lunes, 19 de marzo de 2012

Periodistas, mentiras y fotos naranjas

Esta mañana mi madre, como suele hacer después de escudriñar la prensa, me mandó un email con un link a un artículo de El Mundo que me podría interesar. Pese a ser entrado el mediodía aquí en Birmania, no había tenido tiempo aún de encontrarme con esa serie de frases adornadas con dos fotografías naranjas que El Mundo publica hoy en su edición digital. Una verdadera lástima de artículo que, como comprenderán, me veo en obligación de rebatir. Porque lo que no puede ser es que alguien escriba mentiras, pero mentiras de las gordas, y se quede tan ancho, cuando no directamente tenga la caradura de creerse interesante a base de manipular la realidad, por poca trascendencia que esa manipulación tenga para el país del que habla. Y rebato porque no me gustan los mentirosos, menos si cobran por ello.

El artículo empieza bien. Muy novelado, de hecho no me creo nada de lo que dice en su primer párrafo, pero es agradable de leer. Como puede que la cosa se alargue, en vez de hacer una valoración general del país en el que llevo viviendo un año, tras haber pasado otro en la vecina República Popular Democrática de Laos, voy a centrarme en datos concretos que el periodista de El Mundo pone a lo largo de su texto.

Como digo, el primer párrafo es bonito, muy peliculero. Si bien es cierto que hace años cada extranjero se decía tenía asignado un espía, si bien también es cierto que hace un año uno de cada cuatro taxistas, tras preguntarme de dónde era, alababa al gobierno español y criticaba al birmano esperando que yo entrase al trapo, y si bien tengo la certeza, porque he tratado con ellos, de que los servicios de inteligencia y contraespionaje birmanos funcionan a toda máquina, eso de cuatro periodistas emboscados y un local en a saber qué sitio es pura novela. Precisamente el viernes estuve cenando con un grupo de periodistas americanos, a los que despedí hoy tras, de nuevo, comer con ellos, y esto es algo que sucede cada semana. Ni emboscadas ni espías del gobierno, no seamos fantasiosos. ¿Por qué si no los artículos que se leen en otros medios son tan diferentes?

Las consideraciones sobre la legitimidad o no del gobierno se las dejaré a los expertos en política internacional. Yo lo que sé es que desde que se estabilizó la situación, pasado un mes desde las elecciones, las cifras del turismo en Myanmar han aumentado de forma impresionante, la estabilidad es palpable, la censura va desapareciendo y se aprecia un desarrollo y un cambio de actitud considerable. Hasta se toma la decisión de cancelar el proyecto de una presa en el río Ayeyarwaddy, que es como ahora se llama el Irrawady. Hace meses, mostrar una foto de Aung San Suu Kyi era casi motivo de cárcel, o sin casi, como dice el artículo. A día de hoy es primera, segunda, tercera, cuarta, quinta… página del Myanmar Times, periódico de más difusión en el país, publicado tanto en inglés como en birmano. Periódico, de hecho, moderno e interesante. Como moderna e interesante, y absolutamente budista, resulta la propia Aung San Suu Kyi en persona. Porque a día de hoy se la puede conocer. No es fácil, como no es fácil entrevistarse con cualquier líder, lo cuál no quiere decir que no sea posible.

Pero déjenme que entre en el meollo del día a día, y especialmente en las mentiras y las fotos naranjas. Señores de El Mundo, los extranjeros no pagamos un permiso especial al jefe de estación, sino que tenemos precios diferentes para la gran mayoría de transportes y accesos. Esto es así porque los locales no podrían entonces permitirse acceder a museos, viajar en tren, ni mucho menos volar. En todo el país, un extranjero siempre va a pagar más, y esto incluye servicios como la luz o el agua. En ciertos lugares, basta mostrar el permiso de residencia para obtener precio local, pero esto no sucede con los billetes de avión, por ejemplo. Que yo entiendo que uno es periodista, se va a un país remoto a relatar, y quiere hacer que su artículo suene interesante, exótico e incluso peligroso, pero no conviene faltar a la verdad, ni escribir basándose en la Wikipedia.

Los logros gubernamentales no se ven si no se buscan. Sin embargo, un paseo por las ahora fértiles orillas del Ayeyarwaddy, entre Mandalay y Bagán, nos dejará ver la cantidad de sistemas de irrigación que se han puesto en marcha, o los numerosos puentes que cruzan el río. ¿Hablamos de autopistas y aeropuertos? Es evidente que queda mucho por hacer, y se puede opinar que los esfuerzos no son todo lo justos que deberían. Pero no se puede decir que no se hace nada. ¿Qué los militares y su círculo acaparan la mayoría de la riqueza? Cierto es, también.

Me gustaría saber por qué, en su enumeración de países vecinos, el articulista olvida a Laos., ya que hablamos de países pobres. Pero ese no es más que un pequeño detalle sin importancia y un tema que me toca en lo personal, así que no comentaré. Si diré que en todos los supermercados de Yangon, así como en muchas de las tiendas de las grandes ciudades, es posible encontrar absolutamente de todo. A precios elevados algunas cosas, pero de todo. La soberana mentira de que no hay tal o cual cosa clama al cielo. En cuanto acabe de escribir este texto, me pondré a hacer mi cena usando aceite de oliva Borges. Ni que decir tiene que en un país sin flujo eléctrico estable, y de una pobreza considerable, la mejor forma de conservar la leche es en polvo. Pero ya que estamos con la leche, también conviene decir que no forma parte de la dieta natural y habitual de los birmanos, salvo la condensada para hacer el delicioso y energético té local. De postre tomaré yogur local, excelente, por cierto, porque no me apetece pagar por los Danone y se me ha terminado el queso manchego marca “La flor de mi pueblo” que se puede comprar aquí. Podría beber Coca-Cola de Singapur o de Tailandia, si fuese capaz de diferenciar el sabor, o algún refresco local. Seguramente me tome una cerveza, puede que Carlsberg.

No, no hay roaming, y mi tarjeta SIM costó unos 1.000 dólares hace un año. A día de hoy cuestan la mitad, pero siempre puede uno alquilar un terminal analógico local (con bastante más cobertura que los GSM), y eso por cuatro duros en el aeropuerto, tan sólo presentando el pasaporte. Hablando de iPhones, se ven muchísimos. Yo opté por un Samsung Galaxy, porque soy muy bruto y los teléfonos se me caen cada dos por tres. Y ya que hablamos de internet, ¿desde dónde se creen ustedes que publico este texto? Cibercafés por todas partes, internet gratuito en hoteles, en bares, en centros comerciales, en el aeropuerto de Bagán, y con una censura de webs cada vez menor. Decir que ni los hoteles de cinco estrellas tienen internet es una puta mentira. Con t, han leído bien, no era con r.

He sido parado e interrogado por la policía de inmigración bastantes veces. En controles en carretera al pasar de una división (provincia) a otra, en los aeropuertos, en zonas remotas. ¿Problemas? Ninguno, en absoluto. No voy a poner aquí la foto hecha con los agentes de inmigración de la frontera entre Yangon e Irrawady, por motivos obvios.

Coches, mi especialidad. Para ser pocos los que tienen coche, se ve que salen todos a la vez cada vez que yo me quiero mover por Yangon o Mandalay, a la vista de los atascos que se forman. Copias baratas de marcas japonesas o coreanas. De verdad, entiendo que se quiera hacer una lectura amena, pero uno duda incluso de que el personaje que ha juntado las líneas del artículo haya estado en Birmania y/o haya investigado un poco. Desde hace unos meses, los particulares pueden/podemos conseguir licencias de importación. Serán coches usados, pero a día de hoy cualquiera que pueda permitírselo, podrá importar su coche. No son copias baratas, son modelos que en Europa nunca se han vendido, aunque puede que el periodista considere que el Toyota Harrier es una copia del Lexus RX300. Aquí mismo, en este blog, se puede leer una entrada sobre la conducción en Birmania a bordo de un Toyota Harrier.

Pocos que pueden permitírselo… si tenemos en cuenta la cantidad de gente que vive en este país, sí son pocos. Pero un paseo por Yangon, un simple paseo, nos abrirá los ojos a la pujante clase media que puede permitirse pagar 40.000 dólares por un BMW usado que en España no pasaría de 10.000 euros, o los 35.000 dólares que cuesta un Toyota Caldina de 5 años, o los 60.000 que se pagan por un Toyota Crown Majesta, por no hablar de la cantidad de Lexus RX570 que se ven. Hoy me he cruzado con un Porsche Cayenne Turbo y un Audi Q7. Son minoría, pero existen. Cosa distinta es en las zonas rurales, como en cualquier país en desarrollo.

Los innumerables controles que… lo siento, pero para contar mentiras insidiosas sobre un país, y quedarse tan ancho, mejor no venir. Una vez, UNA, me han parado conduciendo en Birmania. Porque atravesaba una frontera regional y era extranjero. A los locales no se les para. Y no tuve que pagar absolutamente nada. Na da. Pero claro, el periodista está en Birmania y hay que hacer que la cosa suene difícil. Otros controles son los que nombro más arriba, en fronteras o por verte extranjero en zonas extrañas, pero no porque uno no pueda ir, como explico a continuación, sino por hacer un poco su trabajo.

Turismo vetado, como digo, en absoluto. A día de hoy hay que pedir permiso para acceder a muy pocas zonas, como por ejemplo Putao. ¿Qué sucede? Que uno pide permiso con antelación, y lo obtiene. Oh, cosa rara. Como pasa con los visados. Considero, y lo digo por experiencia propia, más sencillo acceder a Birmania que a los Estados Unidos. Pero seguro que ningún juntaletras se atreve a decir que el turismo está vetado en el país de las oportunidades, aunque haya que entrar desnudo y decir con la cabeza gacha gracias cuando el agente de inmigración te pone el sello.

Las consideraciones del gulag y demás las voy a dejar de lado, al no tener datos concretos, como de seguro no los tiene tampoco el periodista. Sí diré que la numerología es una pieza importantísima de la vida local, no se trata de ningún invento de los militares. Aquí cada evento se calcula en base a las fechas y a los números, como se calculan las parejas para noviazgo y matrimonio, siempre mirando las fechas y horas de nacimiento.

Termina hablando de los espías, de nuevo. Yo no me he sentido espiado nunca. Ni cuando salgo con mi cámara negra con objetivo blanco a hacer fotos por la calle, cual National Geographic. Fotos naranjas, si hace falta, aunque para fotos naranjas con monjes vestidos de color azafrán, lo mejor es sin duda Luang Prabang durante los meses de Marzo y Abril.

Y ahora me van a permitir una valoración sobre este país. País que, personalmente y por motivos absolutamente propios, no me termina de gustar. Es esa tremenda diferencia entre ricos (que son muchísimos, y muy ricos) y pobres en Yangón la que me parte el alma y me impide disfrutar, sumada a ciertas características de los birmanos de ciudad. Pero soy consciente de que es como juzgar a Francia por los parisinos o a España por los madrileños. Este es un país tremendamente variado pero con una cosa en común: la amabilidad de la gente. Esa sonrisa permanente, esas ganas de complacer y de invitar, esas cosas de las que el periodista no habla en su artículo, para que así su mamá piense que está en un sitio peligroso y duro. No, de eso mejor no hablar.

Ese pasear por Bagán cámara en ristre, entrar sin querer en los terrenos de una vivienda y acabar tomando un té con galletas con la señora de la casa. O que te invite a un té el dueño de la choza frente a la que has parado el coche para hacer una foto del paisaje. O el que se te acerquen tres tíos con una pinta terrible… para pedirte por favor que les hagas una foto. Que todo el mundo te sonría, que las cosas se vean de diferente manera, la aceptación de ser pobre mediante el disfrute de cada momento. El desembarcar en un pueblo perdido y que vengan todos los niños a verte y a tocarte los brazos, extrañados y divertidos por ver lo blanco y peludo que eres, mientras los mayores preparan algo de comer para ofrecerte. Que el taxista te ofrezca un cigarrillo o una bola de betel-nut para mascar. Que la chavalería te ofrezca su bebida, que los perros callejeros sean seres absolutamente tranquilos. La seguridad que se siente paseando por el centro del atiborrado barrio hindú de Yangon, o las decenas de locales caros que abren cada mes en Yangón para disfrute de la población pudiente. Como el centro comercial Junction Center que abrió en Yangón el viernes pasado, en el que poder comprar prácticamente de todo, sea original o sean copias realmente graciosas.

O la deliciosa cocina birmana, o el vino que se hace de los viñedos de Inlay, en los que cultivan uva tempranillo. O de lo cómodo que resulta el longyi, la prenda tradicional birmana tanto para hombres como para mujeres. No, de esas cosas es mejor no hablar, que ya lo hacen los demás. Mejor me invento cuatro parodias que suenen bien y queden exótico/peligrosas. O puestos a hablar de cosas negativas, el creciente problema de la prostitución asociada al turismo chino y de negocios, que se ve en cualquier club nocturno de los grandes hoteles de Yangon, algo totalmente contrario a las creencias tradicionales del país, equivalente a que en España abriesen restaurantes que sirviesen carne de perro.

Es lo que hay. Tan cierto como cierta es esta otra foto naranja, cosecha propia de ayer.

Foto naranja

Sofitel New York

Que te pongan unas reuniones en Nueva York en pleno agosto puede ser motivo de queja para el ejecutivo pijo que se las da de interesante, o para quien tiene cosas más importantes que hacer en esas fechas que pasar tres días en una sala rodeado de insidiosos clientes. Pero, a fin de cuentas, no deja de ser un viaje a la capital del mundo mundial, con los gastos pagados, en verano y volando adecuadamente (véase la entrada sobre Etihad).

El hotel elegido, por quedar literalmente detrás de la oficina y al lado del primer restaurante en el que nos reuniríamos, fue el Sofitel New York, conocido mundialmente por el affaire de Dominique Strauss-Kahn con una camarera de pisos, unos policías de aeropuerto, un arresto en pleno avión, y un pisazo en TriBeCa a la espera del juicio. Aviso, nada de eso me pasó a mí, por bien de mi expediente penal y por mal de mis propiedades inmobiliarias neoyorkinas.

Sofitel New York, con banderas y todo

A dos pasos de la Quina Avenida, a tres pasos de Times Square, a cuatro pasos del Empire State Building y a cinco pasos de Central Park. La verdad, la localización no podría ser mejor, sobre todo si se tiene tiempo de visitar exclusivamente lo nombrado. Es un edificio que sería grande en cualquier ciudad, de hecho el hotel cuenta con nada menos que 30 pisos y 398 habitaciones. Pero luego lo ves, rodeado de las moles habituales de la zona, y se hace minúsculo. De hecho, sorprende el número de habitaciones para el tamaño del hall de entrada y del restaurante, dando la impresión de que no tendrá más de 100 camas en total.

Mi habitación era de las que llaman “categoría superior”. Lo siento, no visité las demás (salvo una suite), con lo que no puedo comparar. De un tamaño adecuado, bien equipada y con una decoración relativamente agradable. A 435 dólares la noche, sin desayuno ni impuestos, teniendo en cuenta que es Nueva York, no me parece excesivamente cara, aunque tampoco precisamente barata. La cama me resultó confortable. Bien es cierto que tras dos larguísimos vuelos, cualquier catre sirve para dormir… pero no nos engañemos, una buena cama es importante, y el Sofitel la tiene. De la misma forma que una buena ducha, con buena presión, temperatura y gran espacio, ayuda a relajarse por la tarde y a desperezarse por la mañana. Y el Sofitel también la tiene.

Habitación Sofitel, tal cual

La suite que visité no tenía nada de especial, tan sólo una salita extra en la que recibir gente, pero siempre queda bien decir que te alojas en una suite del Sofitel, supongo.

No esperen grandes lujos, productos de baño de la mejor marca o una decoración perfecta de última tendencia. No se trata de eso, sino de tener una estancia lo más confortable posible, en una buena localización y con un servicio adecuado. Y no me refiero a camareras de pisos ofreciendo favores o a limpiadoras de penes reales, al estilo Príncipe de Zamunda. De hecho, en mi planta sólo había señores limpiando las habitaciones. Eso sí, una limpieza perfecta, sencillamente perfecta. Como debe de ser.

A la derecha, ahí abajo, se le ve...

Lo único que me molestó del hotel fue escuchar algún que otro ruido de las habitaciones contiguas, pero eso pasa en prácticamente todos los hoteles (y en casi todas las viviendas, no nos engañemos).

El desayuno, aunque no fuese buffet, tenía productos de muy buena calidad, todo con un toque francés muy marcado, incluyendo unas mesas quizá demasiado pequeñas para cuando no se desayuna solo. La gente que vaya allí de vacaciones con la familia se sentirá un poco apretada, y puede que un poco estresada debido a la rapidez del servicio. Y es que, como digo, todo parece dimensionado para cien habitaciones, no para casi cuatrocientas. No obstante, un servicio rápido pero también bueno, cordial y efectivo.

Comí un par de veces en el restaurante, una fórmula típica del grupo Accor, en plan plato combinado con opciones “mundiales”. Esto es, una opción francesa, otra noruega, otra americana, otra… Platos absolutamente cliché, pero también muy bien preparados y mejor presentados. Es, como digo, muy Sofitel. Hay a quien le gusta, hay a quien no, pero no se puede decir que sea malo, en absoluto. Como curiosidad, comiendo en el restaurante había decenas de ejecutivos con pinta de Dominique Strauss-Kahn, por todas partes. Igual era impresión mía, pero todos se le parecían.

Marchándose sin pagar...

Conserjes y botones muy agradables, personal de Recepción muy atento, es Estados Unidos, un hotel de lujo y Nueva York. Se nota esa cultura de servicio americana, tan cargante en ocasiones pero ágil, educada y eficiente. Quizá llevase un poco de tiempo preparar la cuenta de las tres habitaciones que pagué yo, pero tampoco como para montar un escándalo.

En definitiva, una entrada breve sobre un hotel para estancias breves. No es que no merezca más comentarios, es que no hay mucho más que decir. Desconozco si tiene piscina, Spa, gimnasio y demás, no me dio tiempo a interesarme por ello. Todo lo que no se haya dicho, quiere decir que funcionaba bien, como por ejemplo el wi-fi (eso sí, de pago).

Wi-Fi de pago…

Sofitel New York, 44th Street West. Con la de opciones que hay en Nueva York, considerar sólo ésta no me parece justo, pero no deja de ser un buen hotel, con precios al mismo nivel. Quizá sea una forma de ahorrar si en origen uno iba a quedarse en el Four Seasons, cosa que siempre pasa cuando hablamos de Sofitel.

sábado, 3 de marzo de 2012

Toyota Harrier, conduciendo por Birmania

Es la segunda vez que me pongo a redactar este artículo. Creo que tanto tiempo sin escribir apropiadamente en Español me ha oxidado un poco la neurona, pero intentaré lograr algo decente y publicable acerca del último coche que he conducido, y del lugar en el que lo he conducido.

En estos países como Birmania, las empresas de alquileres de coches no existen tal y como se conocen en el resto del mundo. Es muy raro conseguir algo sin conductor, y la mayoría de las agencias no son más que pequeñas empresas familiares con tres o cuatro coches o furgonetas que alquilan a turistas, con su correspondiente chófer y, muchos, con guía. No resulta fácil lograr la libertad de ir por donde a uno le dé la gana, cuando quiera, y sin cargar con un chófer. Chófer que, siendo birmano, es muy probable nos cause cuatro infartos y tres anginas de pecho por la forma de conducir.

Furgona con chofer, nada apetecible

Pero resultó que en cierto hotel de la ciudad en el que estaba comiendo el sábado pasado, tenían un panfleto de alguien con una flotilla de coches inmundos en alquiler. Bueno, no todos inmundos, pues había un Toyota Harrier blanco con muy buena pinta. Como seguramente desconozcan, el Toyota Harrier es el coche que Lexus vendió en España a finales de los años 90 con el nombre de Lexus RX300.

Curioso fue llamar desde el hotel y que el teléfono sonase en el hotel mismo. La propietaria de la agencia estaba allí comiendo. En unos minutos se arregló el asunto y se concretó un alquiler de 100,000k kyats por día, recibiendo el coche a las ocho de la mañana del domingo, entregándolo pasadas las nueve de la noche. En el precio iría incluida la gasolina. Me gusta la gasolina…

A ellas también les gusta la gasolina, qué horror…

El coche era sencillamente perfecto. En un estado de deterioro propio de los coches de lujo que terminan en el Tercer Mundo, es decir, bien, indicaba algo más de 130.000km. Totalmente equipado, al nivel de los Lexus europeos, y por desgracia sin los accesorios birmanos clásicos, que incluyen fundas de felpa para todo tipo de componentes, fundas de asientos de personajes animados japoneses o clubes de fútbol ingleses, ambientador (que sí se había quedado puesto), funda de plástico para el volante de cuero (en fin…), tapetes de ganchillo sobre los asientos, puertas plastificadas, dos o tres juegos de alfombras diferentes puestos a la vez, etc… La verdad es que el coche venía de lo más occidental, un gran alivio.

Las impresiones de conducción se corresponden con un coche elevado pero no muy grande, con motor V6 de gasolina y cambio automático de cuatro velocidades, tracción total, buenos frenos, japonés y 13 años encima. Es decir, sencillamente perfecto, como ya he dicho. No es que me guste repetirme, pero es la realidad. Tan perfecto que resultaría aburrido en cualquier circunstancia normal, pero que en Birmania es un gran alivio, otro.

Toyota Harrier, foto no contractual

Conducir un coche así le hace a uno plantearse la compra de coches nuevos. Es evidente que un coche nuevo siempre tendrá ventajas respecto a uno usado, pero si la depreciación del usado es grande… Este Toyota tenía todo el equipamiento que se puede necesitar de un coche, todo funcionaba perfectamente, y a día de hoy se pueden encontrar unidades por poco más de 10.000 euros, que es el precio de cualquier utilitario insufrible coreano.

Evidentemente, es cosa de cada uno el decidirse por un modelo u otro, pero no me queda ninguna duda de la bonanza de un coche así, lo que me lleva a concluir, sin probarlo, que seguramente el Porsche Macan, cuando salga a la venta, sea el coche más equilibrado del mundo (sin tener en cuenta el precio), por no decir uno de los mejores, y que habiendo conducido modelos como Volvo XC90 o Porsche Cayenne, el tamaño inmediatamente inferior (Volvo XC60, Range Rover Evoque, etc…) se hace realmente ideal.

Land Rover Evoque, foto tampoco contractual

Por caminos polvorientos, sin ninguna dificultad trialera, claro, mi Toyota Harrier se mostró excelente: confortable, capaz, sólido, seguro. Todo perfecto. Por carretera, sencillamente un turismo más, con la ventaja de la altura que permite una mejor visibilidad. Amplitud más que suficiente, capacidad ideal, y todo en un tamaño ni muy grande, ni muy ancho ni muy largo. Me ha gustado mucho, la verdad, entrándome unas ganas tremendas de subirme en un Land Rover Evoque en cuanto me sea posible, por no decir comprarlo.

Toyota Harrier, en otro ángulo

La conducción birmana resultó, como no podía ser de otra forma, sorprendente. No olvidando que mi permiso de conducir birmano me costase 50 dólares y firmar en un papel (convalidación automática-pagando, claro), te haces a la idea de que la gente aquí ha aprendido a conducir, si es que ha aprendido, de forma aproximada. La ciudad es un caos a vista del extranjero o del turista. Pero lo que pasa es que el extranjero o turista suele ser imbécil, y no darse cuenta de que no está mucho peor la cosa que en Londres, París, Madrid o Ginebra en un día de tráfico. Esto no es ni Hanoi ni El Cairo. Conducen mal, sí, pero no mucho peor que la masa conductora internacional. La dificultad son las condiciones de las calles y sus múltiples ocupantes, a los que no estamos acostumbrados. Bicicletas, trishaws, carros, niños, perros, señoras con cosas sobre la cabeza, señores en falda, autobuses en los que va un conductor conduciendo y un tipo con medio cuerpo fuera increpando a los demás, etc… no resultan más impredecibles o incómodos que el enjambre de scooters, motos y furgonetas de reparto que se mueven por cualquier ciudad, aunque sean más exóticos.

Autobús con increpadores

Pronto, tras pasar por grandes avenidas y calles que, de tener otras aceras, podrían ser la campiña inglesa (por el trazado, no por otra cosa), nos acercamos al puente que cruza el río Ayeyarwaddy (o Irrawaddy) y que nos adentra en el delta. Podría girar a la derecha y entrar en la FMI-City, una mega-urbanización espantosa, o a la izquierda y dirigirme hacia el club de golf de Phung-Laing, una auténtica maravilla de campo e instalaciones, pero no me apetece, así que continuo de frente. No pasan más de 10 kilómetros y el paisaje ciudadano da paso a campos de arroz y cabañas. Una gozada. Al poco tiempo, algo que parece un control militar, pero que resulta ser una ralentización para poder hacer ofrendas a la construcción de una pagoda. Continuamos.

La experiencia es magnífica, y nos damos cuenta de un detalle que no hace más que diferenciar nuevamente a este país de cualquier otra tierra conocida. En un correctísimo inglés, Rudiyard Kypling escribió: “this is Burma, and it will be quite unlike any other land you know”. Y es así, al hecho de tener una diferencia horaria de media hora con Tailandia, sumo también el ser el único país que conozco en el que se conduce por la derecha, con el volante a la derecha, y se adelanta por la derecha.

Conducción en bus, aún peor

Tiene su lógica, más o menos. Conducir por la derecha imagino que será una ruptura con el pasado colonial (no hace mucho que lo hacen). El volante a la derecha no es más que una consecuencia de comprar los coches usados en Tailandia o en Japón. Y lo de adelantar por la derecha, es decir, por la cuneta, resulta mucho más cómodo y seguro dadas las circunstancias.

De repente, te encuentras en una carretera ancha, circulando a velocidades elevadas, y adelantando por cunetas cual participante macarra de la Gumball. Y levantando polvo, claro. Toda una experiencia, que yo tengo pensado repetir, quizá mañana.

Toyota Harrier o Lexus RX300, usado, una buena compra como alternativa familiar a los horrores carísimos actuales.

sábado, 27 de agosto de 2011

Etihad Airways, Business Class...

Otra vez en el aire, lo cuál supone salir de Yangon y entrar en un mundo en el que el acceso a Internet está más o menos liberalizado. Digo más o menos porque yo me las creía muy felices hasta que he visto el aviso de que el gobierno de los Emiratos Árabes Unidos también regula el acceso a determinadas webs, aunque acertaré a actualizar con una entrada sobre la aerolínea nacional de Abu Dhabi, extensamente decorada con carteles del Gran Premio de Fórmula 1, para placer visual.

Hermoso...

Al tema. Vuelo Bangkok - Abu Dhabi - Nueva York, en dos etapas con parada y fonda en el emirato, incluyendo noche en un hotel nada lujoso pero suficientemente cómodo, limpio, amplio y funcional, dentro del aeropuerto. Y gélido, en el que la habitación estaba a 17 grados a mi entrada, y el aire acondicionado se puede configurar para que sople a 10 grados. Y con una ducha potentísima.

Boeing 777-300, clase Business. Iba a escribir una entrada extensa con información y calificación del registro, embarque, asiento, comida, etc… paso. Para cualquiera de esos datos lo mejor es buscar en Internet, y siempre se corre el riesgo de sufrir un mal día del avión, de su tripulación, del cocinero, del horno, de la chica que hace el registro o de la novia del que te abre la puerta, y llevarse un chasco.


La comida islámica que probé, bien. Hay muchas opciones y, por primera vez, he visto un menú a la carta disponible en cualquier momento del vuelo. Muy bien. Relativamente amplia lista de bebidas para pillar la gran cogorza, y todo bien servido en una vajilla agradable y con una cristalería de tamaño normal, no miniaturas. Veremos qué tal sale en el vuelo de Abu Dhabi a Nueva York, aunque ojo, que todavía les quedan otros tres vuelos para probarme que se come bien a bordo…

El asiento es estrecho. Es el comentario general que se puede leer por ahí, y aunque se hace cama, aunque es individual (no hay que saltar por encima de nadie para salir) se siente estrecho. Fundamental elegir asiento en ventanilla, si no se es de talla XXL, por motivos de privacidad. Los de pasillo me parece que quedan demasiado expuestos. Buena pantalla, buena selección de películas, programas, músicas, juegos, etc… pero asiento estrecho, y cuando se hace cama sólo queda ponerse en posición de cadáver (conocida como de Conde Drácula) y dormir.

Es que es estrecho.

Los asientos tipo cama están bien porque es más cómodo llevar los pies en horizontal que llevar todo el cuerpo inclinado, pero creo que salvo que hablemos de una verdadera cama (y para eso hay que pagar Primera Clase), una postura a lo chaise-longue resulta más cómoda para descansar (o incluso dormir). Regulación eléctrica, masaje… el asiento es una copia reducida de los de Primera Clase de muchas aerolíneas, cono la Thai. Pero sigue siendo estrecho.

Pero lo peor no es eso, lo verdaderamente terrible es el espantoso olor a pies generalizado. Y es que volar en billetes caros tiene muy poco de glamour, porque la privacidad no existe y estás obligado a identificar los efluvios de las pezuñas ajenas, hasta el punto de que huele tanto que empiezas a sospechar que sea uno mismo quien apesta. Pero no, eran mi vecina de la izquierda y, especialmente, un inmenso señor que tenía a mi derecha. ¿Habrá mejor suerte en los próximos vuelos?

Airbus A340-500, más hermoso todavía.

También resulta curioso el estampado penitenciario de las mantas, con una raya y unos colores sacados de las películas sobre nazis. Un paseo en mitad de la noche por la cabina y ves gente que ha pagado un dineral por ir durmiendo, o dormitando, envuelto en mantas a rayas, sobre un cojín a rayas, en minizulos estrechos y rodeado de carteles en árabe. Curioso.

Los baños… cero. Pero cero patatero. Yo esperaba ver algo bien puesto, con sus cepillos de dientes, sus vasos, sus geles, sus colonias, sus flores decorando… Vamos, un baño propio de una clase Business. Y no, no es más que un baño de Turista con un par de sprays de tónico y de crema. Gran desilusión.

Así no eran....

El vuelo fue tranquilo y puntual, muy buen servicio a bordo, sin atosigar con miles de ofertas, que si esto, que si lo otro, que si el duty free, que si quieres más bebida… No, nos dejaron dormir. El llegar a medianoche a destino, después de haber cenado y dormido porque para uno son las 3 de la mañana, se hace raro. Pero nada, directos al hotel, dos habitaciones individuales, y hasta mañana.

Y a la mañana siguiente es cuando se produce un pequeño milagrito de estos que, a veces (casi nunca, de hecho), dan las compañías aéreas. Cola inmensa para pasar control de seguridad (el segundo del día, es lo que tiene volar a Estados Unidos), el billete de clase Business te evita la cola. Control, quítate los zapatos, deja el reloj ahí, saca el ordenador, pasa por el arco, vístete de nuevo, y Juan Carlos me dice hola. ¿Juan Carlos? Encargado de recolectar las tarjetas de embarque, saludos de rigor, risas y tal… "Déjeme sus tarjetas de embarque otra vez… Señor Conde, aquí tiene, asiento 1K, Primera Clase". Lo que se viene a llamar "free upgrade", o de como pasar de ir en un asiento estrecho a la verdadera cama de la que hablaba antes. ¡Maldita sea, me toca esto en un vuelo de día!

El camarote

Comodísimamente instalado en mi suite individual, voy escribiendo este texto mientras me tomo mi té moruno y escucho el último álbum de Britney Spears. Porque hay una variedad tremenda de música árabe para escuchar, e incluso podría ir oyendo los versos del Corán, pero bah, un poco de Britney siempre viene bien.

A mi derecha, tres ventanillas, un compartimento para revistas, otro para los controles del sistema audiovisual, una pantalla táctil para controlar asiento, iluminación y privacidad, el compartimento donde se guarda una mesa enorme, y al fondo otra guantera cerrada con unos cacahuetes y un botellín de agua Voss. Frente a mí, una pantalla de bastantes pulgadas y mi reposapiés, que hace de asiento en caso de que mi acompañante quisiese comer conmigo (gracias al tamaño de la mesa). Un asiento de cuero de considerable anchura, y unos tabiques separadores para privacidad a mi izquierda completan el "camarote". Dentro de los tabiques hay un armario para colgar la chaqueta, en una percha de calidad.

La gran pantalla

He tenido la suerte de ver más de dos y de tres aviones privados de diverso tamaño y pelaje, y si descontamos todo lo que es tipo Boeing Business Jet o las versiones privadas de los Airbus, esta primera clase de Etihad confirma mis sospechas: si hablamos exclusivamente del vuelo, las diferencias con un jet en cuanto a mero confort son mínimas. Es evidente que con un jet personal uno decide a dónde va en cada momento, o como dice la publicidad de una empresa de alquiler de aviones, decides en cada momento quién viaja contigo y quién no (entiendo que mediante la apertura de la puerta y la utilización de la técnica del tío Phil con Jazz en "El Príncipe de Bel Air").


Técnica quizá utilizada en las zonas por las que estoy pasando en estos momentos, pleno Irán enfocando a Teherán tras dejar atrás Shiraz. ¡Qué coño, me gusta viajar y me gustan los aviones!

Tras una comida muy bien servida (con tanta amplitud, como para no), tocó ver una película y pegarse una buena siesta, para ir aclimatando el cuerpo al horario norteamericano. Para dormir se proporciona un pijama negro con el que se adquiere aspecto de artista de hip-hop, pero que es muy confortable también. Asiento en posición cama, al ser un vuelo de día no hay instalación con sábanas y demás, cierre de mamparas, cartel de no molestar, terminar la película, y a sobar mientras sobrevuelas Estonia, o Letonia, o a saber. Y despertar y ver que estás sobre Groenlandia, por ejemplo.

A dos horas de llegar a Nueva York, un pequeño almuerzo del menú a la carta, excelente. Creo que el alcohol lo dejaré para el vuelo de vuelta, que en Business también ponen buenos vinos y champagnes.

New York!

Decía antes que el aseo del primer vuelo era de cero. El de este vuelo es de 12 sobre 10, muy amplio, con buena iluminación, todo negro por dentro con mucho cromado, dos ventanillas, surtido de productos de aseo… Pero sigue faltando la colonia, ¡qué les costará poner un par de sprays!

Queda poco más de una hora para aterrizar, sufrir el calvario de inmigración, que el coche nos lleve al Sofitel de DSK, ducharse y cenar ya metidos en faenas mercantiles. Si este artículo sale publicado, señal de que todo salió bien. Yo de momento me retiro a contemplar el paisaje como si fuese la primera vez que vuelo. O sea, como siempre.

domingo, 24 de abril de 2011

Audi A1, concentrado de tontería

Qué pena, de verdad, qué pena. Es que ponerse a escribir sobre el Audi A1 sin haber conducido también al mismo tiempo un Mini y un Citroën DS3, te deja la sensación de que te estás limitando mucho y de que, pongas lo que pongas, el texto va a quedar cojo, falto de ese algo que dan las comparativas. Comparativas que dicen algunos son odiosas, pero en este caso creo que totalmente necesarias. Es que circulando por París, como ha sido mi caso, no pasan diez minutos hasta que aparece un Mini o un DS3 con conductor similar y con tus mismas intenciones, que es hacer de la ciudad tu circuito y transportarte en modo pijo por las calles del XVIème Arrondissement en un sprint constante de semáforo a semáforo, pero con estilo y con cierta desgana, cosa que imagino es lo que a uno le sucede cuando se puede gastar todo ese dinero en un coche tan pequeño. Y te imaginas cómo sería hacer eso en el Mini o en el Citroën, mientras miras el símbolo del volante del Audi.

El DS3, si lo quieres tú también tienes que molar...

Empecemos por fuera, y yo diré que me gusta, ¡vaya que si me gusta! Quizá en rojo con los arcos del techo gris, que es esa combinación que inexplicablemente aparece por todas partes, el coche se vea raro. El frontal, clónico de Audi, creo que le resulta atractivo a casi todo el mundo. En el color burdeos del coche que yo he tenido estos días, la carrocería se ve elegante, compacta y equilibrada. Sinceramente, las combinaciones con decoración deportiva tipo Audi Quattro me parecen fuera de lugar en estas formas, porque el coche no lo veo tan agresivo como el DS3, ni tan personalizable como el Mini. Tonos oscuros, aunque no por disimular las formas, sino por mera cuestión de elegancia, es lo que creo mejor le van al Audi A1.

Las puertas abren decentemente, el maletero es lo suficientemente cómodo de acceso, y poco más podemos decir, pues hablamos de un coche realmente pequeño, de estos que en una mirada lo has visto ya entero. Al lado de un Ibiza, por aquello de comparar con la misma base mecánica pero a mitad de precio, las diferencias son notables y creo que gana el Audi. Se ve bueno, que es algo que también importa.


El interior es pequeño, pero eso ya lo teníamos que haber adivinado de antemano. Sin embargo, las plazas delanteras se sienten muy cómodas, y uno no va especialmente comprimido, ni tampoco chocando con el acompañante. Detrás ha de ser otro mundo, ciertamente, pero tampoco es algo que me preocupe, y tampoco es que me haya sentado detrás, ni siquiera intentar acceder, pero sí puedo decir que el hueco para las piernas detrás de mi asiento no se veía minúsculo. Los asientos resultan cómodos, de una dureza perfecta y con buena capacidad de sujección. La tapicería de cuero se hace obligatoria, dándole al coche el tacto general que merece. Todos los mandos se sienten buenos, como bueno se siente el salpicadero. Buen tacto de volante, buen tacto en parado de la caja de cambios, ajustamos todo y nos preparamos para arrancar. Comienza la verdadera prueba, pues los coches se fabrican para que sus ocupantes se puedan mover por los sitios, y esas cosas. Comienza la prueba y comienza el descenso a la realidad.


De entrada, el embrague, y por tanto los demás pedales, quedan inexplicablemente desplazados a la derecha, hacia el centro del vehículo. Te acostumbras en seguida, pero resulta raro. Que eso te pase en un Testarossa es lógico y normal, pues los Ferrari de hace años eran coches construidos de forma aproximada en los que lo importante siempre era el coche, por encima del conductor, pero en un Audi moderno de tracción delantera... Poner primera no cuesta nada, claro. El problema es que aquello está mucho más cerca de un Renault Clio diesel que de un BMW Serie 1 en tacto en general. La visibilidad no es mala, en el sentido de que hay retrovisores y esas cosas, pero tampoco me pareció buena, y menos en el estresante tráfico de motos de París. Ponemos primera como lo haríamos en un Opel Corsa, con poca sensación de verdadero contacto, y echamos a andar. El tacto es sencillamente de coche pequeño, de utilitario, todo ello. Dirección, frenos, estabilidad, cambio, etc... coche utilitario de ciudad.

Coche caro, hotel caro, pero alquilado en una low-cost.

¿Estaré yo confundido? Es que me llamó mucho la atención que aquello fuese tan “vulgar” en conducción, esperaba algo más... algo más... no sé, algo más, sencillamente. Por eso tendría que haber conducido los otros dos, para poder certificar, o no, el tacto de coche menor que tiene el A1. El que sí conduje hace tiempo fue el Alfa MiTo, que ya lo tenía casi olvidado, con el modo on-off en el que tenemos un coche duro y potente, excesivamente duro de dirección en ciudad, y un montón de hierro con asientos y formas agradables, movido por un ratoncillo que da pedal mientras los amigos de Iñaki Perurena, a los que también tiene que mover el ratón, te ayudan para que puedas mover el volante con una pestaña.

Luego, puesto en la calle, no es para tanto...

Pero quizá eso dé igual cuando reducimos el uso del coche a lo que es su terreno natural: la ciudad y sus alrededores, o la juventud dorada de ir a la playa en verano con el cochecito y el carnet sacado de hace 10 minutos, o el uso de señora con posibles, señora que como es lógico nunca distinguirá un coche de otro por mero desinterés. Es un coche simpático, elegante y con estilo, no se le puede pedir más. O quizá sí, porque realmente cuesta un dineral, pero ese es otro tema. No sé, quizá si se pinta de racing y el dueño tiene alergia a ir en un Renault Clio Sport, cosa evidentemente mucho más deportiva, la cosa cambie... pero lo dudo.

Mi coche, con su motor 1.6 diesel de 90 caballos, andaba lo que cualquier coche turbodiesel de 90 caballos: poco a bajas vueltas y relativamente bien en cuanto sopla el turbo. La media de consumo obtenida, 4,9 litros a los cien kilómetros, calculados como suelo hacer relacionando los litros que entran en el depósito con los kilómetros recorridos, me parece bastante baja, conseguida seguramente gracias al sistema start-stop, con un apagado de motor imperceptible y una arrancada que hace dudar de la durabilidad del sistema con el paso de los años. He dicho apagado imperceptible, por la paz en la que queda uno cuando el motor se apaga. No porque sea ruidoso o vibre, sino por el ruido y la vibración. Me explico: el motor no suena a horrible diesel de los años noventa, afortunadamente, pero suena grave, con una presencia continua que no llega a molestar, pero que se agradece cuando desaparece; además, no llegan vibraciones al volante o a la caja de cambios, ni mucho menos al asiento, pero sí que noté una vibración bastante desagradable en el pedal del freno, de las de decir “estoy en un utilitario, no en un Audi”.

Espacio para equipajes, tampoco me pareció pequeño...

La pregunta: ¿merece la pena? Si se puede pagar, sí. Sé que he dicho lo mismo del BMW 116d, pero es que no se me ocurre otra respuesta. ¿Por qué no comprar el coche que a uno le gusta si no hay problemas para ello? Las dudas surgen al ver la cantidad de alternativas que existen, a precios más bajos, o la cantidad de dinero a desembolsar por algo tan pequeño, pero deberían desaparecer si el Audi A1 es el coche que nos gusta y el coche que se adapta a nuestras necesidades, y lo podemos pagar. Desde luego, para moverse por París me ha resultado un coche ideal.

Y como ésto lo escribo, como con la prueba del BMW 116d, sentado en relativo confort en un Airbus A380 de la compañía Singapore Airlines, mientras un bebé francés de poco más de un año no para de gatear por debajo del asiento para desesperación de su madre, y sin posibilidad de entrar en el configurador de la web de Audi para alucinar viendo los precios en los que nos ponemos con un A1 “ideal”, no hablaré del precio. Bueno, sí, que uno puede gastarse 42.000 euros en un A1, si se lo propone. Y eso es bueno cuando se trata de dar imagen, porque... es de lo que se trata con estos coches, ¿no? Y también de que dentro de algunos años el precio de segunda mano será más cercano al de un coche “normal”, y quien no dé importancia a llevar lo último sino a llevar una marca (y unos acabados interiores, ojo, no nos olvidemos de esto porque el coche malo no es, en absoluto), podrá comprárselo y decir “tengo un Audi repijo”.

Prueba del Audi A1, un artículo a terminar antes de que mi vuelo alcance la noche cerrada de Oriente, sobre un coche que nunca me plantearía comprar, pero que me ha gustado considerablemente más que la comida que me han servido hoy. Y el consumo de 4,9 litros es de 150 kilómetros al 70% de ciudad pura y dura, y 30% de autopista, que cada uno saque la conclusión que necesite sacar de ahí.

martes, 19 de abril de 2011

Les Bistronomes

Como en todas las grandes ciudades, escribir sobre cualquier restaurante pequeño y poco conocido tiene un lado positivo y otro negativo. El negativo es que te dejas en el tintero cientos de otros sitios seguramente igual de buenos y agradables, y el positivo, en este caso, es que escribes sobre el restaurante de un amigo, y sobre un restaurante bistrot sencillamente magnífico.

Sylvain trabajó años en la industria hotelera parisina. No nos habíamos vuelto a ver desde que a finales de Agosto de 2007 abandonase yo París. Fue precisamente en su casa en la que pasé la penúltima tarde allí (la última fue con mi familia, ya preparados para el viaje). Durante esos años seguía trabajando en hoteles, desde entonces ha estado buscando su sitio, y creo que lo ha encontrado con la apertura de Les Bistronomes, un pequeño bistrot que maneja junto con Cyril, su socio y chef.


Un sitio pequeño, de buen ambiente, al que ir a comer o a cenar en un ambiente que no por ser más o menos informal, implica un mal servicio o una cocina “corriente”. En absoluto. De hecho, la calidad del servicio, por cercanía humana, es lo que le da ese toque personal del sitio al que apetece ir a disfrutar, sin perder ni las formas ni el estilo, ni el confort, pero sin sentirse obligado a cenar en capilla, como sucede en esos restaurantes de renombre tan carísimos, en los que uno casi que le coge miedo al sumiller, no digamos ya al maître.

A dos pasos de Palais Royale o de Opéra, el local está situado en los bajos de un edificio con el típico portal parisino de pasaje, al que miran las ventanas de vidrio teñido del restaurante. Es un sitio pequeño, ya lo he dicho, es un puro bistrot en el que las mesas están cerca las unas de las otras. Porque París es una ciudad cara, en la que el espacio es el verdadero bien de lujo. Pero aquí no hemos venido por el espacio, sino por el ambiente y por la comida.


La carta es breve pero directa. Unas entradas agradables, productos de temporada y de mercado, y unos platos (pocos) por los que cuesta decidirse. Éramos tres para cenar, y a dos se nos ocurrió pedir lo mismo, y como el placer personal va muy por encima del blog, sintiéndolo mucho por los lectores, nos mantuvimos fieles a nuestra elección y nos quedamos sin probar algún otro de los platos. Cayeron un filet de pigeon (perdonen el afrancesamiento tan snob, pero es que traducir eso como filete de pichón me suena tan ridículo como intentar sacar un filete de un pájaro pequeño), y un bar rotie, que es una lubina asada y que podría haberlo escrito en español, pero por seguir la tónica...


El pichón es en realidad un hojaldre relleno. La base de la tartaleta es repollo salteado, luego viene la carne con alguna que otra cosa, y todo va cerrado. Se sirve con una salsita opcional. La carne perfectamente poco hecha, como debe de ser, sabrosa y jugosa, creando un plato sencillamente rico y agradable, con una delicada presentación. El pescado yo creo que es una mejor opción, y se emplata sobre una especie de risotto de arroz negro con alubias rojas y guisantes, ligeramente aceitoso y que el chef llama “tipo paella”, que es una delicia. Y las porciones de pescado vienen perfectamente cocinadas, en un punto de cocción y de dureza que es eso: perfecto. Así da gusto.


De postres yo pedí un milhojas de plátano flambeado al ron añejo, servido con un helado de no recuerdo qué. Lo sé, es una crónica vaga... Es peor aún, mis amigos pidieron un algo que tenía piña (con lo que ni me planteé probarlo por cuestiones alérgicas), y otra cosa que no era con chocolate, sino con crema chantilly. Discúlpenme por tan terrible descripción, pero uno estaba algo cansado y yo no soy muy de postres. De todas formas, nadie quedó insatisfecho con el menú, lo que indica la buena calidad de todo lo servido (mis amigos son también muy de disfrutar de estas cosas). Y es cuestión de entrar en la web del restaurante y ver los menús y las fotos...


Acompañamos la cena con una copa de tinto para la señorita Nunzia, un agua con gas para el señor Xavier, y yo no podía pedir otra cosa que una cerveza. Al terminar, Sylvain nos ofreció un benjamín de Ratafia, que es una bebida hecha con mosto de las uvas del Champagne, alcoholizada a posteriori (no fermentada), de color tirando a rosado oscuro, relativamente agradable.


¿He dicho ya que fue todo estupendo? A veces apetece salir a cenar y disfrutar, y llevando un año en Laos y estando de vacaciones, más. No puedo decir que, desde el punto de vista del placer culinario personal, la cena en Les Bistronomes sea 10 veces mejor que la cena en una brasserie de Neuilly recién aterrizado en París el otro día, con un tartare delicioso y cerveza de barril. Son cosas diferentes, y si Sylvain sirviese aquel tartare, yo también habría quedado a gusto. Es el conjunto de todo, lo simpático del local, la cercanía del servicio, la cercanía de las otras mesas... es un bistrot, y ya tenía ganas yo de volver a uno. Me alegro haberlo hecho al de un amigo, y no dudo en recomendarlo, sin duda.

Les Bistronomes, 34 rue de Richelieu, 75001 - París, plato, postre y bebida por unos 50 euros por persona. Es caro, pero al tiempo no es caro. Es París, pero el París de los de allí. Conviene llamar para reservar.

lunes, 18 de abril de 2011

BMW 116d, segundo asalto

Mirando las estadísticas del blog, llama la atención que el artículo de la prueba del BMW 118d siga siendo la página que más visitas recibe. Tras haber vuelto a conducir un Serie 1, me siento obligado a reescribir el artículo, aquel en el que hablaba de un “terrible motor”.


Avis es una verdadera lotería, al menos en el aeropuerto de Asturias. Volviendo de Laos por vacaciones, tras un año sin conducir, qué menos que alquilar un coche con el que llegar a casa desde el aeropuerto, porque sigue sin estar comunicado por tren, y desquitarse-desquiciarse por la autopista a 110. Como digo, esta oficina de Avis es una lotería, pero lotería en la que siempre pierdes, salvo que protestes. Yo tenía alquilado un Audi A3, porque es un coche que me gusta y, de entre los anunciados en la web, era lo más decente o apropiado. Pero no, me quisieron dar un Volkswagen Golf, que no es un mal coche, pero es que no es un Audi (aunque la base sea la misma). Luego un Volkswagen Passat, que es un gran coche cuando tienes 52 años y eres una persona seria, es decir, aburrida al menos automovilísticamente, que no pudo comprarse el Audi A6. Luego otra vez el Golf, luego ya a saber qué. Hasta que inexplicablemente, de la nada, surgió un BMW 116d. ¿Tanto trabajo cuesta ofrecer ese de primeras? Se ve que no, y se ve que no guardan el historial de clientes, porque les he alquilado unos cuantos ya (y siempre me la intentan colar).


Sacada de KM77, claro...


Al tema, BMW 116d 5 puertas, blanco taxi, interior negro, 1.400km en el contador, coche nuevo. Se agradece que sea nuevo, pero ya aviso que eso ha podido condicionar las conclusiones que van a leerse a continuación. Por fuera me gusta, creo que ya todo el mundo lo ha visto mil millones de veces (especialmente en Asturias, o más concretamente en Oviedo, donde parece que los regalen a la muchachada de la “zona alta”). Por dentro se nota que es una evolución. Ya tiene sus años, pero conviene recordar que la chapucilla de la guantera sujeta por una cinta de nylon, o la simplicidad insultante de las puertas, han dado paso a un interior pelín más adecentado, en la línea aparente del Audi A3. El coche sigue siendo BMW en postura de conducción, en calidad de asientos, en calidad interior en general, en la dureza que se nota ya en parado. Más que dureza, solidez. Claro, no al nivel de un Porsche, pero sí por encima de coches más económicos. Porque, como seguramente vuelva a decir más adelante, los coches caros son generalmente mejores que los coches baratos.


Claro, ellos te ponen el de gasolina a tope de equipo...


El acceso a las plazas traseras sigue siendo malo, no han cambiado las puertas, claro está. Entre que la puerta abre poco, y el respaldo del asiento queda muy retrasado, uno intenta entrar y se va para atrás en caída libre. No, no es así. Y no es así porque al escalón de entrada, muy alto y profundo, se le sigue sumando ese ridículo espacio para los pies, por el que sólo pasan pies de tamaño niño hasta 6 años. Cosas del diseño, claro. Así, es probable que uno quede sentado en escorzo, con la puerta abierta y los pies fuera del coche. Postura digna, que se dice. Sentar dos niñas atrás, con sus correspondientes sillas, y atarlas, es realmente difícil e incómodo, más pensando que el coche tiene puertas y tal. No creo que hacer eso en un Mini Clubman sea mucho más difícil. Pero si no, siempre se puede optar por llevar exclusivamente acompañantes adultos amputados de tobillo para abajo. Lo que pasa es que uno está de vacaciones y va a la playa con la Infanta y su prima.


Delante no, delante uno va magníficamente, como corresponde a un gran coche, aunque lo cierto es que el espacio interior no es especialmente amplio, y el techo queda cerca. Es algo que me llama la atención en estos coches cerrados, quizá demasiados kilómetros descapotado tienen la culpa, pero midiendo 1,79 y con el asiento casi abajo del todo, no más de cuatro dedos separan mi cabeza del techo.



En realidad era como éste

El embrague es de coche grande, largo y sólido. La caja de cambios tiene un manejo delicioso (para ser lo que es), los frenos frenan, el acelerador acelera (dentro de las posibilidades del motor que se le ponga), y la dirección es directa. Obvious good car is obvious. El tacto es, como ya pasaba en las primeras unidades, de coche grande, y se agradece. El tacto es de calidad, por encima del resto, lo nota el conductor y lo notan los pasajeros. Dejémonos de tonterías, a casi todo el mundo le gusta una vez instalado dentro y en marcha (cosa distinta es que les guste pagar por ello).


El motor. De entrada, sistema star-stop que funciona de forma perfecta, parando el motor sin vibraciones y arrancando al pisar el embrague o al mover la palanca, también sin mucha vibración. El coche suena a diesel, porque lo es, pero es sólo el sonido. Aquella sacudida generalizada que daba el 118d que probé ha dejado de existir. ¿Puede que sea por ser un coche nuevo y tener aquel otro sus 8.000 kilómetros de pasar por mil manos? No lo sé, y no me atrevo a asegurarlo. En marcha el motor responde tal y como uno puede esperar de la potencia del motor, dato que desconozco en estos momentos y que, verdaderamente, me trae sin cuidado. Puede dar una aceleración bastante decente, y también ser un poco frustrante si pretendemos que remonte en sexta desde poco más de 100 kilómetros por hora. Quédense con lo primero, lo segundo es practicar conducción estúpida.


Que si hay que elegir, el que me gusta es éste


Entre que el coche era blanco y el ruido del motor, por ciudad me sentía un poco taxista, pero al menos taxista con un coche bueno. La suspensión es rígida, todo el coche es rígido, cosa que a mí me gusta. Por autopista tiene un aplomo excelente y el motor, como he dicho, da una respuesta relativamente adecuada (lo ridículo es esperar la entrega de potencia de un V8 biturbo, cosa que algunos se empeñan en seguir esperando de cada coche que prueban). La excelente dirección se deja notar en carretera revirada, donde también la tracción trasera colabora para una buena experiencia. La caja de cambios es casi perfecta, y por un momento soñamos con tener un 135i coupé, o el Serie 1 M coupé. Y es que viendo cómo es este 116d, esos otros han de ser realmente espectaculares.


¿Terrible motor? Al menos, en esta unidad tan nueva, no. En absoluto, cualquier ruido (aunque espantoso) es compensado con todo lo bueno que da el coche, que es mucho. Convendrá ponerse guantes y taparse la nariz al repostar el engrudo oleoso que usa el motor, pero es un mal menor. Unos 300km de uso totalmente mixto con autopista de limitación ridícula, vías rápidas, aceleraciones sin ningún tipo de contemplación, ciudad, atascos, garajes, etc... una media de 6,5 litros calculada a base de relacionar kilómetros recorridos con gasoleo pagado, a mí me parece poco (aunque de seguro el fabricante anunciará un consumo mucho menor), lo cual ayudará a pasar menos veces por las gasolineras.


Si necesitase un coche así y entrase en mi presupuesto, no lo dudaría. Yo soy de sacrificar motor por equipamiento, y en este caso tampoco lo dudaría. BMW sacó una evolución del Serie 1 y corrigió cosas. Las mecánicas mejoraron, como lo hizo el aspecto exterior. El coche es, actualmente, de un equilibrio abrumador. La calidad está tan por encima de la media como lo están los 135i o el mencionado Serie 1 M coupé del 95% (porcentaje no contractual y basado en el éter y la alineación planetaria del Airbus A380 de Singapore Airlines desde el que escribo esto) restante de los coches a la venta en España, o en el extranjero.


No nos engañemos, aunque el aeropuerto tuviese tren directo también habría alquilado un coche... BMW 116d, demasiado dinero, pero teniéndolo y pudiendo vivir con ese compromiso de espacio, sigue siendo una de las mejores opciones.

 
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