martes, 26 de febrero de 2013

Motivos para rechazar un hotel

Entra ahora mismo una señora vestida con chándal y un horrible chubasquero en el restaurante de un hotel, que tiene acceso directo desde la calle, y ni corta ni perezosa se dirige al camarero en francés para preguntarle por el baño. Estamos en una pequeña ciudad del Sudeste asiático que, ciertamente, fue colonia francesa hace muchos años, muchos más de los que tiene el camarero. También estamos en un hotel de lujo.

Me apasiona la facilidad que tiene la gente para presentarse en hoteles, restaurantes y demás con objeto de usar el cuarto de baño. Sin problemas.
Me apasiona igualmente la facilidad de muchos franceses para dirigirse a todo el mundo en francés. La cara del camarero, todo sea dicho, era un poema. Porque yo puedo entender, o mejor dicho conocer debido a mi experiencia, esa actitud. Pero este chaval, que por cierto me acaba de traer una copa enorme llena de un zumo de naranja delicioso, como sabe que me gusta, no alcanza a explicarse por qué un desconocido le pregunta por el baño, ni menos por qué le habla en un idioma que ya casi nadie habla en el país.
 
 Tu sais où sont les toilettes?
 
No es la primera vez que veo estas cosas, y a veces llega a cabrear la actitud del “cliente”.  Me resulta incomprensible cómo alguien puede enfadarse porque le miran mal al querer usar el aseo de un hotel de lujo. Resulta curioso que no se les vea entrando en el bar cutre de la esquina, no. Evidentemente, mejor aposentar y cambiar aguas en un entorno distinguido, tratándose de ocasiones especiales. En capilla, vamos.

Cierto día presencié una reacción que no sabría ni cómo calificarla. Estaba yo sentado en el hall de un conocido hotel parisino esperando a un amigo para comer un tartare de esos que sólo preparan bien en París, cuando noté a alguien que, cómo decirlo suavemente, no pegaba con el entorno. Pero no tanto por aspecto, sino por actitud. Esa persona llegó, se sentó, sacó el ordenador, pidió la contraseña del wi-fi, preguntó por el baño, denegó la oferta del camarero de tomar algo, pidió papel y bolígrafo… hasta que una señorita, muy bien vestida y arreglada, con sus tarjetas de visita y su teléfono en la mano, le preguntó educadamente si estaba esperando a alguien o si le podían ayudar. Había pasado  ya más de hora y media, yo ya comía con mi acompañante el postre (imagino que alguna tontería de chocolate, habitual de por allí). El hombre dijo que no esperaba a nadie, a lo que la señorita, con una exquisita educación pero con la mayor de las firmezas, le dejó saber que aquello era un local privado y le invitó a irse.
 
 Recreación del lugar de autos
 
El escándalo, seguido de la más ridícula de las amenazas jamás escuchadas: ¡pues nunca me quedaré en ningún hotel de esta cadena!

Mi acompañante y yo nos moríamos de risa, al igual que el jefe de sala y su barman. No digamos ya Jean François, el conserje (todo un personaje, conocedor de absolutamente todo París), que no escondía sus risas mientras señalaba con el dedo cual Risitas, el perro de Pierre Nodoyuna.

Un motivo como otro cualquiera para no elegir un hotel, imagino. Hay gente para todo, qué duda cabe. Yo suelo tener otros motivos de mayor peso para rechazar un hotel, pero allá cada cual. El otro día, un cliente me comentaba que él siempre escribía un email a los hoteles y, en base a la respuesta, elegía. En su email explica que son seis: padre, madre, tres niños y una niña.  Basa su elección en la capacidad de respuesta, imaginación e iniciativa del hotel para acomodarles. Hace bien.
 
Kids suite en algún hotel americano
 
Otro, muy curioso porque lo leí en un foro escrito por alguien que decía ser agente de viajes, es la tarjeta de crédito. Ese personaje aseguraba que descartaba un hotel en cuanto le pedían la tarjeta de crédito. Yo, que soy hotelero, le pregunté el porqué de su negativa a dar esos datos, y él aludió que no se fiaba del uso que se haría de su tarjeta. No logró entender que yo tampoco me fiaría de alguien que reserva si no me garantiza que va a venir, o de alguien que se aloja si no me garantiza que me va a pagar o que no me va a destrozar el hotel. Para aquella persona, el malo es el hotelero. Él sabrá.

Mi motivo principal para rechazar un hotel es el acceso a internet. Que uno puede ser muy pijotero para ciertas cosas y gustar de recibir buen servicio cuando se paga (o cuando me invitan), como también me adapto a hoteles baratos en los que sabes que casi todo va a ser malo, como el último en el que estuve en Hanoi, un tugurio inmundo extremadamente barato y con el peor desayuno que jamás vi, muy bien localizado a dos pasos de mi nueva oficina, pero cutre hasta decir basta. Eso sí, con un jacuzzi en la habitación.
 
Internet, esta mañana
 
Lo que yo no puedo tolerar es que un hotel de supuesto lujo me cobre por acceder a internet. No hay excusa que valga, el acceso a internet, aunque haya quien viaje y no lo necesite (que lo dudo), es como el agua caliente. A día de hoy, sigue habiendo muchos hoteleros, demasiados, que consideran el acceso a internet como un servicio de pago al nivel del mini-bar o la lavandería. Y no, internet es un servicio básico que ha de facilitarse no ya de forma gratuita, sino con la mayor sencillez de acceso posible.

Algún día los hoteleros se darán cuenta de ello. La pena es que muchos no viajen, porque entonces caerían en la cuenta de lo ridículo que resulta pagar por acceder a internet en un hotel de gran lujo de Londres, no ya cuando en un hotelito de Nyang Shwe (Birmania) te lo facilitan sin cargo, sino cuando basta bajar al MacDonald’s de Picadilly Circus para acceder (mientras te pones como un cerdo a base de hidratos, lípidos y, sobre todo, sal) a tu correo, a los blogs, a los periódicos o directamente al porno, que alguno se ha visto disfrutando por partida doble. O al Starbuck’s si te diferencias de un pedigüeño por llevar un iPhone.

Hipsters que no pagan por la conexión
 
Gratuito y sencillo. Tampoco me explico por qué en unos hoteles el acceso es simple, directo y veloz, y en otros, misma ciudad, un puro engorro en el que has de conectarte introduciendo tu nombre (y rezando por que la persona de recepción lo haya escrito bien en el sistema), y un código imposible que te facilitan en un papelito mal recortado, que siempre pones mal porque la ele resultó ser un uno, y el uno era una i mayúscula. Y, tras haberlo logrado, el acceso se corta a las X horas.

En uno de mis últimos viajes a Bangkok, estuve alojado en un hotel que preferiré ni nombrar ni comentar. No era malo, ojo, es sencillamente que no hay nada que decir de él, salvo “lo del internet”. Para cuando logré conectarme, ya tocaba salir a cenar. A la vuelta, aquello seguía funcionando, pero evidentemente fue a cortarse por la mañana, cuando yo tenía que descargar un archivo importante y enviar un par de correos, estando yo en la cama, sin duchar aún y en pelota. Llamada a recepción, la chica me dice que tengo que bajar a firmar un papel para renovar mi conexión, pues he de renovar mi conexión cada día. Logré convencerla de que no iba a bajar y para que me diese un acceso de forma inmediata. Lo que el hotel logró es que ni siquiera me plantee quedarme nuevamente allí, aunque me inviten. 
 
Lo del internet y el alquiler de la manta, son 35 dineros más IVA
 
¿Se imaginan algo así con el agua caliente, el aire acondicionado o el papel higiénico? Algunos hoteleros no lo entienden, pero lo cierto es que esas tres cosas, pese al confort que suponen, son sustituibles. Ducharse, uno se puede duchar con agua fría y, aunque pueda haber riesgo de pulmonía, es tonificante; no tener aire acondicionado puede convertir la habitación en una sauna, ahorrándonos el spa; sobre sustitutos del papel higiénico no hablaré, por motivos de decoro. ¿Cómo sustituyo el acceso a internet si no tengo un teléfono que me lo permita, o donde estoy no funciona, y por narices tengo que enviar un correo con un archivo que estoy terminando en mi ordenador? Temo que algunos hoteleros crean que eso se arregla abriendo el minibar y tomándose ese zumo de piña que nadie se toma, o la bolsita de pistachos. Ellos sabrán.

sábado, 23 de febrero de 2013

Naypyitaw, el lugar más extraordinario

Con la llegada de los militares al poder en Birmania,  en 1962, no sólo se abolieron constitución, derechos, libertades y demás. El país incluso cambió de nombre y, posteriormente, cambió de bandera. Y de capital. No cambiaron de localización porque les resultaba engorroso, supongo. Ésta es una introducción un tanto cutre y simplona, pero no me negarán que para más datos es mejor consultar un blog sobre historia o una buena enciclopedia. Yo sólo lo digo para que aquellos que estudiaron que Birmania capital Rangún, se pongan al día con el actual Myanmar capital Naypyitaw. Es, cuanto menos, conveniente.

“El lugar más extraordinario”, así lo describía en un informe un vicepresidente de cierta multinacional tras su estancia en la capital, y no le faltaba razón. Es una ciudad tan extraña que resulta difícil explicarla de forma ordenada, quizá porque la ciudad, pese a lo que podría entenderse de un proyecto organizado por militares, carece de todo orden y de toda lógica urbanística.
 
Welcome to Naypyitaw

Quizá pueda enfocar este artículo como una supuesta visita que comienza con un viaje en coche desde Yangon (Rangún) hasta la capital, para luego regresar en avión. Además, dado que ya escribí sobre Myanmar Airways, aquí podré actualizar hablando de su pequeñísimo Beechcraft en el que tuve la suerte de hacer un par de viajes a Naypyitaw. Comencemos, pues, con la autopista que nos lleva desde Yangon hacia el Norte, una autopista de nueva construcción que pasa junto a Naypyitaw para a continuación dirigirse a Mandalay. De entrada, eso de que sale de Yangon es un decir más que una realidad. Desde la que era mi oficina, en pleno centro de la ciudad, para alcanzar la entrada de la autopista siempre hubo una hora de circulación densa (hasta el aeropuerto), y otra de circulación fluida por unas calles anchas llenas de curvas, coches, niños, perros, autobuses sin puertas y algún que otro caballo.

Incorporarse a la autopista pasa por una avenida recta de bastantes carriles sin pintar, y un puesto de peaje. A partir de ahí, libertad (condicional). En mi primer viaje en coche descubrí, pasada poco más de media hora, que la idea de circular a 140 era totalmente descabellada, así que reduje el ritmo a unos modestos 100/110 que se transformaban en 130 ocasionalmente. Los baches, las curvas, y la falta de aislamiento de la vía, aconsejan ir con cautela, aunque los birmanos ricos te pasen a mucha más velocidad. Lo más destacable de esa autopista, lluvias y tormentas aparte, es su población. Hay que pensar que la gente que vive en sus alrededores, a medida que nos adentramos en el país, lleva viviendo de la misma manera centenares de años, y su actitud hacia la autopista es más un “qué bien, ahora tenemos un camino ancho” que cualquier cosa que tenga que ver con el desarrollo o la seguridad vial. Es gente que vive sin electricidad en sus casas, por poner un ejemplo. Así, por la autopista no es raro encontrarse motos en dirección contraria, bicicletas, niños volviendo del colegio, perros, patos, algún que otro camión en sentido opuesto porque le resulta más conveniente, etc., etc.…  Y gente limpiando las cunetas a mano, incluso pude ver a alguien barriendo la cuneta.

Y así, tras tres o cuatro horas, llegamos al área de descanso en donde parar a estirar las piernas, despejar la mente, ir al baño y tomar algo. Pese a su aspecto similar al de cualquier área de cualquier país, no esperen nada occidental. Uno de mis acompañantes, más inglés que la Reina Isabel, quiso tomar un té. Por nuestra mesa pasaron todas las variedades de té disponibles (verde, verde con azúcar, chino, con leche condensada, frío…) hasta que, como último recurso, le trajeron una taza del té ultra concentrado y absolutamente negro que usan para mezclar con leche condensada. Culpa suya, por pedir cosas raras.

De ahí a Naypyitaw es una tirada ya muy corta, y se llega en un momento. La salida de la autopista nos desemboca en una avenida que cada vez se va haciendo más ancha. No hay tráfico, y mientras seguimos circulando por esa avenida se nos hace de noche. No es que anochezca muy rápido, es que el lugar es inmenso. A ambos lados de la carretera se van acumulando hoteles, a cada cual más terrible. Uno de ellos incluso tiene un viejo jet sin motores acondicionado como bar. También vamos dejando de lado urbanizaciones de chalets construidas para los militares, y un campo de golf.
 
Pagoda Uppasanti, por fuera

Siempre me he alojado en el hotel Aureum. Me van a permitir no escribir una crítica feroz ni dedicarle un artículo completo pues, aunque ahora ya no resida en Birmania, prefiero no criticar algo que pertenece a una persona muy poderosa en el país. Sólo decir que es todo muy ostentoso, que tiene piscina y que, de todas formas, tampoco les interesa pues nadie va a Napyitaw a disfrutar de un hotel. Bueno, y que es como si hubiesen construido el hotel y luego haberse dado cuenta de que tenían que poner las tuberías. Creo que sigo teniendo restos de cemento en uno de mis trajes, gracias a esa extraña técnica de construcción de añadir desagües a posteriori.

El Aureum no queda lejos de uno de los dos centros comerciales de la ciudad. Visité uno, no dejaba de ser un gran supermercado con algunas tiendas en las que, como suele ser habitual en el país, hay siempre tres o cuatro chicas aburridas jugando con su teléfono móvil en espera de que entre algún cliente (que no entrará al ver el panorama). Lo que sí se ven son funcionarios adinerados con grandes coches negros aparcados en el parking.
 
 Zona comercial, supuestamente
 
La ciudad no tiene centro. Hay, si eso, una zona de casas bajas con alguna tienda y dos o tres restaurantes en una colina, es el llamado barrio de Myoma. Pero no hablamos de un centro por el que pasear. Los paseos se hacen en coche, punto. De esos restaurantes, destaca un tailandés por ser un poco más lujoso y por servir comida china. Sí, lo llamé tailandés porque el mismo restaurante se denomina tailandés. Quizá sea más recomendable ir al restaurante de estilo Shan que hay al lado. Imprescindible para comer, con esas bandejas metálicas de cantina de prisión. Brutal. Eso sí, una comida deliciosa.
 
 Comida en el restaurante Shan
 
Digamos que en Naypyitaw hay tres puntos destacables. Una es la réplica de la pagoda Shwedagon de Yangon, que llaman Uppatasanti. Al ser de nueva construcción, es hueca por dentro y uno puede pasear por su interior, siempre descalzo, admirando los bajorrelieves de la vida de Buda. De todas formas, no hay prácticamente nadie dentro. Por fuera es espectacular, como espectaculares son las vistas de la ciudad. El otro punto de interés es el parlamento, pero olvídense de visitarlo. Uno puede acercarse relativamente, ya que a mitad de la avenida hay un control policial infranqueable. No seré yo quien saque la cámara de fotos allí.
 
  Pagoda Uppasanti, por dentro
 
Y el tercer punto de interés no es otro que la infraestructura viaria. Básicamente, los ministerios están distribuidos junto a una autopista de cuatro carriles por sentido, con unos jardines perfectamente cuidados en la mediana y rodeada de aceras cuyos zócalos van pintados en inmaculado rojo y blanco, cual piano de circuito de carreras. Y encima tiene curvas, subidas y bajadas. Un verdadero paraíso, imagino, para quien tenga permiso para darle cera al coche. De vez en cuando hay una rotonda inmensa con una fuente en medio, y muy pocas señales de tráfico.
 
 Fuente con pagoda
 
Y es entonces cuando, en una de esas rotondas,  observamos una extraña salida con una cantidad de carriles considerablemente mayor al de las otras avenidas. La rotonda ya nos avisa, el buen observador habrá visto que hay no menos de 5 carriles ahí. ¿Quiere decir que la avenida en cuestión tiene 10 carriles? Al principio sí, porque pronto se ensancha para ocupar nada menos que 24 carriles, que al verlos en línea recta y pendiente descendiente impresionan, vaya que si impresionan.
 
 Avenida, desde el coche
 
He dicho que no hay un centro como tal, pero eso no quita para que la ciudad esté dividida en zonas. He hablado de la zona de hoteles, la residencial (aunque no he nombrado los bloques de apartamentos, muy discretos y disimulados, nada que ver con los edificios-colmena comunistas que uno se imaginaría), la comercial y la administrativa. Falta por nombrar la zona internacional en la que, como era de esperar, no hay absolutamente nadie ya que ningún país ha movido su embajada de Yangon a Naypyitaw.
 
 Zona religiosa, esperando nuevos templos o a saber
 
Toca regresar, lo haremos en avión. Si la ciudad es extraordinaria, el aeropuerto no lo iba a ser menos. Recién terminado y sin usar, huele a nuevo. ¿Saben ese olor a moqueta nueva? Así es, a nuevo. La instalación es tremenda, hay decenas de puertas de embarque y de mostradores de facturación, separados entre vuelos domésticos e internacionales. La luminosidad es perfecta, la amplitud y la modernidad de todo ello es alucinante. Llegamos tarde, hemos salido de una reunión en uno de los ministerios, tras asistir a una gala de algo en un hall de congresos descomunal, y toca llamar a la compañía aérea para que retrasen el vuelo. ¿Problema? Ninguno, somos los únicos ocupantes del avión, que hemos fletado para nosotros.
  
Aeropuerto, hall principal 
 
Al llegar, pasamos los controles de seguridad pertinentes. Seguimos estando solos, allí no hay nadie más. Es la primera vez que paso un control de seguridad mientras hablo por el móvil, pero no parece importarle a nadie. Pese a nuestro retraso, pasamos a la sala VIP. Uno no puede negarse a que te sienten cinco minutos ahí, las autoridades han de mostrar el aeropuerto completamente, lleguemos tarde o no. Y embarcamos. El Beechcraft nos espera en la pista, a donde nos lleva un autobús modernísimo y que dudo tenga más de 500 kilómetros en el marcador. El vuelo pasa sin mayor incidencia más allá de la risa que provoca ir metido en esa avioneta, o que la azafata te ofrezca té o café para luego avisarte que la bebida va fría porque no tiene cocina. Imagino que el avión tampoco tiene aseo, da igual.
 
 Embarcando

No es un sitio al que ir de turismo, la verdad. Hay quien va, allá ellos. Birmania es lo suficientemente variada como para pasar un día en Naypyitaw. Pero si han de ir por negocios, ahora ya saben a qué atenerse. Eso sí, tengan en cuenta que en ese país las cosas cambian a una velocidad pasmosa, quizá lo que he escrito ya no sea válido.

Pueden leer, en español, esta interesante entrada sobre la historia y el urbanismo de la ciudad. También en Skyscrapercity.com hay un buen hilo con multitud de imágenes.

domingo, 6 de enero de 2013

Mañana de Reyes

1993, Oviedo, España. Un bloque de pisos en una calle del centro.

En el Quinto puerta 2, Francisco y Carmen creen tenerlo todo bajo control. Saben que Carlos anda con la mosca detrás de la oreja, a sus diez años es más que probable que en clase alguno haya dado el chivatazo y claro, el chaval empieza a sospechar que quizá haya vivido engañado las mañanas del seis de Enero desde que tiene uso de razón. Pero Carmen es muy ocurrente y tiene respuestas para todas las preguntas de Carlos, respuestas que van más allá del clásico “porque son magos…” De cualquier manera, esta tarde irán a la Cabalgata con los primos, tanto los mayores como los pequeños.

Arriba, Pepe y Natalia, la pareja que llegó hace pocos meses al Sexto puerta 5, tan sólo se tienen que preocupar de lo habitual ya que Ángela y María son demasiado pequeñas para cuestionarse nada. Pepe no logra ocultar la emoción y está decidido a volver a hacer que todo sea pura magia en casa. Para ello cuenta con la ayuda de Manu, amigo de toda la vida que, además, no vive lejos, y de Isidore, francés de nacimiento pero de claros orígenes africanos. Vamos, que es negro, pero negro como un zapato. Van a montar toda una representación, no sea que las niñas se despierten… En realidad eso es lo que quiere Pepe, que se despierten y vean pasar a los Reyes. De momento, Natalia se encargará de distraerlas llevándolas a la Cabalgata, y luego a acostarse pronto, que es lo que toca.

En el Noveno puerta 4, Andrés no está pasando sus mejores Reyes. A sus casi dieciséis años no siente ninguna ilusión, no entiende nada de lo que pasa en casa, no entiende a su hermana Lucía (de hecho, sólo sabe de ella que estudia en otra ciudad), y lleva ya un tiempo algo fastidiado. Y todo porque su padre, Juanjo, se compró hace meses una nueva bici de montaña, y desde entonces no para de picarle. “¿Qué harías tú con una bici como ésta?, ¿cuánto crees que tardarías en subir al Naranco con una bici así tan ligera?, ¿cómo bajarías por la Fuente de los Pastores con estos frenos tan potentes?” Andrés no entiende nada, se mosquea porque pese a tener una buena bicicleta desde hace años, quiere otra, la suya se le queda pequeña y pesa, pesa mucho para él.

Ya son casi las seis de la tarde, toda la ciudad se agolpa en las calles que forman el recorrido de la Cabalgata, los niños no sospechan nada, incluso Carlos se ha olvidado de aquello que le contaron en clase, aunque sea por unos momentos… o lo que tarda en llegar a casa. Imposible, no hay quien lo haga dormir. Francisco y Carmen insisten, “tienes que acostarte, si ven que estás despierto pasan de largo”. Pero el chaval no es tonto, y replica que ha sido bueno todo el año, que porque una noche no duerma no le van a hacer la jugarreta… Francisco tiene un plan, de todas formas.

Arriba del todo, Andrés se ha ido a tomar algo con sus amigos y, por qué negarlo, a ver un poco la Cabalgata. “¡Para el año que viene nos apuntamos de figurantes!” Bueno, eso lo llevan diciendo desde hace tiempo, y al final nunca se apuntan porque se les pasa totalmente. De vuelta a casa, todo parece una noche más, no tiene ni la más remota idea de lo que va a pasar a la mañana siguiente. Su hermana sí, pero se calla. Es la ventaja que tiene ser la mayor.

Las niñas parecían cansadas de vuelta a casa, pero tanto caramelo les ha dado un verdadero subidón y no hay quien las pare. Natalia las calma un poco y juntas empiezan a preparar el avituallamiento para los Reyes. Lo primero es el turrón y los mantecados, puestos en una bandeja en un lugar visible, para que les sea fácil de encontrar. No nos olvidemos de la bebida, que tanto trabajo agota y hay que reponer líquidos. Pepe se ríe imaginando la escena y la tremenda borrachera que debe de suponer tomarse una copita de anís en cada casa, por no hablar del dolor de cabeza del día siguiente. Por eso les dice “no, mejor ponemos Whisky…” ¿Qué falta? ¡El agua para los camellos! No se sabe muy bien cómo entran tres camellos en el ascensor, y menos cómo consiguen no hacer mucho ruido, pero agua que no falte. Rellenan un barreño y lo ponen junto a la entrada.

Carlos sigue sin dormirse. Son las cuatro y media de la mañana y no hay manera. Carmen se acostó hace tiempo, Francisco ve la tele con la seguridad de quien se sabe vencedor de la batalla. Carlos sigue empeñado en desenmascarar a los Reyes, y en el salón sigue sin haber ni un solo regalo. De todas formas, antes de las cinco el sueño acaba por derrotarle y se queda dormido en el sofá. Francisco lo lleva a la cama, casi se le escapa una lágrima al pensar en lo que será el amanecer que ya casi parece asomar por la ventana.

Pepe ha quedado con Manu e Isodore a las seis de la mañana. Evidentemente, ambos vienen de doblete, que para algo la noche ha caído en sábado. Pero son responsables y saben de la importancia de la misión. Mientras llegan, toca preparar el asunto: mordisco a cada trozo de turrón, desenvolver dos mantecados e ir a cambiarse de ropa. Eso lo hacen los tres ya juntos en el portal, para no armar mucho barullo en casa (porque las risas en el portal no faltan). Natalia ya se ha levantado también y está lista para completar el atrezzo. Entran los tres “Reyes” en casa, colocan los regalos mientras Natalia espolvorea algo de purpurina por el pasillo junto con confeti que recogió de la cabalgata: los Reyes Magos dejan estela a su paso, faltaría más. Lo que no perdonan Manu e Isidore es el lingotazo de whisky. Mediovacían el barreño de los camellos, dejando claras salpicaduras de agua alrededor, que se note que estos bichos no son delicados bebiendo, precisamente.

Las niñas no despiertan, igual hay que hacer algo más de ruido, así que “accidentalmente” chocan contra la mesa del salón. Natalia, escondida tras la puerta de la habitación de las niñas, les avisa asintiendo con la cabeza. Ángela y María, de la mano, se asoman al pasillo en el momento en el que ven pasar rápidamente tres sombras por la puerta. ¿Son ellos? Pepe tiene el tiempo justo de quitarse la túnica y la peluca y colarse de vuelta en casa y, mientras las niñas corren hacia el dormitorio de sus padres, se mete en el cuarto de baño para disimular. “Papá, te los perdiste, ¡se fueron ahora mismo!” Los regalos están ahí, y hay para todos. Se han comido casi todo el turrón, pero parece que el mantecado de chocolate no les gustó. El whisky se lo han bebido, “¡mamá, incluso los camellos bebieron! ¡Y hay purpurina!"

Carlos se despierta hacia las nueve. Ha dormido poco, y está enfadado por no haber aguantado, pero feliz porque es la mañana de Reyes. Va al salón, sus padres ya se levantaron hace un rato y le están esperando con absoluta normalidad. Pero no hay regalos. “Carlos, te lo dijimos, si saben que estás despierto no vienen”… “Pero mamá – responde Carlos – yo me dormí, ¿por qué no esperaron?”. La lágrima parece escaparse, antes de que eso pase Francisco interviene: “Carlos, estate tranquilo y vete a la cocina a por un vaso de zumo”. Efectivamente, sobre la mesa de la cocina están todos los regalos. La lágrima en esta ocasión se le termina escapando a Francisco. Este sí que ha sido el último año de la ilusión, piensa.

Y lo piensa porque sabe que Andrés anda como anda, en fase “odio la Navidad y nadie me entiende”. En el Noveno se han levantado ya hace tiempo, poco antes de las ocho. El salón está como cada mañana del seis de Enero desde hace algunos años, con regalos en paquetes brillantes apilados en pequeños montoncitos. Juanjo prepara un par de cafés y juntos los cuatro van abriendo los regalos. Recibir un jersey por Reyes no es algo que ilusione en demasía, pero
Andrés está a punto de tener los mejores Reyes que ha tenido hasta la fecha, que recordará toda su vida. Junto al jersey hay un sobre, en el sobre hay una carta. La abre confundido, su madre le dice que la lea en voz alta. No entiende nada, algo dice de que el movimiento se demuestra andando (y no “hablando”, como se oye en el anuncio de Moviline de la tele) y que proceda a pasar al dormitorio de sus padres. “¡Venga, hombre, entra!” le dice Juanjo con una enorme sonrisa. Tan enorme como la sorpresa de Andrés al ver, allí apoyada contra la pared, la mejor bicicleta que jamás pensó podría tener. Con su cuadro azul oscuro y buenísimos componentes, de su talla, limpia, nueva… suya.

Lo que recuerda Andrés del resto de aquella mañana es que poco después todos los ciclistas amigos de su padre le esperaban para estrenar la bici. Lo que nunca ha entendido es cómo sus padres lograron esconder durante semanas aquella bicicleta, y cómo nadie le dijo nunca nada pese a que todo el mundo lo sabía.

La mañana de Reyes es una de las mejores mañanas del año. Yo no recuerdo ni un día de Reyes en el que no luciese el sol. Lo que pasó hace veinte años en aquel bloque de pisos fue una maravillosa y simple concentración de ilusión y buenas intenciones. Sirva este pequeño cuento para trasladar esa ilusión y esos sentimientos a quienes hoy, desgraciadamente, no han podido celebrar el día. Y, bueno, la bici no era la de la foto, porque para esa igual uno va a tener que esperar un poco más de los 23 años que llevo queriéndola. O al menos a que alguien me la quiera vender.
 
Klein Attitude, 1990, colores "Team Dolomite"

Y yo aprovecho para pedirle a Google un editor de textos decente para Blogspot, que no hay quien haga nada bien a la primera...

jueves, 20 de diciembre de 2012

Finnair, conexiones con Asia

De cara a un breve e inesperado viaje a Europa, y a la vista de los horarios y conexiones disponibles en las compañías aéreas que vuelan desde Yangon o Bangkok, me dio por reservar con Finnair y, ya de paso, ver Helsinki aunque fuese desde el aire.
 
Pena que no me tocase este avión con ese enorme motor en la cola...

Vamos con lo malo, que es la gran decepción de no ver ni un copo de nieve en Helsinki. Yo que iba con la ilusión de un paisaje blanco y gélido, y nada de nada. Eso sí, a las cuatro de la tarde ya era de noche, mucha madera de pino en la decoración del aeropuerto, y un frío de narices en la pista, que agradecí tanto como poco apreció mi salud, acostumbrada a temperaturas ligeramente más cálidas.

Como no era plan de andar gastando demasiado, y ya que lo no gastado en billete lo iba a gastar en otras cosas más importantes, reservé en Turista con una oferta que me pareció bastante adecuada, algo más de mil dólares ida y vuelta. Y eso puede ser bueno como puede ser malo, pues una vez en el aeropuerto, al querer pasar mi billete a Business para el vuelo de vuelta me dijeron que nanay, que había que comprar otro billete, porque el mío no admitía cambios. Lógico, no sea que salga más barato aprovechar la oferta y luego pagar el upgrade que comprar directamente Business, pero me dejó un poco mal.

Nada que lamentar, no obstante. La cabina Business de los A340 de Finnair no está renovada, siendo el mismo tipo de asientos que encontramos en Thai. Sí, esos que se hacen “casi planos”, en los que te pasas la noche, si es que pretendes dormir, cayéndote hacia abajo. A ver, no voy a decir que en Business no se viaje bien, pero yo quería la configuración moderna de Finnair.  Que es como si pagas para que te lleven al aeropuerto en un Mercedes S500, y en lugar de venirte el último modelo te viene uno de 1995. Sigue siendo bueno, pero ya puestos…
 
Cabina no renovada
  
Y tanto querer, a la vuelta me tocó el A330 que sí tiene los nuevos asientos. Visto el panorama no sé si los prefiero a los viejos. Supuestamente se hacen cama horizontal, no lo dudo, pero me siguen pareciendo estrechos, algo que confirmó la azafata con la que charlé un rato durante la noche.
 
 Cabina sí renovada

Se trata de una configuración 2-1-2 bastante extraña, que hace que el que va en asiento individual tenga doble apoyabrazos. Aquí pueden ver lo que digo, tanto del espacio como de la estrechez del conjunto, y aprovecho para poner la fuente de las dos imágenes de la nueva Business, que son este blog y esta entrada en un foro, donde pueden leer (en inglés) más al respecto de la experiencia Business de Finnair.
 
Asiento individual, parece un trono
 
Pasemos, pues, al asiento asignado. ¿Perdón? Al asiento comprado, quiero decir. Sí, Finnair aplica procedimientos de compañía low-cost en sus billetes de Turista. ¿Quieres fila de emergencia? Paga. ¿Quieres primera fila? Paga. Yo lo veo bien, la verdad, da opción a quien no quiere pagar de obtener un precio más bajo, y la de asegurarse el asiento que se quiere aunque sea pagando un suplemento. Suplemento que recuerdo sobre los 70 dólares por vuelo, por cierto (vaya, la oferta ya no es tan oferta…)
 
Cabina de Turista
 
El asiento es estrecho, como corresponde a Turista. A la ida pagué fila de emergencia, lo que supuso un espacio ilimitado para las piernas. Ya que iba junto a una de las puertas laterales del Airbus A340-300. Sin duda, es la mejor opción. A la vuelta sólo pude reservar primera fila, que también es recomendable siempre y cuando a uno no le molesten los bebés, pues al ir ahí los enganches de las cunas es donde los suelen sentar. Y lloran, claro, pues esa es una de las ocupaciones principales de un bebé: llorar. En mi vuelo venían unos cuantos, hubo alguna que otra sucesión de llantos atronadores.

Hay sistema de entretenimiento individual, tampoco es que vaya muy sobrado de opciones, películas o especialmente música, pero lo hay. ¿Queda alguna compañía que siga sin tenerlo para los vuelos largos? Si es que no, entonces borren este párrafo de sus mentes y quédense sólo con lo de la limitación en música y películas. Creo que Thai tiene más y mejor selección. Vamos, que no pude despertarme escuchando el disco Femme fatale de Britney Spears, que es lo que más me gusta hacer cuando vuelo. Una cámara para ver lo que hay delante, y otra para ver lo que hay debajo. No funcionaba en ninguno de los vuelos.
 
Se puede ir viendo los datos en tiempo real, cual comandante
  
La comida no fue nada del otro mundo, incluyendo un sandwhich indescriptible y un plato de pasta frío en los vuelos cortos, aunque también uno de pasta y pollo a buen nivel en el vuelo largo de vuelta. No pidan la cerveza local, no es nada especial. El servicio sí fue en todo momento agradable y atento. Tenía una conexión realmente corta en Helsinki para volar a Ginebra, lo advertí y no menos de tres veces vinieron a reconfirmarme la puerta de embarque. Y eso es bueno. El vuelo fue puntual, y todas esas cosas que acaban por hacer una entrada aburrida.

Ahora vamos con el tema, ¿merece la pena? Finnair se publicita como la primera compañía de diseño (no sé muy bien a qué se refieren), y como experta en conexiones con Asia, ofreciendo muchos destinos y muchos vuelos. Bien, es bueno saberlo. Sucede que uno se enfrenta a muchos kilómetros de distancia desde Bangkok, y tiene básicamente tres opciones: los vuelos directos, con duración de unas 12 horas; los vuelos árabes, con escala en los Emiratos y, por tanto, dos vuelos medianos de unas 6 horas cada uno más el tiempo de escala; la opción de Finnair, que consiste en volar 10 horas hasta Helsinki, que es una ciudad que queda realmente lejos de España, Francia, Inglaterra o, en mi caso, Suiza, y luego meterse otro vuelo aburridísimo de 3 horas en el hermoso Embraer que opera FlyBe (sea lo que sea esa compañía, pues en el avión pone Finnair).
 
Embraer

Personalmente, dudo que repita con ellos. Si lo he hecho esta vez  ha sido por una cuestión de horarios (iba a pasar una noche en Bangkok y quería volar por la mañana), y por probar. Cada opción tiene sus desventajas, como son las excesivas doce horas del vuelo de Thai (que si se va en Turista debe de ser mortal), lo llenísimos que suelen ir los vuelos de Qatar, Etihad y demás, incluyendo Business, o ese viaje interminable que es hacer un vuelo largo sabiendo que aún te queda otro largo y aburrido. La ventaja de Finnair es el horario y las rutas. Bueno, y que el finlandés es como si hablasen al revés, resulta muy gracioso escucharles.
 
Finnair de diseño "Marimekko", que es como si un Iberia lo pinta Mariscal.

Finnair, conexiones diarias entre una ciudad rodeada de lagos y pinos y prácticamente cualquier sitio en Asia.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Haciendo fotos

¿Qué demonios hacen en el cajero? ¿Qué tipo de operaciones? ¿Por qué siempre tardan tanto y por qué siempre me toca un lento delante? ¿Existen otras personas tan rápidas como yo? No se explica… A mí es que creo que me viene de familia, un talento innato que, además, fue potenciado con prácticas durante la infancia. De hecho, aún recuerdo el código de seguridad de la tarjeta 4b de mi madre.

Telebanco está en la calle, telebanco cuatrobé....

Yo voy, meto la tarjeta, elijo opción, tecleo el código y el cajero me da el dinero que le pido. Retiro la tarjeta, el dinero y el recibo, y me voy. Por eso no entiendo que, cada vez que voy a un cajero y éste está ocupado, la persona que me precede tarde tantísimo tiempo. Que no es hacer un pit-stop de Formula1, pero parece que en vez de sacar dinero se están pidiendo, y tomando, un café vienés.

El otro día me pasó algo parecido en un McDonald’s, no había explicación lógica alguna por la que el tipo que tenía delante tardase tantísimo, más tras la constatación posterior de que su pedido no era para alimentar un orfanato o a una excursión de turistas jubilados (que los jubilados comen muchísimo cuando viajan, ojo), sino un simple menú de algo con un refresco normal. Ahora que, para lenta, la chica de gafas que está en uno de los puestos de inmigración del aeropuerto internacional de Yangon. No falla, es tocarte ella y esperar, esperar y esperar. No sé en qué consiste. Evítenla, antes de ponerse a la cola, si van a Birmania, oteen la zona y avístenla, para a continuación elegir otro mostrador.
 
Generalmente se tarda más en pedir que en comer
 
Pero hay algo mucho peor que un cajero ocupado, una cola de comida rápida que resta credibilidad al concepto de comida rápida, o que se tiren 20 minutos para controlarte un visado, o como me pasó ayer mismo en un bar de Luang Prabang, que se olviden de hacerte la mitad de tu pedido y que, cuando por fin te lo entregan, falte la primera mitad. Y ese algo peor es un turista haciendo fotos.

No quiero dármelas de profesional de la fotografía, pero es innegable que no se me da mal del todo y que sé lo que hago, cuándo lo hago y, más o menos, cómo lo hago. Y queda claro que, si no se practica, no se aprende. Pero es que no puedo con ellos, y hay varias razones que paso a explicar.

No siento ninguna envidia por quien se pasea por la calle cargando con una Canon EOS 5D Mark III con una lente de serie L, o el equivalente en otras marcas, configurada en modo automático y disparando en formato jpg. Y no siento envidia porque ya estoy curado de espantos, sobre todo tras haber visto un turista de Singapur carretando con una Hasselblad 45 y disparando auténticos horrores. Nota: esa cámara Hasselblad sale por unos 45.000 dólares. Pero también es cierto que si pongo este párrafo es por una mera justificación de cara al lector desprevenido e inexperto, porque evidentemente me trae sin cuidado lo que otros piensen. Y bueno, todos hemos empezado de alguna forma, y yo soy el primero en haberlo hecho así como digo.

Habiendo puesto ya la parte políticamente correcta y explicativa, lo que realmente me saca de quicio es lo mucho que molestan todos esos turistas cuando tú quieres hacer una foto, y lo mucho que tardan. Es verlos y desesperarme. El modo automático me trae al pairo, cada uno que haga lo que quiera y como pueda. Es el conjunto global. Son esos parasoles puestos cuando no hay sol, o inexplicablemente puestos al revés (¿para que la cámara Reflex descomunal ocupe “menos”?). Son esos filtros anti-nada para, supuestamente, proteger un objetivo de mierda, que te hacen preguntarte si también llevarán filtros en las pupilas. Son esas bolsas llenas de accesorios que nunca se utilizan. Son todas esas cosas que yo también he hecho hace tiempo, y que por eso critico. O más que criticar, denuncio de la única manera que puedo, en privado, por escrito y sin referirme a nadie, pues de hacerlo en público y ad-hominem podría llevarme una buena hostia, y no es plan.
 
 Haciendo fotos

Es ese inexplicable tiempo que se tarda en hacer una foto que, en el mejor de los casos, podríamos calificar como “de viaje de estudios de EGB” (eso se lo debo a mi tía Margarita). No sé, es el conjunto, son los brazos estirados mirando a una pantallita canija para hacer una aberración. ¿Recuerdan aquellos anuncios de “lo que crees que pasa, lo que en realidad pasa” de campañas antidrogas? Deberían de hacer uno sobre la toma de fotografías en zonas turísticas y, especialmente, en eventos y acontecimientos de esos que son importantes y a la gente le gusta, por motivos que nadie entiende, fotografiar con sus cámara digitales (cuando no directamente con el iPad, que no se puede ser más ridículo).

En ese anuncio, lo que el turista cree que hace es una sesión cual Mario Testino. Esa sensación se crece cuanto más grande y voluminosa es la cámara. La patética realidad no es tanto la escasa calidad fotográfica de lo que haya podido captar, sino el hecho de perderse el acto en sí por hacer una puta foto como las que hay a millones en Internet, a un par de clicks desde Google, Picasa, Flickr y demás galerías. Esto es especialmente apreciable en eventos como las procesiones nocturnas de Semana Santa, un concierto (también nocturno), o la procesión matutina de los monjes en Luang Prabang (donde no sólo hay restaurantes erráticos, como ven). O cuando va a pasar por la calle Obama o el Papa.
   
Foto de mierda en un concierto, ¿por qué la haces? 
 
Porque además son situaciones con unas características que hacen difícil hacer fotos. Pero no, ellos se empeñan. Y estiran los brazos al aire sujetando la cámara, o el móvil, o el iPad, o el radiador (véase abajo), e insisten. Y se ponen en medio, y joden.

Fiestas que se nos van de las manos...

El otro día por la mañana, participando en la citada procesión de los monjes, hubo un momento en el que no pude más y me acabé marchando a casa. Filtros, parasoles, modos automáticos, accesorios, etc… no son nada comparado con el mayor de los males: el flash. La situación era penosa, daba vergüenza absoluta ver a un grupo de turistas rodeando la fila de monjes y haciendo fotos con flash, sin parar, cual paparazzi con famoso, metiéndoles la cámara encima y disparando uno tras otro. Que si el resultado final fuese bueno, pues sin dejar de ser una molestia y una aberración turística fuera de lugar, al menos se obtendría algo. Pero es que luego lo que sale de la tarjeta de memoria es pura mierda intrascendente. Abogo por la prohibición absoluta del flash, y al que le salte “por error”, se le quita la cámara y que se aguante, por inútil. “Ay, perdón, no me di cuenta…” cállese, señora, se queda usted sin cámara.

La cosa se pone peor cuando te ven y te dicen que esa cámara tuya ha de sacar muy buenas fotos. Y sí, es cierto, las hace muy bien siempre y cuando yo le diga lo que tiene que hacer, no voy a ponerme aquí con la soplapollez esa de que el fotógrafo es mucho más importante que el equipo, que lo es, como dejando entrever que el equipo no importa, pues vaya que si importa. Pero se pone aún peor cuando, encima, te dicen que ellos mismos con esa cámara también lo harían. Falso. O más precisamente, falso si hablamos de adultos, pues cada vez que he dejado la cámara a la muchachada por aldeas birmanas o laosianas, me sorprendo de las buenísimas imágenes que captan. Y se ofenden cuando les dices que ni de coña (es lo que tiene ser realista).
 
Foto hecha un por un niño sin experiencia ni educación alguna, a su amiga Thin Thin en Yangon
 
Y luego llega el momento, el terrible momento, del visionado de la foto que, generalmente, es enviada por email. Como era de esperar, no sólo no hay nada que ver en ellas, sino que encima vienen a tamaño real. Porque las cámaras actuales tienen un número de megapíxeles desproporcionado, que da una resolución inútil, fuera de lugar y que, sencillamente, molesta. Pero no, es como si esas cosas sólo me molestasen a mí y, si eso, a dos o tres personas más. A ellos les da igual andar con el desplazador de un lado al otro de la pantalla.

Por favor, queridos turistas. Ustedes no van a un restaurante y se empeñan en cocinar. No van a un hotel y limpian la habitación. No van a una tienda de ropa y sacan la Singer y se ponen a hacer patrones allí mismo. Yo entiendo que todo el mundo quiere llevarse un recuerdo fotográfico de los sitios a los que se va. Con uno basta, no estorben. Se hacen la foto y se quedan a mirar lo bonito que es aquello. Y, luego, se compran un buen libro con buenas fotografías de la zona.

O hagan lo que les dé la gana, yo qué sé, a mí déjenme en paz. Y apaguen la cámara.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Beau-Rivage Palace, Lausanne

Como ha quedado claro en la entrada sobre el Skoda Yeti, Ginebra es el horror en Noviembre. No tanto por la ciudad, que de por sí no es nada del otro mundo y sí bastante pequeñaja, sino por ese frío horroroso que me acompañó todo el rato. Acostumbrado a ver ríos marrones y lagos azules, encontrarme con el lago Leman de ese impresionante color plomo realmente daba miedo. Por eso, lo primero que hice nada más llegar a Ginebra fue comprarme un gorro en los grandes almacenes Manor, que son como El Corte Inglés pero en suizo, es decir, todo igual salvo que cierran a las seis de la tarde y parece haber menos dependientes.

Con estas, y una vez agenciadas las cuatro ruedas, ya me pude acercar a visitar a mi amigo Alexis en el Beau-Rivage Palace. Y ya puestos, a quedarme. Es que es inevitable, porque pese al frío y a las nubes, el hotel es un maravilloso resort que, en verano, ya ha de ser el acabose.


Se trata de un hotel a la antigua, un centro vacacional de lujo tal y como podría ser el Hôtel du Palais de Biarritz (ver entrada correspondiente) o el Reids Palace de Madeira. No es un terrible Four Seasons de ciudad, y tampoco es una vieja dama como el Ritz de Madrid, pese a que, todo sea dicho, le conviene una renovación de habitaciones, cosa que caerá el año que viene por lo que me comentan. No nos equivoquemos, las habitaciones tienen 10 años y están en perfecto orden, pero se ven antiguas. Pero volvamos al hotel… permítanme ir narrando cada servicio a modo de estancia, creo que es lo más conveniente.

La llegada es sencilla, tan sólo hay que dirigirse hacia el Castillo de Ouchy, en el puerto de la ciudad, y seguir las indicaciones. Una gran puerta vallada nos da la bienvenida al recinto del hotel, situado en un alto frente al lago, con impresionantes vistas de las montañas al frente (siempre y cuando no haya nubes). Aparcacoches y maletero nos reciben con rapidez, agilidad y excelente educación. Les confirmamos que, efectivamente, hemos hecho un buen viaje y que ese es nuestro equipaje, mientras el aparcacoches se lleva el vehículo al parking cubierto y privado del hotel, que parecerá una tontería, pero con el que uno se queda mucho más tranquilo que si hablamos de parkings públicos.

En verano, con vistas...
 
Accedemos por la puerta giratoria al pequeño lobby en el que una chica bielorrusa nos explica las formalidades de la estancia y se ofrece para acompañarnos a nuestras habitaciones (al ser tres, elegimos dos habitaciones comunicantes). Está bien que te traten como si te conociesen de toda la vida, aunque a quienes conozca desde hace tiempo sea a tres directivos del hotel. El hall y los pasillos son impresionantes, más ahora con la exquisita decoración navideña. Un ascensor del tamaño de mi apartamento parisino nos lleva a la segunda planta, en la que están nuestras habitaciones con vistas al lago.
 
Panorámica desde el balcón
 
Se trata de dos habitaciones de aspecto clásico, con un buen cuarto de baño, muy buena calefacción, buen equipo de televisión (que yo ni enciendo), y un equipamiento a la altura. Antiguas, sí, tirando a viejas, pero todo funciona y todo está inmaculado. Como inmaculada está la lencería, el minibar, los productos del baño (Bvlgari), la cesta de frutas de cortesía, y las galletas, zumo, bolsito, albornoz pequeño y zapatillas para la menor que nos acompaña (y que disfruta de esas cosas como la niña que es). No pasan dos minutos cuando llega el equipaje.
 
 Galletitas...
 
Sobre la habitación, dejando de lado comentarios sobre su estilo dado que, al renovarse el año que viene, no tienen validez duradera, he de decir que la cama me pareció excesivamente blanda. Dormí como un bebé, ojo, pero me habría gustado un colchón más duro. Tampoco quise molestar y pedirlo, aunque sin problemas lo hubiesen arreglado. Pero es lo único “negativo”. Presión de agua, temperatura, acceso a internet, luces, equipamiento, balcón, aislamiento del ruido y del frío, tamaño general… todo estuvo a la altura. No esperemos las suites del Lebua (ver entrada), porque estamos en un sitio diferente. Lo que tampoco vamos a tener, afortunadamente, es esa vejez generalizada del Hôtel du Palais, no digamos ya del Ritz Madrileño o de las habitaciones no renovadas del Crillon parisino.

Habitación, foto no contractual

Como nos fuimos entreteniendo por el camino, al final llegamos al hotel bien entrada la hora de comer. Rápidamente, la chica de recepción reservó desde mi habitación una mesa para tres en la brasserie del hotel, el Café Beau-Rivage. No puedo decir que sea un sitio barato, quizá nos consuele pensar que todo Suiza es caro. Comer tres personas un plato sencillo cada uno, con postre pero sin vino, salió por algo más de 100 euros. El pescado de mi amiga no estaba mal del todo, muy bien presentado aunque a su gusto un poco falto de “potencia”. La pasta de la niña, tan sencilla como mera pasta con salsa de tomate, perfecta. La salsa de tomate, de hecho, pese a ser la más clásica jamás vista, era una delicia. Mi tartar de buey, con sus patatas fritas, excelentemente condimentado a mi gusto. Y todo con unas porciones justas, ni escasas ni excesivas. Lo mismo puedo decir de los postres, con un tiramisú rico y abundante en mascarpone, mi mousse de chocolate perfecta, o el helado de la pequeña, cremoso tal y como era de esperar. El pan, por cierto, una delicia. ¿Qué eché en falta? Algo que he visto en Yangon en el restaurante Sharky’s, que es una mini-ensalada orgánica servida en un vasito, con un huevo de codorniz escalfado y un aliño simple. En el caso de mi tartar, sin duda lo eché en falta. El servicio en sala quizá me pareció un pelín lento, aunque fue siempre de exquisita cortesía y muy buena atención. La sala, exquisitamente decorada y con grandes ventanales hacia el puerto. Añadir que venden un plato de mariscos a 90 euros por persona… nosotros nos abstuvimos, ya habíamos comido muy buenas ostras en el mercado callejero de Divonne-les-Bains.

Corriendo por el pasillo

Tras el paseo correspondiente por la ciudad y alguna compra que otra, regresamos al hotel a pegarnos un bañito en la piscina del spa. Decir que Lausanne es bastante vertical como ciudad, recordando un poco a Montecarlo, sólo que aquí en vez de ascensores públicos hay una especie de metro o funicular (el metrocular, vamos), que en cinco minutos de pone arriba del todo. No probé los masajes, pero sí la piscina, el jacuzzi, la sauna y el haman. Sinceramente, quizá sea por la afluencia de público familiar a las horas a las que fuimos, pero nada destacable. Sí, lo pasamos estupendamente, nos colamos en la parte exterior de la piscina, hicimos la bomba y todas esas cosas (el ambiente acompañaba, claro), y el jacuzzi estaba calentito, como la sauna estaba muy caliente y el haman muy húmedo, pero nada más. O nada menos, dada la absoluta pulcritud de los vestuarios, la calidad de las toallas y, no me cabe duda, la calidad también de los masajes y tratamientos de belleza que allí dan.

La piscina cubierta, vacía
 
No cenamos en el hotel, aunque hay donde elegir dado que cuentan con nada menos que cinco opciones, incluyendo un restaurante japonés de muy buena fama, y especialmente un restaurante gastronómico (y astronómico) de Anne Sophie Pic, con sus tres estrellas Michelin.

Lo que si que cayó fue algo en el bar tras la cena, aunque sólo bajásemos la peque y yo. Ella una infusión y un postre, que se ventiló en diez segundos, yo un té porque, aunque me apetecía un vaso de Caol Ila, que es el único whisky que logro tragar y que recomiendo probar a todo el que tenga la oportunidad, en realidad tampoco me apetecía.

El bar, por la noche
 
El desayuno se sirve en una sala que da exclusivamente desayunos. Me explico: no es un restaurante que ha de ser reconvertido para el menú del mediodía, sino una sala de desayunos abierta hasta las once, como debe de ser. Un buen buffet bien atendido, sin nada que fuese del otro mundo pero sí plagado de productos exquisitos. Buen chocolate caliente, buen zumo de naranja, muy buenos quesos, buenos fiambres, platos calientes clásicos (y tampoco destacables, pero en absoluto bajo par), gran variedad de frutas y lácteos, buena carta de huevos, una sala con mucha luz y ambiente fresco… Es decir, nos pusimos como cerdos, y eso es buena señal cuando yo hablo de un buffet, ya que aunque siempre me gustó desayunar, desde hace tiempo no termino de aprovechar esos desayunos de hotel, quizá por estar un poco cansado de ello, casi día tras día. En este caso, puedo decir que sí lo aproveché. Y digo bien “como cerdos”, porque el cerdo come hasta su satisfacción. No por hablar de un sitio fino vamos a negar la realidad…

Podría hablar de la salida, el pago, el precio y demás, pero me parece fuera de lugar. Sí puedo decir que no quise que me diesen factura, sino que me la enviasen por email. Esa misma tarde, mi factura estaba adjunta a un email del departamento de Recepción del hotel.

De lo que sí quiero hablar es de los conserjes, ambos hispanoparlantes, ambos educadísimos y eficaces, ambos convertidos en esa figura dentro del hotel a quien te diriges siempre. Cómo se nota la calidad de un hotel en estos casos, cómo cada empleado sabe comportarse y seguir su papel y su juego en cada momento, y cómo se adaptan tanto a quien viaja solo como a quien lo hace en familia. El camarero serio tratando a la niña de Mademoiselle (pura comedia), el jefe de sala más familiar charlando conmigo, la relaciones públicas preguntándole a la niña cómo lo pasa… Por no decir el que sea ella, la niña, quien firme las facturas. Sumemos el detalle del albornoz, el trato en el Spa, los jardines por la mañana para jugar, y otros muchos detalles para ganarse a la clientela familiar, junto con una eficacia absolutamente profesional en todos los sentidos, para hacer que uno quiera volver sean cuales sean las circunstancias del viaje. 

Salón de banquetes
 
Es un gran hotel, aunque evidentemente se paga por ello. Es más que un gran hotel, es un centro vacacional, es un centro de negocios, es una sala de recepciones espectacular, es la posibilidad de hacer una fiesta total en sus salones (de los más bonitos que he visto). Es, en definitiva, uno de los grandes. Y yo me siento muy afortunado de haber podido quedarme, y de haber recortado las horas de sueño con una incesante guerra de almohadas.
 
Beau-Rivage Palace, Lausanne, estancias a partir de unos 400 euros la noche. http://www.brp.ch/fr/

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Skoda Yeti, inexplicable

Ahora que voy de vuelta a Asia, tras haberme comido el sándwich de rigor cortesía de Finnair (por cierto, realmente bueno), me entra la duda sobre qué ciudad es más aburrida, si Ginebra o Bruselas. Aburrida no, quizá simplemente “peor”. Y es que si Bruselas es un agujero inmundo rodeada de nubes, Ginebra en Noviembre tampoco se queda corta en cuanto a sentimientos depresivos. Y creo que conviene aclarar lo de Noviembre, pues de seguro que en verano la zona es maravillosa, más teniendo en cuenta los largos veranos del clima continental típico de la zona.

Pero que no, que es el horror. Que a las cuatro de la tarde haya poca gente, por no decir nadie, caminando por la calle comercial (que hay una, y gracias), sería de entender en países del Sur, porque a esa hora se termina de comer y se hace un poco el vago delante de la tele, o se vuelve a trabajar. Pero cuando las tiendas cierran a las seis, las cuatro y pico ha de ser casi la hora punta. Y no, no lo es. Nadie.

Ambiente típico de Ginebra, pero con gente

Lo de cerrar a las seis sigue maravillándome, y no sé si es peor que los comerciantes lo hagan convencidos, o que a la gente le parezca lógico. Pero es así, centro comercial grande de Ginebra, sábado por la tarde, las seis, tiendas cerradas. Eso sólo cabe en la cabeza de un suizo, gente tan contradictoria como el país, cosa que aprendes charlando con otros extranjeros que llevan tiempo por allí.

Como lo de la lavadora, otra cosa tan inexplicable como los coches diseñados y, sobre todo, vendidos por Sbarro. ¿Cómo es posible que un apartamento de cinco mil dólares mensuales de renta no sólo no tenga lavadora, sino que tenga prohibida su instalación? Es Suiza, así me lo razonan. Y luego me cuentan que hay una lavandería común en el sótano y que los turnos van por pisos, que si te toca hacer la colada el jueves de diez a once de la mañana, te coges esa mañana libre en el trabajo y te las apañas como puedas. De paso, te dejan bien claro que más tarde de las 10 no debes de hacer ruido. Y ruido puede ser la cisterna del baño (no digamos ya una ducha, supongo).

Prohibido

Lo cuál me lleva a temas escabrosos e incluso escatológicos, que no necesariamente pasan por la evacuación de fortuitos gases, sino agradables cariñitos de pareja (también conocidos como “casquete”, no nos pongamos estupendos…), o simplemente una cena con amigos, una partida a la Play o, qué coño, el niño que no logra dormir y se pone marchoso. Pero lo peor es que todo eso se auto-controla de vecino en vecino, dado que la cuantía de las denuncias realizadas por los ciudadanos es descontada de los impuestos a pagar a fin de año, por lo visto.

Si a la ridícula imagen que en mí ha dejado la Ginebra de Noviembre (porque en Lausanne me pareció ver más, un poquito más, ambiente…) añadimos una idea de un suizo con ropa sucia, acusador, que entre reloj y reloj hace el servicio militar (que allí es algo así como permanente) mientras manda callar o acude con urgencia al baño antes de las 10 de la noche, no me explico el país. Añadamos a la ensalada unos precios de vivienda absolutamente ridículos e insostenibles, con unos salarios fuera de órbita en muchos casos, algunos seguramente injustificados. Aliñemos con una navaja multiusos y algo de chocolate, sirvamos con absoluta puntualidad, y tendremos un país realmente extraño.

Multiusos
 
O eso, o yo ya estoy tan aclimatado al sudeste asiático que todas estas cosas me sobrepasan y me dejan descolocado. Como descolocado se nos queda el Skoda Yeti dentro del panorama automovilístico actual. Y es que no es un Tiguan, aunque lo sea, y pese a su imagen relativamente atractiva, y a su gran calidad general, haciendo gala de la marca Skoda se me ha mostrado como un coche realmente aburrido. Que casi parecía suizo, incluso, pero no suizo como un Monteverdi o alguna de las creaciones de Sbarro, no. Por desgracia (para mí), no.

Aparcado en Lausanne

Como suelo hacer cuando viajo, dada mi aversión por los autobuses y los metros o tranvías, aunque reconozco que el tranvía es más llevadero, no tuve más remedio que alquilar un coche con el que moverme por allí en libertad. O en la libertad que dan las normas suizas (que no son tantas como podría parecer). Skoda Yeti TFSI 4x4 de 160 caballos, motor de gasolina y cambio manual. El coche más inexplicable que he llevado en mucho tiempo. O quizá debería decir contradictorio. Por partes.

Es inexplicable, a priori, que alguien se compre este coche en concreto en gasolina. En el uso dado, básicamente ciudad y autopistas, gastó casi 10 litros a los 100km, que es un consumo alto para un coche que se supone barato. Eso sí, un motor con bastante potencia siempre disponible, muy silencioso y bastante suave. Y sin carbonillas de esas que me matan de alergia. Hay muchas razones para comprar este coche con motor de gasolina, sobre todo si se hacen pocos kilómetros, pero la versión diesel sigue pareciendo la más lógica para cualquier persona que se compre este Skoda Yeti. O así se lo parece a la mayoría de la gente. Yo me quedo con el gasolina, sin dudarlo ni un instante.
 
Interior
 
Resulta extraño hacerse con un Yeti con cambio manual, existiendo como existen excelentes versiones automáticas, dado que el atractivo de pisar embragues y mover una palanca arriba y abajo cual bonobo es nulo en coches de este tipo. Un cambio bien escalonado, un manejo suave y relativamente preciso, un embrague a la altura del aburrimiento general del coche, y un motor con suficiente fuerza como para sacar el coche desde 80 hasta 120 en sexta sin ninguna necesidad de reducir, salvo que estemos adelantando en carretera abierta, en cuyo caso vamos demasiado rápido. Así se siente esta versión del Skoda Yeti. Yo me quedo con el manual, y eso que nos ahorramos.

Pero, sobre todo, no veo motivo alguno para comprar precisamente el Skoda Yeti. Imagino que saldrá bien de precio, y que a una persona aburrida le gustará. Bueno, a mí no me disgusta, de hecho. Reconozcamos que el Ford Kuga, sea mejor o peor, es mucho más funky, como más serio es el Vokswagen Tiguan, o considerablemente más atractivo es el Audi Q3. Al menos no son esa caja cuadrada que es el Yeti, por muchas ventajas que tenga ser una caja cuadrada. Quien dice esos modelos, dice otros como el Opel Mokka o cualquier otro churro de esos. Pero luego sucede que el Kuga no es mejor, sino todo lo contrario según dicen los periodistas, y el Opel es un verdadero espanto. Yo casi me quedo con el Yeti.
 

Por dentro es amplio, mucho más que el Nissan Juke. Resulta cómodo de suspensión, mucho más que el Nissan Juke. Todo el interior está ordenado de forma lógica, no como en el Nissan Juke. El maletero parece grande, al contrario que en el Nissan Juke. Se puede comprar diesel con tracción total, no como el Nissan Juke. Y seguramente pueda llevar faros de xenón, paquete de compartimentos, asientos calefactables y todas esas cosas familiares-invernales que, creo recordar, no se pueden poner en el Nissan Juke.  


Y no, el coche que te quieres comprar no es el Yeti. Es el Nissan Juke cuando el espacio te resulta suficiente, y es el Range Rover Evoque cuando es el dinero el que te resulta suficiente. Estos días que he pasado a caballo entre Francia y Suiza he podido constatar que el Juke se vende bien, al menos por esos sitios, y fundamentalmente que el Evoque ha dejado anticuados a absolutamente todos los demás coches de tamaño similar, batiendo tanto a los más modestos como a los más caros en eso que se llama “atractivo”.
 

Pero lo que no puedo hacer es hablar del Evoque, que es el que le gusta a todo el mundo, porque por el precio del Evoque te compras un Yeti, te vas de vacaciones, y a la vuelta compras una moto pequeña, un iPhone 6 y, si me apuran, tres decenas de pantalones vaqueros. Y aspirinas en la farmacia, que siempre vienen bien. El problema del Yeti es que es un coche realmente bueno. Es muy aburrido, pero se siente bueno, se conduce bien, todo en ello es de un equilibrio abrumador. Y eso lo hace tanto recomendable como desechable, por aburrido. Tanta homogeneidad mata las ganas de vivir, que si ya hablamos de la Ginebra de Noviembre dan ganas de salir corriendo lo más lejos posible.

Estoy ya a punto de aterrizar en Helsinki mientras termino este artículo, y  al Yeti no le veo más que una forma de tener un Volkwagen Tiguan a un precio inferior. Eso no sé si es bueno o malo, pero no lo hagan, valoren otras alternativas si están pensando en comprar un coche de este tipo y tienen un poco de sangre en las venas. Como un Kia Sportage, por ejemplo. Y, luego, cómprense el Yeti. 
Skoda Yeti. En un color bonito y en el entorno adecuado, es un coche recomendable. Si no se pasan con los extras, el precio es bueno.

 
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