martes, 15 de julio de 2014

Four Seasons Bangkok

Mi alojamiento últimamente en Bangkok está siendo de lo más variado. Motivos personales y profesionales que no vienen a cuento me han hecho probar hoteles de todo tipo, incluyendo alguna que otra vieja gloria hotelera como el Four Seasons del que hablaré a continuación.

Una vieja gloria es sencillamente un hotel que ha vivido tiempos mejores. Lo que sucede con hoteles como este Four Seasons, o el Le Meridien que queda detrás del barrio de Pat Phong, o el Imperial Queens Park con sus más de mil habitaciones, es que los propietarios o las cadenas invierten ingentes cantidades de dinero en levantar moles descomunales, ponen lo último en tecnología y en diseño, y esperan poder recuperar su inversión antes de que la cosa ya huela a viejo desde lejos. Y es entonces cuando el hotel empieza a oler, que es lo que les ha pasado a esos tres hoteles nombrados, con mejor o peor fortuna. Y es que el Le Meridien sigue siendo un hotelazo, sigue teniendo un servicio de habitaciones excelente con un arroz frito con cangrejo de tirar de espaldas (de lo bueno que está, no del olor), pero su rollo cool de poca luz, tonos marrón oscuro y tal de principios de este siglo ya pasó de moda hace tiempo y se ve un poco fuera de lugar. Dicho de manera más directa, se ve feo.

Le Meridien Bangkok, que de vieja gloria no tiene mucho, sino más bien desfase.

O el caso del Imperial Queens Park, un hotel descomunal que está a punto de cerrar para una reforma integral del edificio y equipamientos, cosa absolutamente necesaria a la vista de lo que uno se encuentra nada más entrar: un viaje en el tiempo a 1995, que viene a ser lo mismo que viajar a 1985 si cambiamos la ropa y los coches de la entrada. La cosa se hace más palpable cuando, y esto es totalmente verídico, sucedido hace cosa de dos semanas, a la puerta uno ve un Mercedes SL500 y un S500 de la misma época, noventeros, aparcados juntos. Que sólo falta ver salir a Lady Di, vamos.

Mercedes S500

Y es que la tecnología aplicable a las habitaciones y servicios hoteleros ha evolucionado de una forma tan rápida que aquello que nos parecía lo ultimísimo y lo definitivo hace no tanto tiempo, como el acceso a internet a través de la tele usando un teclado inalámbrico que instaló el Hôtel de Crillon allá por el año 2004, a día de hoy parece una reliquia antediluviana. 

Hace no tanto tiempo, o eso creemos. Pero es que de 2004 a hoy van diez años. Diez años en los que todo ha cambiado, en los que cualquier persona puede llevar en un bolsillo un acceso a todo el conocimiento de la humanidad (aunque luego lo use para explotar caramelos o lanzar pajarracos a cerdos que se ríen). No digamos ya si en vez de diez años hablamos de quince o de veinte.

Artefactos

El problema del Four Seasons Bangkok es al mismo tiempo lo que le salva. Hablamos de un hotel abierto hace eso, quince o veinte años. Que no es tanto, que no se trata de un anciano mayordomo que debería de haberse jubilado hace tiempo, sino de un excelente técnico con años de experiencia que no se ha sabido o no ha querido reciclar y que sigue usando varios Internet Explorar en vez de un solo Chrome con varias pestañas. Y es que, al mismo tiempo que todo se siente viejo y trasnochado, todo sigue funcionando como el primer día, tal es la calidad de la inversión realizada.

Igual debería replantearme lo de llamarlo “vieja gloria”…

Pero vamos con la descripción de la estancia, estancia que vino provocada por la cercanía de este hotel al magnífico hospital BNH de Bangkok. La cosa ya comienza bien y mal, con esa dualidad que marca todo el hotel. Bien porque uno es recibido por un joven y dinámico empleado que te trata con naturalidad pero guardando una exquisita distancia, te propone soluciones a tus problemas (como es llegar tarde a la cita con el médico), y te da una confianza mayúscula en que todo saldrá perfecto cuando regreses al hotel, como de hecho sucedió al encontrar equipaje y demás en la habitación, sin necesidad de esperas absurdas, y siendo reconocido al volver a entrar por la puerta.

Pero mal por el desagradable hecho de que, mientras yo era recibido cual Papa o Embajador de la ONU, mi mujer era totalmente borrada del mapa y relegada a una posición al final de la cola. Quizá por ser ella asiática, quizá por no llevar nuestras mejores galas, quizá por no haber pasado cuatro horas en la peluquería antes de salir del coche que nos traía del aeropuerto, o quizá por estar preocupada ante la visita programada al hospital. Imperdonable, sin más, y me hizo sentir muy incómodo.

Es imposible hacerlo más "Four Seasons" que esto...

La habitación, en este caso una Junior Suite, es entregada previo paso por un executive lounge en el que te hace la llegada un personal dedicado. Dedicado a sus labores, porque si bien el ambiente era agradable, el mobiliario muy pomposo, el té estaba muy rico, y demás cosas accesorias, no es de recibo que un check-in dure más de cinco minutos, tiempo que de hecho estipulan los auditores de calidad de este tipo de hoteles. Seguimos en el mismo tono, todo bueno pero nada bien.

Una habitación amplia, un nuevo viaje en el tiempo. Por un momento creí volver a estar en París trabajando de recepcionista hace 10 ó 12 años, y entrando en una habitación lujosa de la época. El rollo es exactamente el mismo que el de entrar en, pongamos un ejemplo, la habitación 446 del ya citado Hôtel de Crillon. O, por ser más exactos, cualquier habitación del Four Seasons Georges V parisino. Todo es muy grande, todo es muy lujoso, todo es viejo. Que no antiguo, ojo, sino viejo. El otro día un conocido me decía que las teles de un hotel en el que había estado hacía poco ya habían sido fabricadas antes de nacer sus hijos, hijos en la Universidad ambos. Aquí más o menos lo mismo. Una enorme televisión de pantalla plana, comprada hace 10 años o más, se complementa con un radio-despertador blanco al que sólo le falta tener mini-disc para terminar de fliparte. Y sí, también estaba el teclado para acceder a Internet. Acceso de pago, no nos olvidemos de ese “magnífico” detalle que suelen tener muchos hoteles de lujo.

Zapatos verdes de Bata, tan baratos salieron que se compró dos pares

En el cuarto de baño sucede lo mismo. Esa bañera, esa ducha “oversize”, esa alfombra de baño gordísima, esas toallas que se notan fueron muy buenas hace años (ahora son sencillamente buenas, que no es poco), esa iluminación ideal para enmascarar defectos… Se intentan complementar o cubrir con unas amenities de tamaño familiar y marca L’Occitane. Muy buenas, sí, pero al mismo tiempo enormes, con las que uno tiene la impresión de estar tirando el dinero, máxime si tu estancia es de escasas 20 horas (incluyendo las horas de sueño) como fue el caso. Que sí, que es agradable abrir el kit de cepillo de dientes y ver un tubo de pasta Colgate de buen tamaño, de los que duran dos semanas, de los que sabes que no te vas a terminar porque van a durar más que el propio cepillo, de los que dices “bien, no voy a tener que pedir a la gobernanta que me traiga más”. Pero no para seis cepillados contados (comida, cena y desayuno por dos). O para tres, que ponen un tubo por persona.
  
Baño con ducha enorme

El vestidor es también un museo, como lo es la caja fuerte. Choca haber tenido una caja fuerte en un hotelito Ibis de dos estrellas en la que meter el ordenador o incluso cargarlo al haber enchufe dentro… y encontrar aquí una que, ni grande ni pequeña, no tiene ni siquiera luz por dentro.

La cama es enorme, y blanda. Es de esas camas en las que uno se tumba y se queda en la postura en la que haya caído. Cama “suicidio”, ideal para hacerse las fotos tras la toma de barbitúricos. Que habrá a quien le guste, pero resulta extraña cuando estás acostumbrado a una cama más rígida en la que te puedes mover. Aquí te hundes irremediablemente en el colchón, con sus setenta capas de acolchado, y ya no hay forma de moverse. Lo cuál es un inconveniente en tanto en cuanto el aire acondicionado no tiene mando a distancia. Sólo faltan unas luces que se apaguen con dos palmadas, la verdad.

Cama con radio-despertador...

Pero para mí lo peor es esa sensación de no saber dónde estás, salvo que estás en un Four Seasons. Es algo que la cadena promueve, todo el mundo ha de ser recibido igual en un Four Seasons, se esté donde se esté. Y en este caso, salvo por unos detalles que parecen asiáticos como el cabecero de la cama y que tampoco tienen porqué decir nada, uno bien podría pensar que está en Buenos Aires, en Kinshasha, en Chicago o en Estocolmo. Y eso no es bueno, al menos a mi entender, formando parte de esa dualidad del hotel: tiene carácter, pero no es el carácter que uno quiere, de la misma forma que todo es viejo, pero todo funciona.

No dio la estancia para mucho más, salvo un desencuentro con el personal de conserjería y un desayuno perfectamente a omitir. Resultó que queríamos regresar al hospital a llevarle un regalito a la doctora, así que preguntamos la forma que sería más rápida, si taxi o directamente el BTS (que implica caminar). No la más cómoda, sino la más rápida, estando preocupados por las manifestaciones que de aquella sucedían en Lumpini Park, zona por la que había que pasar sí o sí. El personal del hotel nos convenció de que el taxi sería más rápido, ¿y cómo no hacerle caso a alguien supuestamente experto en la ciudad? No, no lo fue, lo que en BTS habían sido menos de veinte minutos esa misma tarde, se convirtieron en casi tres cuartos de hora. En fin…

BTS y sus vías desiertas

Y a la mañana siguiente, con prisa para ir al aeropuerto, no tuvimos más opción que desayunar en el executive lounge famoso, en donde ni estaban listos a la hora de apertura, ni había absolutamente nada destacable. Uno espera un desayuno como el de otros lounges de otros hoteles de Bangkok. Concretamente, uno espera algo como en el Lebua, con sushi, con cosas ricas y diferentes, con buen servicio, algo moderno, ágil, actual, efectivo y, sobre todo, delicioso.  ¿Y qué se encuentra uno en este Four Seasons? Un buffet ramplón con cero originalidad (dos o tres embutidos, dos o tres quesos, salmón ahumado, baked beans, bacon y salchichas ya preparados en sus platos calientes, cereales, bollería, tostadas, fruta y dos o tres tipos de zumo), sin terminar de poner pese a estar ya en horario de apertura, con cantidades pequeñas de cosas de una supuesta calidad. Eso sí, servido en una vajilla muy pomposa con cubertería de plata y servilletas de hilo. Tal era el desastre que yo me concentré en comer los donuts que había comprado la noche anterior en Siam Paragon. Donuts considerablemente mejores que los servidos en el hotel. Qué lástima, qué oportunidad perdida…

Mucha gente, cuando no sale satisfecha de algún establecimiento (de lujo o no) acaba diciéndote el manido “no es cuestión de dinero” excusado en que lo recibido no se corresponde con lo pagado. Pero sí, claro que es cuestión de dinero. Estamos hablando de uno de los hoteles más caros de una de las ciudades con más hoteles nuevos del mundo, por supuesto que es cuestión de dinero, y pagar doscientos o trescientos dólares * por unas pocas horas de sueño, ahí, cuando por menos uno se puede alojar en otros establecimientos a la última, es algo inconcebible, al menos para mí. No lo será para los habituales de esta cadena, o quizá para empresas que mandan ahí a sus directivos más por cuestiones de status que de otra cosa. Pero no es lógico ni normal.

¿Recomiendo el hotel? Sencillamente no, las alternativas son tantas y tan buenas que no merece la pena. Sea o no sea cuestión de dinero, de la misma forma que uno no debería de pagar el doble por una botella de aceite de oliva Carbonell 0,4 por comprarla en el Hipercor en vez de en el Carrefour, como de hecho no se paga, no merece la pena pagar un nombre de hotel y alojarse en algo “peor” si, por menos, seguimos teniendo esa misma calidad de servicio pero con un producto moderno y magnífico. Salvo que se quiera decir “me alojé en el Four Seasons”, motivo perfectamente aceptable (allá cada cual), o sea fan de este estilo de hoteles, cosa que yo no soy, evidentemente. O aparezca ofertas de locura como las que salen ahora, con 50% de descuento, por poco más de 130 dólares la noche en habitación deluxe o unos 240 por la misma Junior Suite que yo tuve.

El resto de los servicios no los usamos, falta de tiempo. Tampoco es que apeteciese mucho.

Four Seasons Bangkok
Ahora a precio de chollo, aprovechando que Bangkok está vacío.


* Precio especial, pero en los precios de tarifa pública las diferencias también existen.

sábado, 12 de julio de 2014

Hyundai Elantra, la berlina geriátrica

10 de Junio de 2014
Elegir un coche con el que circular por Laos es muy fácil: lo más importante es que tenga aire acondicionado potente, y una mínima capacidad de aislamiento para poder evitar los karaokes de las fiestas (sean bodas, “bautizos”, inauguraciones o cualquier otro acto motivo de festejo) como el que estoy ahora mismo sufriendo yo desde mi casa, que hace casi imposible escribir.

En realidad no es tan sencillo, pues dependerá la elección de cómo vaya a ser el uso que se le dé al coche y de la cantidad de dinero de la que dispongamos. Es decir, como en cualquier otro país, con la diferencia de que… imposible, es imposible seguir escribiendo con el tipo este cantando que parece que esté en mi cocina. Así que dejo aparcado el artículo, que me está quedando bastante malejo, y ya volveré más tarde.

Fiesta típica de vecinos típicos
  
12 de Julio de 2014
El otro día quería yo escribir aquí sobre el Hyundai Elantra. Quizá haya sido bueno esperar este mes para tenerlo ya todo más asimilado y no parecer muy influido por la novedad del coche. Coche que es bastante atractivo, en la medida en la que una berlina compacta puede ser atractiva. El problema puede venir cuando tu nonagenario abuelo te comenta por whatsapp algo como “qué coche tan bonito, lo quiero yo para mí”.


Es un buen coche, no excesivamente feo, con sus bulbosas formas y de aspecto moderno. Además, es diferente a lo habitual sin ser estridente, y en el caso que nos ocupa viene muy bien equipado.

Hyundai Elantra GLS Luxury Pack. 

Por lo visto trae un motor 1.6 de gasolina, unido a una caja de cambios automática de cinco velocidades. Potencia desconocida, unos 130 caballos o por ahí, pero vamos, que no hace falta andar mucho con él para darse cuenta de que, incluso aquí en Laos, es un coche muy tranquilo. Es decir, lento. Bueno, más que lento, un coche rutero y silen.... no, lento, coño. El coche aquí parece que corre porque todo va muy despacio (y no hay sitio), pero al iniciar cuestas se siente perezoso y falto de churro. Imagino que en carretera abierta o autopista será más palpable la limitación lógica de su motor. Motor que, por otra parte, al menos aquí en Laos no se siente a gusto subido de vueltas, resultando curioso un comportamiento más dieselizado. Puntualizo que las velocidades aquí son bajas, con lo que el asunto puede cambiar en otras circunstancias, pero por ejemplo subiendo en carretera de montaña no se nota puntiagudo, sino bastante lleno en todo el rango de uso. Eso sí, teniendo en cuenta que va muy poco lleno, no hablamos de un coche potente ni rápido, como he dicho. De todas formas, tampoco podemos esperar otra cosa, y eso es bueno. El coche es lo que es. 


La caja de cambios funciona muy bien en modo automático y con el conductor en modo paseo. Tiene una horrible manía de ir constantemente en la marcha más larga posible, lo que hace que para adelantar a una moto desde 20 km/h notes cómo reduce a tercera o a segunda, o incluso a algo que parece primera, según hundas más o menos el acelerador. Pero yendo tranquilo la suavidad es excepcional. Las reducciones automáticas son generalmente bastante lentas, como si al coche le costase decidir.

El uso secuencial de la citada caja es totalmente despreciable. Como publiqué en mi Facebook nada más empezar a usar el coche, a los diez minutos de llegar a casa, habiendo pasado lo menos media hora desde que le pedí a la caja una reducción a segunda a la entrada de una pronunciada curva, me pareció que la caja hacía la reducción. Un desastre, aunque tampoco ayuda un motor que parece perder su poca chicha cuando se sube "demasiado" de vueltas, tal y como he dicho Pero es que no está diseñada para ello, sino para simplemente filtrar el motor y hacer moverse al coche.


Porque en modo paseo es un coche que se mueve de forma realmente suave y silenciosa, escuchándose sólo el ruido de rodadura de los neumáticos, quizá demasiado grandes (215 con llanta 17"). De hecho, a veces se oye más el roce de las manos en el volante al maniobrar que cualquier otra cosa. Maniobras que son muy sencillas, pues la dirección está asistidísima en parado o circulando muy lentos, volviéndose considerablemente más dura al acelerar si se circula en el modo “standard” de dirección. Y es que, como parte de su equipamiento, este Julay viene con tres modos a elegir de firmeza de dirección, que se controlan con un botón que hay en el volante. Y se nota bastante, aunque sólo en la dureza (no me ha parecido que se note en el radio de giro). El asunto es que uno al final la deja en modo confort, con el volante suave siempre, dado que el modo deportivo es como llevar un coche con la dirección dura a propósito (no como si no tuviese dirección asistida), y no veo ninguna necesidad de ello. Recuerda en parte a la dirección del Alfa MiTo con sus diferentes modos, resumidos en chicle y plomo.

El coche está a años luz de la última berlina de este tipo que había conducido, un horrible Volvo S40 del... cierto, quizá haga ya demasiados años de aquello (fue por el 2006 o así). Siguiendo con la dirección, el coche entra relativamente bien en las curvas cerradas pese a ir con buen ritmo. No es el tiralíneas del BMW Serie 1, pero tampoco es una barcaza insufrible. Hay subviraje lógico si se entra fuerte, o todo lo fuerte que el motor permite, pero no es acusado y los cambios de dirección se hacen bastante ágiles, o lo suficiente para lo que es. Miedo me da volver a conducir aquel Mazda MX5 que tuve y tener que retractarme.

Esas alfombrillas laosianas...

Pasemos al interior, en donde apreciamos que el coche viene equipado no ya de narices, sino de forma totalmente asiática. ¿Qué no trae? Pues no tiene techo solar, que yo pensaba que sí iba a traer. Tampoco tiene lucecitas en las puertas de esas que se iluminan cuando abres, ni luz antiniebla trasera, ni control de altura de faros. No hay espejo autocromático, tampoco, y la iluminación de los espejos de los parasoles es manual, no de eso que se enciende al correr la tapa.


Pero sí trae asientos de piel con regulación eléctrica, ventilación y calefacción. Por supuesto, también hay climatizador bizona, bluetooth, control de crucero, arranque y acceso sin llave, cámara de visión trasera, y alguna que otra pijada que seguramente me olvido. Aclaro que digo "de forma asiática" porque ninguno de los coches que conduje en Birmania tenía antiniebla trasero, por motivos que desconozco.

Mandos centrales con climatizadores y demás

Los acabados son bastante buenos, la verdad. Todo tiene un tacto decente, no se notan piezas discordantes o ahorros penosos, sino que todo se siente homogéneo y bien realizado. En la consola central tenemos los mandos de la climatización del coche y de los asientos. Tras el volante, un cuadro de mandos básico con información relevante y una iluminación que lo hace bastante cómodo de leer. Eso sí, luego uno se monta en un coche de verdad, como un BMW 320 a tope de equipo, y se da cuenta de que no es lo mismo. Perogrullo, el BMW vale el doble o más, pero es la realidad. Ni el cuero se siente como se sentía el cuero de mi Mazda o el del Volvo XC90 que tanto usaba yo en España, ni los asientos son tan cómodos como los de aquellos coches.

  
Las plazas traseras no son del todo pequeñas. De hecho, todo el coche por dentro es bastante amplio. Con el asiento del conductor puesto para mí, con mis 1,79 de altura, el espacio disponible es suficientemente amplio. Hay un reposabrazos en el centro que viene con posavasos, y salidas del aire acondicionado en el centro. La altura de las ventanillas dificulta la visión, pero no se siente del todo claustrofóbico.


A la derecha del airbag del volante hay una serie de botones que manejan el control de crucero, seleccionan el modo de la dirección, y hacen algo más que se me ha olvidado. A la izquierda, los del equipo de audio y el teléfono. Equipo de audio es bastante perronero, no tiene fuerza ninguna y a poco que se le dan graves vibran los altavoces. Ese es otro de los detalles que echas en falta cuando comparas con coches “mejores”. Al menos aquí todos los botones (casi todos) van iluminados, cosa también buena.

Pantalla del cuadro al poner la marcha atrás

¿Qué puede esperar alguien que se compre este coche en Europa o en zonas desarrolladas? Un coche rutero, sencillo de conducir por ciudad, no excesivamente gastón (yo le vengo haciendo una media de 8.7 litros, una vez bajados los 12 de media con los que lo cogí, haciendo pueblo y carretera “comarcal”), agradable y poco más.


Puede parecer que no estoy convencido con el coche, y de hecho no lo estoy del todo. El asiento del conductor, por muchas regulaciones que tenga, y aún a pesar de la ventilación (que es algo parecido a remojar el culo en la orilla en la playa, todo sea dicho, aunque gracias a ella no te suda la espalda), sigue resultándome demasiado básico, por no decir no del todo cómodo. Un mal menor, habida cuenta del uso que le voy a dar. Porque sí, este coche no es alquilado, este coche me lo he comprado aquí en Laos y, como era de esperar, pese a haberlo pedido de color chocolate oscuro, ha venido de este color marroncillo. Color que, todo sea dicho, disimula excelentemente la porquería. Alguna ventaja tenía que tener. Y bueno, ya me va gustando algo más.

Yo quería un Audi S3 Sedán, o un Mercedes CLA250, o… pero, o no los venden, o cuestan el doble que en otros mercados. Así que habrá que conformarse.

Hyundai Elantra  GLS Luxury 1.6 automático.

28,500 USD, impuestos incluidos, en Laos.

miércoles, 26 de febrero de 2014

El mejor peor coche del mundo

Sucedió que tenía unos compromisos familiares la semana pasada, por lo que no hubo más remedio que alquilar un algo en el que mover a gente, ya que cuatro personas en una moto, más con el frío que hizo aquellos días (por no hablar de los diluvios contra pronóstico que hacían subir el nivel del Mekong casi 5 metros de un día para otro), y todavía más teniendo que carretar cosas de aquí para allá, como que no.

En resumen, que como todavía no me he comprado nada (pese a la lata que sigo dando), me fui al concesionario Ford a alquilar un algo, y he aquí la presentación de la cacharra. Lo más inmundo que ha existido jamás.
 
 
Ford Ranger viejuno. Edad indeterminada, kilometraje superior, estado deplorable.
Como características especiales de esta unidad podemos destacar:

- Pintura metalizada azul eléctrico
- Aletas despintadas
- Bordes de las puertas despintados
- Gomas de las puertas que se caen
- Holgura de no menos de 30 grados en el volante
- Tapicería de plástico
- Suelo que ya no se limpia ni dándole con la Karcher de la de roña que tiene
- Equipo de audio con una estación de radio y sonido indefinido
- Olor a Ford viejo
 
En una de las carreteras de por aquí

La conducción es tremendamente asquerosa. El coche fue bautizado como Lamfordhini dada la dureza extrema de su pedal de embrague, acompañada por una caja de cambios de recorridos cortos y relativamente precisos, que hace que uno ensoñe y se crea a bordo de un LM002. Mejor dicho, se imagine estar conduciendo esa maravilla de consumo desaforado, para evitar la realidad de ir subido en la bazofia fordiana.

  Al fondo, moto con capacidad de carga propia de furgoneta.
  
La vibración al arrancar no es nada comparada con el meneo a todo el vehículo que provoca el apagado del motor. Motor de cuatro cilindros, "gazoile", y de potencia inexistente. Y es que el coche parece movido por una pulga dando pedal, generando unas prestaciones despreciables (como la pulga).

En ciertas maniobras uno ha de recurrir a poner tracción total si quiere que el coche salga, pues curiosamente con la tracción total conectada parece como si el coche echase a andar antes. La reductora la probé en una ocasión, siendo totalmente prescindible para el uso que le di al artefacto.

En el interior podemos destacar tres cosas, una de las cuales le convierte automáticamente en el mejor coche del mundo, pese a ser el peor coche del mundo.

Lo primero es la plasticudez de todo ello.

 
El cuadro de mandos se ilumina con bombillas verdes, que realzan la raja que atraviesa el cristal del velocímetro. Da todo muchísimo asco, pero al menos tiene elevalunas eléctricos bastante rápidos (y en las cuatro ventanas), un aire acondicionado que enfría la de dios, una calefacción aún más potente, y... nada más.

La segunda es el freno de mano bajo el volante, muy furgonetil ello.


Pero lo que resulta definitivo es un detalle que no he visto en muchos coches, que digamos. Al abrir las puertas, se enciende el plafón del techo. Normal, vamos. Pero es entonces cuando cerramos las puertas y aparece la maravilla de las maravillas, que represento gráficamente mediante foto full-hd iPhone del clausor de la llave. Observen:
 
¡Una bombilla!

Sí, el contacto va iluminado para que uno sea capaz de encontrar el bujero en el que meter la llave en la oscuridad de las noches laosianas. No contentos con ello, los ingenieros fordianos instalaron otra bombillita junto al pedal del acelerador. Se desconoce la utilidad de esta última, salvo que sea para iluminar la alfombrilla de plástico y cómo se dobla ésta bajo el acelerador, restando aún más potencia al artefacto. Eso sí, la bombillita del contacto es el lujo. ¡Lo mejor del mundo!
 
Aparcado al lado de casa, destacando su azulitud

El coche tiene, como he dicho, una conducción asquerosa. Por carretera laosiana es rebotón hasta el extremo, y aunque delante la cosa no pase de la incomodidad propia del auto, en los asientos traseros el asunto se vuelve peliagudo, llegando a marear en trayectos cortos por ciudad. A poco que se bachea la carretera o la pista, se sienten movimientos en todos los sentidos desde la caja trasera. Es como si todo el chasis se retorciese, cada larguero para cada lado. Por pistas bacheadas la situación es insostenible, y los meneos te dejan los órganos internos totalmente patas arriba.

La culera se siente muy ligera, tremendamente ligera. A ritmos relativamente elevados por carretera de gravilla la seguridad es nula, si bien compensa el natural sobreviraje en apoyo con un inicial y constante subviraje. Vamos, que se va. Hacerlo derrapar es sencillo, pese a la nula potencia, por la cortísima primera velocidad y el nulo agarre trasero. Tampoco es que sea muy útil el derrapar, pero levantas polvo, haces ruido, y mola.


La altura libre al suelo es elevadísima, no siendo correspondida con una altura interior. El coche se parece mucho al Mitsubishi L200 que teníamos en la oficina en Bagán, Birmania, tanto en postura al volante como en guarrindonguería del conjunto. Al ir los asientos muy cerca del suelo del coche, y estar el suelo de la calle muy lejos, no resulta sencillo bajarse, por no nombrar la facilidad con la que uno se mancha toda la pernera.

Los frenos parecían frenar más o menos lo suficiente, y la cosa no va más allá. La iluminación es ridícula, no se ve nada de nada aunque tampoco es que uno vaya rápido. Pude comprobar que el techo no calaba, lo cual siempre es una buena noticia. Buena capacidad de carga trasera, siempre esperando que a uno no le roben lo que allí vaya.

Y poco más que decir. El alquiler costó la friolera de 65 dólares diarios, y en los 400 kilómetros o así que le hice consumí gasoil por un total de 350.000 kips, que no sé si es mucho o poco, pero haciendo cálculos rápidos sale a unos 10,5 litros a los 100. A modo de referencia, la moto me gasta 2 litros a los 100.

En un poblado de la etnia Hmong

El coche fue devuelto al concesionario, donde me enseñaron el nuevo Ranger en acabado Wildtrack. Muy bonito, pero me cuesta imaginármelo entero una vez habiendo recibido el uso y maltrato de éste que yo conduje. Y sale por 48,000 USD, que ya es precio del Hilux más potente y equipado.

Conclusión: es todo una mierda, y lo que no lo es, no sólo sale caro sino que plantea serias dudas de durabilidad.

lunes, 29 de julio de 2013

Así funciona TripAdvisor, II

Hablaba en la anterior entrada de esas críticas escritas por perfiles de usuario con una sola contribución que todo lo ven maravilloso, y lo sospechoso que puede resultar de cara, no sólo al cliente, sino a los demás hoteleros que sin duda pasan tiempo escudriñando las críticas recibidas por la competencia.

Y es que no hace falta probar que uno se haya alojado para escribir, como tampoco hace falta nada más que una dirección de email para darse de alta y comenzar a explayarse por ahí. TripAdvisor es gratis (¿o tal vez no?)

El ranking de TripAdvisor es una excelente herramienta de marketing, hasta el punto de ver cómo un hotel que no necesariamente es lo mejor del mundo, es capaz de vender a precios considerablemente más altos que otros establecimientos, no ya de su mismo nivel, sino también más modernos y mejor equipados gracias simplemente a figurar en la primera posición. Y además, a priori, no cuesta dinero ocupar una posición elevada en el ranking. 
 
Lo que les ponen a los de las oficinas centrales para creerse el asunto
 
Por este motivo, los directivos intentan que sus hoteles figuren siempre arriba, y algunos dan una importancia, a mi juicio demasiado elevada, a cualquier alteración en la clasificación (sobre todo si es a la baja, claro). De ahí que muchos hoteleros intenten generar críticas positivas para subir o para mantenerse, lo que desvirtúa totalmente la utilidad del ranking.

Pero TripAdvisor no es estúpido, y sus sistemas son capaces de detectar algunas de esas críticas, más que nada porque hay quien tiene el poco cuidado de escribir desde el mismo ordenador con el que gestiona su cuenta, usando la misma conexión, lo cual canta bastante. Los hoteleros también tienen la posibilidad, así como los demás miembros de TripAdvisor, de reportar opiniones sospechosas.
 
Trolleando el tripazvaisor
  
El establecimiento que es pillado haciendo este tipo de prácticas, que no sólo pueden ser críticas positivas hacia uno mismo sino quizá también críticas negativas hacia la competencia, será castigado bajando muchas posiciones en el ranking. Recuerdo el caso de un hotel de cierta ciudad que hace dos años era número uno y, a día de hoy, anda por la mitad de la tabla. Les pillaron, evidentemente. Y de ahí es muy difícil volver a subir.

Pero yo no culpo a los hoteleros que intentan por todos los medios mantenerse arriba. Cuando en los objetivos del bonus anual hay un porcentaje basado en el puesto en TripAdvisor, todo vale. Tampoco culpo a los directivos por forzar la situación, pues en aquellos destinos en los que más puede influir el ranking también tenemos hoteles particulares gestionados por la familia propietaria, que lógicamente también harán lo que sea por figurar bien arriba para asegurarse un marketing gratuito que, todo sea dicho, funciona.

¿Seguro que es gratuito? Corre la leyenda de que aquellos hoteles que se subscriben a la herramienta de marketing de TripAdvisor, llamada algo así como “Review Metrix Plus”, además de beneficiarse de comparativas con todos los hoteles en cuanto a críticas y ofertas, también ascienden en el dichoso ranking por arte de magia. Yo no voy a asegurar que eso es así, pero tampoco tengo pruebas que me digan lo contrario.
 
Review Matrix, o algo así
 
De ser cierto, el ranking volvería a estar nuevamente desvirtuado. Y, personalmente, tampoco me extrañaría que lo fuese. TripAdvisor en principio estaba asociada con Expedia (que todo sea dicho es el mayor dolor de sistema de reservas de cara al hotelero, y fuente de innumerables problemas de todo tipo que darían para otra entrada), pero desde hace tiempo vemos cómo muestra precios de otras plataformas tales como Booking.com o Agoda. Imagino que algo de pay-per-click tendrán con esas páginas. Sin embargo, a los establecimientos no les cuesta nada aparecer en el listado, como tampoco les cuesta nada subir fotos profesionales, responder a las críticas o, como particular, participar escribiendo opiniones, o evidentemente leer la página. Luego de alguna otra forma habrán de generar ingresos, y si es mediante la venta de esa herramienta de marketing, es fácilmente imaginable que quienes la contraten obtengan un cierto beneficio o una cierta preferencia.

Así que tenemos directores de hotel falsificando, directivos de empresas presionando y/o falsificando también, una empresa sospechosa de dar preferencia a aquellos que pagan, clientes que podrían ser sobornables, los conocidos de los propietarios o directivos escribiendo sin parar, etc… Y algunas, seguramente en un elevado porcentaje, críticas verdaderas de las que, sin embargo, pocas se pueden considerar útiles y, además, todas han de ser cogidas con pinzas. ¿Quiénes nos faltan? Los estafadores.
 
Le "halludamos" a mejorar...
 
Hace tiempo apareció una empresa que, utilizando un nombre que talmente sugería asociación con TripAdvisor, proponía a los hoteleros unos bonos de críticas positivas a cambio de X cantidades de dinero. Con planes y todo, usted nos paga 50 Rupias de Critiquistán y nosotros le aseguramos 15 críticas “cinco estrellas 100%” al mes. Oferta: páguenos 100 Rupias y obtendrá un mínimo de 40 críticas mensuales. Evidentemente no estoy dando datos reales, pero funciona o funcionaba de esa manera. El problema, además de la posibilidad de que TripAdvisor descubriese el pastel, venía en el momento en el que la empresa dejaba de generar el prometido número de críticas, el hotelero protestaba y amenazaba con no pagar o con darse de baja, y esa banda de piratas respondía con ingenio: si usted no nos paga, le pondremos 15 críticas negativas al mes. Un papelón tremendo del que avisó la propia TripAdvisor a los hoteles hace tiempo. ¿Quizá porque les hacía la competencia y ya no resultaba interesante a los hoteleros comprar el reviewmetrixplusonemoretime ese famoso? Podría sonar a conspiranoico, quizá mejor pensar en la necesidad de TripAdvisor de mantener su buena reputación y la validez de sus contenidos.

Sinceramente, me gusta la página y la uso, pero creo que en ocasiones se llevan las cosas demasiado lejos, por ambas partes: el cliente y el hotelero. Si en alguno de sus viajes tienen un problema gordo con un hotel, hablen con el director. Poner una crítica en TripAdvisor al llegar a casa, y que ésta sea la primera noticia del asunto que obtenga el hotel no les va a solucionar nada. Evidentemente, si el hotel no ha respondido a su queja y ésta es fundada, escriban lo que crean conveniente. Lean la página, pero miren todo desde una cierta perspectiva. Y si son hoteleros, personalmente creo que no pasa nada por hacer alguna trampilla, pero no se engañen a sí mismos y no bajen la guardia. No hay nada peor que posicionarse arriba, creérselo y, por estar relajado, encontrarse con la realidad del cliente enojado (con sus razones para ello), pues la reacción suele ser la del adicto en primera fase: negarlo todo y acusar al cliente.

Añado que los hoteleros tienen la posibilidad de abrir una disputa por alguna crítica que consideren no ajustada a la realidad o falsa. Para bien o para mal, junto con las respuestas a las críticas, es el único sistema de defensa que tienen. Pero lo que mejor suele funcionar es tener clientes satisfechos ya que, por el momento, sigue resultando muy difícil atraer sólo a clientes inteligentes (clientes estúpidos, puede dar para otra entrada del blog…)

www.tripadvisor.com

jueves, 25 de julio de 2013

Así funciona TripAdvisor, I

Creo que es conveniente hacer un par de entradas en las que pueda explicar tanto al cliente como al hotelero el funcionamiento de esa máquina de perdición que es TripAdvisor, motivo de llamadas inquisidoras de los jefazos a sus directivos hoteleros, de decisiones turísticas, de desahogo de quejicas profesionales, de plataforma de prácticas para quien se cree crítico profesional, y de trampas por doquier por parte de directivos y propietarios, así como base ideal para la aparición de estafadores.

¿Qué es TripAdvisor? La autoproclamada mayor comunidad de viajeros en Internet es una página en la que aparecen hoteles y restaurantes de todo el mundo, sobre los que la gente escribe críticas y comentarios libres. Lo primero que llama la atención es que no hay porqué probar que se han utilizado los servicios sobre los que escribimos para poner casi, casi lo que nos dé la gana. Así, hay críticas en hoteles de gente que nunca se ha alojado allí, hasta el esperpento de una recibida por un conocido hotel parisino, siendo acusado vilmente de racismo y homofobia por no haber permitido la entrada a su bar de dos turistas una noche en la que, no sólo el bar, sino todo el hotel estaban privatizados. Pero claro, coincidió que el “agredido” era negro y gay, además de susceptible y bastante tonto.
 
Tripadvisor

También conviene aclarar que los establecimientos pueden aparecer sin haberlo solicitado, ya que TripAdvisor, para rellenar hueco y hacer ver su poderío, directamente incluye establecimientos sin consultar con los propietarios. Esto puede parecer positivo de cara al visitante, pero también es fuente de polémica al obligar a aparecer a quien, por los motivos que sea, no desea figurar en la página o, incluso, quiere “darse de baja” o borrarse del listado.

Dicho esto, queda claro que la veracidad en el sentido de fiel reflejo de la realidad de todo lo que figura en TripAdvisor puede, y debe, ser puesta en duda desde el primer momento. Pero no vamos a ser tan negativos y apliquemos la sabiduría popular, que nos dice que cuanto el río suena agua lleva, compensada con el definitivo no es oro todo lo que reluce. Les permito sustituirlo por un más cómico oro parece, plátano es, si lo desean.
 
Plátano es
 
En esta entrada hablaré sobre la relación entre TripAdvisor y los clientes-críticos, y les pido permiso para hablar haciendo referencia a hoteles, aunque lo mismo se puede aplicar a restaurantes.

¿Cómo se genera el ranking de TripAdvisor? Bueno, uno quiere irse de vacaciones a tal o cual destino y ve ofertas de hoteles, pero como no los conoce intenta buscar opiniones sobre esos establecimientos, y es cuando llega al listado de hoteles de la ciudad, con sus primeros puestos no necesariamente copados por los mejores hoteles, sino por los más populares. Así que lo primero que uno ha de entender es que no por estar en el puesto 1 ese hotel es lo mejor del mundo, y que no por estar en el puesto 25 o en el 125 ese hotel es un horror. Pongamos el caso de la ciudad de Madrid, donde el primer puesto lo ocupa un hotel de 2 estrellas mientras que el excelente Villamagna aparece en el puesto 11.

No sólo eso, sino que las opiniones y sus puntuaciones dependen siempre de las expectativas del crítico (no lo llamaré cliente pues está por demostrar que realmente se haya alojado ahí), siendo posible que las expectativas de Manolo y Puri sobre su hotelito de 3 estrellas sean bajas y se sorprendan por tener una cama de 180 cuando la suya en casa es de 135, o un buffet de desayuno con salami y queso de barra, y califique todo con la máxima puntuación, y que la Sra. López-Urrutimendi, gran viajera ella, considere inaceptable que sólo haya agua con gas y Cava en el buffet del desayuno, y no Perrier, San Pellegrino y Veuve-Clicquot, o que se fundiese una bombilla de una de las treinta y cuatro lámparas del salón de su suite, y considere al Grand Hôtel Palace de Chamberlain du Foie (Oviedo, Asturias) un verdadero desastre en decadencia. Todo esto que digo es muy básico, pero no está de más recordarlo.
 
Veuve-Clicquot, evidentemente

Conviene también saber separar la paja del grano, o el grano de la paja, según se mire. Hay críticas muy negativas fundamentadas en absolutas gilipolleces sin trascendencia (“el recepcionista estaba ocupado y tardó treinta y dos segundos en atenderme, ¡inaceptable!”), como hay críticas en las que todo es maravilloso basadas en lo mínimo (“mi habitación tenía agua caliente y una puerta con cerradura, ¡cinco estrellas!”). No exagero, es lo que uno llega a leer cuando se enfrenta a TripAdvisor a diario. Así, si uno quiere darle buen uso a la herramienta, conviene estudiarse un poco las críticas y ver cuál es el denominador común.

Pero también se ha de ser consciente de que la inmensa mayoría de las críticas de la inmensa mayoría de los hoteles son todas positivas. “Como estar en casa”, “No me quiero ir”, “El mejor hotel en el que he estado en mi vida”, “Impecable”, “No busque más y quédese aquí”… (uy, esta última me suena un tanto sospechosa…) La gente por lo general escribe cosas buenas y, salvo un grupúsculo de amargados sin nada más que hacer o clientes realmente indignados, pasa de perder el tiempo en contar sus generalmente intrascendentes miserias vacacionales.
 
Preparándose para escribir la crítica....
 
Quizá por ello, una vez echado un vistazo general al hotel y sus críticas, convenga leer aquellas que lo califican con 3 estrellas (medio, ni bueno ni malo) y alguna de las que lo ponen a parir, para compensar. Así como mirar las fotos que hayan podido subir los clientes (si han hecho fotos, ya entiendo que sí han sido clientes), para ver si las fotografías profesionales de las webs reflejan la realidad.

¿Y entonces cómo es que hay hoteles “peores” por encima de otros “mejores? La respuesta pasa por un supuesto algoritmo sofisticadísimo que TripAdvisor dice utilizar, que no sólo toma en consideración las últimas críticas y las puntuaciones, sino la “calidad” de las críticas. Evidentemente, no te dicen cómo miden esa calidad, y de nada sirve creer que se trata de valorar mejor las críticas de aquellos que más escriben o más antigüedad tienen como miembros de TripAdvisor. Porque ese es otro tema, en ciertos hoteles muy bien situados en el ranking podemos encontrarnos con sospechosas críticas 100% positivas, o 100% negativas, escritas por nuevos perfiles con una sola contribución: la crítica que leemos. Y es entonces donde entran en juego el hotelero, el directivo, el estafador y, por qué no, ese cliente novato al que convencieron para poner algo.
 
Gente de vacaciones

Mi consejo particular para valorar las críticas está dicho ya aquí arriba: leer todo intentando hacerlo desde una perspectiva exterior, y no creerse las cosas al pie de la letra. Un mal día lo puede tener cualquier persona, sea un empleado que se equivocó llevando croissants en vez de tostadas o poniendo camas separadas en vez de dobles en la reserva, o sea un cliente al que le amargó algo y se tomó su venganza.

Lo que sí recomiendo es leer la segunda parte de esta entrada, pues nunca está de más saber lo que se traen entre manos los hoteles. Y, por descontado, hablar con el responsable del hotel en el momento en el que surge un problema, sin que nos pueda el espíritu del vengador cibernético capaz de poner verdaderas tonterías como esta crítica del hotel Ansara de Vientiane (Laos), correctísimamente respondida.

www.tripadvisor.com
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lunes, 22 de julio de 2013

Discapacitados y hoteles

No soy yo mucho de comentar noticias, pero hay cosas que acaban por hervirle la sangre a uno y, claro, lo mejor es dejar escapar el vapor para no terminar cual olla a presión llena de lentejas requemadas o, lo que sería mucho peor, explotando en la cocina.

Leo en un periódico nacional una noticia. Es la continuación de otras que surgieron hace tiempo en las que se hablaba de un cierto hotel en España que, según los titulares, había negado la entrada a un grupo de discapacitados psíquicos, que es como se denomina a la gente que tiene retraso mental certificado por médico (porque sin certificar hay muchos, qué duda cabe). Bueno, seamos correctos pero sin buenísimos, a gente que tiene una enfermedad que es una verdadera putada.
  
Leyendo la prensa, como quien dice
 
La realidad, o lo que se daba a entender de la lectura de la noticia, es que el hotel nunca había denegado el acceso a sus instalaciones, sino la cotización de la reserva. Es decir, un hotel recibió, como reciben millones de hoteles en el mundo cada día, una petición de reserva para un grupo. Y como millones de hoteles en el mundo hacen cada día, la denegó. Y la denegó por los motivos que fuesen, quizá porque no le interesaba en ese momento ese grupo, quizá porque no se sentía preparado para acoger ese grupo, o quizá porque no le dio la gana al director, que para eso es director y sabe cómo y cuándo llena el hotel.

Pero resultó que era una asociación que trabaja con enfermos de Síndrome de Down, y se inició una campaña de desprestigio contra el hotel, llamándoles de todo por discriminar a una minoría. Tócate los cojones, que se suele decir.

No contentos con eso, y arengados por los comentarios de la masa social en las interwebs y en la calle, se ha llegado al punto de que ahora la noticia es que van a denunciar al hotel. Y los subnormales, no refiriéndome a los del grupo de turistas sino a los comentaristas de noticias, dando palmas con las orejas. ¡Bien! ¡Viva! ¡Abajo la discriminación! ¡Tolerancia cero! ¡Hijoputas, que los maten!
  
Manifestaciones

Definitivamente, subnormales todos. Verdadero país de subnormales. Ahora me denunciarán a mí, supongo…

Conviene puntualizar, de nuevo, que el hotel no niega la entrada a ese grupo, sino que niega la cotización de la reserva. Lo que pasa es que la gente no lee, pan y circo, y ahora el malo malísimo es el hotel. Por descontado, no les propongas a ellos el restaurante donde esté ese grupo, porque no entrarán.


Es en estas ocasiones en las que me alegro de no trabajar en España. Si además de esta subnormalidad manifiesta unimos las demás dificultades propias del sector, lo normal es que uno salga corriendo lo más lejos posible. La ley de protección de datos, que de lo mierdera que es no merece ni las mayúsculas, es un buen ejemplo. Es decir, que a mí me bombardean a llamadas compañías telefónicas o eléctricas en cuanto llego a España y enciendo mi móvil, pero luego un hotel tiene miles de dificultades para hacer bien su trabajo, que incluye mantener una base de datos con informaciones relevantes. 

La clientela esa que asegura haber viajado por todo el mundo, ¡por todo el mundo! sin que nunca antes les hayan pedido la tarjeta de crédito en el hotel tampoco se queda corta, pero no debemos olvidar el complemento perfecto que supone el cliente típico español, que arrasa en los hoteles con todo lo que para él se supone que ha de ser gratis: albornoces, toallas, zapatillas, pilas del mando a distancia, jarrones, platos, cubiertos, perchas, cosas del minibar, vasos, etc… No exagero, recuerdo cuando puse unas perchas forradas en seda negra en  uno de los hoteles en los que he trabajado, en Birmania, y a la mañana siguiente nos faltaban dos en una habitación. Habitación ocupada por una sinvergüenza española que, además, aseguró no haber tomado nada del mini-bar pese a haberlo hecho.

¿Y los que arrasan en el buffet de desayuno porque “es gratis”? Sí, esos que mezclan cosas imposibles y llenan los platos hasta arriba, cuando no directamente se hacen bocadillos o sacan piezas de fruta para así pasar el día.
 
¡Es gratis!
  
Mi favorita, no obstante, es esa ridiculez propia de países de retrasados llamada “hoja de reclamaciones”. Sí, esa con la que amenazan los clientes enfadados, generalmente por nimiedades, en lugar de hablar directamente con el responsable y buscar una solución al asunto del que se trate, aunque en ocasiones la solución pasa porque ese cliente no vuelva a viajar en su vida. Esa que nunca nadie ha sabido si sirve para algo, por otra parte.

Pero volvamos al asunto, porque hay cosas que no me quedan claras. Es decir, yo he intentado reservar en ocasiones en ciertos hoteles, y me han dicho que no. El motivo suele ser estar completo, lo estén o no. Yo como hotelero he negado cotizaciones de reservas de grupos porque no me interesaban las condiciones que me pedían, tanto de tarifas como de fechas, como de equipamientos y servicios. Y nunca ha pasado nada.  ¿Por qué este revuelo con esta reserva de un grupo de minusválidos? ¿Cuál es el motivo por el que un hotel deba de aceptarlos? Yo no soy ni mejor ni peor hotelero por no querer grupos de jubilados en mi hotel, ni por ello condeno a los jubilados a no tener vacaciones. Sencillamente no me interesan como clientes. ¿Por qué han de hacerlo? ¿Por qué han de hacerlo un grupo de minusválidos con unos requerimientos específicos?
  
Me parece maravilloso que disfruten, que no implica que quiera sumarme a su viaje
 
Voy más allá: ¡igualdad! Efectivamente, eso es lo que piden y es lo que merecen. Igualdad relativa, claro. Más bien es igualdad de oportunidades. Me parece perfecto, bastante jodido es tener esa enfermedad como para que encima se te pongan más dificultades en tu vida diaria. Pero la igualdad no ha de anteponerse a la imposibilidad, y yo como hotelero no soy responsable de que una persona requiera X cuidados, como de que un grupo requiera X instalaciones. Y no me refiero a un grupo de disminuidos psíquicos, sino a un simple grupo pidiéndome una sala de reuniones que no tengo. Por ley, los hoteles han de tener un número de habitaciones adaptadas a minusválidos. Muy bien, pero esa debería de ser la última intromisión del gobierno en los establecimientos privados. ¿Por ley está un hotel obligado a aceptar una reserva de un “colectivo en riesgo de discriminación”? ¿Pero qué clase de tontería es ésta?

Ahora la culpa es del hotel. ¿No hay otros hoteles? Pues que vayan a esos otros hoteles dispuestos a acogerles. ¿Desde cuándo un establecimiento privado tiene la obligación de aceptar reservas de clientes? Porque, repito, no hablamos de negar la entrada sino de negar la cotización de la reserva. Quizá yo esté algo descolgado del tema en España, pero me parece realmente terrible que sea así.

Todos estos que claman evidentemente preferirían estar en un hotel sin ningún grupo de retrasados mentales a su alrededor. Aunque lo nieguen, es la realidad.  Te dirán “no, a mí me da igual”, pero si les toca la primera noche y al segundo día el grupo se va, se quedarán más tranquilos. Es así, no hace falta que sea un grupo de disminuidos o de jubilados, basta con que sea un simple grupo más ruidoso o numeroso que el suyo.
 
Negar esta reserva no es discriminación, por lo visto, aunque te pidan gimnasio y piscina y tú no tengas.
 
Por descontado, si el hotel niega la reserva al Real Madrid aquí no ha pasado nada. Como mucho llamar tonto al director, que en españa ya sabemos que todo el mundo sabe hacer el trabajo de otros muchísimo mejor.

Estoy viendo la picaresca, que es como se llama al robar y a la hijoputez típica española, confundiendo mala educación y delincuencia con inteligencia, de reservar sin decir nada, a ver si cuela. Lo veo venir, como quien reserva para dos y se plantan 4 en la habitación. Y todavía la culpa será del hotelero por discriminar. Pues muy bien.

martes, 2 de julio de 2013

Motivos para no volver a un hotel

Antes de nada, advierto que son motivos bastante pijoteros, pero ya me conocen...

Hace unas semanas, publiqué una entrada sobre motivos por los que rechazar un hotel, llamándome mucho la atención el caso de un supuesto agente de viajes que rechazaba hoteles en cuanto le pedían una tarjeta de crédito. Hoy voy a comentar esos motivos que hacen que uno, habiendo depositado su confianza en cierto establecimiento, decida no volver por allí.

Sucedió en Bangkok, ciudad con una oferta hotelera de lujo realmente amplia, para todos los gustos. Y sucedió que le quise dar tres oportunidades a un hotel, que de barato no tiene ni tenía ni tendrá nada de nada, creyendo que era la mejor opción para mí. Y sin duda lo era, o lo parecía. Pero ha resultado que no y, de hecho, no tengo pensado volver por allí.
  
Ahí hay por lo menos 60 hoteles, y un helicóptero

Que se olviden de recogerte en el aeropuerto es algo que con una buena sonrisa, una buena oferta y un perfecto servicio de traslado de vuelta, que incluye asistencia con trámites de devolución de impuestos y tal, más si todo eso es gratis, se solventa. Porque llegar al aeropuerto y esperar tu coche, y no encontrarlo, es una terrorífica forma de empezar la estancia, estancia que el cliente que reserva el coche del hotel, pagando generalmente muchísimo más que si fuese en taxi, espera empiece en el momento en el que se aparece por el hall de llegadas del aeropuerto, y no cuando se entra en la recepción del hotel.

Que no haya quien te siente en el restaurante para el servicio de desayuno, que luego lo hagan, pero que al volver tú del buffet te encuentres con una enorme señora hindú sentada en tu sitio y siendo servida tu té, se toma con filosofía, unas risas, y al final queda en anécdota. Ver al personal atendiendo a una señora tailandesa y olvidándose de los demás ya comienza a ser un poco inconveniente, pero como uno ya es mayor se las arregla solo.
 
Aquí no te sientan, pero tampoco te quita el sitio una señora enorme y, además, tomas algo con un tipo que se parece a Eddie Jordan

Que pese a hacer tu reserva con el propio Director General del hotel, ser tu tercera estancia, haber intercambiado una decena de emails sobre forma de mejorar el servicio en ese sitio, ir recomendado, etc… te pidan de nuevo el pasaporte (yo no necesito visado en Tailandia, no hay porqué pedirlo si hace un mes que me he quedado), la tarjeta de crédito, la dirección, el email, el teléfono, y casi la talla de pantalones cuando todo eso debería de estar ya en su sistema,  directamente resulta molesto.

Que luego te digan que tu up-grade a habitación Club no incluye los beneficios de la habitación Club, suena totalmente ridículo e incluso ofensivo. Que el Director General no haya venido a saludar, teniendo todos los datos del vuelo de llegada, ni haya una nota o alguien en recepción saludando, ya como que no.

Que te vuelvan a dar exactamente la misma habitación es falta de luces pudiendo obtener comentarios de otro tipo de alojamiento. Que esa habitación se sienta húmeda y calurosa en lugar de fresca y ventilada es malo, pero peor es descalzarse y notar la moqueta mojada de lo que uno espera fervientemente que por favor sea sólo agua. Y ya, que en la habitación no haya frutas de cortesía ni esas galletas tan ricas de las dos primeras veces, y no las haya hasta bien entrada la tarde, da a entender que ese hotel no funciona bien los domingos, que es cuando descansan los jefes de departamento si el Director les ha puesto a todos a descansar el mismo día.
 
Uno pisa sobre mojado y se cree más aquí que en donde debería de estar alojándose

Y luego uno va a la piscina, a esa maravillosa piscina a relajarse, pero se encuentra con dos orientales de tamaño cachalote haciendo lo propio: nadar a lo largo, bien pegados al borde y por tanto jodiendo toda la piscina, en una competición de ver quién logra ir más lento y salpicando más, creando auténtico oleaje que sería clasificado por Paco Montesdeoca como fuerte marejada o incluso arbolada.
 
Si Paco dice que marejada, es marejada.

Esa piscina en la que sigue sin haber un servicio de bar, o alguien que te sirva un vasito de té helado y te dé una toalla resfrescante, dos detalles que lo hacen todo y que no cuestan nada en un hotel de más de 300 USD la noche en Tailandia.

El principal motivo, pues, para no volver a un hotel en mi caso no es un detalle, sino algo que sólo puedes achacar a la manera de gestionar el establecimiento. Sólo he puesto algunos ejemplos, cosas que pueden pasar en los mejores hoteles del mundo y que, de hecho, yo como empleado he visto. Pero también he visto una manera de resolver que fidelizó al cliente. Lo que de verdad nunca en mi vida había visto es un semi-upgrade y un personal que casi te perdona la vida al hacer tu check-in en la sala club a la que, al parecer, no tienes acceso -que no hablamos de la sala club del Lebua, ojo, o la de Etihad en Abu Dhabi, sino más bien de la sala Vip del aeropuerto de Luang Prabang con decoración moderna-.
 
Sala VIP
 
En definitiva, estuvo bien mientras duró y echaré de menos a la maravillosa conserje que tienen. Pero a ella sola, porque pese a saber que un paquete debería de haber llegado a mi nombre al hotel y debería de habérseme entregado durante aquella fatídica estancia, nadie en el hotel me lo recordó ni parecían estar al corriente.

Más perdidos que un pulpo en un garaje. Y yo para eso prefiero pagar tres veces menos y quedarme en otro sitio igualmente bueno. Detalles, presencia, detalles, más presencia y más detalles. Algún día lo aprenderán, o quizá no.
 
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