le ponen un motor de gasolina de 190 caballos y una caja de variador continuo, por esos motivos japoneses que nadie en su sano juicio comprende, existiendo en la misma marca (más o menos) el Renault Koleos de gasoil, con cambio manual y con tracción total.

Todo lo malo que pueda tener, que no es en absoluto grave, lo compensa ese carácter y esa estética del coche, y su capacidad para, aunque sea, meterse por algún caminillo sin pavor a dañar los bajos, sorprender a la gente empezando por el conductor, ilusionar. Evidentemente tiene lagunas de equipamiento y en el diseño prima más la estética que la funcionalidad, entendiendo por funcionalidad el maximizar el espacio interior (no sea que lo compre una familia oso, supongo).

Juke ligeramente sucio

Las alternativas son igualmente estúpidas y pasionales, y pasan a mi entender por el Mini Countryman y el Volkswagen New Beetle. Los demás, es otra liga, pero tengo clara una cosa: el Juke hace lo que los demás, pero aquellos no logran hacer lo que el Juke. Y eso es una ventaja tremenda para quien se dé cuenta de que realmente no necesita la tracción total, no necesita acomodar tres adultos en los asientos traseros, o un maletero con el que vaciar el Carrefour más cercano una vez por semana. Y para quien es capaz de prescindir de cosas a las que los fabricantes de coches “normales” nos han forzado a creer que necesitamos.

El viernes lo recogí en la oficina de Avis, y tal cuál fui al colegio a buscar a una personita que me esperaba ansiosa por ver el coche nuevo. Sí, también sirve para subirse a los bordillos y atascar calles, y de hecho lo hace muy bien. Lo devolví el martes por la mañana, lo aparqué junto al funesto Ibiza del que he hablado. Sin duda, una buena experiencia.

Subido al bordillo frente al colegio, entorno habitual

Nissan Juke, el más potente sale por unos 25.000 euros. El 1.5dci de 115 caballos es suficiente. No pidan tapicería en alcántara. No es un Range Rover Evoque, pero también cuesta la mitad. Compleméntenlo en su garaje con un buen deportivo usado, que los hay, y serán felices gastando lo que cuesta el Evoque, o mucho menos.

Hotel Xiengthong Palace, Luang Prabang


Un año hacía desde que dejé Luang Prabang para venirme a Yangon, y lo cierto es que echaba de menos esa pequeñísima ciudad laosiana. Como suele pasar cuando alguien se va de un lugar que le deja recuerdos positivos, se tiende a idealizar el sitio, uno se queda con las cosas buenas y olvida las malas, se hace una imagen mental del lugar que, generalmente, no se ajusta a la verdadera realidad. Nos pasa a todos los que cambiamos de ciudad cada cierto tiempo, en nuestra memoria se forman ideas positivas de los sitios en los que estuvimos a gusto, y corremos el riesgo de desengañarnos al regresar.

¿Es el caso de Luang Prabang? Cierto, sólo me he quedado cuatro días, pero cuatro días en los que he llegado incluso a ver posibles casas para comprar y establecerme allí. El sitio sigue siendo maravilloso, pequeño, familiar, sencillo, acogedor, bonito, limpio… Limpio, claro, en comparación con Yangon y teniendo en cuenta que es una ciudad asiática, pero limpio.

 El Mekong

Pasear por la calle, circular en moto entre el tráfico, los restaurantes frente al Mekong o al Nam Khan, las calles renovadas, el nuevo centro comercial chino tan terrible, el nuevo Airbus de Lao Airlines, el Hummer de Mr. Lee, promotor del campo de golf, laosianos con cada vez más medios, la nueva telefonía 3G… y la hospitalidad de la gente, la tranquilidad con la que se hace todo, el ritmo de vida más pausado. En definitiva, cosas que acaban por dar una calidad de vida maravillosa (para quien le guste). Y a formar esa impresión, o en mi caso a reafirmar esa idea, sin duda contribuyó el hotel en el que nos hospedamos: Xiengthong Palace.

Tráfico habitual junto al Nam Khan

He de decir que Luang Prabang está llena de plazas hoteleras, cada vez más, para todos los bolsillos, desde el mochilero que gasta más en cerveza que en dormir, al viajero de lujo a quien no le importa gastar 500 dólares o más por noche en el alojamiento, sin olvidarnos de aquellos que directamente aparcan su jet privado en el aeropuerto y se encierran en una villa con piscina privada del hotel Amantaka,  del que salen en pantalón corto y camiseta, con gafas de sol y gorra, al estilo de Jude Law y Sienna Miller hace un par de años.

Luang Prabang es un destino turístico de moda, y hay muchísimas razones para que lo sea.
Para mí, además, ha pasado a ser un destino residencial, y es el hotel Xiengthong Palace el que más ideas me ha dado sobre cómo me gustaría que fuese mi casa.

Xiengthong Palace

Se trata de un hotel muy nuevo, casi a estrenar, promovido por una agencia de viajes de la zona y dirigido por un grupo hotelero de Bangladesh, si no me equivoco. Son pocas habitaciones, 26, distribuidas en pequeños bloques dentro de la finca, rodeando un patio en el que han puesto una especie de estanque con aires de piscina, aunque no utilizable como tal. A un lado, el templo de Wat Xiengthong; del otro, una callejuela sin tráfico, paralela a la calle principal (Sakharine Road); y al otro lado, sencillamente el Mekong en todo su esplendor.  Algunas habitaciones tienen vistas al río, otras al patio interior, la nuestra era con vistas a esa callecita lateral.

Vista hacia el Mekong

Me resulta difícil ponerme a describir el hotel existiendo como existe su página web, y digo esto porque es uno de los pocos casos en los que la web resulta realista, ajustada a lo que (de momento) hay. ¿De momento? Bueno, es lo de siempre, el hotel es nuevo y aunque todo parece de muy buena calidad, su evolución dependerá del mantenimiento que se le haga. Confiemos en que sea bueno.

Conviene, antes de juzgar, saber lo que se paga por los sitios. En este caso, hablamos de menos de 100 dólares por noche (precio de oferta), con lo que hay que valorar en consecuencia. Sin embargo, he de decir que muchas cosas se situaban por encima de hoteles de renombre con precios considerablemente más altos, bien en la misma Luang Prabang, bien en otros destinos “exóticos” de Asia, por no comparar con hoteles en España, no digamos ya en Inglaterra, cosa imposible debido a los costes y a las disparidades en el nivel de vida. Lo único “bajo par”, para mi gusto, es el buffet de desayuno. Ni los croissants están al nivel de otros locales u hoteles de la ciudad, ni los productos del buffet son de calidad destacable. Pero el zumo de naranja es excelente, y hay una cocinera dispuesta a preparar cosas al momento. Digamos que, como era de esperar, es aquí donde el precio pagado se ajusta a la realidad del producto, lo que tratándose de un hotel completo, deja muchísimas cosas por encima del nivel esperado, y eso es bueno.

 Mesas en el restaurante

El diseño de la habitación es muy bueno, es como entrar en tu propia casa, con una puerta que da directamente a una preciosa escalera de madera por la que subir a tu dormitorio. Hay habitaciones en la planta baja, para quien no quiera andar trepando, pero creo que merece la pena el ligerísimo esfuerzo y acomodarse en el piso superior. Arriba, un dormitorio suficientemente amplio, con una terraza entera en madera, y un cuarto de baño amplio y equipado con bañera, ducha, un solo lavabo y el wc, que no queda cerrado o separado.

La ducha resulta amplia, la presión de agua es buena, el rango de temperaturas es excelente, la grifería es de calidad, las toallas son suficientes, los productos de aseo no están mal… y el suelo es el que quiero, sin duda, para mi casa. El aire acondicionado funciona bien y es silencioso, hay un iPod Dock disponible (y cargado con una música espantosa, todo sea dicho), kettle para hacerse un café o un té, caja fuerte en la que cabe un ordenador portátil, frutas, dos botellas de agua gratuitas cada día, minibar con cualquier cosa que se necesite, etc… Sí, son esas cosas que esperamos de cualquier hotel de cuatro o cinco estrellas, pero que no está de más nombrarlas, más si todo funciona correctamente y la experiencia nos dice que no todas están siempre disponibles en hoteles mucho más caros.

Habitación

Y hay internet, wifi, de velocidad y estabilidad suficiente, y gratuito. Como debe de ser, claro. En la recepción disponen de dos ordenadores públicos con acceso a internet, también. De nuevo cosas que damos por hecho, pero que siempre son de agradecer cuando vemos que están ahí y que funcionan, como funciona la seguridad, el personal de limpieza, la gente de recepción, el servicio del restaurante, como funciona todo.

Recepción

No creo que merezca la pena cenar en el restaurante, por cierto. En él comimos un día, costando más una comida sencilla para dos, con agua y sin postre, que la cena para tres la víspera en un conocido restaurante local (Tamarind), en el que además fuimos mejor atendidos. No fue mucho dinero, no obstante, pues la comida local de Luang Prabang es barata, incluso en sitios de mucha calidad. Pero ahí está, es bonito, las vistas son agradables y la comida no está del todo mal. Imagino que en plena temporada tendrán más ambiente en el restaurante y el bar, en plena temporada está todo lleno en Luang Prabang.
Patio interior

Que durante la estancia fuese mi cumpleaños y me lo felicitasen con letras formadas con recortes de hojas de bananero, colocadas sobre la cama, además de con un pastel que fue enviado por dos chicas del personal del hotel (no piensen mal, dos chicas uniformadas que cantaron un simpático “cumpleaños feliz”), es un detalle de los que te hacen guardar un buen recuerdo. Pero lo cierto es que, salvo por algunas cosas del desayuno tan sencillas de evitar como no cogiéndolas del buffet, y tan comprensibles a la vista del precio pagado (repito, algo menos de 100 dólares la noche por una habitación doble), no guardo más que recuerdos positivos de este hotel, lo que me lleva a recomendarlo sin lugar a dudas como una buena opción en Luang Prabang para quien prefiera carecer de piscina por el hecho de estar en pleno centro, o no quiera o no pueda pagar el triple por quedarse en La Résidence Phou Vao (olvídense de los demás de esos niveles, son sencillamente peores en todo), o le resulte imposible pagar los más de mil dólares por noche del Aman (que es, evidentemente, el mejor hotel del país si a uno no le importa dormir en un viejo hospital colonial reconvertido, cosa que a mí no me importa).

En definitiva, un buen hotel. El servicio puede que sea mejorable, pero creo que todos somos adultos para saber lo que queremos. Además, tienen un spa y, por lo visto, jacuzzi que yo no usé. Y por la mañana, los monjes pasan recolectando almas frente a las habitaciones que dan a la callecita esa lateral. No se puede pedir más.

Xiengthong Palace, Kounxoau Road, Ban Phonehueng, Luang Prabang. 
www.xiengthongpalace.com

miércoles, 25 de abril de 2012

5 días con un Seat Ibiza, motivos para comprar el Audi A1

Y vuelta a lo de siempre. Llegan las vacaciones, que de verdad este año sí que son merecidas, y toca alquilar el coche con el que moverse por mi Asturias natal. Es lo que tiene el haber vendido aquel Mazda MX5, permanentemente dispuesto a poner una sonrisa en la cara de quien en él se montaba. Y, como siempre, toca sufrir la lotería de alquilar con Avis, no sólo en cuanto a modelos de coches, sino también en cuanto a formas de reservar. Y es que no se entiende que reservando en la oficina el alquiler cueste un 30% más que haciéndolo por internet, como tampoco se entiende que salga aún más barato reservando a través de la web de Iberia Plus. Bueno, en realidad eso sí se entiende (o se quiere entender), pero que en las webs uno no sea capaz de averiguar cuánto le va a costar el seguro a todo riesgo es tremendo. Allí estaba yo, ratón en mano y rezando a Santa IP del Sagrado Router para conseguir reservar un coche. Concretamente un Fiat 500, que cuando uno alquila coche por diez días mejor coger el más barato. A fin de cuentas, el 500 será barato pero también es molón, divertido y diferente. Eso sí, con el riesgo de obtener a cambio un Chevrolet Spark. No se preocupen si, como yo, no saben de qué se trata, aquí encontrarán información sobre semejante vergüenza.


Chevrolet Spark, la cosa…

Aterrizaje tras varias horas de vuelo, descansado gracias a la POR FIN renovada clase Business del vuelo de Thai Airways de Bangkok a Madrid (bueno, renovada relativamente, al menos ya no es de los años 70), y primera sorpresa de Avis: no hay Fiat 500 (eso ya lo sabía yo…), así que me dan un Seat Ibiza, que parece ser es de un grupo superior (lo que no se sabe es superior en qué).

Fiat 500, éste no.

Resignado, con muchas ganas de llegar a casa y pocas de discutir, y negándome a pagar más suplementos, salgo al parking para observar con terror varios Citroën C3 aparcados junto a mi Ibiza. Vuelvo a la oficina, los Citroën son de la misma categoría, pido que me lo cambien y… ¡no lo hacen! Los motivos son inexplicables, pero se niegan a darme alguno de los C3 y me tengo que ir con un Seat Ibiza azul oscuro, cinco puertas, gasolina de 85 caballos. Mi desgana por conducir eso es similar a la desgana del motor por acelerar, pero qué se le va a hacer, al menos me dará para escribir algo en el blog, pienso.

Y allá voy, autopista dirección Oviedo para comenzar el sufrimiento. A estas alturas el lector se habrá dado cuenta de mi galopante pijerío automotriz. Yo simplemente me propongo relatar mi realidad respecto al artefacto hispánico alquilado, cosa que haré como con cualquier otro coche.

Se da la casualidad de que exactamente un año atrás, había alquilado yo en París un hermoso Audi A1, y sinceramente creo que venía con el mismo motor, con lo que la comparación resulta evidente. Lo similar se lo describiré con gusto, mientras saboreo una brocheta de pollo al sobrevolar algo que debería de ser Valencia, pero que no lo es salvo que la ciudad haya encogido, cuando el avión se adentra en el Mediterráneo. Técnicamente todo el coche es lo mismo. Esa afirmación, generalmente dicha por quien no se pudo permitir el Audi y se conformó con el Ibiza o el Polo en el mejor de los casos, es tan cierta como inexacta. Sí, la base mecánica es la misma, con sus motores y demás. Se nota en el interior pues los pedales están tremendamente desplazados hacia el centro, tal y como comenté sobre el Audi A1. Uno pone el pie derecho bajo la línea central del volante y no pisa el freno, sino el embrague. Y el embrague se pisa como quien pone el lavavajillas, con nulo interés. Al menos, la caja de cambios no es excesivamente mala, muy Volkswagen, correcta. Y, fundamentalmente, el motor hace muy poco ruido y se siente fino, y eso es de agradecer. No deja de ser un motor de gasolina a estrenar.

Seat Ibiza

Aquí se termina la prueba positiva del Seat Ibiza azul oscuro de cinco puertas y motor de 85 caballos. Por desgracia, es así. He dicho que no es lo mismo que un Audi A1, porque cuando hablamos de estos coches que sirven para ir de un sitio a otro, lo que haya debajo del capó realmente pierde importancia, y uno se queda con tres variables principales: lo atractivo del coche por fuera, lo atractivo del coche por dentro, y el precio. Y, a la vista está, un Seat Ibiza ni es igual ni cuesta lo mismo que un Audi A1. El Audi, como era de suponer, es mejor. ¿Por qué? Porque los asientos, el volante, los mandos, las puertas, las ventanillas, los asientos traseros, el mini-maletero, los faros, la parrilla, el mando a distancia, los cuatro aros, el techo, las tapicerías, las alfombrillas, etc… son mejores. Negarlo, es negar la evidencia.

Se suele decir que los niños nunca mienten. Los niños mienten en cuanto se van haciendo mayores, aunque enseguida se sinceren. Pero les contaré que una rubia que pronto cumplirá 10 años dijo al ver el Ibiza que el del año anterior había sido mejor, que lo cambiase. Se refería a un BMW 116d. Tenía razón, pero eso es algo evidente incluso para un ornitorrinco ciego. La comparación con el A1 es tan odiosa que uno se limita a desplazarse, aparcar y huir corriendo de la escena sin mirar atrás. Hasta el punto de perder el coche en el aparcamiento de un centro comercial, por anodino, por feo, por todo. Y la rubia, desconociendo el manido Audi, tenía razón al pedir el cambio.

El interior suena a hueco, y todo él desprende un aire “sí pero no”. Cinco días bastaron para confirmar lo dicho la primera noche ante la pregunta de un amigo mío: ¿qué tal el coche? Despreciable. Cinco días bastaron para darse cuenta de que si uno ha de comprar un utilitario y necesita que su coche sea del grupo Volkswagen, por los motivos que sea, ha de comprarse el Audi A1. Si no, volvemos a lo dicho en el caso del Dacia Sandero: un Ford Fiesta.

Ford Fiesta

De veras, no soy yo de casarme con ninguna marca, pero viendo lo que hay en el mercado y volviendo a los tres factores que uno ha de mirar cuando se compra un coche de estos, sinceramente creo que el Fiesta es imbatible. Es atractivo, suficientemente espacioso y motorizado, debe de costar más o menos lo mismo, y mecánicamente qué más dará si los coches modernos son todos buenos. O el Citroën, con una pinta realmente simpática. Pero por favor, no el Ibiza. Bueno, un Polo… tampoco, el único Polo bonito era el del año 2000 en versión GTI, rojo.

El Seat Ibiza lo hay en versiones potentes. Iba a poner “deportivas”, pero me daba un poco la risa. Estoy seguro de que el turbodiésel anda de narices, no digamos ya los gasolina de mil caballos que deben de vender. Hace bastantes años, un verano, unas amigas mías tuvieron un Ibiza GTI prestado. Aquello andaba muchísimo (o mucho si aplicamos el factor de corrección del carnet recién sacado con un Xantia diesel). Es indiferente.

El coche fue devuelto a la casa de alquiler en cuanto se pudo asegurar seguir los cinco días restantes con otro modelo, sobre el que escribiré más tarde. Allí quedó. Curiosamente, esta mañana al volver al aeropuerto para salir hacia Madrid, aparqué mi segundo coche junto al Ibiza. Estaba muy mal aparcado. Creo entender a su conductor, y me lo imagino saliendo a toda prisa de allí, sin mirar atrás y deseando olvidar a un coche que, lo diré, me da y me dio asco.

Seat Ibiza, en realidad no es tan malo, el motor anda bien y es silencioso (y gastón, que los 9 litros largos se los bebió), hay bastante sitio dentro y seguro que no es caro. Cómprense un Fiesta y háganse un favor.

jueves, 5 de abril de 2012

¿Viaje de novios por libre o con agencia?

Se acerca la temporada de bodas y, por tanto, de viajes de novios. No es que yo piense embarcarme en una luna de miel precipitada. Al contrario, en donde me voy a embarcar dentro de poco más de una semana es en una maratón de vuelos para repartir mis vacaciones entre tres países, o cuatro, y que sea lo que los controladores aéreos quieran.

A menudo se me plantea en algunos de los foros en los que participo la duda que da título a este artículo. La Gran Duda. Voy a tratar de resumir las ventajas y los inconvenientes de una forma un poco más extensa que las ventajas y los inconvenientes de la lucha cuerpo a cuerpo que mi padre decía haber estudiado en la Mili: ventajas, ves al enemigo; inconvenientes, el enemigo te ve.

La mili, que yo no hice.

Imagino la situación de la típica pareja joven que lleva dos años preparando la boda, entre elección de iglesia y restaurante, los menús, la lista de invitados, dónde se sienta quién, que si pones a tu prima en la mesa de los niños, que no que ya tiene 27 años, pues aparenta menos y no tiene novio, etc… El vestido de la novia, el traje del novio… Sí, a mi mente se me viene ese traje oscuro, camisa negra y corbata naranja o verde de los invitados, pero no tiene por qué ser así, y en casi cualquier boda la duda sobre la organización del viaje se va a plantear, sea boda de chaqué de Sastrería Plácido, sea boda de traje de tres botones de Milano.

Partiendo de la base de que la decisión final, como en todo, será la que tome la novia, empezamos aquí con el primer inconveniente y quizá el más peligroso: la responsabilidad sobre el viaje. Porque uno (una) se casa y cree que todo es maravilloso y que su luna de miel, “una vez en la vida”, va a ser perfecta y la mejor que la humanidad haya visto jamás, pasando a formar parte el recorrido y las fotos de los mejores catálogos de las mejores agencias. Pero no, las cosas no son así y como en cualquier viaje o cosa que se organiza, algo puede salir mal. Y cuando algo va mal, tendemos a buscar un responsable. Primer punto para la agencia: ¿quieres ser tú, hábil organizador, el responsable y empezar a romper la relación de pareja, o que sea una agencia contra la que ir en equipo si algo sale mal?

El enemigo potencial

Como todos sabemos, el conocimiento de destinos turísticos desconocidos es, casi siempre, elevadísimo entre quienes se empeñan en organizarse su viaje, no digamos ya entre sus familiares y amigos. Cuantas más fotos y opiniones lea, menos sabrá el dependiente de la agencia de viajes a la que hemos ido a mirar previamente. Y, por desgracia, no se trata de una ironía. O no del todo. Si bien es cierto que hay agencias en las que quienes atienden han estado en esos destinos exóticos, son las menos. Pero no nos olvidemos de la otra parte, y es que quien vende los viajes suele tener experiencia en eso, y suele vender paquetes diseñados por quienes sí conocen los destinos. ¿Por qué no aprovecharse de eso?

No nos aprovechamos por el precio, porque generalmente tendemos a creer que gastaremos menos reservando todo por nuestra cuenta. Y sí, puede que sea así, incluso puede que el ahorro sea considerable, pero también puede que no, o puede que acabemos gastando más si nuestro presupuesto nos lo permite, a base del manido “es que por la diferencia, prefiero alojarme en este otro hotel que es mejor”. O que se tuerzan las cosas y haya que ser rescatados o haya que “auto-desalojarse", como dijo una vez una señora en televisión, ofendidísima ella. Vamos ahora a una posible realidad…

Manolo y Soraya se casan, lo tienen todo ya arreglado, y han decidido hacer un tour por Tailandia y Laos. Como suele pasar, Soraya quiere terminar el viaje con una semana en la playa, algo perfectamente comprensible, de la luna de miel hay que volver morenos. Van a visitar Bangkok, Chiang Mai, Chiang Rai, Luang Prabang, Vientiane, Bangkok de nuevo, y una semanita en Krabi o en Koh Samui. Viaje ideal, qué maravilla y qué bien lo vamos a pasar.

Krabi, que es la playa esa de la roca con plantas, en medio

Manolo es un ávido usuario de Internet, participa en cuatro foros habitualmente, lee la prensa sólo en versión digital, y tiene un portátil, un Smartphone y un iPad. Todo perfectamente habitual, yo podría incluso ser ese Manolo. Por tanto, se embarca en la aventura de reservar todo por Internet por su cuenta. Y pasa horas rebuscando los vuelos por cuatro páginas diferentes hasta dar con la mejor oferta, intentando conexiones casi imposibles y preguntando si da tiempo o no a gente que no conoce en foros de dudosa credibilidad. No reserva los hoteles hasta que no ha leído las críticas de Tripadvisor, en el mejor de los casos, pues a veces es llevado por la prisa y reserva sin mirar, entrándole el pánico al ver seis críticas negativas entre las más de trescientas que tiene el hotel. Busca actividades, abre la Wikipedia, lee sobre los destinos. Reserva lo que puede por Internet y el resto ya lo hará allí. Tras varias semanas, porque Manolo además trabaja y se siguen ultimando los detalles de la boda, ha logrado reservarlo todo. O casi todo. Y además, ha ido a la agencia de viajes que conoce para preguntar precios de tours similares, con objeto de comprobar el extraordinario ahorro que está consiguiendo. Y como ahorra tanto, cambia el hotel de la playa a otro que considera mejor. Manolo no valora el tiempo invertido en reservar por su cuenta, sólo ve sus economías.

Manolo y Soraya se van de viaje. El ahorro en vuelos es importante, aunque a Bangkok vayan por Amsterdam en un vuelo de día, en lugar de directos en un vuelo nocturno. Bueno, tampoco es para tanto. Llegan a Bangkok, y ven a la salida del avión los primeros carteles de los grandes tour operadores recibiendo a sus clientes. Ellos se limitan a seguir a la gente, esperando dar con Inmigración y la recogida de equipajes. Lo logran. Recogen el equipaje (a otros les ayuda el guía) y salen a la calle. ¿Y cómo vamos al hotel? "En Todoboda leí que un taxi cuesta sólo 300 bahts". Taxi. El taxista no conoce el hotel que ha reservado Manolo. Hace un calor espantoso y no han dormido nada, comienzan las tensiones, pero la pareja se quiere tanto que da todo igual. A su lado otra pareja, de Valladolid, se sube en un monovolumen que tiene un cartel de Exotissimo Tours. Llegan al hotel. Manolo pensaba que lo había pagado ya, pero resulta que tiene que dar su tarjeta de crédito. El hotel hace una preautorización y bloquea una pasta gansa. Comienzan las dudas: ¿tendremos suficiente para el resto del viaje? Se impone mirar la cuenta corriente por internet. Cenan y se quedan dormidos en la habitación del hotel.

El glamour de viajar en avión

Tras un día en Bangkok visitando lo que sale en la guía de Lonely Planet, agotados, pasan su segunda noche en la ciudad y vuelan al día siguiente a Chiang Rai. Hay que ir al aeropuerto, claro, otro taxi. El vuelo es corto, el hotel está bien pero… bah. Van a Chiang Mai, la ciudad es una chulada pero se quedan con la duda de haberlo visto todo. Vuelan a Vientiane, han reservado un traslado con el hotel, el coche del hotel no está. Llaman, no les entienden y no entienden. Logran llegar al hotel, la habitación no les gusta y nadie sabe que es su luna de miel porque Manolo olvidó decirlo. Ven la ciudad, nadie les dijo qué ver, y se dan cuenta de que han volado al Sur para luego volar de nuevo al Norte antes de volver a Tailandia. Llegan a Luang Prabang. Contratan la excursión con el hotel, cenan en tal sitio, ven a los monjes y se ponen a organizar el traslado al aeropuerto para volver a Tailandia. Algo va mal, parece que el vuelo está anulado por el humo que ciega la visibilidad. Manolo reservó cada vuelo con una compañía distinta, aprovechando ofertas. Pide ayuda en el hotel, ese hotel de lujo tan moderno y bonito en internet pero en el que nadie habla inglés como él lo entiende. La chica de recepción dice que les ayudará a cambiar el vuelo. No entienden por qué lleva tanto tiempo. Y por qué han de pasar por una agencia local. Nueva discusión de la pareja. El vuelo se cambia pero pierden la conexión con Koh Samui porque es una compañía aérea distinta y el horario no cuadra. En Koh Samui, además, diluvia, lo mismo que en Bangkok.

Aterrizan demasiado tarde en Bangkok como para volar como querían a Koh Samui, hay que buscar hotel. Ha habido inundaciones en la isla y el tiempo es realmente espantoso, pero lo tienen ya todo confirmado. Llaman al hotel para anular, no les aceptan la anulación. Buscan ir a otro sitio, pierden un día de viaje mirando en el business center del hotel de Bangkok destinos. Reservan con Air Asia para ir a vaya usted a saber qué sitio, en Internet dicen que es bueno. Llegan, no está mal, pero no es lo que la novia quería, y la novia quería la foto en las playas de Tailandia con el cielo azul, el agua verde, las montañas con rocas y plantas, la arena blanca y el cocktail en la mano. Aquí también llueve, nadie les dijo que era época de monzones. Y la culpa la tiene el novio.

Climatología adversa, como la relación de pareja en esos momentos

Vuelan de vuelta a España. Les salió de chollo volar de Bangkok a Dehli con Jet Airways y cambiar ahí a Lufthansa vía Frankfort. 23 horas de viaje. Vuelven exhaustos y sin ninguna gana de volver al sudeste asiático. Se detestan mutuamente.

Es un caso extremo y muy novelado, claro. Disculpen la imaginativa, pero quería plantear supuestos que sí pueden pasar cuando viajamos. Y no he querido entrar en temas escabrosos de enfermedad o accidentes, que uno prefiere no pensar en esas cosas.

Lo que quiero explicar es que viajar por nuestra cuenta, cuando las expectativas del viaje son divertirse y se va con la mente abierta a cualquier cosa, es lo mejor que uno puede hacer. Improvisar, arriesgar, reservar, ahorrar aquí para gastar allí, etc… Por mi experiencia con turistas en luna de miel, sus expectativas no son esas, sino que suelen ser “todo perfecto como en la foto que vimos, cuki”. Sumémosle un absoluto desconocimiento de la realidad de los lugares a los que viajan, y la desprotección de no tener a quién quejarse o quién arregle cualquier cosa que pueda pasar. El cocktail es más peligroso que un mal mojito preparado en Pattaya con hielos de dudosa procedencia.

Qué bonito es todo…

Mi consejo es que se valore mucho lo que se va a hacer y lo que se va a ahorrar. Habría sido estúpido por mi parte reservar mi vuelo de Iberia del próximo 14 de abril con la agencia con la que trabajo aquí en Yangon, que me pedía más de 600 dólares, cuando por internet lo he comprado por 180, porque llego a mi país y sé moverme si algo sale mal con ese vuelo. Pero no sé hasta qué punto merece la pena ahorrarse un dinero y arriesgarse en un viaje que, tanto la novia como las amigas de ésta, esperan sea tan perfecto o más que la boda, y que se desarrolla en sitios desconocidos, en destinos remotos con culturas diferentes. Porque al final, de la misma forma que encargamos la preparación del banquete y el servicio a unos expertos en lugar de convertirnos en chefs y maîtres, no hay por qué empeñarse en convertirse en agente de viajes, y menos para un viaje tan “especial”.

lunes, 19 de marzo de 2012

Periodistas, mentiras y fotos naranjas

Esta mañana mi madre, como suele hacer después de escudriñar la prensa, me mandó un email con un link a un artículo de El Mundo que me podría interesar. Pese a ser entrado el mediodía aquí en Birmania, no había tenido tiempo aún de encontrarme con esa serie de frases adornadas con dos fotografías naranjas que El Mundo publica hoy en su edición digital. Una verdadera lástima de artículo que, como comprenderán, me veo en obligación de rebatir. Porque lo que no puede ser es que alguien escriba mentiras, pero mentiras de las gordas, y se quede tan ancho, cuando no directamente tenga la caradura de creerse interesante a base de manipular la realidad, por poca trascendencia que esa manipulación tenga para el país del que habla. Y rebato porque no me gustan los mentirosos, menos si cobran por ello.

El artículo empieza bien. Muy novelado, de hecho no me creo nada de lo que dice en su primer párrafo, pero es agradable de leer. Como puede que la cosa se alargue, en vez de hacer una valoración general del país en el que llevo viviendo un año, tras haber pasado otro en la vecina República Popular Democrática de Laos, voy a centrarme en datos concretos que el periodista de El Mundo pone a lo largo de su texto.

Como digo, el primer párrafo es bonito, muy peliculero. Si bien es cierto que hace años cada extranjero se decía tenía asignado un espía, si bien también es cierto que hace un año uno de cada cuatro taxistas, tras preguntarme de dónde era, alababa al gobierno español y criticaba al birmano esperando que yo entrase al trapo, y si bien tengo la certeza, porque he tratado con ellos, de que los servicios de inteligencia y contraespionaje birmanos funcionan a toda máquina, eso de cuatro periodistas emboscados y un local en a saber qué sitio es pura novela. Precisamente el viernes estuve cenando con un grupo de periodistas americanos, a los que despedí hoy tras, de nuevo, comer con ellos, y esto es algo que sucede cada semana. Ni emboscadas ni espías del gobierno, no seamos fantasiosos. ¿Por qué si no los artículos que se leen en otros medios son tan diferentes?

Las consideraciones sobre la legitimidad o no del gobierno se las dejaré a los expertos en política internacional. Yo lo que sé es que desde que se estabilizó la situación, pasado un mes desde las elecciones, las cifras del turismo en Myanmar han aumentado de forma impresionante, la estabilidad es palpable, la censura va desapareciendo y se aprecia un desarrollo y un cambio de actitud considerable. Hasta se toma la decisión de cancelar el proyecto de una presa en el río Ayeyarwaddy, que es como ahora se llama el Irrawady. Hace meses, mostrar una foto de Aung San Suu Kyi era casi motivo de cárcel, o sin casi, como dice el artículo. A día de hoy es primera, segunda, tercera, cuarta, quinta… página del Myanmar Times, periódico de más difusión en el país, publicado tanto en inglés como en birmano. Periódico, de hecho, moderno e interesante. Como moderna e interesante, y absolutamente budista, resulta la propia Aung San Suu Kyi en persona. Porque a día de hoy se la puede conocer. No es fácil, como no es fácil entrevistarse con cualquier líder, lo cuál no quiere decir que no sea posible.

Pero déjenme que entre en el meollo del día a día, y especialmente en las mentiras y las fotos naranjas. Señores de El Mundo, los extranjeros no pagamos un permiso especial al jefe de estación, sino que tenemos precios diferentes para la gran mayoría de transportes y accesos. Esto es así porque los locales no podrían entonces permitirse acceder a museos, viajar en tren, ni mucho menos volar. En todo el país, un extranjero siempre va a pagar más, y esto incluye servicios como la luz o el agua. En ciertos lugares, basta mostrar el permiso de residencia para obtener precio local, pero esto no sucede con los billetes de avión, por ejemplo. Que yo entiendo que uno es periodista, se va a un país remoto a relatar, y quiere hacer que su artículo suene interesante, exótico e incluso peligroso, pero no conviene faltar a la verdad, ni escribir basándose en la Wikipedia.

Los logros gubernamentales no se ven si no se buscan. Sin embargo, un paseo por las ahora fértiles orillas del Ayeyarwaddy, entre Mandalay y Bagán, nos dejará ver la cantidad de sistemas de irrigación que se han puesto en marcha, o los numerosos puentes que cruzan el río. ¿Hablamos de autopistas y aeropuertos? Es evidente que queda mucho por hacer, y se puede opinar que los esfuerzos no son todo lo justos que deberían. Pero no se puede decir que no se hace nada. ¿Qué los militares y su círculo acaparan la mayoría de la riqueza? Cierto es, también.

Me gustaría saber por qué, en su enumeración de países vecinos, el articulista olvida a Laos., ya que hablamos de países pobres. Pero ese no es más que un pequeño detalle sin importancia y un tema que me toca en lo personal, así que no comentaré. Si diré que en todos los supermercados de Yangon, así como en muchas de las tiendas de las grandes ciudades, es posible encontrar absolutamente de todo. A precios elevados algunas cosas, pero de todo. La soberana mentira de que no hay tal o cual cosa clama al cielo. En cuanto acabe de escribir este texto, me pondré a hacer mi cena usando aceite de oliva Borges. Ni que decir tiene que en un país sin flujo eléctrico estable, y de una pobreza considerable, la mejor forma de conservar la leche es en polvo. Pero ya que estamos con la leche, también conviene decir que no forma parte de la dieta natural y habitual de los birmanos, salvo la condensada para hacer el delicioso y energético té local. De postre tomaré yogur local, excelente, por cierto, porque no me apetece pagar por los Danone y se me ha terminado el queso manchego marca “La flor de mi pueblo” que se puede comprar aquí. Podría beber Coca-Cola de Singapur o de Tailandia, si fuese capaz de diferenciar el sabor, o algún refresco local. Seguramente me tome una cerveza, puede que Carlsberg.

No, no hay roaming, y mi tarjeta SIM costó unos 1.000 dólares hace un año. A día de hoy cuestan la mitad, pero siempre puede uno alquilar un terminal analógico local (con bastante más cobertura que los GSM), y eso por cuatro duros en el aeropuerto, tan sólo presentando el pasaporte. Hablando de iPhones, se ven muchísimos. Yo opté por un Samsung Galaxy, porque soy muy bruto y los teléfonos se me caen cada dos por tres. Y ya que hablamos de internet, ¿desde dónde se creen ustedes que publico este texto? Cibercafés por todas partes, internet gratuito en hoteles, en bares, en centros comerciales, en el aeropuerto de Bagán, y con una censura de webs cada vez menor. Decir que ni los hoteles de cinco estrellas tienen internet es una puta mentira. Con t, han leído bien, no era con r.

He sido parado e interrogado por la policía de inmigración bastantes veces. En controles en carretera al pasar de una división (provincia) a otra, en los aeropuertos, en zonas remotas. ¿Problemas? Ninguno, en absoluto. No voy a poner aquí la foto hecha con los agentes de inmigración de la frontera entre Yangon e Irrawady, por motivos obvios.

Coches, mi especialidad. Para ser pocos los que tienen coche, se ve que salen todos a la vez cada vez que yo me quiero mover por Yangon o Mandalay, a la vista de los atascos que se forman. Copias baratas de marcas japonesas o coreanas. De verdad, entiendo que se quiera hacer una lectura amena, pero uno duda incluso de que el personaje que ha juntado las líneas del artículo haya estado en Birmania y/o haya investigado un poco. Desde hace unos meses, los particulares pueden/podemos conseguir licencias de importación. Serán coches usados, pero a día de hoy cualquiera que pueda permitírselo, podrá importar su coche. No son copias baratas, son modelos que en Europa nunca se han vendido, aunque puede que el periodista considere que el Toyota Harrier es una copia del Lexus RX300. Aquí mismo, en este blog, se puede leer una entrada sobre la conducción en Birmania a bordo de un Toyota Harrier.

Pocos que pueden permitírselo… si tenemos en cuenta la cantidad de gente que vive en este país, sí son pocos. Pero un paseo por Yangon, un simple paseo, nos abrirá los ojos a la pujante clase media que puede permitirse pagar 40.000 dólares por un BMW usado que en España no pasaría de 10.000 euros, o los 35.000 dólares que cuesta un Toyota Caldina de 5 años, o los 60.000 que se pagan por un Toyota Crown Majesta, por no hablar de la cantidad de Lexus RX570 que se ven. Hoy me he cruzado con un Porsche Cayenne Turbo y un Audi Q7. Son minoría, pero existen. Cosa distinta es en las zonas rurales, como en cualquier país en desarrollo.

Los innumerables controles que… lo siento, pero para contar mentiras insidiosas sobre un país, y quedarse tan ancho, mejor no venir. Una vez, UNA, me han parado conduciendo en Birmania. Porque atravesaba una frontera regional y era extranjero. A los locales no se les para. Y no tuve que pagar absolutamente nada. Na da. Pero claro, el periodista está en Birmania y hay que hacer que la cosa suene difícil. Otros controles son los que nombro más arriba, en fronteras o por verte extranjero en zonas extrañas, pero no porque uno no pueda ir, como explico a continuación, sino por hacer un poco su trabajo.

Turismo vetado, como digo, en absoluto. A día de hoy hay que pedir permiso para acceder a muy pocas zonas, como por ejemplo Putao. ¿Qué sucede? Que uno pide permiso con antelación, y lo obtiene. Oh, cosa rara. Como pasa con los visados. Considero, y lo digo por experiencia propia, más sencillo acceder a Birmania que a los Estados Unidos. Pero seguro que ningún juntaletras se atreve a decir que el turismo está vetado en el país de las oportunidades, aunque haya que entrar desnudo y decir con la cabeza gacha gracias cuando el agente de inmigración te pone el sello.

Las consideraciones del gulag y demás las voy a dejar de lado, al no tener datos concretos, como de seguro no los tiene tampoco el periodista. Sí diré que la numerología es una pieza importantísima de la vida local, no se trata de ningún invento de los militares. Aquí cada evento se calcula en base a las fechas y a los números, como se calculan las parejas para noviazgo y matrimonio, siempre mirando las fechas y horas de nacimiento.

Termina hablando de los espías, de nuevo. Yo no me he sentido espiado nunca. Ni cuando salgo con mi cámara negra con objetivo blanco a hacer fotos por la calle, cual National Geographic. Fotos naranjas, si hace falta, aunque para fotos naranjas con monjes vestidos de color azafrán, lo mejor es sin duda Luang Prabang durante los meses de Marzo y Abril.

Y ahora me van a permitir una valoración sobre este país. País que, personalmente y por motivos absolutamente propios, no me termina de gustar. Es esa tremenda diferencia entre ricos (que son muchísimos, y muy ricos) y pobres en Yangón la que me parte el alma y me impide disfrutar, sumada a ciertas características de los birmanos de ciudad. Pero soy consciente de que es como juzgar a Francia por los parisinos o a España por los madrileños. Este es un país tremendamente variado pero con una cosa en común: la amabilidad de la gente. Esa sonrisa permanente, esas ganas de complacer y de invitar, esas cosas de las que el periodista no habla en su artículo, para que así su mamá piense que está en un sitio peligroso y duro. No, de eso mejor no hablar.

Ese pasear por Bagán cámara en ristre, entrar sin querer en los terrenos de una vivienda y acabar tomando un té con galletas con la señora de la casa. O que te invite a un té el dueño de la choza frente a la que has parado el coche para hacer una foto del paisaje. O el que se te acerquen tres tíos con una pinta terrible… para pedirte por favor que les hagas una foto. Que todo el mundo te sonría, que las cosas se vean de diferente manera, la aceptación de ser pobre mediante el disfrute de cada momento. El desembarcar en un pueblo perdido y que vengan todos los niños a verte y a tocarte los brazos, extrañados y divertidos por ver lo blanco y peludo que eres, mientras los mayores preparan algo de comer para ofrecerte. Que el taxista te ofrezca un cigarrillo o una bola de betel-nut para mascar. Que la chavalería te ofrezca su bebida, que los perros callejeros sean seres absolutamente tranquilos. La seguridad que se siente paseando por el centro del atiborrado barrio hindú de Yangon, o las decenas de locales caros que abren cada mes en Yangón para disfrute de la población pudiente. Como el centro comercial Junction Center que abrió en Yangón el viernes pasado, en el que poder comprar prácticamente de todo, sea original o sean copias realmente graciosas.

O la deliciosa cocina birmana, o el vino que se hace de los viñedos de Inlay, en los que cultivan uva tempranillo. O de lo cómodo que resulta el longyi, la prenda tradicional birmana tanto para hombres como para mujeres. No, de esas cosas es mejor no hablar, que ya lo hacen los demás. Mejor me invento cuatro parodias que suenen bien y queden exótico/peligrosas. O puestos a hablar de cosas negativas, el creciente problema de la prostitución asociada al turismo chino y de negocios, que se ve en cualquier club nocturno de los grandes hoteles de Yangon, algo totalmente contrario a las creencias tradicionales del país, equivalente a que en España abriesen restaurantes que sirviesen carne de perro.

Es lo que hay. Tan cierto como cierta es esta otra foto naranja, cosecha propia de ayer.

Foto naranja

Sofitel New York

Que te pongan unas reuniones en Nueva York en pleno agosto puede ser motivo de queja para el ejecutivo pijo que se las da de interesante, o para quien tiene cosas más importantes que hacer en esas fechas que pasar tres días en una sala rodeado de insidiosos clientes. Pero, a fin de cuentas, no deja de ser un viaje a la capital del mundo mundial, con los gastos pagados, en verano y volando adecuadamente (véase la entrada sobre Etihad).

El hotel elegido, por quedar literalmente detrás de la oficina y al lado del primer restaurante en el que nos reuniríamos, fue el Sofitel New York, conocido mundialmente por el affaire de Dominique Strauss-Kahn con una camarera de pisos, unos policías de aeropuerto, un arresto en pleno avión, y un pisazo en TriBeCa a la espera del juicio. Aviso, nada de eso me pasó a mí, por bien de mi expediente penal y por mal de mis propiedades inmobiliarias neoyorkinas.

Sofitel New York, con banderas y todo

A dos pasos de la Quina Avenida, a tres pasos de Times Square, a cuatro pasos del Empire State Building y a cinco pasos de Central Park. La verdad, la localización no podría ser mejor, sobre todo si se tiene tiempo de visitar exclusivamente lo nombrado. Es un edificio que sería grande en cualquier ciudad, de hecho el hotel cuenta con nada menos que 30 pisos y 398 habitaciones. Pero luego lo ves, rodeado de las moles habituales de la zona, y se hace minúsculo. De hecho, sorprende el número de habitaciones para el tamaño del hall de entrada y del restaurante, dando la impresión de que no tendrá más de 100 camas en total.

Mi habitación era de las que llaman “categoría superior”. Lo siento, no visité las demás (salvo una suite), con lo que no puedo comparar. De un tamaño adecuado, bien equipada y con una decoración relativamente agradable. A 435 dólares la noche, sin desayuno ni impuestos, teniendo en cuenta que es Nueva York, no me parece excesivamente cara, aunque tampoco precisamente barata. La cama me resultó confortable. Bien es cierto que tras dos larguísimos vuelos, cualquier catre sirve para dormir… pero no nos engañemos, una buena cama es importante, y el Sofitel la tiene. De la misma forma que una buena ducha, con buena presión, temperatura y gran espacio, ayuda a relajarse por la tarde y a desperezarse por la mañana. Y el Sofitel también la tiene.

Habitación Sofitel, tal cual

La suite que visité no tenía nada de especial, tan sólo una salita extra en la que recibir gente, pero siempre queda bien decir que te alojas en una suite del Sofitel, supongo.

No esperen grandes lujos, productos de baño de la mejor marca o una decoración perfecta de última tendencia. No se trata de eso, sino de tener una estancia lo más confortable posible, en una buena localización y con un servicio adecuado. Y no me refiero a camareras de pisos ofreciendo favores o a limpiadoras de penes reales, al estilo Príncipe de Zamunda. De hecho, en mi planta sólo había señores limpiando las habitaciones. Eso sí, una limpieza perfecta, sencillamente perfecta. Como debe de ser.

A la derecha, ahí abajo, se le ve...

Lo único que me molestó del hotel fue escuchar algún que otro ruido de las habitaciones contiguas, pero eso pasa en prácticamente todos los hoteles (y en casi todas las viviendas, no nos engañemos).

El desayuno, aunque no fuese buffet, tenía productos de muy buena calidad, todo con un toque francés muy marcado, incluyendo unas mesas quizá demasiado pequeñas para cuando no se desayuna solo. La gente que vaya allí de vacaciones con la familia se sentirá un poco apretada, y puede que un poco estresada debido a la rapidez del servicio. Y es que, como digo, todo parece dimensionado para cien habitaciones, no para casi cuatrocientas. No obstante, un servicio rápido pero también bueno, cordial y efectivo.

Comí un par de veces en el restaurante, una fórmula típica del grupo Accor, en plan plato combinado con opciones “mundiales”. Esto es, una opción francesa, otra noruega, otra americana, otra… Platos absolutamente cliché, pero también muy bien preparados y mejor presentados. Es, como digo, muy Sofitel. Hay a quien le gusta, hay a quien no, pero no se puede decir que sea malo, en absoluto. Como curiosidad, comiendo en el restaurante había decenas de ejecutivos con pinta de Dominique Strauss-Kahn, por todas partes. Igual era impresión mía, pero todos se le parecían.

Marchándose sin pagar...

Conserjes y botones muy agradables, personal de Recepción muy atento, es Estados Unidos, un hotel de lujo y Nueva York. Se nota esa cultura de servicio americana, tan cargante en ocasiones pero ágil, educada y eficiente. Quizá llevase un poco de tiempo preparar la cuenta de las tres habitaciones que pagué yo, pero tampoco como para montar un escándalo.

En definitiva, una entrada breve sobre un hotel para estancias breves. No es que no merezca más comentarios, es que no hay mucho más que decir. Desconozco si tiene piscina, Spa, gimnasio y demás, no me dio tiempo a interesarme por ello. Todo lo que no se haya dicho, quiere decir que funcionaba bien, como por ejemplo el wi-fi (eso sí, de pago).

Wi-Fi de pago…

Sofitel New York, 44th Street West. Con la de opciones que hay en Nueva York, considerar sólo ésta no me parece justo, pero no deja de ser un buen hotel, con precios al mismo nivel. Quizá sea una forma de ahorrar si en origen uno iba a quedarse en el Four Seasons, cosa que siempre pasa cuando hablamos de Sofitel.
 
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