martes, 19 de abril de 2011

Les Bistronomes

Como en todas las grandes ciudades, escribir sobre cualquier restaurante pequeño y poco conocido tiene un lado positivo y otro negativo. El negativo es que te dejas en el tintero cientos de otros sitios seguramente igual de buenos y agradables, y el positivo, en este caso, es que escribes sobre el restaurante de un amigo, y sobre un restaurante bistrot sencillamente magnífico.

Sylvain trabajó años en la industria hotelera parisina. No nos habíamos vuelto a ver desde que a finales de Agosto de 2007 abandonase yo París. Fue precisamente en su casa en la que pasé la penúltima tarde allí (la última fue con mi familia, ya preparados para el viaje). Durante esos años seguía trabajando en hoteles, desde entonces ha estado buscando su sitio, y creo que lo ha encontrado con la apertura de Les Bistronomes, un pequeño bistrot que maneja junto con Cyril, su socio y chef.


Un sitio pequeño, de buen ambiente, al que ir a comer o a cenar en un ambiente que no por ser más o menos informal, implica un mal servicio o una cocina “corriente”. En absoluto. De hecho, la calidad del servicio, por cercanía humana, es lo que le da ese toque personal del sitio al que apetece ir a disfrutar, sin perder ni las formas ni el estilo, ni el confort, pero sin sentirse obligado a cenar en capilla, como sucede en esos restaurantes de renombre tan carísimos, en los que uno casi que le coge miedo al sumiller, no digamos ya al maître.

A dos pasos de Palais Royale o de Opéra, el local está situado en los bajos de un edificio con el típico portal parisino de pasaje, al que miran las ventanas de vidrio teñido del restaurante. Es un sitio pequeño, ya lo he dicho, es un puro bistrot en el que las mesas están cerca las unas de las otras. Porque París es una ciudad cara, en la que el espacio es el verdadero bien de lujo. Pero aquí no hemos venido por el espacio, sino por el ambiente y por la comida.


La carta es breve pero directa. Unas entradas agradables, productos de temporada y de mercado, y unos platos (pocos) por los que cuesta decidirse. Éramos tres para cenar, y a dos se nos ocurrió pedir lo mismo, y como el placer personal va muy por encima del blog, sintiéndolo mucho por los lectores, nos mantuvimos fieles a nuestra elección y nos quedamos sin probar algún otro de los platos. Cayeron un filet de pigeon (perdonen el afrancesamiento tan snob, pero es que traducir eso como filete de pichón me suena tan ridículo como intentar sacar un filete de un pájaro pequeño), y un bar rotie, que es una lubina asada y que podría haberlo escrito en español, pero por seguir la tónica...


El pichón es en realidad un hojaldre relleno. La base de la tartaleta es repollo salteado, luego viene la carne con alguna que otra cosa, y todo va cerrado. Se sirve con una salsita opcional. La carne perfectamente poco hecha, como debe de ser, sabrosa y jugosa, creando un plato sencillamente rico y agradable, con una delicada presentación. El pescado yo creo que es una mejor opción, y se emplata sobre una especie de risotto de arroz negro con alubias rojas y guisantes, ligeramente aceitoso y que el chef llama “tipo paella”, que es una delicia. Y las porciones de pescado vienen perfectamente cocinadas, en un punto de cocción y de dureza que es eso: perfecto. Así da gusto.


De postres yo pedí un milhojas de plátano flambeado al ron añejo, servido con un helado de no recuerdo qué. Lo sé, es una crónica vaga... Es peor aún, mis amigos pidieron un algo que tenía piña (con lo que ni me planteé probarlo por cuestiones alérgicas), y otra cosa que no era con chocolate, sino con crema chantilly. Discúlpenme por tan terrible descripción, pero uno estaba algo cansado y yo no soy muy de postres. De todas formas, nadie quedó insatisfecho con el menú, lo que indica la buena calidad de todo lo servido (mis amigos son también muy de disfrutar de estas cosas). Y es cuestión de entrar en la web del restaurante y ver los menús y las fotos...


Acompañamos la cena con una copa de tinto para la señorita Nunzia, un agua con gas para el señor Xavier, y yo no podía pedir otra cosa que una cerveza. Al terminar, Sylvain nos ofreció un benjamín de Ratafia, que es una bebida hecha con mosto de las uvas del Champagne, alcoholizada a posteriori (no fermentada), de color tirando a rosado oscuro, relativamente agradable.


¿He dicho ya que fue todo estupendo? A veces apetece salir a cenar y disfrutar, y llevando un año en Laos y estando de vacaciones, más. No puedo decir que, desde el punto de vista del placer culinario personal, la cena en Les Bistronomes sea 10 veces mejor que la cena en una brasserie de Neuilly recién aterrizado en París el otro día, con un tartare delicioso y cerveza de barril. Son cosas diferentes, y si Sylvain sirviese aquel tartare, yo también habría quedado a gusto. Es el conjunto de todo, lo simpático del local, la cercanía del servicio, la cercanía de las otras mesas... es un bistrot, y ya tenía ganas yo de volver a uno. Me alegro haberlo hecho al de un amigo, y no dudo en recomendarlo, sin duda.

Les Bistronomes, 34 rue de Richelieu, 75001 - París, plato, postre y bebida por unos 50 euros por persona. Es caro, pero al tiempo no es caro. Es París, pero el París de los de allí. Conviene llamar para reservar.

lunes, 18 de abril de 2011

BMW 116d, segundo asalto

Mirando las estadísticas del blog, llama la atención que el artículo de la prueba del BMW 118d siga siendo la página que más visitas recibe. Tras haber vuelto a conducir un Serie 1, me siento obligado a reescribir el artículo, aquel en el que hablaba de un “terrible motor”.


Avis es una verdadera lotería, al menos en el aeropuerto de Asturias. Volviendo de Laos por vacaciones, tras un año sin conducir, qué menos que alquilar un coche con el que llegar a casa desde el aeropuerto, porque sigue sin estar comunicado por tren, y desquitarse-desquiciarse por la autopista a 110. Como digo, esta oficina de Avis es una lotería, pero lotería en la que siempre pierdes, salvo que protestes. Yo tenía alquilado un Audi A3, porque es un coche que me gusta y, de entre los anunciados en la web, era lo más decente o apropiado. Pero no, me quisieron dar un Volkswagen Golf, que no es un mal coche, pero es que no es un Audi (aunque la base sea la misma). Luego un Volkswagen Passat, que es un gran coche cuando tienes 52 años y eres una persona seria, es decir, aburrida al menos automovilísticamente, que no pudo comprarse el Audi A6. Luego otra vez el Golf, luego ya a saber qué. Hasta que inexplicablemente, de la nada, surgió un BMW 116d. ¿Tanto trabajo cuesta ofrecer ese de primeras? Se ve que no, y se ve que no guardan el historial de clientes, porque les he alquilado unos cuantos ya (y siempre me la intentan colar).


Sacada de KM77, claro...


Al tema, BMW 116d 5 puertas, blanco taxi, interior negro, 1.400km en el contador, coche nuevo. Se agradece que sea nuevo, pero ya aviso que eso ha podido condicionar las conclusiones que van a leerse a continuación. Por fuera me gusta, creo que ya todo el mundo lo ha visto mil millones de veces (especialmente en Asturias, o más concretamente en Oviedo, donde parece que los regalen a la muchachada de la “zona alta”). Por dentro se nota que es una evolución. Ya tiene sus años, pero conviene recordar que la chapucilla de la guantera sujeta por una cinta de nylon, o la simplicidad insultante de las puertas, han dado paso a un interior pelín más adecentado, en la línea aparente del Audi A3. El coche sigue siendo BMW en postura de conducción, en calidad de asientos, en calidad interior en general, en la dureza que se nota ya en parado. Más que dureza, solidez. Claro, no al nivel de un Porsche, pero sí por encima de coches más económicos. Porque, como seguramente vuelva a decir más adelante, los coches caros son generalmente mejores que los coches baratos.


Claro, ellos te ponen el de gasolina a tope de equipo...


El acceso a las plazas traseras sigue siendo malo, no han cambiado las puertas, claro está. Entre que la puerta abre poco, y el respaldo del asiento queda muy retrasado, uno intenta entrar y se va para atrás en caída libre. No, no es así. Y no es así porque al escalón de entrada, muy alto y profundo, se le sigue sumando ese ridículo espacio para los pies, por el que sólo pasan pies de tamaño niño hasta 6 años. Cosas del diseño, claro. Así, es probable que uno quede sentado en escorzo, con la puerta abierta y los pies fuera del coche. Postura digna, que se dice. Sentar dos niñas atrás, con sus correspondientes sillas, y atarlas, es realmente difícil e incómodo, más pensando que el coche tiene puertas y tal. No creo que hacer eso en un Mini Clubman sea mucho más difícil. Pero si no, siempre se puede optar por llevar exclusivamente acompañantes adultos amputados de tobillo para abajo. Lo que pasa es que uno está de vacaciones y va a la playa con la Infanta y su prima.


Delante no, delante uno va magníficamente, como corresponde a un gran coche, aunque lo cierto es que el espacio interior no es especialmente amplio, y el techo queda cerca. Es algo que me llama la atención en estos coches cerrados, quizá demasiados kilómetros descapotado tienen la culpa, pero midiendo 1,79 y con el asiento casi abajo del todo, no más de cuatro dedos separan mi cabeza del techo.



En realidad era como éste

El embrague es de coche grande, largo y sólido. La caja de cambios tiene un manejo delicioso (para ser lo que es), los frenos frenan, el acelerador acelera (dentro de las posibilidades del motor que se le ponga), y la dirección es directa. Obvious good car is obvious. El tacto es, como ya pasaba en las primeras unidades, de coche grande, y se agradece. El tacto es de calidad, por encima del resto, lo nota el conductor y lo notan los pasajeros. Dejémonos de tonterías, a casi todo el mundo le gusta una vez instalado dentro y en marcha (cosa distinta es que les guste pagar por ello).


El motor. De entrada, sistema star-stop que funciona de forma perfecta, parando el motor sin vibraciones y arrancando al pisar el embrague o al mover la palanca, también sin mucha vibración. El coche suena a diesel, porque lo es, pero es sólo el sonido. Aquella sacudida generalizada que daba el 118d que probé ha dejado de existir. ¿Puede que sea por ser un coche nuevo y tener aquel otro sus 8.000 kilómetros de pasar por mil manos? No lo sé, y no me atrevo a asegurarlo. En marcha el motor responde tal y como uno puede esperar de la potencia del motor, dato que desconozco en estos momentos y que, verdaderamente, me trae sin cuidado. Puede dar una aceleración bastante decente, y también ser un poco frustrante si pretendemos que remonte en sexta desde poco más de 100 kilómetros por hora. Quédense con lo primero, lo segundo es practicar conducción estúpida.


Que si hay que elegir, el que me gusta es éste


Entre que el coche era blanco y el ruido del motor, por ciudad me sentía un poco taxista, pero al menos taxista con un coche bueno. La suspensión es rígida, todo el coche es rígido, cosa que a mí me gusta. Por autopista tiene un aplomo excelente y el motor, como he dicho, da una respuesta relativamente adecuada (lo ridículo es esperar la entrega de potencia de un V8 biturbo, cosa que algunos se empeñan en seguir esperando de cada coche que prueban). La excelente dirección se deja notar en carretera revirada, donde también la tracción trasera colabora para una buena experiencia. La caja de cambios es casi perfecta, y por un momento soñamos con tener un 135i coupé, o el Serie 1 M coupé. Y es que viendo cómo es este 116d, esos otros han de ser realmente espectaculares.


¿Terrible motor? Al menos, en esta unidad tan nueva, no. En absoluto, cualquier ruido (aunque espantoso) es compensado con todo lo bueno que da el coche, que es mucho. Convendrá ponerse guantes y taparse la nariz al repostar el engrudo oleoso que usa el motor, pero es un mal menor. Unos 300km de uso totalmente mixto con autopista de limitación ridícula, vías rápidas, aceleraciones sin ningún tipo de contemplación, ciudad, atascos, garajes, etc... una media de 6,5 litros calculada a base de relacionar kilómetros recorridos con gasoleo pagado, a mí me parece poco (aunque de seguro el fabricante anunciará un consumo mucho menor), lo cual ayudará a pasar menos veces por las gasolineras.


Si necesitase un coche así y entrase en mi presupuesto, no lo dudaría. Yo soy de sacrificar motor por equipamiento, y en este caso tampoco lo dudaría. BMW sacó una evolución del Serie 1 y corrigió cosas. Las mecánicas mejoraron, como lo hizo el aspecto exterior. El coche es, actualmente, de un equilibrio abrumador. La calidad está tan por encima de la media como lo están los 135i o el mencionado Serie 1 M coupé del 95% (porcentaje no contractual y basado en el éter y la alineación planetaria del Airbus A380 de Singapore Airlines desde el que escribo esto) restante de los coches a la venta en España, o en el extranjero.


No nos engañemos, aunque el aeropuerto tuviese tren directo también habría alquilado un coche... BMW 116d, demasiado dinero, pero teniéndolo y pudiendo vivir con ese compromiso de espacio, sigue siendo una de las mejores opciones.

domingo, 10 de abril de 2011

Tower Club at Lebua, Bangkok

Ya voy por mi segunda estancia. Bangkok es una ciudad excesivamente grande, no hay un centro como tal, es incómoda para los peatones, hay mucho tráfico, muchos perros por las calles, mucha gente por todas partes, y para ir de un sitio a otro se necesita transporte, sea el que sea. Además, la oferta hotelera es enorme. Decidirse por un hotel no es fácil. La mayoría de los turistas de alto nivel adquisitivo acaban yendo al Mandarin Oriental, ¿pero qué pasa cuando el presupuesto no es ni alto ni bajo? Entorno a los 200 dólares la noche, Bangkok tiene cientos de buenos y grandes hoteles de 4 y 5 estrellas, y entonces uno mira el mapa, ve que aquello no tiene ni pies ni cabeza, y más o menos apunta al que tenga buena pinta o parezca moderno. Ese sistema puede acabar mal (las webs engañan…), como puede acabar bien. Yo ya he elegido, y es el Tower Club en Lebua.


Lebua es un hotel muy grande, en una descomunal torre plagada de balcones, cerca del río, cerca del Shangri-La, cerca del Mandarin Oriental, y cerca de la oficina de mi empresa. Por eso nos hacen un precio algo especial, pero no obstante merece la pena. A partir de la planta 51, y hasta la 62 (el último piso), están las habitaciones “Tower Club”. Más bien suites, pues todas son pequeños apartamentos con su salón, su mini-cocina, su dormitorio, su baño… ¿He dicho pequeños apartamentos? En realidad no son nada pequeños, y menos si tenemos en cuenta el precio. Y es que algo de este tamaño, aún no teniendo los servicios del hotel, se pone en más de 10 veces el precio en cualquier palace parisino, para vergüenza de los franceses. He leído a quien le “molestaba” que la habitación tuviese cocina, exclamando “¡eso no es cinco estrellas!” No se puede estar más equivocado, evidentemente, no digamos ya si se viaja con niños pequeños a los que hacerles una cena rápida. Además, hay una máquina Nespresso. Yo, que soy incapaz de tragar el café pero adoro el aroma de un buen espresso recién hecho, no pude evitar llegar y prepararme uno.

Salón de la suite 5831, piso 58

Las habitaciones me gustan. Es evidente que con más de 500, los niveles de personalización y detalles caen, pero con limpieza y simplicidad se consigue un excelente aspecto. La cama es sencillamente comodísima, con una ropa de cama adecuada. Y es que estoy algo harto de no poder explicarme por qué en hoteles de lujo en zonas de calor abrasador, ponen edredones nórdicos que obligan a dormir con el aire acondicionado a 20 grados. En realidad sé los motivos, ciertos clientes americanos acostumbrados a vivir en neveras, en clara muestra del retraso mental que sufre buena parte de dicho pueblo, pero no por ello me deja de resultar incómodo.

Lo de dormir, cuidado con los saltos que los techos quedan bajos...

Los baños son simples, con un solo lavabo, pero con una gran ducha y una bañera para quien quiera malgastar agua y usar sales de baño. El WC no está separado, cosa que me da igual. Puestos a sacar defectos, el espejo de maquillaje no está retroiluminado. Pero vamos, eso es puestos a sacar defectos pijos, porque en los baños, además de productos de aseo Bvlgari excelentes, hay unas toallas que son la envidia de muchos hoteles de lujo europeos, incluso de algún resort de la cadena Aman (quizá los mejores del mundo). Espesas, enormes, bordadas, cómodas, abundantes y a mano.


El hall no es bonito, no hay entrada de gran hotel con lobby enorme, bar, restaurante, etc… Es que esto es una torre, una torre muy alta, con lo que todo se distribuye por plantas. En la décima, creo recordar, está lo que llaman Mozu floor. Ahí hay un gimnasio de muy buen tamaño, una piscina correcta al aire libre, y un gran restaurante en el que sirven los desayunos. Pero nosotros estamos alojados en el Tower Club, con lo que salvo que queramos un desayuno acorde con el precio (esto es, nada especial y con zumo de frutas no-natural), esa sala no la pisaremos. Porque en el Tower Club hay un centro de negocios perfectamente equipado en el piso 53, y un lounge llamado Breeze en el piso 54, con un magnífico buffet de desayuno en el que empezar el día comiendo unos sushis deliciosos (el de salmón, con una espuma delicadísima de wasabi que te llena la boca de sabor pero no te quema la garganta con picor, merece un artículo aparte), pidiendo zumos de las frutas que elijamos, o tirando de bollería clásica. O todo a la vez, claro. Excelente.


Este lounge Breeze sirve también, desde el mediodía hasta las seis de la tarde, un buffet gratuito lleno de tonterías que comer, como la típica pasta al vapor asiática, rellena de langosta esta última vez, vasitos de miniaturas, quesos, frutas, buffet caliente con platos hindúes, ensaladas, postres… Y bebida, claro. El problema de estos sitios en los que no tienes que pagar, es que entras con hambre pero te da vergüenza atiborrarte, o que vean que vas allí para ahorrarte el restaurante. Porque miras a tu alrededor, y la gente parece no comer. Seguramente todos están pensando lo mismo que tú, y se cortan. Luego lo piensas y te imaginas que si estuvieses gordo, las chicas te mirarían, la gente se fijaría en lo mucho que comes, pensando que necesitarías arrasar el buffet para quedarte ligeramente lleno, los cocineros saldrían desesperados a ver cómo desaparecen sus platos, el director del hotel acudiría a toda prisa ante la tragedia, y el propio Rey de Tailandia aparecería en televisión pidiendo calma. Pero yo no estoy gordo, aunque desde hace tiempo cultive un único abdominal central, así que directamente me armo de valor y como, vaya si como. Pero no, no como tanto…

La planta 63 alberga un restaurante italiano bajo la dorada cúpula que corona la torre, un club con una magnífica terraza llena de sofás en los que tirarte a pasar el rato en buena conversación o ligando con todas las turistas que, aún no alojadas en el Lebua, van allí a ver y dejarse ver, y el sky-bar, espectacular terraza sobre la azotea, con barandillas de vidrio, cuarteto de jazz tocando en directo, bar, todo al aire libre, con una brutal vista de la noche de Bangkok. Lo dicho, espectacular. Y con wi-fi (gratis, a toda velocidad, y en todo el hotel).

Lo del fondo es el bar... parece flotar, es espectacular.

Por añadir algunos comentarios a mi experiencia, los choferes están esperándote donde deben en el aeropuerto, y los Toyota Camry que usan son amplios, cómodos y silenciosos. También disponen de Mercedes Clase E y de BMW Serie 7. Uno de los viajes lo hice en el BMW. Sinceramente, por la diferencia de precio no merece la pena, el Toyota ya es suficientemente cómodo, y es considerablemente más discreto. Durante mi primera estancia, me compré una bicicleta para llevármela a Laos. Ir cargando con eso no es fácil, con lo que el hotel puso a mi disposición una chica en el aeropuerto que me guió a los diferentes mostradores (impuestos, aduanas, facturación especial, facturación, etc…) con una efectividad absoluta, rapidez, elegancia y sencillez. Lo cierto es que ese servicio, ya fuera del hotel, es el toque definitivo para querer volver, y algo que muchos hoteles de grandísimo lujo olvidan, desentendiéndose de sus clientes según salen por la puerta del hall.

Además, cuando ya no podía ser mejor, y ante la visión de una terrorífica cola para pasar el control de seguridad, la señorita me dio una tarjeta y me invitó a pasar por la fila VIP o fast-track. Dos minutos más tarde estaba ya en la otra zona del aeropuerto, sin quitarme zapatos, cinturón, reloj, gafas, y sin sacar el ordenador de la bolsa. Como tiene que ser.


En definitiva, no es el mejor hotel del mundo, pero sí que sirve. Y lo guapísimas y elegantes que van todas las empleadas, claro… Decía más arriba de ligar con las turistas, gran error. Todas las chicas que por allí andan trabajando son guapas, educadas, y muy elegantes, como digo. Una maravilla. A mi regreso, no me quedaré en Lebua, voy a probar unos apartamentos con los que hemos hecho un contrato en el trabajo, que nos salen a precio de risa. Pero si no me convencen, es posible que me termine cambiando.

Tower Club at Lebua, Bangkok. En Expedia salen las suites por unos 200 dólares la noche. Sé que tienen paquetes incluyendo traslados y una cena para dos.

miércoles, 6 de abril de 2011

Lao Airlines

Lao Airlines es la compañía aérea nacional de la República Popular Democrática de Laos, como era de esperar al ver el nombre. Tampoco es que haya volado muchas veces con ellos, pero puedo decir que conozco el 50% de su flota, que se compone de dos tipos de aviones: uno de origen francés llamado ATR-72 (ATR de aterriza, y 72 que deben de ser los asientos, esperemos que no sea el año de fabricación), y otro que al parecer es una copia china, llamado MA-60, con un aspecto que realmente da a entender que han terminado el avión en la terminal, antes de despegar, con alguna pieza que había por ahí (sobre todo en la trasera).

Aparato volador chinorri con ruedas que salen de donde los motores

Yo no es que no me fíe, pues en realidad es una buena compañía con buenos registros de seguridad, puntual, eficaz y no excesivamente cara (esto es, comparada con Air France o Iberia cuando no tienen ofertas). Pero para mis vacaciones me dio por elegir Bangkok Airways, por cuestiones de horarios. El vuelo de Lao de Luang Prabang a Bangkok sale demasiado temprano, la verdad, y madrugar en vacaciones como que no. Pero llegó la temporada de quema de campos y bosques, actividad tan popular en Laos como la república, y el cielo de Luang Prabang se cerró, quedando cubierto todo por una densa capa de humo, cenizas, cosas negras volando, y nubes. El horror.

Tan horror que Bangkok Airways tuvo la amabilidad de cancelar sus vuelos en llegada a LPQ (que es el código del aeropuerto de Luang Prabang), con lo cual, si no hay avión en tierra, tampoco hay vuelos a Bangkok. Así que ahí estuvo la agencia de viajes con la que trabajamos, y se reservó un billete con Lao Airlines, con un descuento de 100 dólares sobre la tarifa, por motivos que desconozco. Y otra vez con Lao Airlines.

La moza tenía novio...

La puntualidad es ciertamente curiosa. En realidad salen puntuales más por casualidad, pues este vuelo es famoso por salir en cuanto más o menos todos los pasajeros están allí, ya listos. A veces a las 07:10, otras a las 07:20, pocas a las 07:30 oficiales. Pocas excepto hoy. Bien.

El trayecto dura algo menos de dos horas. El aparato de hélice hace un ruido de guerra, vuela no muy alto (según el comandante, “a dieciocho pies”), y por dentro resulta bastante cómodo, en el sentido de que la pierna que va pegada a la pared no ha de ir doblada hacia dentro o apoyada en una especie de escalón inútil, como pasa en otros aviones pequeños. Hay clase Business, pero como la puerta de acceso está detrás, los asientos Business son las últimas filas. La diferencia consiste en una funda de tela roja, con sus volantes de ganchillo, cubriendo la tapicería de poly-piel del asiento, muy cómico. Imagino que no sentarán a nadie al lado, pero no lo puedo asegurar. Pagar Business en este vuelo es tan ridículo como hacerlo en un Madrid – Asturias.

Caja sorpresa

¡Tachán!

A mitad de camino sirven una especie de piscolabis, en su correspondiente caja de cartón. Suele ser una especie de bocadillo en bollo dulce, un pastel de bizcocho, y una fruta troceada. De beber, Pepsi, agua, la bebida de naranja de la marca local (terrible), y puede que alguna otra cosa que yo no he visto nunca. No es del todo malo el catering, ojo, los he visto peores. En el vuelo de Luang Prabang a Vientiane dan un vaso de agua, precintado y tal, pero vaso de agua. Iberia, toma nota.


Las azafatas son agradables. No, perdón, la azafata es agradable. Por motivos que desconozco, pero que harían feliza a la ministra de la igualdada, siempre he visto una azafata y un aeromozo (que va vestido que parece el comandante, con gorra de plato y todo). Hay un material de lectura con curiosos artículos y una buena cantidad de errores tipográficos muy simpáticos, instrucciones de seguridad, la bolsa de papel por si uno se pone malo, y dan una toallita refrescante que siempre viene bien.

Y el tiempo se pasa volando (lo siento, no he podido evitarlo), y si uno se aburre, saca la cámara de fotos y captura la hélice con las nubes. Lo cierto es que me gusta volar…


El aterrizaje en Bangkok es normal, sin novedad, aunque la frenada es escasa y rápidamente nos salimos de la pista. Una mirada hacia atrás, y ahí vemos aterrizar un Jumbo de transporte de mercancías, hay que quitarse de en medio pero ya. Al aparcar en el aeropuerto, junto a un Boeing 777 de Qatar Airways, da un poco la risa floja, pero cuando ves los ATR en el aeropuerto de Luang Prabang junto a los jets privados, parecen incluso grandes. Autobús, y para la terminal. Todo sencillo, llegada a la hora, equipaje sin pérdidas y a tiempo, todo perfecto. Como tiene que ser.

¿He dicho que me gusta volar? Próximamente Singapore Airlines, en dos aviones diferentes. Y después de volar en el avión más grande del mundo, otro vuelo con el más pequeño de la flota de Air France. En breves...

miércoles, 18 de agosto de 2010

Comentando noticias

Quienes estábamos en los grupos de noticias a finales de los años 90, “las news” (o las ñus) como se les solían llamar, verdaderos predecesores de los foros de debate de Internet, recordamos con ternura el nacimiento de los primeros “trolls”.

Nennito es el primero que recuerdo. Ese hombre (o mujer, pues en estas cosas nunca se sabe, aunque una de las leyes de Internet dice textualmente que “las mujeres no existen en Internet”) nos hacía ver en cada uno de sus mensajes lo desgraciado que era y la depresión tan enorme que arrastraba, publicando sus penas en los grupos de sexo, motor, sida, depresión, religión… Amenazó con su suicidio en muchas ocasiones, aunque más que amenazar lo que hacía era amenizar. ¿Qué sería de él? Tengo cierta curiosidad, pero me puede la vagancia, la verdad.

Así se leían “las news”, y así se siguen leyendo, por lo visto, 15 años después.

Porque un troll es básicamente una persona que no tiene nada más que hacer que poner un mensaje polémico en un foro abierto, esperando respuestas agresivas y buscando el enfrentamiento. Se puede ser troll por hacer la gracia, por hacerse pasar por quien no se es, o por intentar conseguir una discusión acalorada entre miembros del foro en cuestión, que logre romper la estabilidad reinante. No merecen la pena buscar información sobre ellos, ni esforzarse.

Pero como digo, se puede ser un troll simpático y poner tonterías relativamente provocadoras. Joder los yacusi de cracovia la de polonia tienen tres votones ponerlo porfa, como titulaba el gran John Andorra su estremecedor mensaje en Forocoches en el que escribió su famoso texto “un boton de ai es pa chorros gordos y otro de lus pero le dao a otro y sale muchos frios parriva finos. tengo miedo aqui no se habla correcto castellano electri gay. perdon por el tocho”. O llevar una identidad troll en la que haces creer, durante años y al mayor foro de España, que tu vida es de una determinada manera y, especialmente, que tienes ciertas posesiones. Como todo se descubre pues la memoria de Internet es infinita, y si un troll tiene tiempo de sobra para inventarse cosas siempre habrá dos o cuatro lectores con más tiempo aún para investigar, la verdad suele salir a la luz.

Esto me ha salido buscando imágenes de grupos de noticias, pero lo pongo por ser totalmente apropiado como periódico “troll” que siempre ha sido.

¿Y qué más da? Si total nadie nos conoce… bueno, más o menos, ahora con Facelife, Tuentbook, Second Twit y demás no resulta complejo adivinar quién es quién, pero la realidad es esa, efectivamente nadie nos conoce. Por eso da todo igual.

Y por eso, entiendo, la gente escribe lo que escribe. ¿Alguna vez han leído las opiniones de las noticias de los periódicos on-line? Les invito a que echen un vistazo, por ejemplo, en El Mundo. Cualquier noticia internacional, nacional, regional o de ámbito local que pueda ser comentada, acabará de forma irremediable en un debate sobre Zapatero. Aunque la noticia verse sobre una baldosa rota en una calle de Garrucha, Almería, o sobre la elongación del músculo de la babirusa del zoo de Madrid. Con las noticias internacionales es más que probable que se nombre a George W. Bush, siendo habitual en todas las menciones a Zapatero una mención a Aznar, lo que nos llevará de forma irremediable al 11M. Sí, aunque hablemos de la pobre babirusa del zoo de Madrid. A fin de cuentas los atentados fueron allí cerca y mucha gente va en tren al Zoo.

La sección de deportes es mucho más simple, ya que sólo hay un chivo expiatorio de todos los males, y no podría ser otro que Fernando Alonso. Y es que claro, tener un premio Príncipe de Asturias, vivir en Suiza y ser bajito y feo es lo que tiene. Hable la noticia sobre el Betis Balompié, hable sobre el campeonato mundial de Curling, o como sucede hoy, hable la noticia sobre tenis y Rafa Nadal, allí está Alonso mencionado por los lectores (me atrevería a decir “el lector”) de El Mundo.

Babirusa observando la jugada...

Cierto es que hay mucho paro, cierto es que yo he pasado 10 minutos de mi tiempo escribiendo esto cuando podría haber estado… no sé… dándome una vuelta en mi moto (la peor moto de la historia, por cierto), pero lo de esa gente sigue siendo un fenómeno a estudiar. O no, mejor simplemente a observar… de lejos… durante un rato nada más. Yo sólo les pido a ustedes que sigan mi recomendación y, si no lo han visto ya, dense una vuelta por las noticias comentadas. Eso sí, huyan rápidamente como alma que lleva el diablo (frase que sólo recuerdo haberla oído de mi madre, mi padre era más de “antes de que se me persigne un cura loco”, cosa surrealista al cien por cien). No se planteen siquiera responder, no merece la pena.

Completo esta entrada con una mención a la famosa Ley de Godwin, que dice que “a medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno”. En España se puede aplicar perfectamente si la mención es a la guerra de Irak, al 11 M o a Fernando Alonso. El petrolero Prestige ha venido perdiendo peso, como ya hizo con el fuel. Por cierto, esta Ley es de 1990. Nada nuevo bajo el Sol, que dice el Libro del Eclesiastés.

domingo, 23 de mayo de 2010

Thai Airways, business class

Cinco horas, nada más y nada menos. Cinco horas de retraso del avión por algún problema de conexión en otro trayecto, supongo, que debe de ser similar a cuando los trenes del metro se paran para "ajustar" la circulación. Menudo horror era aquello en París, y siempre me coincidía cuando iba en un tren viejo, aburrido como una ostra, bien de vuelta a casa o camino de algún sitio desconocido.

Eso sí, fueron puntuales con el retraso y la salida tuvo lugar a la hora prevista. Con lo que también Thai Airways funcionó perfectamente (al menos conmigo, lo que prueba una vez mas mi buena suerte con los viajes aéreos) fue con el aviso: llamada al móvil la víspera y así me evitaron la desagradable sorpresa que otros pasajeros con menos suerte se comieron en el aeropuerto junto con el madrugón.


Mi vuelo fue Madrid - Bangkok, a bordo de un Boeing 747 viejuno. Primera vez para mí en un avión tan grande, lo reconozco. Que se le va a hacer, estoy acostumbrado a aviones pequeños, o muy pequeños, y a vuelos no muy largos. Por eso, porque me temía la muerte en el aire, el llegar a Bangkok doblado cual mantis religiosa, la pérdida de movilidad en mis miembros inferiores y mil cosas más, directamente pasé mi billete a clase business, con la esperanza de viajar como es debido. Y sí, pero no. Es decir, sí... pero no. ¿Me explico?

Parece ser que los Jumbo que hacen los trayectos a Bangkok desde París y Madrid son los que quedan por renovar de la flota de Thai Airways. ¿En qué se nota? La clase business es business... pero no mucho. Se queda en un cuatro estrellas no renovado, lejos del cinco estrellas último grito de la cadena Shangri-La con todo tipo de domótica, por hacer un símil con los hoteles. Si, el espacio es infinitamente superior al de la clase turista, y hay todos los servicios que se esperan de un pasaje en categoría superior, pero fallan los asientos.


Y es que yo esperaba encontrarme esas butacas privadas que se convierten en cama y todo lo que va unido a ello, pero me encontré con un viaje en el tiempo a 1985, grandes butacones que se reclinan lo justo, y una pantalla individual bastante pretérita con unos controles igualmente de época.

Pero todo lo demás siguió siendo Business, que es de lo que se trata. Primero por la mayor franquicia de equipaje, segundo por el poder embarcar antes que los demás viajeros y que nadie te mire el tamaño de tu bolsa de mano, y tercero, de entrada, por el servicio personalizado a bordo. Y es que se agradece entrar en un avión y que la azafata te llame por tu nombre (o al menos lo intente) y te acomode en tu asiento sin que tú tengas que andar por el pasillo intentando descifrar cuál es el 37E.

Lo que viene a ser el antídoto contra el viaje.

Cómodamente instalado, antes de despegar y mientras embarcaba "la plebe", hubo un primer pase del bar privado.
Decliné cualquier tipo de bebida por no parecerme procedente siendo las horas que eran, pero si pude observar pasajeros enfilando el primer copazo, especialmente la señorita que ocupaba el asiento de detrás del mío, que luego pasó el vuelo directamente hibernando.

El menú de la cena fue servido relativamente temprano, entiendo que para ir ajustándonos los horarios. Primero un amouse bouche, que es esa pijadita que te ponen en los restaurantes buenos (o en los que lo intentan) a modo de mini entrante. En este vuelo de Thai Airways fue una especie de buñuelo de gamba, con un toque aromático que lo hacía sencillamente delicioso. Además, fue servido a la temperatura perfecta para comer. Luego llegó el entrante, una ensalada de pulpo bastante curiosa, y después el plato principal, en mi caso arroz con cerdo al curry, acompañado de una especie de tarta de postre.

Pulpo mexicano, decían

Tanto el plato principal como el postre no pasaban del 5 raspado, lo mismo que la presentación. Sí, te dan cubiertos de verdad con los que asesinar a varios pasajeros (que digo yo que los terroristas, ya que la van a liar, se pagarán el billete en Business, con lo que ¿de qué sirven esas medidas de seguridad de dar cubiertos de plástico inútiles a la gente de clase turista? Me da que es cuestión de costes y peso...). También te dan copas, servilleta de verdad, aceite de oliva, mantequilla de la Central Lechera Asturiana, etc... Pero no deja de ser un avión, y en este caso un avión bastante mejorable. La ensalada no estaba mal, por otra parte, pero el arroz con cerdo al curry no me supo mejor en el miniplato de Thai que en la bandeja de papel de plata del guarrillo de detrás de Victoria Station en Londres. Bebí una copa de Burdeos, nada aconsejable con el menú, pero me apetecía. Me da que las compañías orientales no entienden mucho de maridajes....

El desayuno llegó tras una noche interminable en la que, por fin, dormí sin mucho problema. Dos opciones de desayuno: europeo y tailandés. Del tailandés me abstuve, no como mi compañero de al lado, y del europeo debí abstenerme también. De nuevo sí, hay mucha variedad, pero cuando no se puede, es mejor no hacerlo. Las salchichas parecían de goma, la tortilla era una especie de mousse de huevo recalentada, y el chocolate, además de estar a una temperatura impracticable, de esto que ves que vas a aterrizar en Bangkok con la taza aún llena, tardó demasiado en llegar. Lo sé, culpa mía por olvidarme de que estaba en un avión, pero hubiese preferido otros productos, más bollería, cereales, o cualquier otra cosa, a esperar con ansia esa desilusionante tortillona. Eso sí, el plato de fruta tenía una pinta excelente. Lástima que con mis alergias tuviese que pasar de él.

Quizá esperaba más, no lo sé...

Otros detalles del vuelo que son de agradecer, además de las películas disponibles o el buen trato dado por las azafatas, se quedan en los aseos. Es una gozada disponer de varios aseos para pocos pasajeros, y encontrar en ellos perfumes, cremas hidratantes, etc... Ambar de Prada para hombre, creo recordar, que es además una de mis colonias favoritas.

Pero lo mejor del vuelo, sin duda, sucedió al aterrizar en Bangkok y encontrarme yo con la conexión perdida. Pese a no ser billetes conectados, nada más salir del finger me recibió una guapísima azafata que me instaló en un cochecito de golf con sirena, con el que recorrimos el aeropuerto a toda velocidad ante la mirada curiosa de los demás viajeros. Por momentos me sentí como el Papa. En el mostrador de Bangkok Airways me esperaba otra azafata más guapísima aún, con la que incluso hice planes de matrimonio. De ahí, me fui a la sala VIP de esa compañía aérea, a esperar la salida de mi nuevo vuelo. Y todo eso mientras alguien de Thai Airways localizaba mi equipaje y lo metía en mi siguiente vuelo, cosa que sucedió.


En definitiva, si renuevan los aviones repetiré con ellos. Como eso no sucederá, y porque tampoco es que yo me case con nadie (salvo con la azafata de Bangkok Airways, claro está), intentaré volver con Qatar, Etihad, Emirates, Singapore, o alguna de las buenas. Y, de paso, traer teclados con acentos, para evitar andar corrigiendo mil veces las entradas de los blogs.

sábado, 22 de mayo de 2010

Lotus Eloise

Tengo un traje que disfruto poniéndolo más que el resto. En realidad son varios los trajes que creo que me quedan perfectos (dentro de lo que cabe), pero este en especial sobremanera. Porque el Cerruti de invierno, pese a sus años, sigue siendo un traje de moda y me sigue sentando como un guante, y aunque me gusta muchísimo y es probablemente el traje más caro que tengo, no alcanza a este otro. También esta uno que compre hace un par de meses, en seda y lana, gris, entallado, con su pantalón de tiro bajo, su tejido relativamente brillante y su chaqueta de un solo botón que, al poner con camisa blanca y sin corbata, está diciendo a todo el mundo: soy tan jefe que ni me preocupo. No, tampoco le alcanza.

Ejemplo de hombre cómodo con su traje

El traje del que hablo lo compre en Zara y no llego a 100 euros en total. Y, sin embargo, está muy bien terminado y sienta... como sienta. Yo no sé cómo me verán los demás, pero da igual que lo ponga con camisa azul y corbata negra (cual presidente francés), con camisa blanca y corbata gris, o con camisa... no, la camisa o azul claro o blanca, y corbatas, la verdad, admite unas cuantas de las que cuelgan en mi armario. El traje en cuestión es azul oscuro, como con raya diplomática "pero tampoco", con una chaqueta entallada de dos botones que puedo decir es, sencillamente, de mi talla. Y cuando llevo puesto este traje y salgo a la calle entrada la mañana, la gente me mira. De acuerdo, esta última frase debería haberla puesto en pasado, de cuando vivía en plena City, rodeado de bancos y banqueros. Ahora, evidentemente, ni me pongo traje ni salgo a una calle llena de ejecutivos, sino que esquivo charcos y procuro no atropellar a nadie con la moto.

Cuando encuentras una prenda con la que estas cómodo, lo normal es que llegue un momento en el que te olvidas de que la llevas. La prenda es una parte más de ti, y la disfrutas en cada momento. Al menos eso me pasa a mí, que me gusta lo que viene a ser vestirse y tener un aspecto adecuado.

Por ejemplo, ellas van cómodas así…

Con los coches sucede exactamente lo mismo, especialmente cuando hablamos de deportivos, pero en el caso que nos ocupa las cosas no van por estética, precisamente, o por empaque. En absoluto. El símil de los trajes ha de ser tomado con cautela y sabiendo leer entre líneas. ¿Qué es lo importante cuando uno va vestido con su pantalón, camisa, corbata, chaqueta y unos zapatos impolutos? Dejar de sentir el traje para poder ser uno mismo. ¿Qué es lo importante cuando uno busca la conducción más pura? Lo importante es lo que sucede en el Lotus Elise.

Acostumbrado a conducir mi Mazda MX5, cualquier coche "normal" me parece una mera maquina de traslación. Eso no tiene nada que ver con la potencia, con el número de asientos o con la anchura de las ruedas. Tampoco tiene nada que ver con el lujo, y no es algo necesariamente negativo. En un coche normal, el conductor acciona unos mandos determinados con la certeza (en la mayoría de casos) o la esperanza (si hablamos de un Fiat X 1/9, por ejemplo) de que esos mandos provoquen la reacción deseada en el coche. En un deportivo, las reacciones del coche se suceden de forma más cercana, casi inmediata a las órdenes que le damos. Por eso son deportivos, porque todo sucede de forma más directa, más veloz.

El X 1/9

Cuanto más radical se hace el coche, cuanto menos tiene, más directas suelen ser las reacciones. No obstante, todo puede acabar terriblemente mal si no seguimos el camino correcto, ya que la receta de la sencillez no es ninguna tontería. Mi viejo Ford Fiesta 1.1 5 puertas del 89 o del 91 (nunca nadie lo supo) tenía una conducción tan directa como errónea, y por muy voluntarioso que fuese el carburador y muy sencillo que fuese el coche, aquello provocaba asco y repulsión hasta extremos desconocidos por el hombre.

Pero volviendo a los deportivos y a los trajes, y concretamente a los coches actuales, uno puede sentarse en un excelente BMW Z4 y notar miles de sensaciones placenteras, incluyendo la de ir sentado relativamente bajo o la bastante relativa de ser observado por todo el mundo. Un Z4 es como cuando uno va "de boda". Si, se va bien y disfrutando, pero no se es uno mismo, o en el caso del coche, se sigue yendo en coche. La inmensa mayoría de los deportivos son así. Los hay más rápidos, más ligeros e infinitamente más caros, como sucede con los trajes. Y luego están esos deportivos que van acercando al conductor al coche, haciéndole mucho mas participe de ella. ¿Dónde sucede el salto al Lotus Elise?

Ello es

He dicho acercar el conductor al coche, como si el coche fuese un ente diferente del conductor. En el Lotus Elise ocurre que deja de haber esas dos partes interactuando. Mientras que en un Honda S2000 el conductor ordena y el coche hace (y lo hace de forma increíble y a una velocidad asombrosa), en un Lotus Elise el coche deja de hacer y el conductor deja de ordenar, porque el coche pasa a ser parte del conductor, y viceversa.

Conducir un Lotus Elise es uno de los mayores placeres referidos a coches (en marcha) que existen. Evidentemente no corre como un gran Ferrari, y digo gran refiriéndome a su potencia y al tamaño desmesurado de los modelos actuales. Tampoco está terminado como un Porsche, ni es tan chiflado como un Lamborghini. Y probablemente cualquiera de los coches de esas tres marcas me resulten más apetecibles que un Elise. La cosa esta en esa perfecta simbiosis entre maquina y conductor, esa ausencia de "yo ordeno, tú haces". Si además ese Elise ha sido convenientemente retocado en cuanto a escape y admisión, el placer es inmenso.

No hay coche, no hay conductor, hay Eloise.

Yo lo he probado, lo he sentido, y ahora sé que no quiero uno, pero esa es otra historia y tengo mis motivos para ello. Sin embargo, hasta la fecha no conozco ninguna otra máquina que me haya transformado en coche.

Parada técnica para retocar.

Y, encima, como con mi traje azul de Zara, no hablamos de un coche excesivamente caro (claro que, para lo que trae, sí que resulta mucho dinero).
 
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