lunes, 5 de mayo de 2008

Lo sabe todo

Es que no falla. Es salir de casa, enfocar la calle que me lleva al aparcamiento, y frente a la misma farmacia de siempre, el mismo barrendero de bigote de todos los días me cierra el paso. Hoy lo he estado observando, para estudiar sus movimientos y poder proceder al quiebro de una forma eficaz, pero es inútil: este señor tiene una habilidad innata para bloquear a cualquier viandante, venga de donde venga. Él mueve su carro a un lado, luego al otro, y cuando crees tener vía libre, saca la escoba o el recogedor siempre en dirección a tu cabeza. Es un genio.

Un genio como el hambriento descubridor de los percebes, como el creador del nudo windsor de corbatas, o como el que puso la opción de “no conectado” en el Messenyeah.

















Un genio como el señor Rubik, inventor del maldito cubo. Y lo llamo maldito porque, desde que me lo regalaron, no paro de mover los dedos y de ver piezas de colores en cada cosa que tengo delante. Si me como un sándwich, en tres segundos pienso en la maniobra que hará que el jamón quede por encima del queso sin cambiar la orientación del pan. Si me estoy duchando, busco cómo invertir el bote de champú mediante giros y así poder sacar la esquina blanca-azul-roja. Si es que hasta en las teclas del teléfono intento ver un movimiento que me permita poner juntas las caras de la esquina colgar-descolgar-almohadilla.




















¡Atrás sentido contrario, arriba sentido contrario, derecha 180º, hombre!

Gracias al cubo he desarrollado una teoría, que dice que cuanto más orgulloso te sientas de haber resuelto el cubo siguiendo las instrucciones de Internet, más gente aparecerá a tu alrededor asegurando haberlo resuelto miles de veces, sin ayuda, y hace años. Yo es que soy un poco tonto, porque sigo sin ver forma de resolverlo por mí mismo, y aunque ciertos movimientos me los sepa de memoria y los haga muy rápido, lo cierto es que no entiendo el por qué de los mismos. O sea, que no, que soy un torpe.

Desde hace un tiempo, hay una persona trabajando en la oficina que, seguramente, resolvió el cubo de Rubik antes incluso de tenerlo. Es más, puede que le haya dado instrucciones a Mr. Rubik sobre el diseño, la comercialización, y la rentabilidad del producto; o sobre el menú para la celebración del éxito; o sobre cómo limpiarse las orejas; o sobre qué aislante es mejor para los techos; o incluso sobre cual es el mejor modelo de inversión en economías africanas en periodos de entre-guerra. Eso como mínimo, ojo.
















¡Esto está dominado!

Es impresionante. Al principio imaginé que probablemente no supiese a qué me dedicaba yo en el trabajo (que no es que me dedique a mucho). Creí que igual me veía como uno más, uno para todo, que lo mismo hacía una fotocopia que atendía al teléfono, que ayudaba en otros lados… Ella sabría. Supongo que algo de chasco se llevaría al verme haciendo eso tan hermoso de tomar decisiones, pero es su problema. Además, con el tiempo he visto que sus constantes correcciones y puntualizaciones van dirigidas a todo el mundo, aunque se trate de Norman Foster en la realización de una de sus obras o de un ingeniero de la Raytheon sobre aviónica militar.

Imagínense a alguien, auxiliar administrativo, dando lecciones de todas las tareas que se desarrollan en la empresa. Pues ahora imagínense a esa persona hablando de cosas que nada tienen que ver con la empresa. Y como muestra, un botón. O dos o tres, depende de los que me salgan…

Un compañero se ha comprado un coche nuevo. Vaya, ha resultado ser un SEAT León. Si leyeron mi “prueba”, entenderán que guardase un respetuoso silencio cuando nos lo enseñó. Ese coche trae unas ruedas desproporcionadas. No les voy a aburrir con medidas, pero basta decir que tiene ruedas más anchas y grandes que las de, por ejemplo, un Honda S2000 de serie. El asunto está en que el motor del SEAT da 140 caballos de potencia, y el del Honda 240, que es simplemente mucho más. El argumento de la sabelotodo fue “es que este coche es un deportivo, necesita esas ruedas”. Qué duda cabe… Ella sabe más de ruedas que todos los ingenieros de Goodyear, y digo esto después de que dictaminase que mis neumáticos eran malísimos para el agua. Neumáticos, todo sea dicho, más pequeños en mi coche de 110cv que los de su Clio de 75. Ella sabrá, claro. De la misma forma que el día en el que me aseguró a mí que la presión fiscal en Francia era menor que en España. Pena que ese día viniese yo de recibir la declaración… O como cuando me dio lecciones magistrales sobre imagen corporativa o informática, todo ello muy interrelacionado.




















Como pase por ahí, la lía…

Seguro que ustedes conocen a gente así. Es esa gente que no puede evitar meter baza en cualquier tema, sentar cátedra mediante un par de refranes mal dichos y quedarse con la última palabra. Suelen, además, alargar un mero “buenos días” en una conversación de 5 minutos mediante tesis doctorales. En el mundo de foros en Internet hay una máxima, que traducida del inglés viene a decir: discutir en Internet es como correr en los juegos paraolímpicos; aunque ganes, seguirá siendo retrasado. Yo no sé ustedes, pero he comenzado a evitar cualquier tipo de comentario “opinable” frente a ella. Bueno, y también he comenzado a darme paseos relajados mientras ella trabaja, aunque sea por fastidiar un poco… Sienta muy bien, y lo cierto es que mientras no se me cuele en reuniones, estaré a salvo.





















Sigan mi consejo, evítenlos, no den pie a nada, no vale la pena. O, si pueden, júntenlos con algún Don Perfecto para risión generalizada.

lunes, 21 de abril de 2008

El carnet en una tómbola

¿Si no van y se me rompen los cordones de los zapatos? Tengo un par de zapatos, con forma un poco como de botín cruzado con zapato de Charles Chaplin, comprados en Adolfo Domínguez a principios de año. Son realmente cómodos, y calentitos. ¿El problema? Tienen una tendencia extrañísima a cortar el forro de los cordones, de forma que poco a poco se van pelando como si fuesen un cable, y esta mañana ha pasado lo que ya se veía venir: cordones rotos.

He tenido que ponerme otros zapatos, mucho más bonitos pero más serios… y fundamentalmente más fríos, así que con el suelo de mármol de las oficinas se me quedan los pies congelados. De hecho, el punto de congelación es tal que ya me he planteado poner una alfombra de estas pequeñitas, en plan persa. Si además me traigo algún adorno árabe y la réplica en metacrilato iluminado con leds del hotel Burj-Al-Arab, esto puede ser el acabose.




















Y los leds son de colorines, además.

Ciertamente, es una preocupación propia de alguien sin preocupaciones. Vaya, igual es que yo soy así… No lo creo, pero el contratiempo es importante, qué duda cabe. Ahora me tiraré todo el día con los pies congelados, y lo cierto es que para conducir estos otros zapatos no son muy apropiados, y menos en días de lluvia en los que uno se ve obligado a cruzar el coche en cierta curva de camino a la oficina.

Pues eso, que ando con cordones fracturados, tendré que comprar unos nuevos. O mejor, iré a un sitio a ver si pregunto por alguien, y que me diga dónde los puedo conseguir a cambio de algo. De paso, miraré si me pueden hacer un arreglillo con las facturas de la luz, o conseguirme camisas planchadas, que planchar lleva mucho tiempo. Imagino que allí encontraré a una fila de gente esperando por su carnet de conducir.
















Siguiente, por favor...

Hace tiempo, de camino a casa de unos amigos, me aproximaba a una rotonda por la que ya circulaba un viejo BMW 318 burdeos, conducido por una señora igual de vieja, pero no del mismo color (afortunadamente). En el momento del cruce, la señora frenó y se quedó parada en medio de la rotonda, en una aplicación parisina del código de circulación. Por fin, decidió reiniciar la marcha, cambiándose directamente al carril interior, para a continuación salir por la siguiente salida. Yo, que me esperaba ya cualquier cosa, mantenía una distancia prudencial por miedo a arrugar mi hermoso automóvil.

Y como si lo viese venir, en la siguiente rotonda realizó varios cambios de carril, para salir por su salida al carril derecho, momento que aproveché para adelantarla. ¿Y qué sucedió? Que nada más rebasarla, ella decidió que iba mejor por el carril izquierdo, siempre a sus 48 km/h de velocidad constante. ¿Inverosímil? Justo después de ese cambio de carril, tomó una salida a su derecha. Yo hice un LOL y un OMG, y ciertamente acojonado continué hacia mi destino, donde me esperaba el inicio de una velada que resultó muy agradable, todo sea dicho.




















Oh My God

El viernes pasado iba camino del trabajo, por la autopista. No es que me guste precisamente ir por ahí, porque tengo la sensación de que tanto a la ida como a la vuelta siempre voy cuesta arriba, pero resulta cómodo y me ahorro unos minutos de ciudad (convenientemente aprovechados un tiempo antes en remolonear en la cama). Al llegar a una de tantas cuestas arriba, un Saab 93 cabrio me precedía, circulando a velocidad absurda, por lo que decidí adelantarle. No es que fuese yo a toda máquina, pero a unos 120 sí. En ese momento, el conductor del Saab decidió acelerar el ritmo, haciendo imposible que mi modesto Mazda MX5 adelantase de forma segura, por lo que preferí desistir, situarme detrás, e ir señalizando mi salida (para la que faltaban unos 700 metros). ¿Qué lleva a alguien a hacer semejante tontería? Igual resultó que aquello fue un “pique sano”, y ahora el saabista andará publicando en los foros de saabistas que con su coche se fundió a otro descapotable, mientras perpetra las gloriosas faltas de ortografía que tanto se ven por los foros. O igual, y más probablemente, sea que decidió que yo no le iba a adelantar, y punto. O igual ni me vio, que todo puede ser. El caso es que aceleró sin venir a cuento. Él sabrá.

Otra situación: circulo por ciudad un día cualquiera, y me encuentro delante con un Audi Q7, a ritmo extraño y con manifiesta incapacidad de mantenerse en su carril. “Seguramente irá hablando por teléfono”, pienso… En cuanto tengo la posibilidad, y dado que la calle es de dos carriles, le adelanto y me lo quito del medio. Pues no, justo cuando mi coche está a su lado (o debería decir debajo), me cierra inconscientemente. Frenada y cagamento. Aparece otra oportunidad de deshacerme del pestoso, desviándome por otra calle. Lo logro. Mentira, porque un par de horas más tarde, cuando ya me había olvidado del tema, me lo vuelvo a encontrar exactamente al mismo ritmo imposible circulando por una plaza. Impresionante. Como puedo, logro llegar hasta mi garaje. Aparco el coche, me pongo la chaqueta y salgo a la calle. Voy caminando en dirección a un supermercado, miro en un paso de cebra para cruzar y… ¿quién viene? De nuevo el Audi Q7 de los huevos. A la misma velocidad, pero esta vez de frente. Logro ver al “piloto”, que resulta ser una señora con la vista centrada en su puto teléfono móvil. Evidentemente no frena para dejar pasar a ningún peatón. Vaya, se nos van a juntar varios tópicos, espero que las asociaciones feministas de conductoras telefonistas no se me echen encima…

















Más grande se ve que ya no les cabía en el molde.

Hace una hora, más o menos, de nuevo camino del trabajo en una zona de autopista limitada a 90. Voy tranquilamente oyendo la radio, reduzco a los 90 de la señal. Detrás de mí se aproxima un Alfa 147 gris. Se pega cada vez más hasta el momento en el que dejo de ver su matrícula delantera. Estamos en una autopista, ojo. Yo bajo un poco el ritmo hasta unos 85 km/h, porque tras un minuto así estoy empezando a ponerme nervioso. El conductor del Alfa se pega casi todavía más, pero no me adelanta. En la autopista sólo estamos él y yo, a todo esto. Vuelvo a levantar el pedal y dejo el coche caer hasta los 80 km/h, momento en el que veo como el Alfa se me separa súbitamente: ha pisado el freno. Inútil. En una autopista vacía y el muy imbécil tiene que pisar el freno. Por fin pone el intermitente y me adelanta. Es increíble lo que cuesta deshacerse de estos pestosos.

El carnet en tómbolas, supongo. A mí no me cabe otra explicación a esos comportamientos, sin entrar en serios problemas psiquiátricos o de percepción. Ayer en una cadena española de televisión pusieron La Roca. En un momento del diálogo, Sean Connery, hablando de su compañero de misión un poco torpe, piensa “me pregunto cómo logró superar la pubertad…” Mi abuelo tiene otra duda existencial (por la existencia de ellos, no por la suya): ¿cómo esa gente ha logrado sobrevivir en el mundo moderno sin que les atropellen coches o sin electrocutarse con enchufes? Y yo me pregunto algo más básico: ¿por qué esa gente conduce?















De los casos que he nombrado, la verdad es que no podría decidirme por el peor, porque aunque por un lado las señoras del primero y del tercero sean realmente peligrosas, a mí me sigue llamando mucho la atención cómo es posible que de dos coches, en una vía de dos carriles y en plena línea recta, uno tenga que llegar a pisar el freno. Me gustaría decir que hace años que no piso el freno en las autopistas, pero por desgracia no es así. Lo que sí puedo decir es que hace mucho tiempo que, si lo piso, es por emergencias o maniobras imprudentes por parte de otros.

Es que a uno se le queda un sentimiento de tonto… Y además igual incluso pagan menos de seguro que yo. ¿Por qué conducen? Porque se les deja.

Y es entonces cuando, tras revisar este texto, salgo de la oficina un segundo y me encuentro con una compañera observando una rueda de su abollado coche. Y ella, con dos ovarios y porque siempre sabe más que nadie, me asegura: “pues esas ruedas que llevas tú con tanto dibujo son muy malas para el agua…” Sí, será eso. El carnet, y a veces el cerebro, en una tómbola, ton ton tómbola. Coño, pues Marisol tenía su gracia cantando aquello… De luz y de coloooor, oooh, de luz y de coloooor, oooh…

viernes, 4 de abril de 2008

Seat León

Vivo en apartamentos alquilados. Lo siento mucho si decepciono a alguien por haber elegido esta opción, pero en mi caso y de momento, creo que es lo más adecuado. Me acabo de mudar, de hecho. Mudarse con un Peugeot 206cc y un Mazda MX5 no es sencillo, se lo aseguro, pero lo he logrado.

Una de las actividades más amenas de la búsqueda de pisos y posterior mudanza consiste en encontrar ese mueble (aunque muchas veces sean varios) totalmente indescriptible y que te obliga a crearte una idea generalmente muy negativa del propietario. Sí, segunda decepción, suelo tirar de apartamentos amueblados. ¿Por qué? Porque se suelen encontrar “amueblados” de forma muy sui-géneris, con prácticamente nada en su interior, y si hay un poco y ese poco te es útil, bienvenido sea. Además, luego las mudanzas son más sencillas.















Que tampoco es plan de hacerse esto cada dos por tres.

Lo que decía, siempre uno se encuentra con una pieza digna del museo de los horrores. En mi anterior apartamento, en una de estas zonas residenciales de alta gama, se trataba del sofá. Uno de los sofás más feos de la historia, con una forma poco confortable, un tamaño exagerado, y un tapizado floral causante de pesadillas. Bueno, el sofá y todos los cuadros que adornaban las paredes. Y me estoy olvidando de las dos camitas del dormitorio. Todo excepto el sofá, debido a su mencionado descomunal tamaño, pasó a mejor uso en el trastero del apartamento. Sí, mejor uso: el de coger polvo y mantenerse alejado de la vista. Y me he vuelto a olvidar de las alfombras, ciertamente. Y de los cojines.

Ahora me he cambiado a la “City”, bastante más movido todo, en un edificio antiguo rehabilitado, un apartamento ligeramente más grande y, sobre todo, con jardín. Glorioso (de momento). Pues bien, no podían faltar esas piezas de meter miedo, esta vez en forma de cama insufrible, mesa y silla casi peores, y una especie de camastro de tamaño indefinido que se transforma en “sofacito”, nuevamente tapizado en flores, con estructura de madera modelo ataúd claro, balaustrada (sí, balaustrada), y una forma imposible capaz de proporcionar una incomodidad sin igual. Perfecto.















Quedaría todo mejor con estos puestos en el salón, en vez de "el monstruo".

Estos muebles, junto con esas inexplicables perchas de cable grueso forrado en plástico azul o verde que siempre están perdidas por los armarios, te crean una idea destructiva del propietario. Propietarias, en estos casos que menciono. Son mala gente. Ya no es una cuestión de gustos, que me dan igual. Estamos hablando de millonarias, que tienen varios apartamentos en las mejores zonas de la ciudad, que se dedican a vivir además del dinero que ganan sus maridos. ¿Qué les puede llevar a comprar semejantes espantos? Con la variedad de muebles que hay, con la posibilidad de comprar piezas básicas y baratas, ¿qué lleva a alguien a hacerse con un sofá como el del primer piso? ¿Por qué? ¿Por qué se terminan comprando aquello?

Como esas preguntas no tienen una respuesta lógica que quepa en mi cerebro, y nunca la tendrán, lo mejor es librarse de esas cosas. Me refiero a los muebles, no a las propietarias. Una liberación bien sea visual, bien sea total, claro está, para a continuación dirigirse a las tiendas de muebles más apropiadas y rellenar el vacío dejado. Tras haber cambiado en este piso el comedor por el salón, el salón por el dormitorio, y el dormitorio por el salón, me di cuenta de que me faltaba una mesa de centro, o algo que adornase mi alfombra. IKEA, me dije. Ya he hablado de ello, esta gente pone al alcance de cualquiera una variedad y un diseño hasta ahora nunca visto por España. Y fue en ese momento cuando mi amigo el Roboc me comentó (porque será roboc, que no robot, pero habla) la moda de modificar los afamados muebles suecos al gusto del consumidor. Grandísima idea.





















Mi amigo el Roboc

Si se fijan, IKEA hace sus muebles en distintas líneas, y luego siempre vende piezas sueltas. El objetivo es favorecer la creatividad del comprador, y fundamentalmente la versatilidad de sus diseños. Quizá no sea una práctica muy común, pero permite la realización de piezas espectaculares, a poco que se tenga talento y gusto. La serie Lack de IKEA resulta, además de bonita y moderna, muy económica. ¿Por qué conformarse con lo que viene en las fotos cuando, pensándolo un poquito, uno puede hacerse sus propios muebles? Dicho y hecho, con la inestimable ayuda de un bolígrafo y un papel, comencé a trazar una mesa de centro apropiada. Y en un alarde de tecnología aplicada, abrí el Paint y realicé un croquis del diseño. La compra fue sencilla, como lo fue la presentación y como espero sea el montaje. El resultado será visible en mi apartamento, para quien decida venir a visitarme (y sea invitado a ello, claro).

La sensación es la de haber sido iluminado por la luz de la sabiduría y el conocimiento, haber conocido un nuevo camino alejado del MerKamueble, e incluso del propio IKEA, y verse convertido en diseñador de una parte más de tu propia vida. Porque yo no sé ustedes, pero en mi salón suelo tener vida más allá de la siesta de fin de semana con película de Antena 3.




















De esto, de esto.

Como veo que ya llevo escrito lo suficiente como para rellenar la mayor parte del artículo, pasaré a hablar del SEAT León, que es lo que nos ocupa. Lo siento, he tenido que contar todo eso porque el coche, lo que es el coche en sí, no da para mucho. Es más, esta será seguramente una de las pocas pruebas de coches en las que el probador se haya negado a conducir el vehículo en cuestión.

Todo sucedió por la visita de unos amigos, para cuyos desplazamientos decidieron alquilar un automóvil de turismo, que se llama. Y qué mejor que optar por lo peor que podría haber en el catálogo de la casa de coches de alquiler. De esta manera, por aquí se plantaron en un SEAT León de color gris, creo recordar. Por lo visto era un modelo equipado con motor de gasoleo. Instalado dentro, en el puesto de conducción (con perdón), la sensación global que me invade es la de asco y desgana. Yendo en marcha detrás, uno se da cuenta de que el coche sirve para ir por los sitios, lo cual no está nada mal.















Intenté ser objetivo con los materiales que adornan (relativamente) su interior, pero creo que no lo fui. Uno conoce el Audi A3, y está harto de oír que si mismo coche con diferentes acabados, pagas por los anillos, no hay tanta diferencia, y demás chorradas que sueltan los propietarios de este engendro nacional. Todo mentira, claro. La tapicería que montaba el modelo en cuestión era, sencillamente, mala. Como lo era el tapizado del techo, como lo era el plástico del salpicadero, como lo eran las alfombrillas, como lo era prácticamente todo.

El caso es que el aspecto exterior no es desagradable, desde el momento en el que la visión del coche no provoca cegueras ni necesidad de comer excrementos. Y me parece que su precio no es del todo malo, estando por debajo de su primo el VW Golf, y muy por debajo del nombrado Audi A3. Normal que esté por debajo, pues por muchas similitudes mecánicas que tenga, no tiene nada que ver. Ni por dentro ni por fuera.
















Me dejaron en mi casa y al día siguiente nos volvimos a ver. Yo, para compensar, les recibí subido en una segadora John Deere verde, vehículo mucho más atractivo de manejar que su coche gris a gasoil con diseños de curvas y aristas. Por lo que pude saber, el coche se comportó como era de esperar, y como ya he comentado: les llevó por los sitios.

Supongo que comentarios así de subjetivos podrán doler a la masa propietaria del coche en cuestión. Más de uno dirá que soy un payaso, o que "no tengo ni puta idea". Pues qué se le va a hacer, si me ha dado mucho asco y además esto se publica en mi blog, que para algo es mío. En realidad es más que probable que el coche no sea malo. De hecho, estoy seguro de ello. Como también estoy seguro de que subido en la inmensa mayoría de compactos sentiría sensaciones similares. Qué se le va a hacer, si no me gustan. Que hable bien del coche sería como pretender que hable bien de acariciar escrotos de perros: puede que a alguien le resulte atractivo, pero a mí no.

Bueno, seguiré con mi mesa de centro. Saludos cordiales.

SEAT León 1.9 TDI, probablemente. Anda lo suficiente, no es caro, tiene su punto visto por fuera, por dentro tampoco es tan terrible, y su calidad mecánica está demostrada. Si a alguien le gusta, que se lo compre. No es un mal coche.

martes, 18 de marzo de 2008

Así no.

Cuando no se saben hacer bien las cosas, pasa lo que pasa.

Pasa que tu cliente se va si lleva 25 minutos esperando por ti para que le enseñes un apartamento. Estando como está el mercado inmobiliario, no parece la mejor opción. Pero cuando no se saben hacer bien las cosas, acabas enviándole tres veces un mensaje al móvil de tu cliente, como si fueses un adolescente enfadado, en el que sólo te falta amenazarle con ponerle sin admisión en el Messenger.

Semejante chorrada me pasó a mí la semana pasada. Allí llegué yo a la cita a la hora en punto, a las 20:20. A las 20:25 el señor de la inmobiliaria me llamó, para indicarme que llegaría siete minutos tarde. Se agradece siempre que alguien te avise. A las 20:32 su plazo terminaba, y no aparecía. Esperé hasta las 20:42, pero me dije que, de irme, lo haría a una hora redonda, así que a las 20:45 me subí (o mejor dicho, me bajé) en mi coche e inicié la marcha. A fin de cuentas el piso no me iba a gustar. A las 20:46 el hombre marcó mi número, y obtuvo una hermosa respuesta por mi parte. Al colgarle yo, me volvió a llamar, no obteniendo respuesta. Y luego empezaron a llegar sus mensajes.

Hay una noticia por los periódicos sobe el cierre de agencias inmobiliarias, ¿verdad? Pues eso mismo.


Poco os queda…

Cuando no se saben hacer bien las cosas, pasa lo que pasa.

Pasa que llegas a un conocido hotel a desayunar con unos clientes alojados en el mismo, y la responsable de la recepción te niega el aparcamiento en el frente del hotel, excusándose en que sólo se puede dejar el coche 10 minutos. Pasa que después te invita a usar (y pagar) su parking propio. Pasa que acabas aparcando en ese glorioso parking vacío, y desayunando con la anécdota flotando en el aire.

Y sobre todo pasa que, cuando uno se quiere ir y estando la máquina en reparación, en lugar de levantar la valla y dejar salir al cliente que ha estado sólo 25 minutos aparcado, se le exhorta a esperar y pagar. Si, además, la máquina sigue sin funcionar y uno tiene que volver a la recepción, enfadarse y llegar tarde a una cita, se obtiene lo que los franceses llaman “la totale”. Un operario me abrió la valla y pude salir.


Eso mismo, un euro por nada.

Jefa de Recepción, que para Barceló Hoteles significa “no tengo ni puta idea de nada, pero manejo muy bien el Yielding” (que es eso que te permite cambiar precios al antojo del simulador de ocupación). Así son las cosas, y cuando no se saben hacer bien, sucede que la última impresión que se lleva el cliente es negativa.

Como dije, hoy he desayunado en el hotel Barceló Cervantes, de Oviedo. Supuestamente es un cinco estrellas, acogido a su selección Premium. Bien, vale, muy bonito. Porque sí, el hotel es realmente bonito. Tan bonito como cierto es que supone una vulgar copia de los grandes Boutiques londinenses, tipo Sanderson, Halkin o Metropolitan. Pero da igual, eso la gente que paga 100 euros por noche no lo sabe.


No, esto es el Sanderson, no se confundan

Un personal joven e inexperto, dirigidos por una persona que no sabe hacer las cosas como hay que hacerlas, por muy bien que se sepa el himno de Barceló, no puede dar una sensación de profesionalismo. Y es lo que pasa. Pero da igual, y aquí repito la frase con la que cierro el párrafo anterior.

El desayuno no es malo. No es bueno. En realidad no es malo porque es un desayuno buffet con cierta variedad, muy bien presentado, en una sala bonita con la cocina a la vista, y sobre todo porque propone un zumo de naranja exprimido al momento. Y eso es de agradecer. Pero la bollería es sencillamente mala. Unas magdalenas, unos bizcochos y unas galletas recién sacadas de una pasta que les llega congelada y que va al horno, unos pocos cereales, algún surtido de pan, poquísimo surtido salado, y nada más.

El desayuno no es caro. No es barato. En realidad no es caro porque no sé lo que costó. Y no lo sé no ya porque hayan pagado mis amigos, sino porque la persona de la Recepción fue incapaz de darme un precio fijo y real, o al menos igual que el que me habían dado semanas atrás por teléfono. Es lo que tiene pretender hacer las cosas sin saber hacerlas. Es lo que tiene no ser profesional.


Este es el sitio.

Porque cuando no se saben hacer bien las cosas, uno entra en la web de este hotel desde Google y a través de mi servidor, radicado en España, y todo el texto aparece en inglés. Y cuando busca información sobre precios, ve que no existe. Es un hotel sin precios, como está ahora de moda. Y eso es malo. O quizá no lo sea si, en lugar de querer ser un cinco estrellas con clientela de cinco estrellas, haces un cuatro subido de tono, bonito y bien situado, y te tiras al cliente de negocios o al cliente novato, volviendo pues al cierre del otro párrafo.

No es que me haya desilusionado este hotel. Primero porque no he dormido en él, y los hoteles se suelen usar para dormir. Pero segundo porque era lo que me esperaba, ni más ni menos.

Hotel Barceló Cervantes,
C/ Cervantes, 13. 33004 – Oviedo
www.barcelooviedocervantes.com
Viene a salir por unos 130 euros la noche, quizá algo más, a poco que se suman impuestos, parking, y cualquier otra cosa. Si se les llama, igual incluso darán precios.

sábado, 1 de marzo de 2008

Dos más uno

Permítanme que no haga esta vez una introducción anecdótica y simpática, pero me temo que mi inspiración está bajo mínimos y no se me ocurre cómo empezar este tema. Así que iré directamente al grano. O mejor dicho, a la copa.

Sucedió que en cierta ocasión me encontré con una botella de Marqués de Riscal reserva 2001, edición especial Frank Gehry, entre mis manos. Frank Gehry que es, por si alguien no lo sabe, el arquitecto que diseñó el Guggenhein de Bilbao, así como también el hotel que corona la Ciudad del Vino, en Elciego, propiedad de la susodicha bodega, y que ciertamente se parece demasiado al museo… Pero también es un tipo muy simpático, así, bajito, ya algo mayor, con un acento bastante americano, con el que se hace raro hablar en un ascensor a la salida de un restaurante, pero que no da (o aquel día no dio) mayor importancia al tema de resultar conocido.














Y Marqués de Riscal, como homenaje al arquitecto, hizo en su momento una serie limitada de botellas en edición especial. Y una, la número 2.512 de 5.000, curiosamente estaba en mi bodega. Y de allí se vino para España, pues necesitaba compartirla con alguien que la apreciase y para quien, de cierta manera, sirviese de contrapartida por los grandes vinos a los que me habían estado invitando (y aún lo siguen haciendo). Y nos la bebimos.

Se dice que en el buen vino hay un componente psicológico muy alto. Y es que claro, cuando te pimplas una botella de precio obsceno, tu cerebro no olvida nunca el dineral que aquella vale. La ventaja de beber vinos que te regalan es que, con el tiempo, acabas olvidándote del valor económico y te centras en beber y disfrutar. Si, además, desconoces por completo el valor que pueda tener la botella de turno, ciertamente sólo vas a por el líquido. Y eso fue lo que nos pasó con el Gehry. No sorprendió verlo luego clasificado como número 1 en la selección de la Guía Campsa, con 98 puntos sobre cien posibles. Qué ignorancia la nuestra…

















Como siempre en estas cosas, permítanme reproducir una cata de Internet. En este caso la de la propia bodega.

Frank Gehry Selection 2001 es el resultado de una cuidada selección de uvas de la variedad Tempranillo, de viñas de más de 40 años de edad. La parcela origen del vino Frank Gehry está situada al norte de Elciego y la selección se realizó aplicando la metodología de Marqués de Riscal, analítica de maduración, cata de granos de uva y mesa de selección, dando como resultado este magnifico y exclusivo vino Frank Gehry 2001.

El Frank Gehry 2001, es un vino amplio, complejo y especiado, muy bien estructurado, con fruta muy madura y unos taninos potentes y dulces, con una persistencia larga y duradera.

La crianza se realiza en barrica nueva de roble americano durante 22 meses y se embotella en Enero de 2004, permaneciendo en el proceso de crianza en botella, hasta su presentación al mercado, el pasado 10 de Octubre de 2006.

Yo no les voy a quitar razón, y siendo mucho menos técnico simplemente diré: me pareció una delicia. Y me siento muy afortunado de haber podido disfrutar de ese vino. No sé si quien me regaló esa botella era consciente del regalo, seguramente sí pues venía de haberse alojado en el propio hotel de la bodega, pero me temo que he quedado en deuda con él. La ventaja que tengo es que será muy difícil que vuelva a verle…















No como los de la botella del jueves pasado por la noche, a quienes veo o intento ver todos los lunes para cenar. Y es que no hay como tener unos familiares agradables, de esos que te invitan a cosas ricas, sobre todo cuando te gustan las cosas ricas. Lo del jueves fue de traca.

- Andrew, ¿tomas una cerveza para cenar?
- Sí, anda… (encantado, por otra parte)
- Vale. Isabel, ¿nosotros qué bebemos? ¿Dom Perignon o Vega Sicilia?

Claro, ante semejante tomadura de pelo… tiene que caer el Vega Sicilia. Y vaya si cayó. Concretamente la botella número 022443 de las 179.800 bordelesas distribuidas de la cosecha 2003 de su Tinto Valbuena 5º, que dicho así se ve muchísimo menos exclusiva que la de Marqués de Riscal.





















Creo que sobra decir lo bueno que estaba. Como siempre en estos vinos, al final acaba oliendo tan bien que da incluso pena beberlo, pero como tener pena por un líquido no es precisamente racional ni lógico, el trago aniquilador termina devorando la copa. Bueno, su contenido nada más. Y digo bien devorando, porque este vino se come, no se bebe. La calidad de su cuerpo es tal que, pese a ir por la segunda copa, sigue manteniéndose según se va bebiendo. Y eso no es muy habitual, al menos en vinos “normales”. El equilibrio que muestra entre cuerpo, tanicidad, aromas y punto de acidez (que lo tiene) es perfecto. Este líquido es mejor que el Prozac. Sin haberlo probado, sólo con la copa en la mano y disfrutando de su color y su aroma, uno se siente feliz. O al menos eso me pasa a mí. Me olvido de todo y me concentro en la satisfacción de saber que, frente a mí y para mí, tengo uno de los mejores ejemplos de los vinos que me gustan. Una vez metido en la boca y degustado, definitivamente se abandona la idea de medicamentos antidepresivos. La sensación de relax por felicidad es definitiva.

Yo no soy muy de Gran Reserva, de esos vinos tintos ya añejos con sus colores clareados y su fuerza extrema. Siempre preferí los tintos oscuros y opacos, con su toque amoratado en los bordes, el color picota general, los aromas frescos y su potencia en boca. Para mí son vinos que están en plena forma. Y es que, puestos a discutir disfrutando de la discusión, yo prefiero hacerlo con un profesional preparado y en activo, a verme con un alto directivo en edad de jubilación o con un estudiante de 4º. Qué presuntuoso suena este último párrafo, por cierto… Pero es así como me gustan los vinos. Quizá necesite probar más…

Y así son los dos a los que se refiere el título de artículo. Un Rioja absolutamente Rioja, y un Ribera del Duero 200% Ribera. Como tiene que ser.

















¿Y el uno? El uno lo dejo para el anecdotario vacacional del verano pasado, cuando una mañana muy temprano en el mercado del pueblo marroquí de Mdic avisté unas cuantas gambas rojas recién sacadas del agua. Me las compré todas. ¿El precio? La verdad es que no lo recuerdo bien, pero no era ninguna locura (tampoco eran baratas para estándares marroquíes). Y además, ¿qué más da? Gambas rojas recién pescadas, de tamaño camarón, a la plancha ese mismo día…

En fin, que a veces conviene disfrutar de las cosas. Parafraseando de nuevo a Javier Krahe, “no todo va a ser sufrir”

Buenas noches, y buena suerte (lo siento, no he podido reprimirme).

Marqués de Riscal Frank Gehry 2001. Si lo encuentran, dense por satisfechos.

Vega Sicilia Valbuena 5º 2003, ronda los 85 euros en tienda por botella. Como siempre he dicho, es tema de cada uno el valorar si compensa…. A mí sí me compensaría, si no fuese porque lo suelo beber invitado.

lunes, 11 de febrero de 2008

Puerto

Una llamada a deshoras me dio la sorpresa: “oye, que nos vamos a París la semana que viene, ¿estarás?”. Pues sí, daba la casualidad de que sí. Y se organizó. Porque es curioso lo de mucha gente y sus dudas sobre qué visitar en esta ciudad, como si no hubiese guías editadas, páginas web, reportajes en televisión y cientos de películas que muestran la ciudad desde todos los puntos de vista. Uno ya se ha resignado hace tiempo a escuchar las mismas preguntas cada vez que viene alguien por primera vez, y responder se ha convertido en una especie de botón de play para soltar el mismo discurso.

De cualquier forma, una visita es siempre de agradecer, además, por las oportunidades que da de volver a aquellos sitios que siempre me gustaron y a los que dejé de ir por trabajo, falta de tiempo, falta de compañía, o simplemente olvido. Y más si quien viene, pese a hacerlo acompañada de su americano y gran novio, tiene un atractivo real combinable con las luces de la ciudad de cara a hacer fotos, que sonará muy cursi, pero ayuda bastante cuando toca salir a dar un paseo y preparar un regalito a modo de souvenir fotográfico.
















Es que esto es muy bonito.

¿Y dónde comer? La compañía impuso el sitio, y no precisamente porque eligieran ellos. Alguien norteamericano con cierto nivel sociocultural, en un día de semana, una fría y soleada mañana de invierno, las terrazas ya casi puestas para que el parisino de turno se siente a pasar esa mezcla de frío y calor (más frío que calor) tan propia del entretiempo… Nada como una buena brasserie para calmar el hambre del mediodía. Y digo bien mediodía, porque la comida se sirve a partir de las 12.

Las brasseries son los típicos cafés parisinos que siempre vemos por las calles residenciales. Sitios con mucho cobre pulido y que sustituyen las tragaperras españolas por un despacho de tabaco y juegos de lotería. Café au lait, Perrier-mente, cervezas de “pression” que llaman, Coca Cola en botellas de 33cl… mal servicio, terrazas imposibles en aceras estrechas con vistas al tráfico, y unos precios inversamente proporcionales al tamaño ridículo de las mesas. Sí, pero es lo que hay, es a donde se tiene que ir.
















La elegida en esta ocasión fue Le Café du Trocadero, evidentemente situada en la plaza del Trocadero, al final de la Avenida Kléber y frente a la Torre Eiffel. ¿El menú? Las tres especialidades parisinas clásicas: pavé de salmón con arroz y ensalada, tartare con patatas fritas, y steak-haché (carne de hamburguesa) frito en mantequilla con su típica ensalada y salsa de mostaza. De nuevo, es lo que hay, y es lo que se tiene que pedir. Estamos en París, no en Kinshasa. Al estar en una zona de negocios, de cierto (ciertísimo, más bien) nivel, la calidad es buena. Sin embargo, la verdad es que en casi cualquier brasserie se come y se cena (pronto) bien.

Media hora, agua con gas, café y a la calle. El ritmo de vida lo impone. El ritmo y el maître, claro, que necesita renovar las mesas como sea para sacar más facturación. Y se paga lo que sea sin mirar mucho la cantidad, que es lo que se hace cuando vas a comer por disfrutar de la compañía y del entorno, y no quieres que te siente mal la comida.

Agradable, ¿verdad? Pues no. Ayer estuve comiendo en Puerto, que es un pueblecito bastante alargado, a las afueras de Oviedo entre Las Caldas y Soto de Ribera. El acceso es fácil, pero si no se sabe dónde está no se llega, y hay mucha gente que no sabe ni dónde está ni lo que hay allí. ¿Y qué hay? Pues un pequeño restaurante con cocineros venidos a más, de los que pasaron de servir potes y fabadas a recetas más elaboradas, servidas en platos de curiosas formas y tamaños, pero sin caer por ello en la sublimación de huevo semicrudo, en deconstrucción de pomme de terre, bañado con jugo de oliva arbequina, afortunadamente. Raciones desproporcionadas y precios razonables, pero fundamentalmente con esto delante:
















Click para ver la foto en grande.

¿Y si el verdadero lujo fuese el espacio? Ese era el slogan de los anuncios del Renault Espace. No seré yo quien reniegue del Oscietra, del Dom Perignon Rosé, y del comedor de Les Ambassadeurs o del servicio de habitaciones del Ritz madrileño, pero… ¿Qué pasa cuando, en ocasiones, Renault tiene razón? Pues que la tiene, ni más ni menos. Como en Puerto.

Se come bien, no hay barullo si se va pronto, no hay prisas, no hay stress, no hay nada más que una roca gigantesca, un río al fondo, un coche que pasa por la carretera y paz. A 15 minutos de Oviedo. Y da igual lo que se pida, estoy plenamente convencido de ello, porque será bueno y abundante. No es, sin embargo, un sitio barato… pero no importa. No importa porque se disfruta, y también porque si se comparten raciones, algo que no está mal visto, no como en París, tampoco hablamos de un precio excesivo o inalcanzable.
















Revuelto de Sabadiego con tortos de maíz, delicioso y sencillo.

Y cuando piensas que hasta allí has llegado por una carretera perfectamente asfaltada y llena de curvas entrelazadas, que has comido cosas sencillas y deliciosas, que estás sentado en medio de una tranquilidad en la que todo te da igual, que estás al lado de casa aunque no lo parezca… Entonces te haces la pregunta y obtienes la respuesta de forma automática:

¿París? Sí por los cojones, que en asturiano quiere decir “ni de coña”. ¿Volver a París? De momento lo dejo para vacaciones, si acaso.

Nota: a un par de kilómetros, entre Caces y Las Caldas, está el restaurante La Alezna, galardonado con una estrella Michelin. Cené allí hace algún tiempo… de lo más recomendable. Platos de diseño, cocina y servicio muy cuidados, y un ambiente íntimo. Conviene reservar con cierta antelación.

Café du Trocadero: 8, Place du Trocadéro, 75016 Paris. Tel : +(33) 1 44 05 37 00. Ideal para una comida de negocios, por ejemplo… o no.

Chema, Casa de comidas. La Arquera 184, Puerto, Asturias. Tel: +(34) 985 79 82 00. Si bien cada plato puede parecer caro, las raciones son muy abundantes. Tienen también un menú clásico asturiano absolutamente bestial. Me informan que el vino de la casa es totalmente a evitar, no obstante.

La Alezna, www.lalezna.com. L'alezna. La Rienda, nº 14 – 33174, Caces, Asturias. Tel: +(34) 985 79 83 55.

Tontos y delincuentes

Cuando estoy en España tengo la sana costumbre de desayunar viendo La Mirada Crítica, de Telecinco. Y digo sana porque parece de los pocos programas aprovechables de la televisión. De hecho, casi parece más un programa de radio clásico mañanero, tipo Carlos Herrera o Luis del Olmo, pero con la enorme ventaja de no tener que soportar los sermones habituales del presentador de turno, de no caer del lado de ningún signo político en sus tertulias, y de tener algo que ver, que siempre es agradable aunque te “obligue” a estar pendiente de la pantalla.


Tiene cara de niño, pero es un tipo preparadísimo.

Bueno, tampoco es que me sea imprescindible verlo… sencillamente me gusta. Como me gusta ver la publicidad que ponen entre medias y que da título a este artículo. Tontos y delincuentes. O quizá más bien pobres e hijos de puta, pero entendido con la moderación necesaria en la primera parte y con la mayor animadversión en la segunda, aunque eso sea algo que a muchos les cueste. Porque no, no me refiero a una misma persona, sino a dos bien diferenciadas.

Y es que no pasa nada por admitir que se es pobre, queriendo decir con ello que se tienen unos recursos económicos limitados e inferiores a lo que se entiende como “clase acomodada”. No pasa nada, porque no se es mejor por disponer de más dinero ni peor por ir achuchado cada mes. Así que, que nadie se sulfure cuando se dice “pobre”, faltaría más.

Sin embargo, todo el mundo debería de estar de acuerdo con el calificativo de delincuentes referido a los anunciantes que copan las mañanas televisivas. Los anunciantes, quienes emiten los anuncios y quienes permiten que existan “empresas” de ese tipo. Sí, me refiero a los bancos de usura que anuncian préstamos de dinero rápido y fácil, a tipos de interés superiores al 20%, con dos cojones. Sí, me refiero a toda esa mierda de mensajes al número de turno para obtener tonos, fondos, juegos y demás chorradas inútiles, pero a precio de oro. Sí, me refiero a los vendedores de inutilidades en cómodas mensualidades…


Desde tan sólo 50 euros al mes…

Juntemos ahora a quien no tiene ni recursos económicos ni, por desgracia, muchas luces para estas cosas. Quien, además, se encuentra demasiado apurado económicamente al tiempo que aburrido. El cóctel está servido. Creamos unas necesidades de gasto que se escapan a las posibilidades del espectador, y a continuación le ofrecemos dinero supuestamente fácil bajo unas condiciones usureras que deberían de ser sencillamente ilegales. O quizá sea al revés: les ofrecemos dinero fácil y les damos pistas en lo que gastárselo. Y venga, a forrarse a base de “tontos”. Sin olvidar un pequeño detalle en forma de acento sudamericano en las voces de ciertos anuncios. Ahí, “atacando” a las víctimas más fáciles.

Y es que es una pena que se acabe pensando que “los pobres son tontos”. No, no es del todo así. Pero sí es cierto que alguien limitado económica y culturalmente puede acabar empobreciéndose aún más. Permítanme proponerles una hipotética situación: somos un joven matrimonio que se ha comprado un piso, un coche, los muebles, y además se ha dado un viaje y comprado un capricho por el aniversario. Como la cosa no está muy boyante, el piso comprado a precios inflados se paga en hipoteca a demasiados años; el coche es un Dacia Logan, que sale muy barato, a plazos, porque tenemos derecho a estrenar coche, o quizá sea un hermoso Opel Astra blanco; los muebles están a plazos; el viaje nos lo dimos al Caribe, que es donde va todo el mundo, y lo pagamos a plazos también; y el regalo de aniversario, que salió anunciado en la tele, se paga en cómodas mensualidades. Y como queremos lo último en el móvil, enviamos sms al 7mierda47 y tenemos “el despertador más loco”, la frase del momento, el tono más divertido, la linterna, el juego de Sonic, etc…

Y seguimos sin un duro. Entonces llamamos a Freedom Brokers (es necesario que el nombre esté en inglés, claro) para que nos reunifique deudas y estemos pagándolas hasta la tercera generación, con la ventaja de quedarnos en pelotas si dejamos de pagar, que siempre viene bien… si se vive en un área nudista. Y a Cofidis para tener algo de liquidez.


El negocio del futuro, dicen. Así quiebren…

Seguimos sin un duro porque entre todos nos metieron en la cabeza la idea de comprar el piso e hipotecar nuestras vidas por algo que no vale lo que nos pidieron. Porque, en lugar de comprar un coche usado barato nos empeñamos en comprar un coche nuevo por un precio que no podíamos pagar. Porque pese a todo ello, seguimos queriendo tener una vida que no nos corresponde, por mucho que los anunciantes se empeñen en que sí, como el maldito “comodín de la llamada” de los préstamos, gracias al cual uno puede comprarse una tele de 40” aunque no tenga ni para filetes. Seamos pobres o no, porque todo depende de con quién nos comparemos, nos negamos a aceptar que hemos sido un poco tontos. Una lástima.

¿Tontos? Pues sí, pero no sólo por las decisiones que hemos ido tomando, sino por haber enriquecido, además, a gente que lo único que quería era aprovecharse de nuestra situación. ¿Por qué a un rico no se le ofrecen préstamos al 25% de interés y a un pobre sí? ¿No hay algo contradictorio ahí? ¿Por qué esos anuncios copan la franja televisiva tradicionalmente ocupada por amas de casa o parados? Porque hay quien hace negocio a costa de ellos. Deleznable.


Cofidís, el timador en directo!

Lo de los coches “low cost” es algo que da para mucho, con discusiones de lo más variopintas cuando se saca el tema. Mi opinión sobre el Dacia Logan es sencilla: si no hay dinero para comprarse un coche nuevo “decente”, cómprense un coche usado más barato, salvo que no se quiera un coche decente. Porque si no hay dinero, lo poco que se ahorre es importante. Alguien puede decir que se compra un Logan porque le gusta, o porque sencillamente pasa de gastarse quince mil euros en otro coche que hace lo mismo. O porque le cabe en el garaje, o porque va a juego con sus pantalones favoritos. Lo que no se puede decir es que se compra porque sale rentable ya que “no tengo un duro”. Si no se tiene un duro, se va en bus o se compra un coche usado, no algo que irremediablemente pierde más de un 20% de su valor en el momento en el que sale por la puerta del concesionario.


Estrenar coche por el ahorro suele ser como f*llar por la virginidad.

Más grave es aún el hecho conocido de la compra del compacto diesel de turno, no obstante… Sin embargo, yo no puedo ni quiero llamar delincuentes a los fabricantes de coches. Ellos ofrecen un producto, y quien lo compre que se atenga a las consecuencias que ello pueda tener para su economía, como hacemos todos. Los verdaderos delincuentes son todos esos ofertantes de timos y engañifas, de puras estafas legalizadas, que juegan con la vida de la gente y, por extensión, con la economía del país.

Porque lo de los bancos de usura tiene un comentario simple a más no poder, a la vez que contundente: son todos unos hijos de….

Ejemplo de préstamo, tras haberme peleado con una de las webs más lentas que jamás he visto: 6.000 euros, a pagar en 48 meses con cuotas de 191 euros... suponen un coste total de 9.168 euros. Sí, más de la mitad de lo solicitado.
 
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