sábado, 14 de julio de 2007

Rolls Royce Silver Seraph, el viaje en el tiempo

A San Fermín pedimos
Por ser nuestro patrón
Nos guíe en este encierro
Dándonos su bendición
A mí la fiesta de los toros no es que me apasione. Bueno, quizá debería decir que no me gusta, por aquello de la corrección política y la corriente actual, pero la verdad es que me da igual. Veo un espectáculo excitante, sí, pero preferiría cualquier otra alternativa. Sin embargo, los encierros de Pamplona son mi perdición. Dudo mucho que vaya a verlos allí, no obstante. El resto de la fiesta sencillamente no me gusta, pero ver los encierros a las 8 de la mañana en directo por la tele es tan tradicional como los tres cánticos de los mozos al santo agitando el periódico.

Desde el día 7 hasta el 13 de Julio, en París tenemos nuestros particulares encierros: los ensayos para el desfile del 14 de Julio. Desde las 3 y media de la mañana hasta generalmente las 7, tropas, compañías, brigadas motorizadas, escuelas militares… todos se entrenan a bajar los Campos Eliseos y a presentarse frente a la tribuna presidencial en la Plaza de la Concordia. Esto provoca, evidentemente, el cierre al tráfico de la principal avenida de la ciudad. Pero también provoca, o mejor dicho, propicia el poder ver el desfile desde dentro, el participar en él en bici, el poder caminar libremente por el medio de la Plaza de la Concordia… además de unos conciertos gratuitos directamente a todo trapo de marchas e himnos militares, generalmente terminados con La Marsellesa.
















Al menos, los aviones no ensayan la pasada por la noche...

El ensayo del 13 de Julio corresponde a la música, la presentación de las bandas y los coros y su retirada. Esta noche han debido ensayarlo todo unas 8 veces, con constantes correcciones y paradas para señalizar los puntos exactos en los que girar, cambiar de paso o como sean las cosas que se hacen en los desfiles. Así, pasaban las 7 y media de la mañana cuando la Plaza seguía cerrada al tráfico. Maravilla absoluta para moverse, aunque se requiera de autorización especial.

Hacia las 8, Jean Luc me vio pasar saliendo de la oficina, y la conversación surgió tal que así:

- Andrew, ¿vas para tu casa?
- Sí
- ¿Sigues viviendo en el Seizième, no?
- Pues sí, no he encontrado otro piso aún… ahí sigo.
- Pues me harías un gran favor si te pudieses llevar el Rolls hasta el parking de XXXX, porque me lo han pedido y estoy solo esta mañana. ¿Te importa?
- ¿Crees que si me dan a elegir entre meterme en un taxi o conducir un Rolls lo iba a dudar un instante?

No pasaban ni 3 minutos cuando yo ya estaba sentado a los mandos de un imponente Rolls Royce Silver Seraph, dispuesto a sacarlo de su aparcamiento entre un Mercedes SL500 y un Range Rover gigantesco.
















No es que sea bonito, es que es clásico.

El coche: Rolls Royce Silver Seraph, calculo que de hace 7 u 8 años, con unos 46.000 kilómetros en el marcador. Color azul oscuro, interior crema (alfombra y salpicadero azules), y un volante gastado ya por el uso. Primera duda: ¿arrancará? El coche ha estado parado, según me comenta Jean Luc, una semana larga, y venía de haber estado parado varios meses. De hecho, hubo de ser arrancado con pinzas la última vez… Le cedo el puesto a mi amigo, más experto en estas cosas, y gira la llave. No arranca. Gira la llave de nuevo, deja al motor de arranque girar un poco… golpe de acelerador y se produce el milagro: motor en marcha y funcionando. ¿Seguro? El coche no tiene cuentavueltas, no hay ninguna vibración en ningún mando, y el ruido es totalmente imperceptible debido al tráfico que ya circula por la zona. Sí, sí, está arrancado.
















¡Qué bien le sienta a este coche esta ciudad!

De nuevo a los mandos, ajusto el asiento a mi tamaño. Los controles son sencillos e intuitivos, pero sabes que no has de buscar la postura habitual de los demás coches. En este Rolls Royce, como en su gemelo Bentley Arnage, la posición de conducción es muy elevada. El morro plano y largo ayuda a ser consciente del tamaño del coche, pero esa posición elevada es obligatoria para tener un buen control. Los asientos se mueven lentamente con el ajuste eléctrico, casi tan despacio como las desesperantes ventanillas con sus mandos imprecisos. Amigos, esto es un Rolls Royce, no un BMW Serie 3. Que nadie espere precisión absoluta, tacto de solidez y unión con el coche. Aquí todo está absolutamente filtrado. Y cuando digo todo, incluyo los mandos de los elevalunas, la palanca de cambios o incluso el espejo de cortesía en el parasol.

Con más imprecisión que otra cosa, muevo la palanca del cambio automático a D para iniciar la marcha. El freno de mano (de pie) está quitado, así que poco a poco levanto el pedal del freno para que se empiece a mover el coche. Como sucede en muchos coches de lujo, esto no es suficiente para mover las 2 toneladas de peso y hay que ayudar con el acelerador. Afortunadamente, éste tiene una especie de recorrido nulo con el que jugar, para evitar pegar un acelerón fuerte y que se nos desboque el paquebote. Parado frente a la Embajada Americana, sólo he de esperar a que el semáforo se abra para pegar el primer golpe de gas. Pienso llevarlo con suavidad, pero también ver de lo que es capaz su V12 (dentro de lo posible). No he terminado de pasar la Embajada cuando el coche ya circula a casi 70 kilómetros por hora. Definitivamente, tiene “la potencia necesaria”, como dicen en Rolls Royce.
















Todo piel, incluso el techo.

La suavidad es absoluta. A ritmo de ciudad, unos 40 km/h, el coche circula sin necesidad de hundir el acelerador en exceso. No hay ningún ruido, nada. Las suspensiones filtran como han de hacerlo, no con esa sequedad tan de moda entre las grandes berlinas alemanas actuales. No es que el coche balancee, que lo hace, es que absorbe los baches. La postura de conducción vuelve a mostrarse tan elevada como en un monovolumen medio. He olvidado comentar que a este coche uno realmente se sube. Cuando se abren las puertas en los coches normales, suele haber un escalón a pasar, quedando el suelo del habitáculo ligeramente hundido con respecto al quicio de la puerta. En el Rolls Royce ocurre todo lo contrario. La moqueta queda por encima del listón cromado, y en el escalón un letrero nos recuerda el nombre del modelo: Silver Seraph. Imagino que será perfectamente personalizable con, por ejemplo, el nombre del propietario o el de su perro, o alguna obscenidad como en aquel barco del hermano del Sultán de Brunei, llamado Tetitas, cuyos botes salvavidas se llamaban Pezón 1 y Pezón 2.

Los controles de luces, intermitentes y limpias se hacen desde la palanca izquierda, que va situada bastante baja. A la derecha sólo nos queda la palanca del cambio automático, cuya precisión, como he dicho, es bastante escasa. En el centro de la consola tenemos los mandos de ajustes de los asientos eléctricos, incluyendo sus cuatro memorias, y los cuatro elevalunas. La posición no es que sea cómoda, pero… ¿qué más da? Esto es un Rolls Royce, no un “vulgar” Mercedes S500.
















Aquí es donde supuestamente pasa todo lo importante, pero conducirlo también es un placer.

El tacto de la dirección está también muy filtrado, con mucha asistencia, pero su ángulo de giro es excelente. Los frenos son perfectos para poder dosificarlos: el primer tercio del recorrido no para el coche en marcha, sino que lo frena, y es ideal para las maniobras o para circular por ciudad; el resto del recorrido del pedal proporciona una frenada contundente en caso necesario.

He hablado de circular por ciudad… un buen chofer conduciría este coche a base de acelerador y freno, con pequeños toques a ambos pedales para conseguir suavidad. Se acelera para arrancar, se deja al coche seguir con su inercia, se vuelve a acelerar, se frena un poco si es necesario o si nos hemos pasado… Los pedales favorecen esta conducción con sus largos recorridos a priori inútiles. De cualquier forma, una nueva demanda al motor nos recuerda que tenemos un coche muy potente siempre dispuesto a movernos con rapidez.

En los cruces sucede algo muy curioso: hemos pasado a tener preferencia siempre. Principalmente porque es un Rolls Royce, pero también porque pocos coches hay circulando que sean más grandes que nosotros. Las calles estrechas dan bastante respeto, pero las dimensiones del coche se controlan muy bien. Además, nadie te echará en cara el que no te atrevas a pasar por un sitio estrecho… ellos tampoco se atreverían si llevasen esa parrilla al frente. Las grandes avenidas son el territorio perfecto para circular a velocidad constante y en línea recta, dejando a los demás el sucio trabajo de hacer zig-zag para ganar posiciones. El adoquinado parisino sencillamente ha dejado de existir hace tiempo… el tiempo que llevamos ya dentro del coche.















Frente al Sena.

Me acerco al consabido parking. La experiencia ha sido maravillosa, pero ahora llega la segunda parte: aparcarlo. El parking es amplio, muy amplio. A fin de cuentas, en él aparcan los mejores coches de la ciudad y es habitual encontrarse con, por ejemplo, 4 Lamborghini juntos. La rampa no tiene dificultad, pero las columnas acechan. De nuevo, sorprende la maniobrabilidad del barco. Perdón, del coche. Atracándolo… aparcándolo, sólo necesitamos hacer las maniobras con precisión y decisión, pensándolas de antemano, para que todo salga perfecto. Como si estuviésemos jugando al ajedrez, uno piensa en los cuatro movimientos que hará después de ejecutar los dos que se dispone a hacer, y en nada el coche está aparcado.

Parar el motor es como arrancarlo: siempre tienes la duda de haberlo hecho debido a la total ausencia de vibraciones o ruidos. Al apagarlo, el cuadro de mandos vuelve a iluminar el indicador de “service”, además del “check battery”. Es un Rolls Royce, sí, pero necesita mantenimiento. No obstante, pensándolo bien te das cuenta de la calidad de estos coches. Este en cuestión se compró para estar en París a disposición de su dueño, y el mantenimiento que ha seguido ha sido prácticamente inexistente. Se ha tirado meses parado, gastando la batería. Ha tenido que arrancar con pinzas, cierto, pero… una vez arrancado absolutamente todo funciona. Un coche normal nunca haría estas cosas… un Rolls Royce sí. Y además da igual que un día deje de funcionar bien, porque llegado ese momento, el coche será cambiado por otro nuevo. Es lo que tiene ser rico.

Sylvain se acerca. Es el encargado del parking. Jean Luc le llamó para decirle que iba a ser yo quien trajese el Rolls Royce.

- ¿Todo bien, Sr. Vickerman?
- Todo excelente, pero a la batería le quedan diez minutos.
- Bueno, ahora le echaremos un vistazo antes de lavarlo.
- Estupendo, yo voy a ver si desayuno, que me ha entrado el hambre, caray…

Resumiendo: los asientos están algo sucios, los mandos son imprecisos, los elevalunas demasiado lentos, una puerta no queda cerrada al fallar el cierre centralizado, el volante está gastadísimo, juraría que le falta una pieza en el tirador del freno de mano, y además tampoco me parece el sumum de la comodidad para trayectos largos, debido a la forma de los asientos y a la imposibilidad de meter los pies bajo el asiento delantero si es que vamos detrás. Eso sí, en trayectos cortos no tiene rival.

¿El mejor coche del mundo? Eso lo podríamos decir del Phantom. De hecho yo lo he dicho ya. Este Silver Seraph es viajar en el tiempo años atrás. Cualquier Mercedes S se va a mostrar muchísimo más avanzado. Pero oigan, benditos sean los viajes en el tiempo…

Ha sido una sorpresa, al buscar fotos del modelo, encontrar las fotos oficiales hechas en París con un coche calcado al que yo he tenido la suerte de conducir. Lamentablemente, no tenía mi cámara ahí, pero sirvan las fotos de la marca como ilustraciones.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buen relato, pero un poco ambiguo. Me dejas con las ganas de saber si el coche, en términos generales, ha sido de tu agrado, o simplemente por ser un RR hay que perdonarselo todo.

Un saludo.

Delarosa dijo...

Se ha salvado por el último párrafo! Estaba dispuesto a colgarle de una áspera soga por no haber hecho fotos, pero se redime con una aceptable disculpa.
Me ha gustado mucho la manera de hablar sobre el coche, que no es un coche. Es un ícono, y no pretende competir con nadie. Es como es, y no hace las cosas ni mejor ni peor, las hace como le corresponde. Al que sepa apreciarlas, enhorabuena. Al que no sepa (o sepamos)quizá nos falte algo de sangre azul. Pero el producto está ahí.

Un saludo!

 
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