martes, 2 de julio de 2013

Motivos para no volver a un hotel

Antes de nada, advierto que son motivos bastante pijoteros, pero ya me conocen...

Hace unas semanas, publiqué una entrada sobre motivos por los que rechazar un hotel, llamándome mucho la atención el caso de un supuesto agente de viajes que rechazaba hoteles en cuanto le pedían una tarjeta de crédito. Hoy voy a comentar esos motivos que hacen que uno, habiendo depositado su confianza en cierto establecimiento, decida no volver por allí.

Sucedió en Bangkok, ciudad con una oferta hotelera de lujo realmente amplia, para todos los gustos. Y sucedió que le quise dar tres oportunidades a un hotel, que de barato no tiene ni tenía ni tendrá nada de nada, creyendo que era la mejor opción para mí. Y sin duda lo era, o lo parecía. Pero ha resultado que no y, de hecho, no tengo pensado volver por allí.
  
Ahí hay por lo menos 60 hoteles, y un helicóptero

Que se olviden de recogerte en el aeropuerto es algo que con una buena sonrisa, una buena oferta y un perfecto servicio de traslado de vuelta, que incluye asistencia con trámites de devolución de impuestos y tal, más si todo eso es gratis, se solventa. Porque llegar al aeropuerto y esperar tu coche, y no encontrarlo, es una terrorífica forma de empezar la estancia, estancia que el cliente que reserva el coche del hotel, pagando generalmente muchísimo más que si fuese en taxi, espera empiece en el momento en el que se aparece por el hall de llegadas del aeropuerto, y no cuando se entra en la recepción del hotel.

Que no haya quien te siente en el restaurante para el servicio de desayuno, que luego lo hagan, pero que al volver tú del buffet te encuentres con una enorme señora hindú sentada en tu sitio y siendo servida tu té, se toma con filosofía, unas risas, y al final queda en anécdota. Ver al personal atendiendo a una señora tailandesa y olvidándose de los demás ya comienza a ser un poco inconveniente, pero como uno ya es mayor se las arregla solo.
 
Aquí no te sientan, pero tampoco te quita el sitio una señora enorme y, además, tomas algo con un tipo que se parece a Eddie Jordan

Que pese a hacer tu reserva con el propio Director General del hotel, ser tu tercera estancia, haber intercambiado una decena de emails sobre forma de mejorar el servicio en ese sitio, ir recomendado, etc… te pidan de nuevo el pasaporte (yo no necesito visado en Tailandia, no hay porqué pedirlo si hace un mes que me he quedado), la tarjeta de crédito, la dirección, el email, el teléfono, y casi la talla de pantalones cuando todo eso debería de estar ya en su sistema,  directamente resulta molesto.

Que luego te digan que tu up-grade a habitación Club no incluye los beneficios de la habitación Club, suena totalmente ridículo e incluso ofensivo. Que el Director General no haya venido a saludar, teniendo todos los datos del vuelo de llegada, ni haya una nota o alguien en recepción saludando, ya como que no.

Que te vuelvan a dar exactamente la misma habitación es falta de luces pudiendo obtener comentarios de otro tipo de alojamiento. Que esa habitación se sienta húmeda y calurosa en lugar de fresca y ventilada es malo, pero peor es descalzarse y notar la moqueta mojada de lo que uno espera fervientemente que por favor sea sólo agua. Y ya, que en la habitación no haya frutas de cortesía ni esas galletas tan ricas de las dos primeras veces, y no las haya hasta bien entrada la tarde, da a entender que ese hotel no funciona bien los domingos, que es cuando descansan los jefes de departamento si el Director les ha puesto a todos a descansar el mismo día.
 
Uno pisa sobre mojado y se cree más aquí que en donde debería de estar alojándose

Y luego uno va a la piscina, a esa maravillosa piscina a relajarse, pero se encuentra con dos orientales de tamaño cachalote haciendo lo propio: nadar a lo largo, bien pegados al borde y por tanto jodiendo toda la piscina, en una competición de ver quién logra ir más lento y salpicando más, creando auténtico oleaje que sería clasificado por Paco Montesdeoca como fuerte marejada o incluso arbolada.
 
Si Paco dice que marejada, es marejada.

Esa piscina en la que sigue sin haber un servicio de bar, o alguien que te sirva un vasito de té helado y te dé una toalla resfrescante, dos detalles que lo hacen todo y que no cuestan nada en un hotel de más de 300 USD la noche en Tailandia.

El principal motivo, pues, para no volver a un hotel en mi caso no es un detalle, sino algo que sólo puedes achacar a la manera de gestionar el establecimiento. Sólo he puesto algunos ejemplos, cosas que pueden pasar en los mejores hoteles del mundo y que, de hecho, yo como empleado he visto. Pero también he visto una manera de resolver que fidelizó al cliente. Lo que de verdad nunca en mi vida había visto es un semi-upgrade y un personal que casi te perdona la vida al hacer tu check-in en la sala club a la que, al parecer, no tienes acceso -que no hablamos de la sala club del Lebua, ojo, o la de Etihad en Abu Dhabi, sino más bien de la sala Vip del aeropuerto de Luang Prabang con decoración moderna-.
 
Sala VIP
 
En definitiva, estuvo bien mientras duró y echaré de menos a la maravillosa conserje que tienen. Pero a ella sola, porque pese a saber que un paquete debería de haber llegado a mi nombre al hotel y debería de habérseme entregado durante aquella fatídica estancia, nadie en el hotel me lo recordó ni parecían estar al corriente.

Más perdidos que un pulpo en un garaje. Y yo para eso prefiero pagar tres veces menos y quedarme en otro sitio igualmente bueno. Detalles, presencia, detalles, más presencia y más detalles. Algún día lo aprenderán, o quizá no.

martes, 21 de mayo de 2013

Dejarlo todo atrás

Creo que es evidente que, con las tasas de paro que se anuncian en España, a nadie ha de extrañar que los foros en Internet se llenen de gente pidiendo consejo sobre cómo emigrar, cómo irse a trabajar al extranjero, cómo “lograrlo”. Muchos de los que preguntan, en realidad no tienen muy claras las ideas ni las intenciones, y una buena parte nunca saldrá de España, mientras que otra saldrá para volverse, con suerte, al cabo de un año si no antes. Muchos de los que responden apenas llevan dos meses viviendo en un piso compartido en Londres, pero le ponen ganas y contestan con lo que ellos quisieran para sí mismos. No hemos de culpar a ninguno de ellos, no obstante, ni criticarles.

También hay mucha gente que se cree expat, que son esos extranjeros a los que grandes multinacionales mandan a tomar por saco de todo a dirigir un negocio, cobrando millonadas y con beneficios tales como casa, coche, viajes, colegio, seguros, etc… Esta especie es cada vez más escasa, pero es comprensible que quienes se van fuera se quieran ver a ese nivel tan “Españoles en el mundo” o “Callejeros viajeros”, que son dos excelentes detergentes cerebrales disfrazados de programa televisivo de entretenimiento.
  
Expats, viajando en avión

Luego tenemos los que son incapaces de entender que un español puede perfectamente “triunfar” en el extranjero sin ser expat, gente que te pregunta si eres botones cuando les dices que trabajas en un hotel, porque no les da la cabeza para pensar más allá. Aquellos para quienes todos los españoles que viven en Reino Unido trabajan en restaurantes de comida rápida, y de hecho están deseando ir allí de turista para encontrárselos.

No nos olvidemos tampoco de gente normal y corriente, que lleva ya muchos años fuera y ha visto llegar y volverse a muchos compatriotas, incapaces éstos de adaptarse al cambio y a las nuevas circunstancias. Son los que menos ruido hacen, por otra parte, pues tienen más cosas que hacer.

Y, por último, tenemos a los negativistas, para los que todo es imposible. Generalmente empiezan que si en España esto, en España lo otro, como en España en ningún sitio. Los recordarán por un anuncio muy conocido de Campofrío en el que una pareja de turistas visitaba Nueva York, y él decía “tengo unas ganas de llegar a casa y comerme un bocadillo de….” mientras por la calle pasaba un camión frigorífico de la dichosa marca. Podemos dividirlos en negativistas-emigrantes y negativistas-caseros, dependiendo de si salen o no de España. Me resulta a la par curioso y triste que en un anuncio se resalte la morriña de unos turistas que, con suerte llevarán fuera de casa una semana.
 
No hay marcha en Nueva York, y los jamones son de York

Me van a permitir haber hecho un resumen tan escueto, y un poco cutre, del panorama, pero sólo quería darles una pequeña introducción al tema, por lo siguiente: desde hace meses, las discusiones en Internet sobre la emigración incluyen un componente bastante peculiar que debería de ser estudiado. Y es que poco importa que quien hable pertenezca al grupo que pertenezca de los arriba nombrados. Hombre, entre los que llevamos muchos años fuera, quizá no se aprecie el componente que quiero decir, pero seguro que alguno hay que piense así.

Es un componente de tristeza, de hundimiento, un sentimiento que no es pesimista sino negativo. Cómo explicarlo, digo que no es pesimista porque se da en todo tipo de gentes, tanto en los ilusionados como en los reticentes, tanto en los que tienen la maleta hecha como en los que siguen en pijama. Es una, a mi juicio equivocada, idea que se resume en “dejarlo todo atrás”.

Es esa impresión, o al menos la que yo me llevo, de que para ellos el salir al extranjero es poco menos que una cadena perpetua en una cárcel de Filipinas, aunque estemos hablando de irse a trabajar a Toulousse o, por ser aún más extremos, de irse a Biarritz cuando se es de Bilbao.
  
Todo atrás

Todo atrás. No, no hablo de un Porsche 911, sino de un error de base que me entristece leer en mensajes escritos por gente muy joven y sin experiencia. ¿Qué es lo que causa semejante aberración? ¿Cómo es posible que quien no tiene trabajo ni casi posibilidad de tenerlo, se siente a meditar sobre un posible futuro en el extranjero y piense que lo deja TODO atrás? ¿Qué es ese todo?

Quiero creer que la causa proviene, aunque sea en parte, del confort al que nos hemos acostumbrado, el tenerlo todo al alcance de la mano, el sentimiento de seguridad por tener controlado lo que pasa a nuestro alrededor y conocer lo que nos rodea. Eso que nos pasa cuando hemos crecido en un mismo lugar y, generalmente, ido de vacaciones de verano a otro mismo sitio durante toda la vida, aunque la vida sea corta y, curiosamente, aunque se hayan visitado muchos otros lugares (porque la visita fue como la de los del anuncio de Campofrío). La mezcla del natural miedo a lo desconocido con el miedo a perder lo que tenemos. Más vale malo conocido que bueno por conocer, aunque lo malo sea un freno total al desarrollo personal, y lo que se pierda sea nada porque nada se tiene.

¿Quién les ha metido en la cabeza esa idea? ¿Es una cuestión de proteccionismo? ¿O es una simple y llana negación de la realidad?
 
¿Banana? ¿Piña? ¿Por qué el primo de Bill Gates está confuso?
 
Como yo no soy ni sociólogo ni tertuliano, no voy  a seguir con el análisis de las causas sino que aclararé algunos conceptos que la generación del Smartphone parece haber olvidado, por extraño que suene. Como ya comenté en mi artículo “El viajero eterno”, quienes hemos vivido en muchos sitios diferentes, queremos vivir en ciudades que son un megamix de recuerdos positivos, y en cuanto salimos de ellas las echamos de menos ya que nuestra mente olvida lo negativo, por muy negativo que fuese todo. “No quiero dejar a mis amigos, mi familia, a mi vida (en negrita, sí), atrás…” Leer eso de alguien que no supera la treintena es desolador.

Skype, Whatsapp, 3G, Facebook, Gmail, Flickr, Twitter, Tumblr, Forocoches, elmundo.es, km77.com, Youtube… Que alguien cuya vida es básicamente eso te diga que la deja atrás por irse al extranjero, cuando todo eso cabe en un bolsillo, es inexplicable. ¿O hablamos de la vida social de ir a tomar algo o de salir a cenar? No me lo explico, de verdad, ¿no hay vida social en el extranjero?. Es la pura cerrazón por la cerrazón, y empiezo a creer que no tiene remedio. Es la madre llorando porque el niño se va con una maleta enorme a… ¡a Londres! ¡Pero si es que Londres está a dos horas de vuelo con compañías baratas! Que lo más lejos que está es por el cambio horario, señora… Pero que una madre llore es comprensible, no nos confundamos. No es admisible que alguien con la formación y el conocimiento (o las posibilidades de tenerlo) del mundo occidental sienta otra cosa que no sea emoción por adrenalina ante la idea de iniciar una etapa en el extranjero.

¿O quizá hablamos de la comida? Curioso, cuando la mayoría de la gente come mal y cosas que se pueden comprar en todo el mundo. ¿Es miedo a lo desconocido o un ataque de ignorancia de proporciones bíblicas? Lo de antes, la cerrazón por la cerrazón. Ese miedo tan nacional que nos hace ir corriendo al Zara de la ciudad en la que estemos, a ver la misma ropa que vemos en nuestra pequeña, y generalmente paleta, capital de provincias. Ese miedo que nos hace sentir alivio al ver que en el restaurante tienen vino Marqués de Cáceres entre todas esas cosas sudafricanas o neozelandesas. El mismo que nos guía al McDonald’s aunque estemos rodeados de restaurantes de todo el mundo.
  
Embajada de España en Ginebra, tomada
 
Por otra parte, yo quisiera preguntar a los asustadizos algo muy sencillo: ¿qué hay de malo en cambiar de vida? Ellos siguen empeñados en que lo dejan todo atrás, pero ¿por qué no ver el cambio como algo positivo? De la misma forma que uno no se pone a llorar, salvo que se tengan 6 años, por tener que deshacerse de unos pantalones que se han quedado pequeños o que parecen un pingo, ¿por qué negarse a un cambio? ¿Por qué creer que nada de lo obtenido hasta entonces será válido y que todo se perderá en cuanto nos sellen el pasaporte?

Hay un razonamiento de Epicuro que siempre me gustó sobre el irracional miedo a la muerte, irracional porque estando muertos no podemos sentir miedo ni ninguna otra sensación. Se puede extrapolar a este tema “migratorio” con un irracional miedo a lo desconocido: si es desconocido, no se le puede tener miedo porque no se conoce; y una vez que lo conoces, deja de ser desconocido. Quizá sea un tanto exagerado y no sé si se entenderá lo que quiero decir, que se resume en que una persona joven nunca ha de temer al cambio. Sí tener respeto y ser precavido, evidentemente, pero sin temor. Bueno, vale, un temor pequeñito si me apuran….

O como dijo una vez alguien respecto a los problemas: si tiene solución, ¿por qué te preocupas? Y si no tiene solución, ¿por qué te preocupas? Acabo las citas con una de Jack Sparrow, una de mis favoritas y que intento aplicarme a mí mismo cuando me veo en algún aprieto, sea éste del ámbito que sea: el problema no es el problema; el problema es tu actitud ante el problema.
  
Sparrow
 
No seré yo quien anime a la gente a salir al extranjero, eso ya allá cada cual; ni quien se posicione en el bando de los que sólo ven la posibilidad de emigrar y pretenden aplicar eso a todo el mundo, independientemente de las circunstancias personales de cada uno. Pero que no me vengan con “lo dejo todo atrás”, porque no cuela. Todo atrás lo dejan los subsaharianos, que es como ahora se llama a los negros, cuando cruzan en una patera el estrecho tras haber, literalmente, dejado todo atrás, concretamente al dueño de la patera a modo de pago por el viaje. Pero no lo que deja un chavalete de Burgos que se va a trabajar a Berlín. Háganme el favor…

Artículo escrito cuando se cumplen 11 años de mi primera experiencia en Francia, y algo más de 3 años de mi llegada a Asia.

sábado, 18 de mayo de 2013

Shinta Mani, Siem Reap

Hay veces en las que uno no puede más y, harto un poco de tanta vulgaridad de resort 4 estrellas típico de zona turística, decide moverse a un hotel de esos que llaman boutique o de diseño. Cuando esto sucede en Siem Reap, Camboya, los motivos se vuelven inexplicables. Y es que esta ciudad, a dos pasos de los impresionantes templos de Angkor Wat, es el típico lugar en el que uno ha de alojarse en un gran resort con espacio, piscinas, bares, buffets y, casi casi, animación. Bueno, eso igual no, pero resort, sin duda alguna.

El plan ideal en Siem Reap, al menos fuera de la temporada de lluvias, consiste en levantarse realmente temprano para ir a Angkor al amanecer. No hagan caso del resto de manadas de turistas, y no esperen a la salida del sol para hacer la foto de los templos reflejados en el estanque con el sol naciente de fondo. O hagan la foto, pero corran rápidamente al interior de los templos, para verlos sin apelotonamientos coreanos (de Corea del Sur, se entiende).
 
Los turistas esperando por la foto
 
Luego, visiten algún que otro templo y vuelvan rápidamente al hotel a descansar, a bañarse en la piscina, a tomarse unos cocolocos o lo que les plazca, a volver a bañarse en la piscina, a comer, a volver a bañarse en la piscina, y a volver a bañarse en la piscina. Y cuando estén como pasas, regresen a los templos a seguir la visita hacia eso de las tres de la tarde, para terminar con la puesta de sol, regresar al hotel, último baño en la… bueno, ya saben, cenar y, si eso, salir a tomar algo a la horripilante zona de turistas de la ciudad (este punto es totalmente prescindible)
  
 Pub Street, totalmente prescindible

Pero no cometan el error, teniendo un presupuesto amplio, de ir a un hotel boutique de diseño, como es el Shinta Mani. Que conste que si me cambié de hotel fue por imposibilidad de seguir en donde estaba, al estar completo. La opción Raffles no era mucho más cara, pero quería probar el famoso hotel de diseño de la ciudad. La opción Aman es la mejor, pero no me apetecía pagar casi mil dólares por una noche, menos estando solo como estaba. La opción Orient-Express es clásica, pero tan clásica como poco apetecible. Sólo me quedaba el Shinta Mani, y allí fui.

La entrada al hotel es realmente bonita. En realidad, todo es muy bonito, así que no sé muy bien por qué me quejo tanto… Sí que lo sé, y es que un hotel no ha de ser sólo bonito, también ha de ser cómodo y ha de tener alma. El confort lo dan los equipamientos, el alma los empleados y, en última instancia, la dirección. En todos los sentidos, no sólo por la calidez del trato, sino por el enfoque comercial del hotel y la elección de sus mercados. Vamos con el tema del hotel en sí.
 
Entrada del hotel
 
La habitación era un verdadero desastre. Una cama amplia y bastante cómoda, eso era lo bueno, junto con una hermosa ducha. Nada más. A mí ya no me engañan, y no me siento impresionado por unas paredes grises, unas luces escondidas, una pantalla plana negra o unas cortinas raras. Mi habitación, en planta baja, daba directamente a la piscina y, como es lógico, obligaba a tener las cortinas permanentemente cerradas. Luz natural, no. No me importaría si hubiese vegetación, pero el hotel es un puro bloque de cemento adornado con piedras negras. Tampoco me importaría si hubiese espacio, pero de mi ventana a la piscina no había más de dos metros.
 
 Habitación en foto de catálogo
  
El aire acondicionado carecía de mando a distancia, y eso ya te fastidia todo. Que tardes 15 minutos en hacer sonar tu iphone en el equipo de música, pues bueno, quizá torpeza propia. Que el equipo de música tenga un subwoofer de tamaño de concierto de Lady Gaga… eso ya te cohíbe para poner tu música y te asusta ante la posibilidad de que el vecino sea fan de Camela o de Tito MC. Nada destacable, salvo que… que nada, nade de nada destacable.

La piscina, otro desastre absoluto. Me gustan las piscinas que usan sal en vez de cloro, lo prefiero. Y me gustan las piscinas alargadas en las que nadar, pero no en un hotel de vacaciones. La piscina es negra, y a sus lados hay tumbonas. El agua desborda y se filtra bajo unas rocas negras. En realidad, es como nadar en una bañera gigante. Para trepar, perdón, para entrar en la piscina hay que superar un muro de un metro de alto, y luego meterse en el agua. Sin problema, salvo que al salir, completamente empapado, te das cuenta de que todo el suelo que te rodea es de un hermoso cemento pulido brillante, resbaladizo y duro como el hielo. El patinazo está asegurado, la fractura de crisma es opcional (desconozco si la cobran aparte).
  
Piscina negra

Hay un bar en la piscina, sin alma de ningún tipo. Como todo el sitio. Dos clientas postureando cual top-model de catálogo del Hipercor, un grupo de tres jóvenes que llegan y son conducidos a sus habitaciones mientras se les cae la baba por el diseño… Sinceramente, creo que es un hotel que, como mucho, impresionará a los clientes inexpertos. Fin de la historia, a mí no me venden la moto.

El tema del desayuno fue bastante patético, como patética fue la respuesta que obtuve de la dirección hacia una crítica escrita en otro medio. Ningún producto local, poca calidad, poca imaginación, ningún atractivo. Eso sí, camas colgantes para desayunar sobre ellas. Camas que no se veían limpias.

Y así pasó la noche, sin pena ni gloria pero con 250 dólares menos en la cartera. Que no es que me moleste, pero es que tampoco lo vale. Un hotel que, de estar en Londres, podría vender a mil euros la noche. Pero no lo está, y donde está lo que apetece es resort, piscina gigante, muchas plantas, buffet con muchas cosas, y todo lo que ofrecen establecimientos como el Victoria o el Sofitel. Pero desde luego que no un bloque de cemento relleno con habitaciones, por mucho diseño que tenga.

Salí de allí sin ninguna intención de volver, pero con la lección aprendida: en cada sitio, cada cosa. Cómo sería que ni se me ocurrió usar el resto de servicios del hotel.

Sinta Mani, Siem Reap
http://shintamani.com/
Tienen una fundación que hace cosas, imagino. Me parece estupendo y lo apoyo.

martes, 26 de febrero de 2013

Motivos para rechazar un hotel

Entra ahora mismo una señora vestida con chándal y un horrible chubasquero en el restaurante de un hotel, que tiene acceso directo desde la calle, y ni corta ni perezosa se dirige al camarero en francés para preguntarle por el baño. Estamos en una pequeña ciudad del Sudeste asiático que, ciertamente, fue colonia francesa hace muchos años, muchos más de los que tiene el camarero. También estamos en un hotel de lujo.

Me apasiona la facilidad que tiene la gente para presentarse en hoteles, restaurantes y demás con objeto de usar el cuarto de baño. Sin problemas.
Me apasiona igualmente la facilidad de muchos franceses para dirigirse a todo el mundo en francés. La cara del camarero, todo sea dicho, era un poema. Porque yo puedo entender, o mejor dicho conocer debido a mi experiencia, esa actitud. Pero este chaval, que por cierto me acaba de traer una copa enorme llena de un zumo de naranja delicioso, como sabe que me gusta, no alcanza a explicarse por qué un desconocido le pregunta por el baño, ni menos por qué le habla en un idioma que ya casi nadie habla en el país.
 
 Tu sais où sont les toilettes?
 
No es la primera vez que veo estas cosas, y a veces llega a cabrear la actitud del “cliente”.  Me resulta incomprensible cómo alguien puede enfadarse porque le miran mal al querer usar el aseo de un hotel de lujo. Resulta curioso que no se les vea entrando en el bar cutre de la esquina, no. Evidentemente, mejor aposentar y cambiar aguas en un entorno distinguido, tratándose de ocasiones especiales. En capilla, vamos.

Cierto día presencié una reacción que no sabría ni cómo calificarla. Estaba yo sentado en el hall de un conocido hotel parisino esperando a un amigo para comer un tartare de esos que sólo preparan bien en París, cuando noté a alguien que, cómo decirlo suavemente, no pegaba con el entorno. Pero no tanto por aspecto, sino por actitud. Esa persona llegó, se sentó, sacó el ordenador, pidió la contraseña del wi-fi, preguntó por el baño, denegó la oferta del camarero de tomar algo, pidió papel y bolígrafo… hasta que una señorita, muy bien vestida y arreglada, con sus tarjetas de visita y su teléfono en la mano, le preguntó educadamente si estaba esperando a alguien o si le podían ayudar. Había pasado  ya más de hora y media, yo ya comía con mi acompañante el postre (imagino que alguna tontería de chocolate, habitual de por allí). El hombre dijo que no esperaba a nadie, a lo que la señorita, con una exquisita educación pero con la mayor de las firmezas, le dejó saber que aquello era un local privado y le invitó a irse.
 
 Recreación del lugar de autos
 
El escándalo, seguido de la más ridícula de las amenazas jamás escuchadas: ¡pues nunca me quedaré en ningún hotel de esta cadena!

Mi acompañante y yo nos moríamos de risa, al igual que el jefe de sala y su barman. No digamos ya Jean François, el conserje (todo un personaje, conocedor de absolutamente todo París), que no escondía sus risas mientras señalaba con el dedo cual Risitas, el perro de Pierre Nodoyuna.

Un motivo como otro cualquiera para no elegir un hotel, imagino. Hay gente para todo, qué duda cabe. Yo suelo tener otros motivos de mayor peso para rechazar un hotel, pero allá cada cual. El otro día, un cliente me comentaba que él siempre escribía un email a los hoteles y, en base a la respuesta, elegía. En su email explica que son seis: padre, madre, tres niños y una niña.  Basa su elección en la capacidad de respuesta, imaginación e iniciativa del hotel para acomodarles. Hace bien.
 
Kids suite en algún hotel americano
 
Otro, muy curioso porque lo leí en un foro escrito por alguien que decía ser agente de viajes, es la tarjeta de crédito. Ese personaje aseguraba que descartaba un hotel en cuanto le pedían la tarjeta de crédito. Yo, que soy hotelero, le pregunté el porqué de su negativa a dar esos datos, y él aludió que no se fiaba del uso que se haría de su tarjeta. No logró entender que yo tampoco me fiaría de alguien que reserva si no me garantiza que va a venir, o de alguien que se aloja si no me garantiza que me va a pagar o que no me va a destrozar el hotel. Para aquella persona, el malo es el hotelero. Él sabrá.

Mi motivo principal para rechazar un hotel es el acceso a internet. Que uno puede ser muy pijotero para ciertas cosas y gustar de recibir buen servicio cuando se paga (o cuando me invitan), como también me adapto a hoteles baratos en los que sabes que casi todo va a ser malo, como el último en el que estuve en Hanoi, un tugurio inmundo extremadamente barato y con el peor desayuno que jamás vi, muy bien localizado a dos pasos de mi nueva oficina, pero cutre hasta decir basta. Eso sí, con un jacuzzi en la habitación.
 
Internet, esta mañana
 
Lo que yo no puedo tolerar es que un hotel de supuesto lujo me cobre por acceder a internet. No hay excusa que valga, el acceso a internet, aunque haya quien viaje y no lo necesite (que lo dudo), es como el agua caliente. A día de hoy, sigue habiendo muchos hoteleros, demasiados, que consideran el acceso a internet como un servicio de pago al nivel del mini-bar o la lavandería. Y no, internet es un servicio básico que ha de facilitarse no ya de forma gratuita, sino con la mayor sencillez de acceso posible.

Algún día los hoteleros se darán cuenta de ello. La pena es que muchos no viajen, porque entonces caerían en la cuenta de lo ridículo que resulta pagar por acceder a internet en un hotel de gran lujo de Londres, no ya cuando en un hotelito de Nyang Shwe (Birmania) te lo facilitan sin cargo, sino cuando basta bajar al MacDonald’s de Picadilly Circus para acceder (mientras te pones como un cerdo a base de hidratos, lípidos y, sobre todo, sal) a tu correo, a los blogs, a los periódicos o directamente al porno, que alguno se ha visto disfrutando por partida doble. O al Starbuck’s si te diferencias de un pedigüeño por llevar un iPhone.

Hipsters que no pagan por la conexión
 
Gratuito y sencillo. Tampoco me explico por qué en unos hoteles el acceso es simple, directo y veloz, y en otros, misma ciudad, un puro engorro en el que has de conectarte introduciendo tu nombre (y rezando por que la persona de recepción lo haya escrito bien en el sistema), y un código imposible que te facilitan en un papelito mal recortado, que siempre pones mal porque la ele resultó ser un uno, y el uno era una i mayúscula. Y, tras haberlo logrado, el acceso se corta a las X horas.

En uno de mis últimos viajes a Bangkok, estuve alojado en un hotel que preferiré ni nombrar ni comentar. No era malo, ojo, es sencillamente que no hay nada que decir de él, salvo “lo del internet”. Para cuando logré conectarme, ya tocaba salir a cenar. A la vuelta, aquello seguía funcionando, pero evidentemente fue a cortarse por la mañana, cuando yo tenía que descargar un archivo importante y enviar un par de correos, estando yo en la cama, sin duchar aún y en pelota. Llamada a recepción, la chica me dice que tengo que bajar a firmar un papel para renovar mi conexión, pues he de renovar mi conexión cada día. Logré convencerla de que no iba a bajar y para que me diese un acceso de forma inmediata. Lo que el hotel logró es que ni siquiera me plantee quedarme nuevamente allí, aunque me inviten. 
 
Lo del internet y el alquiler de la manta, son 35 dineros más IVA
 
¿Se imaginan algo así con el agua caliente, el aire acondicionado o el papel higiénico? Algunos hoteleros no lo entienden, pero lo cierto es que esas tres cosas, pese al confort que suponen, son sustituibles. Ducharse, uno se puede duchar con agua fría y, aunque pueda haber riesgo de pulmonía, es tonificante; no tener aire acondicionado puede convertir la habitación en una sauna, ahorrándonos el spa; sobre sustitutos del papel higiénico no hablaré, por motivos de decoro. ¿Cómo sustituyo el acceso a internet si no tengo un teléfono que me lo permita, o donde estoy no funciona, y por narices tengo que enviar un correo con un archivo que estoy terminando en mi ordenador? Temo que algunos hoteleros crean que eso se arregla abriendo el minibar y tomándose ese zumo de piña que nadie se toma, o la bolsita de pistachos. Ellos sabrán.

sábado, 23 de febrero de 2013

Naypyitaw, el lugar más extraordinario

Con la llegada de los militares al poder en Birmania,  en 1962, no sólo se abolieron constitución, derechos, libertades y demás. El país incluso cambió de nombre y, posteriormente, cambió de bandera. Y de capital. No cambiaron de localización porque les resultaba engorroso, supongo. Ésta es una introducción un tanto cutre y simplona, pero no me negarán que para más datos es mejor consultar un blog sobre historia o una buena enciclopedia. Yo sólo lo digo para que aquellos que estudiaron que Birmania capital Rangún, se pongan al día con el actual Myanmar capital Naypyitaw. Es, cuanto menos, conveniente.

“El lugar más extraordinario”, así lo describía en un informe un vicepresidente de cierta multinacional tras su estancia en la capital, y no le faltaba razón. Es una ciudad tan extraña que resulta difícil explicarla de forma ordenada, quizá porque la ciudad, pese a lo que podría entenderse de un proyecto organizado por militares, carece de todo orden y de toda lógica urbanística.
 
Welcome to Naypyitaw

Quizá pueda enfocar este artículo como una supuesta visita que comienza con un viaje en coche desde Yangon (Rangún) hasta la capital, para luego regresar en avión. Además, dado que ya escribí sobre Myanmar Airways, aquí podré actualizar hablando de su pequeñísimo Beechcraft en el que tuve la suerte de hacer un par de viajes a Naypyitaw. Comencemos, pues, con la autopista que nos lleva desde Yangon hacia el Norte, una autopista de nueva construcción que pasa junto a Naypyitaw para a continuación dirigirse a Mandalay. De entrada, eso de que sale de Yangon es un decir más que una realidad. Desde la que era mi oficina, en pleno centro de la ciudad, para alcanzar la entrada de la autopista siempre hubo una hora de circulación densa (hasta el aeropuerto), y otra de circulación fluida por unas calles anchas llenas de curvas, coches, niños, perros, autobuses sin puertas y algún que otro caballo.

Incorporarse a la autopista pasa por una avenida recta de bastantes carriles sin pintar, y un puesto de peaje. A partir de ahí, libertad (condicional). En mi primer viaje en coche descubrí, pasada poco más de media hora, que la idea de circular a 140 era totalmente descabellada, así que reduje el ritmo a unos modestos 100/110 que se transformaban en 130 ocasionalmente. Los baches, las curvas, y la falta de aislamiento de la vía, aconsejan ir con cautela, aunque los birmanos ricos te pasen a mucha más velocidad. Lo más destacable de esa autopista, lluvias y tormentas aparte, es su población. Hay que pensar que la gente que vive en sus alrededores, a medida que nos adentramos en el país, lleva viviendo de la misma manera centenares de años, y su actitud hacia la autopista es más un “qué bien, ahora tenemos un camino ancho” que cualquier cosa que tenga que ver con el desarrollo o la seguridad vial. Es gente que vive sin electricidad en sus casas, por poner un ejemplo. Así, por la autopista no es raro encontrarse motos en dirección contraria, bicicletas, niños volviendo del colegio, perros, patos, algún que otro camión en sentido opuesto porque le resulta más conveniente, etc., etc.…  Y gente limpiando las cunetas a mano, incluso pude ver a alguien barriendo la cuneta.

Y así, tras tres o cuatro horas, llegamos al área de descanso en donde parar a estirar las piernas, despejar la mente, ir al baño y tomar algo. Pese a su aspecto similar al de cualquier área de cualquier país, no esperen nada occidental. Uno de mis acompañantes, más inglés que la Reina Isabel, quiso tomar un té. Por nuestra mesa pasaron todas las variedades de té disponibles (verde, verde con azúcar, chino, con leche condensada, frío…) hasta que, como último recurso, le trajeron una taza del té ultra concentrado y absolutamente negro que usan para mezclar con leche condensada. Culpa suya, por pedir cosas raras.

De ahí a Naypyitaw es una tirada ya muy corta, y se llega en un momento. La salida de la autopista nos desemboca en una avenida que cada vez se va haciendo más ancha. No hay tráfico, y mientras seguimos circulando por esa avenida se nos hace de noche. No es que anochezca muy rápido, es que el lugar es inmenso. A ambos lados de la carretera se van acumulando hoteles, a cada cual más terrible. Uno de ellos incluso tiene un viejo jet sin motores acondicionado como bar. También vamos dejando de lado urbanizaciones de chalets construidas para los militares, y un campo de golf.
 
Pagoda Uppasanti, por fuera

Siempre me he alojado en el hotel Aureum. Me van a permitir no escribir una crítica feroz ni dedicarle un artículo completo pues, aunque ahora ya no resida en Birmania, prefiero no criticar algo que pertenece a una persona muy poderosa en el país. Sólo decir que es todo muy ostentoso, que tiene piscina y que, de todas formas, tampoco les interesa pues nadie va a Napyitaw a disfrutar de un hotel. Bueno, y que es como si hubiesen construido el hotel y luego haberse dado cuenta de que tenían que poner las tuberías. Creo que sigo teniendo restos de cemento en uno de mis trajes, gracias a esa extraña técnica de construcción de añadir desagües a posteriori.

El Aureum no queda lejos de uno de los dos centros comerciales de la ciudad. Visité uno, no dejaba de ser un gran supermercado con algunas tiendas en las que, como suele ser habitual en el país, hay siempre tres o cuatro chicas aburridas jugando con su teléfono móvil en espera de que entre algún cliente (que no entrará al ver el panorama). Lo que sí se ven son funcionarios adinerados con grandes coches negros aparcados en el parking.
 
 Zona comercial, supuestamente
 
La ciudad no tiene centro. Hay, si eso, una zona de casas bajas con alguna tienda y dos o tres restaurantes en una colina, es el llamado barrio de Myoma. Pero no hablamos de un centro por el que pasear. Los paseos se hacen en coche, punto. De esos restaurantes, destaca un tailandés por ser un poco más lujoso y por servir comida china. Sí, lo llamé tailandés porque el mismo restaurante se denomina tailandés. Quizá sea más recomendable ir al restaurante de estilo Shan que hay al lado. Imprescindible para comer, con esas bandejas metálicas de cantina de prisión. Brutal. Eso sí, una comida deliciosa.
 
 Comida en el restaurante Shan
 
Digamos que en Naypyitaw hay tres puntos destacables. Una es la réplica de la pagoda Shwedagon de Yangon, que llaman Uppatasanti. Al ser de nueva construcción, es hueca por dentro y uno puede pasear por su interior, siempre descalzo, admirando los bajorrelieves de la vida de Buda. De todas formas, no hay prácticamente nadie dentro. Por fuera es espectacular, como espectaculares son las vistas de la ciudad. El otro punto de interés es el parlamento, pero olvídense de visitarlo. Uno puede acercarse relativamente, ya que a mitad de la avenida hay un control policial infranqueable. No seré yo quien saque la cámara de fotos allí.
 
  Pagoda Uppasanti, por dentro
 
Y el tercer punto de interés no es otro que la infraestructura viaria. Básicamente, los ministerios están distribuidos junto a una autopista de cuatro carriles por sentido, con unos jardines perfectamente cuidados en la mediana y rodeada de aceras cuyos zócalos van pintados en inmaculado rojo y blanco, cual piano de circuito de carreras. Y encima tiene curvas, subidas y bajadas. Un verdadero paraíso, imagino, para quien tenga permiso para darle cera al coche. De vez en cuando hay una rotonda inmensa con una fuente en medio, y muy pocas señales de tráfico.
 
 Fuente con pagoda
 
Y es entonces cuando, en una de esas rotondas,  observamos una extraña salida con una cantidad de carriles considerablemente mayor al de las otras avenidas. La rotonda ya nos avisa, el buen observador habrá visto que hay no menos de 5 carriles ahí. ¿Quiere decir que la avenida en cuestión tiene 10 carriles? Al principio sí, porque pronto se ensancha para ocupar nada menos que 24 carriles, que al verlos en línea recta y pendiente descendiente impresionan, vaya que si impresionan.
 
 Avenida, desde el coche
 
He dicho que no hay un centro como tal, pero eso no quita para que la ciudad esté dividida en zonas. He hablado de la zona de hoteles, la residencial (aunque no he nombrado los bloques de apartamentos, muy discretos y disimulados, nada que ver con los edificios-colmena comunistas que uno se imaginaría), la comercial y la administrativa. Falta por nombrar la zona internacional en la que, como era de esperar, no hay absolutamente nadie ya que ningún país ha movido su embajada de Yangon a Naypyitaw.
 
 Zona religiosa, esperando nuevos templos o a saber
 
Toca regresar, lo haremos en avión. Si la ciudad es extraordinaria, el aeropuerto no lo iba a ser menos. Recién terminado y sin usar, huele a nuevo. ¿Saben ese olor a moqueta nueva? Así es, a nuevo. La instalación es tremenda, hay decenas de puertas de embarque y de mostradores de facturación, separados entre vuelos domésticos e internacionales. La luminosidad es perfecta, la amplitud y la modernidad de todo ello es alucinante. Llegamos tarde, hemos salido de una reunión en uno de los ministerios, tras asistir a una gala de algo en un hall de congresos descomunal, y toca llamar a la compañía aérea para que retrasen el vuelo. ¿Problema? Ninguno, somos los únicos ocupantes del avión, que hemos fletado para nosotros.
  
Aeropuerto, hall principal 
 
Al llegar, pasamos los controles de seguridad pertinentes. Seguimos estando solos, allí no hay nadie más. Es la primera vez que paso un control de seguridad mientras hablo por el móvil, pero no parece importarle a nadie. Pese a nuestro retraso, pasamos a la sala VIP. Uno no puede negarse a que te sienten cinco minutos ahí, las autoridades han de mostrar el aeropuerto completamente, lleguemos tarde o no. Y embarcamos. El Beechcraft nos espera en la pista, a donde nos lleva un autobús modernísimo y que dudo tenga más de 500 kilómetros en el marcador. El vuelo pasa sin mayor incidencia más allá de la risa que provoca ir metido en esa avioneta, o que la azafata te ofrezca té o café para luego avisarte que la bebida va fría porque no tiene cocina. Imagino que el avión tampoco tiene aseo, da igual.
 
 Embarcando

No es un sitio al que ir de turismo, la verdad. Hay quien va, allá ellos. Birmania es lo suficientemente variada como para pasar un día en Naypyitaw. Pero si han de ir por negocios, ahora ya saben a qué atenerse. Eso sí, tengan en cuenta que en ese país las cosas cambian a una velocidad pasmosa, quizá lo que he escrito ya no sea válido.

Pueden leer, en español, esta interesante entrada sobre la historia y el urbanismo de la ciudad. También en Skyscrapercity.com hay un buen hilo con multitud de imágenes.

domingo, 6 de enero de 2013

Mañana de Reyes

1993, Oviedo, España. Un bloque de pisos en una calle del centro.

En el Quinto puerta 2, Francisco y Carmen creen tenerlo todo bajo control. Saben que Carlos anda con la mosca detrás de la oreja, a sus diez años es más que probable que en clase alguno haya dado el chivatazo y claro, el chaval empieza a sospechar que quizá haya vivido engañado las mañanas del seis de Enero desde que tiene uso de razón. Pero Carmen es muy ocurrente y tiene respuestas para todas las preguntas de Carlos, respuestas que van más allá del clásico “porque son magos…” De cualquier manera, esta tarde irán a la Cabalgata con los primos, tanto los mayores como los pequeños.

Arriba, Pepe y Natalia, la pareja que llegó hace pocos meses al Sexto puerta 5, tan sólo se tienen que preocupar de lo habitual ya que Ángela y María son demasiado pequeñas para cuestionarse nada. Pepe no logra ocultar la emoción y está decidido a volver a hacer que todo sea pura magia en casa. Para ello cuenta con la ayuda de Manu, amigo de toda la vida que, además, no vive lejos, y de Isidore, francés de nacimiento pero de claros orígenes africanos. Vamos, que es negro, pero negro como un zapato. Van a montar toda una representación, no sea que las niñas se despierten… En realidad eso es lo que quiere Pepe, que se despierten y vean pasar a los Reyes. De momento, Natalia se encargará de distraerlas llevándolas a la Cabalgata, y luego a acostarse pronto, que es lo que toca.

En el Noveno puerta 4, Andrés no está pasando sus mejores Reyes. A sus casi dieciséis años no siente ninguna ilusión, no entiende nada de lo que pasa en casa, no entiende a su hermana Lucía (de hecho, sólo sabe de ella que estudia en otra ciudad), y lleva ya un tiempo algo fastidiado. Y todo porque su padre, Juanjo, se compró hace meses una nueva bici de montaña, y desde entonces no para de picarle. “¿Qué harías tú con una bici como ésta?, ¿cuánto crees que tardarías en subir al Naranco con una bici así tan ligera?, ¿cómo bajarías por la Fuente de los Pastores con estos frenos tan potentes?” Andrés no entiende nada, se mosquea porque pese a tener una buena bicicleta desde hace años, quiere otra, la suya se le queda pequeña y pesa, pesa mucho para él.

Ya son casi las seis de la tarde, toda la ciudad se agolpa en las calles que forman el recorrido de la Cabalgata, los niños no sospechan nada, incluso Carlos se ha olvidado de aquello que le contaron en clase, aunque sea por unos momentos… o lo que tarda en llegar a casa. Imposible, no hay quien lo haga dormir. Francisco y Carmen insisten, “tienes que acostarte, si ven que estás despierto pasan de largo”. Pero el chaval no es tonto, y replica que ha sido bueno todo el año, que porque una noche no duerma no le van a hacer la jugarreta… Francisco tiene un plan, de todas formas.

Arriba del todo, Andrés se ha ido a tomar algo con sus amigos y, por qué negarlo, a ver un poco la Cabalgata. “¡Para el año que viene nos apuntamos de figurantes!” Bueno, eso lo llevan diciendo desde hace tiempo, y al final nunca se apuntan porque se les pasa totalmente. De vuelta a casa, todo parece una noche más, no tiene ni la más remota idea de lo que va a pasar a la mañana siguiente. Su hermana sí, pero se calla. Es la ventaja que tiene ser la mayor.

Las niñas parecían cansadas de vuelta a casa, pero tanto caramelo les ha dado un verdadero subidón y no hay quien las pare. Natalia las calma un poco y juntas empiezan a preparar el avituallamiento para los Reyes. Lo primero es el turrón y los mantecados, puestos en una bandeja en un lugar visible, para que les sea fácil de encontrar. No nos olvidemos de la bebida, que tanto trabajo agota y hay que reponer líquidos. Pepe se ríe imaginando la escena y la tremenda borrachera que debe de suponer tomarse una copita de anís en cada casa, por no hablar del dolor de cabeza del día siguiente. Por eso les dice “no, mejor ponemos Whisky…” ¿Qué falta? ¡El agua para los camellos! No se sabe muy bien cómo entran tres camellos en el ascensor, y menos cómo consiguen no hacer mucho ruido, pero agua que no falte. Rellenan un barreño y lo ponen junto a la entrada.

Carlos sigue sin dormirse. Son las cuatro y media de la mañana y no hay manera. Carmen se acostó hace tiempo, Francisco ve la tele con la seguridad de quien se sabe vencedor de la batalla. Carlos sigue empeñado en desenmascarar a los Reyes, y en el salón sigue sin haber ni un solo regalo. De todas formas, antes de las cinco el sueño acaba por derrotarle y se queda dormido en el sofá. Francisco lo lleva a la cama, casi se le escapa una lágrima al pensar en lo que será el amanecer que ya casi parece asomar por la ventana.

Pepe ha quedado con Manu e Isodore a las seis de la mañana. Evidentemente, ambos vienen de doblete, que para algo la noche ha caído en sábado. Pero son responsables y saben de la importancia de la misión. Mientras llegan, toca preparar el asunto: mordisco a cada trozo de turrón, desenvolver dos mantecados e ir a cambiarse de ropa. Eso lo hacen los tres ya juntos en el portal, para no armar mucho barullo en casa (porque las risas en el portal no faltan). Natalia ya se ha levantado también y está lista para completar el atrezzo. Entran los tres “Reyes” en casa, colocan los regalos mientras Natalia espolvorea algo de purpurina por el pasillo junto con confeti que recogió de la cabalgata: los Reyes Magos dejan estela a su paso, faltaría más. Lo que no perdonan Manu e Isidore es el lingotazo de whisky. Mediovacían el barreño de los camellos, dejando claras salpicaduras de agua alrededor, que se note que estos bichos no son delicados bebiendo, precisamente.

Las niñas no despiertan, igual hay que hacer algo más de ruido, así que “accidentalmente” chocan contra la mesa del salón. Natalia, escondida tras la puerta de la habitación de las niñas, les avisa asintiendo con la cabeza. Ángela y María, de la mano, se asoman al pasillo en el momento en el que ven pasar rápidamente tres sombras por la puerta. ¿Son ellos? Pepe tiene el tiempo justo de quitarse la túnica y la peluca y colarse de vuelta en casa y, mientras las niñas corren hacia el dormitorio de sus padres, se mete en el cuarto de baño para disimular. “Papá, te los perdiste, ¡se fueron ahora mismo!” Los regalos están ahí, y hay para todos. Se han comido casi todo el turrón, pero parece que el mantecado de chocolate no les gustó. El whisky se lo han bebido, “¡mamá, incluso los camellos bebieron! ¡Y hay purpurina!"

Carlos se despierta hacia las nueve. Ha dormido poco, y está enfadado por no haber aguantado, pero feliz porque es la mañana de Reyes. Va al salón, sus padres ya se levantaron hace un rato y le están esperando con absoluta normalidad. Pero no hay regalos. “Carlos, te lo dijimos, si saben que estás despierto no vienen”… “Pero mamá – responde Carlos – yo me dormí, ¿por qué no esperaron?”. La lágrima parece escaparse, antes de que eso pase Francisco interviene: “Carlos, estate tranquilo y vete a la cocina a por un vaso de zumo”. Efectivamente, sobre la mesa de la cocina están todos los regalos. La lágrima en esta ocasión se le termina escapando a Francisco. Este sí que ha sido el último año de la ilusión, piensa.

Y lo piensa porque sabe que Andrés anda como anda, en fase “odio la Navidad y nadie me entiende”. En el Noveno se han levantado ya hace tiempo, poco antes de las ocho. El salón está como cada mañana del seis de Enero desde hace algunos años, con regalos en paquetes brillantes apilados en pequeños montoncitos. Juanjo prepara un par de cafés y juntos los cuatro van abriendo los regalos. Recibir un jersey por Reyes no es algo que ilusione en demasía, pero
Andrés está a punto de tener los mejores Reyes que ha tenido hasta la fecha, que recordará toda su vida. Junto al jersey hay un sobre, en el sobre hay una carta. La abre confundido, su madre le dice que la lea en voz alta. No entiende nada, algo dice de que el movimiento se demuestra andando (y no “hablando”, como se oye en el anuncio de Moviline de la tele) y que proceda a pasar al dormitorio de sus padres. “¡Venga, hombre, entra!” le dice Juanjo con una enorme sonrisa. Tan enorme como la sorpresa de Andrés al ver, allí apoyada contra la pared, la mejor bicicleta que jamás pensó podría tener. Con su cuadro azul oscuro y buenísimos componentes, de su talla, limpia, nueva… suya.

Lo que recuerda Andrés del resto de aquella mañana es que poco después todos los ciclistas amigos de su padre le esperaban para estrenar la bici. Lo que nunca ha entendido es cómo sus padres lograron esconder durante semanas aquella bicicleta, y cómo nadie le dijo nunca nada pese a que todo el mundo lo sabía.

La mañana de Reyes es una de las mejores mañanas del año. Yo no recuerdo ni un día de Reyes en el que no luciese el sol. Lo que pasó hace veinte años en aquel bloque de pisos fue una maravillosa y simple concentración de ilusión y buenas intenciones. Sirva este pequeño cuento para trasladar esa ilusión y esos sentimientos a quienes hoy, desgraciadamente, no han podido celebrar el día. Y, bueno, la bici no era la de la foto, porque para esa igual uno va a tener que esperar un poco más de los 23 años que llevo queriéndola. O al menos a que alguien me la quiera vender.
 
Klein Attitude, 1990, colores "Team Dolomite"

Y yo aprovecho para pedirle a Google un editor de textos decente para Blogspot, que no hay quien haga nada bien a la primera...

jueves, 20 de diciembre de 2012

Finnair, conexiones con Asia

De cara a un breve e inesperado viaje a Europa, y a la vista de los horarios y conexiones disponibles en las compañías aéreas que vuelan desde Yangon o Bangkok, me dio por reservar con Finnair y, ya de paso, ver Helsinki aunque fuese desde el aire.
 
Pena que no me tocase este avión con ese enorme motor en la cola...

Vamos con lo malo, que es la gran decepción de no ver ni un copo de nieve en Helsinki. Yo que iba con la ilusión de un paisaje blanco y gélido, y nada de nada. Eso sí, a las cuatro de la tarde ya era de noche, mucha madera de pino en la decoración del aeropuerto, y un frío de narices en la pista, que agradecí tanto como poco apreció mi salud, acostumbrada a temperaturas ligeramente más cálidas.

Como no era plan de andar gastando demasiado, y ya que lo no gastado en billete lo iba a gastar en otras cosas más importantes, reservé en Turista con una oferta que me pareció bastante adecuada, algo más de mil dólares ida y vuelta. Y eso puede ser bueno como puede ser malo, pues una vez en el aeropuerto, al querer pasar mi billete a Business para el vuelo de vuelta me dijeron que nanay, que había que comprar otro billete, porque el mío no admitía cambios. Lógico, no sea que salga más barato aprovechar la oferta y luego pagar el upgrade que comprar directamente Business, pero me dejó un poco mal.

Nada que lamentar, no obstante. La cabina Business de los A340 de Finnair no está renovada, siendo el mismo tipo de asientos que encontramos en Thai. Sí, esos que se hacen “casi planos”, en los que te pasas la noche, si es que pretendes dormir, cayéndote hacia abajo. A ver, no voy a decir que en Business no se viaje bien, pero yo quería la configuración moderna de Finnair.  Que es como si pagas para que te lleven al aeropuerto en un Mercedes S500, y en lugar de venirte el último modelo te viene uno de 1995. Sigue siendo bueno, pero ya puestos…
 
Cabina no renovada
  
Y tanto querer, a la vuelta me tocó el A330 que sí tiene los nuevos asientos. Visto el panorama no sé si los prefiero a los viejos. Supuestamente se hacen cama horizontal, no lo dudo, pero me siguen pareciendo estrechos, algo que confirmó la azafata con la que charlé un rato durante la noche.
 
 Cabina sí renovada

Se trata de una configuración 2-1-2 bastante extraña, que hace que el que va en asiento individual tenga doble apoyabrazos. Aquí pueden ver lo que digo, tanto del espacio como de la estrechez del conjunto, y aprovecho para poner la fuente de las dos imágenes de la nueva Business, que son este blog y esta entrada en un foro, donde pueden leer (en inglés) más al respecto de la experiencia Business de Finnair.
 
Asiento individual, parece un trono
 
Pasemos, pues, al asiento asignado. ¿Perdón? Al asiento comprado, quiero decir. Sí, Finnair aplica procedimientos de compañía low-cost en sus billetes de Turista. ¿Quieres fila de emergencia? Paga. ¿Quieres primera fila? Paga. Yo lo veo bien, la verdad, da opción a quien no quiere pagar de obtener un precio más bajo, y la de asegurarse el asiento que se quiere aunque sea pagando un suplemento. Suplemento que recuerdo sobre los 70 dólares por vuelo, por cierto (vaya, la oferta ya no es tan oferta…)
 
Cabina de Turista
 
El asiento es estrecho, como corresponde a Turista. A la ida pagué fila de emergencia, lo que supuso un espacio ilimitado para las piernas. Ya que iba junto a una de las puertas laterales del Airbus A340-300. Sin duda, es la mejor opción. A la vuelta sólo pude reservar primera fila, que también es recomendable siempre y cuando a uno no le molesten los bebés, pues al ir ahí los enganches de las cunas es donde los suelen sentar. Y lloran, claro, pues esa es una de las ocupaciones principales de un bebé: llorar. En mi vuelo venían unos cuantos, hubo alguna que otra sucesión de llantos atronadores.

Hay sistema de entretenimiento individual, tampoco es que vaya muy sobrado de opciones, películas o especialmente música, pero lo hay. ¿Queda alguna compañía que siga sin tenerlo para los vuelos largos? Si es que no, entonces borren este párrafo de sus mentes y quédense sólo con lo de la limitación en música y películas. Creo que Thai tiene más y mejor selección. Vamos, que no pude despertarme escuchando el disco Femme fatale de Britney Spears, que es lo que más me gusta hacer cuando vuelo. Una cámara para ver lo que hay delante, y otra para ver lo que hay debajo. No funcionaba en ninguno de los vuelos.
 
Se puede ir viendo los datos en tiempo real, cual comandante
  
La comida no fue nada del otro mundo, incluyendo un sandwhich indescriptible y un plato de pasta frío en los vuelos cortos, aunque también uno de pasta y pollo a buen nivel en el vuelo largo de vuelta. No pidan la cerveza local, no es nada especial. El servicio sí fue en todo momento agradable y atento. Tenía una conexión realmente corta en Helsinki para volar a Ginebra, lo advertí y no menos de tres veces vinieron a reconfirmarme la puerta de embarque. Y eso es bueno. El vuelo fue puntual, y todas esas cosas que acaban por hacer una entrada aburrida.

Ahora vamos con el tema, ¿merece la pena? Finnair se publicita como la primera compañía de diseño (no sé muy bien a qué se refieren), y como experta en conexiones con Asia, ofreciendo muchos destinos y muchos vuelos. Bien, es bueno saberlo. Sucede que uno se enfrenta a muchos kilómetros de distancia desde Bangkok, y tiene básicamente tres opciones: los vuelos directos, con duración de unas 12 horas; los vuelos árabes, con escala en los Emiratos y, por tanto, dos vuelos medianos de unas 6 horas cada uno más el tiempo de escala; la opción de Finnair, que consiste en volar 10 horas hasta Helsinki, que es una ciudad que queda realmente lejos de España, Francia, Inglaterra o, en mi caso, Suiza, y luego meterse otro vuelo aburridísimo de 3 horas en el hermoso Embraer que opera FlyBe (sea lo que sea esa compañía, pues en el avión pone Finnair).
 
Embraer

Personalmente, dudo que repita con ellos. Si lo he hecho esta vez  ha sido por una cuestión de horarios (iba a pasar una noche en Bangkok y quería volar por la mañana), y por probar. Cada opción tiene sus desventajas, como son las excesivas doce horas del vuelo de Thai (que si se va en Turista debe de ser mortal), lo llenísimos que suelen ir los vuelos de Qatar, Etihad y demás, incluyendo Business, o ese viaje interminable que es hacer un vuelo largo sabiendo que aún te queda otro largo y aburrido. La ventaja de Finnair es el horario y las rutas. Bueno, y que el finlandés es como si hablasen al revés, resulta muy gracioso escucharles.
 
Finnair de diseño "Marimekko", que es como si un Iberia lo pinta Mariscal.

Finnair, conexiones diarias entre una ciudad rodeada de lagos y pinos y prácticamente cualquier sitio en Asia.
 
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