domingo, 2 de septiembre de 2012

Discovery Turbo

“Lo mejor fue cuando se derrumbaron los edificios…”

Tiendo a recordar frases de escenas de programas de televisión o películas. Desde bien pequeño, cuando llegué a saberme casi por completo el guión de Superman. Esta frase con la que abro el artículo la pronuncia Bart Simpson en un capítulo en el que sale viendo un programa de televisión dedicado al derrumbe de edificios. Demoledor (valga la redundancia), en esta ocasión el guionista quiso dejar claro, aunque fuese veladamente, que la inteligencia de Bart y de Hommer es escasa. ¿O quizá estaba retratando a la televisión americana y a sus espectadores?

Discovery Bruto

Estoy seguro de que todos ustedes recordarán la primera vez que vieron algún show norteamericano. A mí me resultaba incomprensible que las escenas durasen escasos diez minutos antes de pasar a publicidad, y que los primeros dos minutos de la siguiente escena se dedicasen a recordar lo que había pasado antes. ¿Cómo alguien habría podido olvidar lo que acababa de ver? O las pausas publicitarias eran enormes, o la gente veía la televisión sin prestar la más mínima atención, o eran programas enfocados a televidentes totalmente descerebrados. Seguramente fuesen todas esas cosas a la vez. Y son todos así, no se salva ni uno. Incluso en Top Gear han llegado a caer en esa humillación que supone recordar al telespectador lo que se ha emitido hace un cuarto de hora.

Pero la palma se la lleva Discovery Turbo. Desde que me he mudado a mi nuevo apartamento en Yangon, además de ganar en espacio, vistas y una supuesta privacidad, también he perdido en servicios y en televisión. Porque sí, tengo centenares de canales, pero han dejado de existir en mi televisor la BBC y la ESPN, y esa es una gravísima pérdida. Así, parece que lo único visible a día de hoy es Discovery Turbo. Todo mentira, tengo películas y muchos otros canales, incluyendo uno del parlamento birmano llamado Hlutaw TV, en el que siempre están en pruebas y siempre salen muchos señores vestidos de blanco sentados en una sala enorme. Pero uno acaba viendo Discovery Turbo, canal dedicado a los aficionados al mundo del motor, especialmente a aquellos que han perdido toda capacidad de raciocinio y sólo quieren entretenerse frente a la tele mientras devoran tacos e ingieren litros de cerveza. Digo yo, vamos.

El canal Discovery Turbo se resume en una programación 50% programas, 50% autopromoción de sus programas. No hay publicidad, cosa que no considero buena pues a mí me gusta ver anuncios (no digamos ya los birmanos, que dan para un blog completo). Sucede que ver tantísimas veces el mismo anuncio de programación en el que Vicky Butler Henderson (Fifth Gear) simula una especie de relación sexual a la que puntúa con un 9, mientras el dueño de Meguiars dice “this gonna blow y’away”, o aquel en el que Wayne Carini dice “seven sixty” refiriéndose a setecientos sesenta mil dólares como puja en una subasta de un (insufrible) coche clásico americano… cansa. Y cansa mucho. Pero al final acabas viendo ese canal, que paso a desmigar para aquellos que no han tenido la oportunidad de disfrutarlo.

Vicky

Básicamente en el canal se emiten dos shows de manera constante: American Hot Rod y American Chopper. El primero es un reality-show filmado en el taller del difunto Boyd Coddington, en el que construyen hot-rods a base de chasis de doble larguero, motor tocho delante (o fuera del coche), carrocerías de fibra y volantes ridículos, aderezado con pinturas molonas. En este show, en el que permanentemente están en el límite del plazo para entregar ese coche (de los demás que se ven en el taller no sabemos nada), Boyd Coddington daba muestras de cómo no llevar una empresa y de cómo no dirigir un equipo. En realidad, es un programa bastante instructivo. Al final, acaban el coche. En él sale una especie de cadáver barbilampiño que da bastante cosilla y lleva siempre la misma gorra roja puesta. De hecho, todos llevan gorra y (excepto el cadáver) tienen perilla. Aviso, con “el cadáver” no me refiero al Sr. Coddington, quien lamentablemente falleciese allá por el año 2008 por una complicación de su diabetes crónica., sino a un empleado del taller. Para aquellos a los que no le suene ese nombre, digamos que en su taller empezó a trabajar un tal Chip Foose, y si han visto cosas de los ZZ-Top, han visto coches de Boyd.

 Cadzilla, de Coddington

El otro programa es exactamente lo mismo, pero con motos chopper, que son esas basuras ridículas e inconducibles que tanto gustan a los americanos profundos. Aquí ya estamos más actualizados, al menos en el Discovery Turbo emitido en Asia, y rondamos el año 2011, en el que Paul Senior y Paul Junior (padre e hijo) se han enfadado y trabajan por su cuenta construyendo truños con horquillas enormes, ruedas ridículas y nulas suspensiones traseras, mientras se critican mutuamente. Toda una muestra de “cómo no hacerlo”, con una gestión basada en la improvisación y en nada más. Desde el diseño a la construcción. Sorprende que no se parta en dos ninguna de esas motos nada más sacarlas del taller. Resulta pues muy instructivo también.

Paul Senior

Alrededor de estos dos programas, tenemos al bueno de Wayne Carini vendiendo y comprando coches en subastas. No he visto muchos programas, pero básicamente nunca vende al precio que esperaba obtener, y todo lo que compra se lo termina quedando porque no hay quien lo venda. Un éxito, ciertamente. También aparecen “los chicos de Trick my Truck”. En realidad el título del programa no incluye lo de “los chicos”, pero me apetecía ponerlo, da mucho más ambiente decirlo. En este programilla, un grupo de gordos en bermudas grandes y con perillas fabulosas localizan al dueño de una chatarra de camión, se lo quitan y lo tunean. Los trabajos de pintura son espectaculares, todo sea dicho, pero todo lo demás es de vergüenza ajena. Desde el guión con brainstormings pre-escritos a los gritos y los “yeaaahh” que expelen todos al enseñar el producto acabado. Es una especie de “Esta casa era una ruina”, pero con camiones y mucho colesterol.

 Trick my truck, yeaaahh

Otro programa famoso es Overhaulin’. En él, el presentador le roba un coche cochambroso a alguien, dos actores se hacen pasar por policías y hablan con la víctima, una presentadora que está tremendísima lee un guión sobre la intrascendente historia de la cosa americana automovilística que van a tunear, y Chip Foose sale dibujando con una habilidad acojonante. Al final, restauran el coche, lo tunean a lo moderno, y se lo entregan al dueño. Todos los episodios son exactamente iguales, pero es gracioso ver a Chip Foose y esa pinta que tiene, así como de enano pero en tamaño grande (muy curioso). No se me enfaden los fans de Chip, a mí es un tipo que me cae muy bien y agradezco que tenga un aspecto normal. Todo lo contrario que la gente de West Coast Customs. Y es que parece ser que en Estados Unidos, excepto Jim Glickenhaus, y Jay Leno, los aficionados a los coches raros han de ir con esas bermudas negras enormes, calcetines, camisetas negras, gorras caladas y centenares de tatuajes por todas partes.

Chip Foose

Si hay algo que resulta curioso en esta cadena, además, es ver a la gente fumando y bebiendo en televisión. ¡En una televisión norteamericana! La verdad es que resulta muy chocante, pero no se cortan un pelo y ahí que salen todos fumando sin parar en el trabajo. Imagino que, dado que son “diferentes”, pueden hacerlo. No termina de convencerme.

 El de West Coast Customs y su nombre impronunciable, a la derecha

De vez en cuando ponen unos programas aburridísimos sobre barcos o aviones, cuando no una especie de reality sobre competiciones cutres de autocross y señoras teñidas mirando a sus maridos con bigote correr en ellas, así como el programa de Barry Meguiars en el que sale vestido igual que Raphael presentando tuneadas dignas del aparcamiento de la Discoteca La Pista (bueno, a veces salen cosas muy curiosas, sobre todo si se va a Europa). No debemos olvidarnos de una emisión de tres o cinco minutos llamada La vida secreta de la Formula 1, grabada en la temporada 2008, que emiten para rellenar huecos al terminar cada programa. Sería muy interesante si no fuese por dos motivos importantes: está todo ya anticuado en cuanto a novedades, y sólo tiene algo así como diez capítulos distintos, que repiten y repiten sin parar. Pero al menos salen hablando Patrick Head y Nigel Mansell, entre otros.

Y es entonces cuando emiten, de repente, cuatro o cinco programas ingleses independientes, entre los que se encuentra la cutrez televisiva de Fifth Gear. Sí, no me duele calificarlo como cutrez televisiva, pues pese al evidente presupuesto, las pruebas son irrelevantes y aburridas (y muy cortas), y los presentadores sobreactúan a niveles estratosféricos, influenciados por ese tono de voz afectadísimo que tiene Tiff Needell (todo lo que tiene de grandísimo piloto, lo tiene a veces de pesado). Pero tranquilos, también está Wheeler-Dealers para confundir a la gente sobre lo fácil/difícil que resulta la restauración de un coche, un programa con Vicky Butler Henderson, de nuevo, en el que reconstruyen coches de desguace y los venden como si fuesen buenos (curioso ver estafas en televisión), un tal Chop-Shop en el que un par de chalados hacen tuneadas a base de chapa… y lo único que merece la pena, que es un programa independiente sin título llamado algo como A …… is born, en el que un tipo realmente simpático muestra cómo construir tal o cual coche. A día de hoy, en la emisión asiática, están reconstruyendo un Land Rover Defender desde cero, una maravilla.

Chop Shop

Viendo este canal uno llega a la terrible conclusión de que buena parte de los norteamericanos son unos descerebrados (bien a tiempo completo, bien sólo cuando ven la televisión), con sobrepeso, con perillas enormes, vestidos con bermudas muy grandes y calando gorras hasta las cejas, tal y como ya he dicho. Y eso es bastante triste, la verdad. No se confundan mis lectores, a mí la pinta que lleve cada uno me trae sin cuidado, pero esos aspectos me resultan tan curiosos como ridículos. También se acaba teniendo la impresión de que restaurar y tunear un coche es una tarea sencillísima, y eso es un peligro tremendo para cualquiera que esté pensando en comprarse un coche diferente. Pero vamos, que yo seguiré poniendo el canal 52 para pasar el rato con coches de fondo. A falta de pan…

Discovery Turbo. En la emisión asiática tienen un programa indonesio sobre tuning que es verdaderamente de morirse de risa, siempre y cuando se tome con humor. Cosas más ridículas, imposible.

viernes, 18 de mayo de 2012

Comprando un coche en Birmania

Un amigo se acaba de comprar un coche, otro más que añadir a la lista de coches que han pasado por sus manos. Generalmente no los vende, sino que para deshacerse de ellos utiliza la técnica de la destrucción, bien mecánica por abuso, bien estructural por accidente. El de ahora, no lo diré. De hecho, no he visto una foto aún, se dice que es un coche italiano.

Comentando la jugada mediante el magnífico invento que es el chat del Gmail, que te permite hablar con la gente mientras quienes te rodean crees que trabajas, acabó surgiendo la idea de escribir una entrada en el blog sobre la compraventa de vehículos en Birmania. Además, estamos precisamente ahora mirando coches que comprar para usar en la oficina.

Recuerdo cuando me iba a venir desde Laos, mi jefe me decía “ahora te vas a poder comprar un coche, además”. Nada más lejos de la realidad. Durante años ha sido imposible, o casi, importar coches al país, mucho menos hacerse enviar un coche nuevo. Así, el mercado estaba saturado de coches viejos a unos precios desorbitados, que la gente vendía y compraba ganando dinero con ello. Burbuja automovilística, supongo. Eso producía situaciones absurdas, como que se pagasen cerca de veinte mil dólares por todo un Nissan Sunny Supersaloon de los años 80. Y de ahí en adelante.

Sunny del 86, por ejemplo, 20.000 USD

Aquellos afortunados que se podían costear alguno de los pocos coches que se importaban, pagaban cantidades fuera de toda lógica. Una tarde fui a cenar con un par de conocidas, conducía una de ellas. El coche era un Toyota Land Cruiser de la serie anterior a la actual, motor V8 de gasolina pero sin tapicería de piel. Por aquel coche habían pagado la friolera de 350.000 USD. Sí, han leído bien y no he puesto mal el puntito de los miles ni sobran ceros. Semejante locura, como locura era pagar 50.000 dólares por un Toyota Crown V6 de los ochenta, se veía con total naturalidad. Y, sin embargo, circulaban bastantes coches relativamente nuevos, hablando de hace escasos 10 meses.

Toyota Crown de los 80, 50.000 dólares

La cosa empezó a cambiar con la entrada en vigor de una nueva ley, promulgada para intentar modernizar el parque móvil nacional, cuyos automóviles habían llegado a un punto de destrucción absolutamente inexplicable. Más de una vez no me pude resistir y acabé preguntándole al taxista por qué le faltaba tal o cual pieza. Coches directamente sin ningún guarnecido interior, chapa a la vista; otros con los asientos delanteros sustituidos por armazones de metal con hilo plástico trenzado, a modo de silla de playa, o incluso por un banco de madera; ventanillas que no son tales, puertas de las que sólo queda la chapa exterior… ¿Mecánica? Ni idea, algo quedaría debajo de los capós.

Mediante aquella nueva ley, el propietario de un vehículo de más de X años conseguía una licencia de importación al entregar su viejo coche para desguace. Esto provocó una verdadera burbuja de coches viejos. Todavía me lamento de no haber comprado aquel terrorífico Austin que me vendían por 7.500 dólares, a la venta escasos dos meses después por 15.000, y vendido. No lo compré porque estábamos en plena temporada de lluvias y el coche no tenía limpiaparabrisas, amén de ser inconducible.

Austin de los 60 tuneado, 7.500 dólares antes del boom

La gente con dinero compraba coches viejos, sabiendo que con la licencia podrían importar y vender coches nuevos a la gente de más dinero. La jugada venía a ser comprar por 20.000, conseguir licencia, gastar 15.000 en el coche importado, pagar tasas y venderlo por 60.000, un precio acorde con el mercado local para coches nuevos, un precio incluso barato. La ley, sin embargo, dejaba claro qué modelos y de qué años se podían importar. Era muy curioso ver la lista, con por ejemplo la Serie 3 de BMW, pero sólo entre los años 1998 y 2001. Y las calles se empezaron a llenar de coches “nuevos”, como el hermoso Nissan Cedric, o los taxis chinos Chery QQ3 (la copia del viejo Daewoo Matiz). Y el Toyota Harrier, claro, cientos de Toyota Harrier por todas partes.

Nissan Cedric de 2001, 50.000 dólares


La verdad, escribo estas líneas y suenan a algo que pasó a lo largo de varios años, pero lo cierto es que se trataron de dos meses, tres a lo sumo. El Gobierno promulgó una nueva ley allá por Febrero, mediante la cual cualquier empresa con actividad económica podía optar a la licencia de importación de un vehículo. Eso hizo florecer los concesionarios de coches, que surgieron de la noche a la mañana en cada calle de Yangon. Más y más Harriers, muchas Toyota Hiace Supercustom, muchos Toyota Mark II, y un nuevo coche de moda, el Toyota Caldina, que es un familiar con una pinta estupenda y con una versión basada en el Celica 4x4.

Toyota Caldina de 2003, 45.000 dólares

El culebrón continua a día de hoy, con una nueva ley mediante la cual cualquier persona puede importar cualquier coche. Eso ha hecho bajar, relativamente, los precios de los coches en los concesionarios, y ha provocado que muchos de esos concesionarios con a penas semanas de actividad tengan que vender sus coches perdiendo dinero.

Y digo que los precios han bajado relativamente porque sigue siendo una locura. Otro coche de moda entre la juventud adinerada es el Nissan Fairlady, que en España se conoció como Z350. El domingo pasado estuve en un concesionario mirándolo, por curiosear. Tenían dos modelos, uno automático pero sin aire acondicionado y otro manual y con aire. Ambos de 2002, ambos con algo más de 100.000 kilómetros, ambos con un alerón trasero metálico espectacular, y el manual con un embrague a puntito de cascar. Se veían muy trallados, pintura saltada por todas partes, especialmente por los bajos, e interior ajado. ¿El precio? Nada más y nada menos que 39 millones de Kyats, que al cambio actual suponen 48.750 dólares. ¡Es lo que costaba cuando era nuevo!

Nissan Z350, previo al tuneo y de 2002, por 48,750 dólares

Estos precios tienen una razón de ser, más allá de las ganas de hacer dinero rápido de los importadores, y se trata de los impuestos que cobra el Gobierno. Es lógico, de algún lugar tienen que sacar el dinero, que aquí hay muchas personas pero pagan unos impuestos ridículos sobre sus rentas. Cuando uno importa un coche, el coste a pagar en tasas varía entre el 100% y el 300%. En realidad, eso se aplica para casi todas las importaciones, aunque muchos empresarios se escaqueen bajando el precio de adquisición en las facturas, como se ha hecho siempre.

Con semejantes tasas y semejantes precios, aquello que decía mi jefe de comprarme un coche era más bien como una promesa electoral. Podría, no obstante, haberme comprado alguno de los Jeep que se fabrican en el país, pero la compra resulta tan difícil como imposible resultan esos coches de conducir. Una pena, porque son realmente bonitos y por cantidades entre los 5.000 y los 15.000 dólares se puede alguien hacer con uno. Eso sí, son malos hasta decir basta.

Jeep birmano

Si los coches usados alcanzan precios de locura, ¿cuánto pueden costar los coches nuevos? Esta misma mañana, de camino al trabajo, me he cruzado con un hermoso (es un decir) Mini Countryman Cooper S, de color blanco. No es el único coche moderno que se ve, ni mucho menos. No resulta raro cruzarse con algún Range Rover Sport, y hace poco vi mi primer Range Rover Evoque, en Yangon. Haciendo la compra un día aparqué al lado de un Audi Q7, si bien es cierto que también me crucé con un Ford Escort del 86, como el que tuvimos en casa, que me provocó más alegría que el Audi. Llegando a casa otro día, había aparcado en el parking un tremendo Porsche Cayenne Turbo nuevecito.

Mercedes G65 AMG, con motor V12

Hay una señora que, además de tener un aspecto más cercano al de una prostituta que al de una mujer millonaria, se mueve por la ciudad con un coche como el de la foto de arriba.  Eso cuando no lo hace en su Mercedes S65 AMG. Junto con Thayzar, el propietario de  Air Bagan (entre muchos otros negocios), debe de tener el mejor parking del país. Thayzar tiene desde hace años su pequeña colección, con sus Ferrari 430 y 599, su Lamborghini Murcielago, su Rolls Phantom, su Bentley Flying Spur, sus Hummer, sus Mercedes… Se cuenta que los conduce por las noches en la pista del aeropuerto. Dicen que se ha comprado un Bugatti Veyron, importado de Dubai, pero yo aún no lo he visto. Sí he visto algún que otro Nissan GTR, no obstante.

Nissan GTR en Yangon

¿Qué pueden costar esos coches? No sé si darles primero el dato de lo que cuesta un Lamborghini Murcielago en Tailandia, impuestos incluidos, o si decirles directamente el coste de adquisición aproximado de un BMW X6 nuevo en Birmania. Mejor me quedo con el BMW. Soy muy friki, lo sé, voy contando cuántas unidades de tal o cual modelo exótico se ven por la ciudad, qué se le va a hacer. He podido contar 3 unidades, dos negras y una blanca. Coches hasta arriba de equipamiento y nuevos, no usados, comprados en concesionario y traídos hasta aquí en barco. Coches como el de la foto.

BMW X6 5.0i, en otro país de Asia

Pues bien, ese coche viene a salir por unos dos millones de dólares. Sí, 2.000.000 de dólares, 2M USD, US$ 2,000,000, o como lo quieran poner. Se compran en concesionarios en China o en Singapur, y se hacen venir a Birmania dentro de containers. No me pregunten cómo les pasan la revisión...

Dicho lo cual, yo seguiré yendo en taxi o alquilando mi pequeño Harrier, pues esos precios me provocan unos ataques de caspa totalmente surrealistas.

Nota: varias de las fotos son mías, otras sacadas de Internet. Otro coche que empieza a abundar mucho es el Honda Insight híbrido. Se desconoce cómo se arreglará si se estropea o qué mantenimiento llevará, pero cada vez es más habitual ver ese modelo, lo cuál es de agradecer por temas acústicos y de humos.

martes, 8 de mayo de 2012

El viajero eterno

Mi amiga Irene es verdaderamente tremenda. Nos conocimos hace algunos años jugando a una especie de Pictionary en Internet, y aunque no nos escribimos ni hablamos ni mucho menos nos vemos a menudo, siempre es un placer y una risa leer sus emails, o contarnos nuestras penurias. Ahora, desde que se casó y vive en Estados Unidos, la cosa para verse es aún más compleja, pero sigue manteniendo la acidez absoluta en sus comentarios a lo que yo diga, haga o escriba, y eso es una gozada.

El otro día me mandó un correo con un link a este artículo, titulado Síndrome del viajero eterno, en el que el autor explica lo que pasa cuando vives cambiando de ciudad cada poco, y dice que “una de las cosas que más me cuesta explicar a alguien que siempre ha vivido en el mismo lugar , es la sensación de no pertenecer a ningún sitio. Es una especie de ansiedad, de no estar a gusto, de que falta algo…”,  mientras cita otro artículo de una tal Corey Heller, quien añade que tiene “esa sensación de querer volver todo el rato, pero cuando vuelvo en realidad estoy deseando irme de nuevo”. Es un excelente artículo, muy cortito pero muy conciso, directo al grano, a la realidad de quienes aún no han encontrado su sitio o quienes directamente no lo quieren encontrar.

París y sus cosas...

Cuando me fui a vivir a París, primera experiencia fuera de casa, lejos (relativamente), y solo, recuerdo que cada noche soñaba cómo hacía mi equipaje, lo metía en el maletero del coche (que venía a ser la variable del sueño y que empezó siendo un Volkswagen Passat W8 verde), y me iba conduciendo hasta Asturias. Sin tener muy claro, sin siquiera plantearme el qué iba a hacer en Asturias. No era un sueño de todas las noches, permítanme la pequeña exageración de antes, pero sí bastante recurrente, o más que un sueño era ese pensamiento con el que terminas durmiéndote.

La realidad es que volvía a casa cada tres meses, Air Nostrum mediante, y así estuve durante más de cinco años. Cuando por fin volví, ahora que lo miro desde la distancia al haberme vuelto a marchar (y van ya dos años en Asia), veo un periodo muy positivo en mi vida. Y eso es sencillamente porque sí, fue muy positivo, pero también porque estoy idealizando aquellos meses. Esa idealización que nos pasa a todos con los lugares en los que hemos vivido, quedándonos con los recuerdos positivos. Como escribe Reven en el artículo que digo, “quieres vivir en una ciudad collage de recuerdos, experiencias y personas. Una mezcla de estilos, arquitecturas, gastronomías… Una ciudad mezcla de los recuerdos de todas las ciudades que has amado. Pero esa ciudad no existe”.

Mezcla de estilos

A mi amiga Irene le respondí, entonces, que los dos sitios que considero mi casa son tan eternos que cambios, lo que se dice cambios, pocos… Oviedo, mi ciudad desde pequeño, sigue siendo la misma ciudad provinciana llena de pijos de siempre. Bueno, no, sólo el centro sigue así, pero es que lo que nunca fue el centro, por mucho que se empeñen las inmobiliarias, siempre ha sido un tanto “etnolandia” para pasar a ser directamente Perú de un tiempo a esta parte. He estado en Oviedo hace unas semanas, después de un año sin pisar la ciudad, y habiéndola visto el año pasado sólo seis días, tras haber pasado otro año fuera. Sigue siendo todo exactamente igual, con sus tremendas ventajas de ciudad pequeña en una región tan privilegiada geográficamente como castigada climatológicamente. Apatrullar la ciudad, que es algo que me encanta hacer muy de cuando en cuando, de noche, conduciendo sin ritmo fijo, te da la sensación de que el tiempo no pasa. Ver a la gente y sus ropas lo confirma, y aunque estabas deseando ir y echabas de menos la vida en esa ciudad, o mejor dicho lo que puedes hacer saliendo de esa ciudad, de repente te vuelven a entrar ganas de irte.

Uno de los peranzanos, en la terraza

El último piso en el que viví en Oviedo era realmente una chulada, en pleno centro, Calle Fruela, con terraza, con decoración ideada por mí mismo, con unos colores, una luz, un tamaño, un todo… un frío espantoso en invierno, una calefacción carísima, una nevera ridícula, una ducha de las de darse prisa, y una bañera que intenté llenar un día para descubrir con horror no sólo que yo no cabía en ella, sino también que el agua caliente no daba para llenarla entera, encontrándome frente a una tina de agua fresca, sin agua caliente en el depósito, en pelota y con prisa por salir. Quiero aquel piso, pero necesito recordar bien para darme cuenta de que tenía muchísimos inconvenientes y que en Asturias el verano dura dos semanas.

El otro lugar que considero mi casa es nada más y nada menos que Montecarlo. Dicho así no suena nada original, cualquiera estaría a gusto viviendo en el Principado de Mónaco, a priori, aunque luego nos demos cuenta de lo carísimo que sale todo, de lo incómodo que es pasear por una ciudad vertical y llena de turistas y coches, de lo imposible que es acceder a una vivienda, etc… Tonterías, es un sitio estupendo para vivir. Y es otro de esos sitios que no ha cambiado absolutamente nada en los últimos 25 años, cosa de la que me alegro. Sólo cambia el parque móvil. Sigue habiendo turistas de bermudas entremezclados con millonarios de ropas coloridas, anuncios de inmobiliarias con precios ridículos, las mismas tiendas (o con el mismo aspecto), y el mismo circuito de Formula 1. Es más, si me apuran hay hasta los mismos hoteles, y el Lady Moura sigue atracado en su puerto. Llegar y aparcar el coche en Santa Devota es básico y fundamental, y quizá el cambio más reseñable sea que ganar el Gran Premio de Fórmula 1 ya no consiste en pasar el fin de semana con alguna de las princesas, sino en terminar el primero en la carrera. Una pena.

En realidad en Montecarlo es habitual que haya nubes

Pero a Montecarlo le pasa lo que a Oviedo, lo que a esa ciudad que no existe, como escribe Reven. Son idealizaciones, ensoñaciones. En algunas nos resulta más fácil ver la desventaja, en otras lo que nos resulta fácil es ver cómo superar la desventaja. Es lo que sucede con Luang Prabang, un pueblo en el Norte de Laos alejado de todo y que se termina en tres días, lleno de gente que nunca ha salido de ahí ni tiene ganas de hacerlo, comunicado con Bangkok por vía aérea a unos precios de locura, sin ascensores, sin semáforos… sí, sin semáforos. Hace meses abrieron un shopping mall, que no es más que un supermercado que tiene unas cuantas tiendas en la planta baja, todo propiedad china. En realidad quieres ese Luang Prabang con las playas asturianas, el clima de Mónaco y las tiendas de París. Y eso no existe.

Imponente Range Rover

Como no existe el coche perfecto, que hoy es un Range Rover, mañana un Porsche 911 y pasado un Toyota GT86, o como dije mil veces, un Cayman descapotable con cuatro asientos, pero que no sea un Boxster ni un 911 cabrio, por ser éste un coche con chepa. He vuelto a conducir el Toyota Harrier por el Delta. Una locura terminada con un sprint para poder coger el último ferry, llegando al puerto escasos cinco minutos antes de la salida. Tardar cinco horas en hacer lo que Google dice que es hora y media, perderse, circular por pistas de tierra, arenales siguiendo huellas, abandonar la ruinosa carretera para ir por el arrozal, todo para ver el Mar de Andamán. Y volver entre un tráfico tremendo de motos, bicis y carros de bueyes, a 80 por pistas, a 100 por carreteras del ancho del coche, y a 5 por lo que ellos dicen "carretera en mal estado" mientras los bajos del coche van rozando constantemente, tardando dos horas y media gracias a seguir la ruta alternativa de unos lugareños. Y debajo pongo una foto del Mar de Andamán, pero sin pie de foto porque el editor de textos de Google no es capaz de etender que quiero el pie de foto centrado.



Y ahora sigo sin saber qué coche quiero ni dónde quiero vivir. Ese Juke me ha dejado marcado, sin duda, y encima es barato.

Se llamaban peranzanos por no haber tenido muy claro cuál era peral y cuáles eran manzanos, había tres, dos siguen vivos en la casa de unos familiares, habiendo sido el tercero arrasado por un operario de la construcción.

sábado, 5 de mayo de 2012

Nissan Juke, la rana atómica

Todo el vuelo tranquilo, y se tiene que empezar a mover la cosa cuando me pongo a escribir el artículo sobre el Nissan Juke. Bien, recuerda un poco a cómo se mueve el coche al hacerle hacer lo que no se debería hacer, o lo que muchos dicen que no se debería de hacer con él, que es meterlo por cualquier sitio, bajar a una playa perdida…y subir. O simplemente pasar excesivamente rápido los badenes esos que ponen para que la gente reduzca la velocidad. Quizá no se deba de hacer, pero el coche lo pide al verlo, y cumple.

Nissan Juke, y están todos equivocados. Sí, hablo de los compradores de compactos sin personalidad. Me refiero a la personalidad del coche, que yo en los usuarios paso ya de meterme. Y es que muchos saben del desprecio que me provocan los coches compactos “generalistas”. Bueno, casi todos. Vale, la mayoría de los normales, no me salgan con un Escort RS Cosworth o un Golf IV R32. Y aquí llega el Nissan Juke, un coche tremendamente mal hecho, a romper con todo y echar por tierra las creencias aburridas de los compradores de Opel Astra, Hyundai Loquesea, y otros que sinceramente ni recuerdo. Casi todos excepto el Renault Megane familiar (negro, lunas tintadas), y el quinteto calavera de C30, A3, Serie 1 y CT200h. Bueno, y el New Beetle, claro, pero el actual, que es realmente chulo.

Juke en Lastres, Asturias

¿Y por qué? Porque es el coche más divertido que he conducido en mucho tiempo, al nivel de sonrisas de mi viejo MX5, y sin hablar siquiera de un coche carísimo, de un producto de lujo y exclusivo. Aunque el Juke quizá vaya a ser exclusivo por mera tozudez del comprador habitual, que sencillamente se equivoca cuando compra un Seat Leon o un Ford Focus. Y se equivoca porque lo que él cree que es divertido, capaz y económico, ni es divertido, ni se va a necesitar toda la capacidad, ni mucho menos resulta económico, que tener coche hoy en día sale por un pico.

¿Pero cómo un coche que digo está mal hecho puede ser tan especial para que yo escriba lo que escribo? Porque al tenerlo todo pasa a segundo plano, incluyendo el horroroso sonido de su motor 1.5dci de origen Renault. Y lo que voy a poner a continuación es una verdad como un templo, que he tenido la desgracia de conocer. ¿Desgracia? Sí, porque donde vivo actualmente nunca me podré comprar un coche que me puedo permitir con los ojos cerrados, y eso es un verdadero problema., querer un Juke y que no te lo venda nadie. Vamos al tema…

Juke

La estética es particular, o gusta o no. A mí me gusta, sin más. Pero fundamentalmente es diferente, y no hace falta gastar una millonada en un Infiniti (que además nadie conoce) para tener una rana atómica de seis ojos saltones. El tamaño es perfecto, no es grande por fuera, no es tan pequeño como dicen que es por dentro. Tres niños en el asiento trasero, de camino a la playa que digo (en realidad fueron cuatro playas en una maratón de galletas, colacao, barro, arena, lluvia y música a todo volumen), lo atestiguan. Y el maletero es más que suficiente. Y delante se va perfectamente. No hace falta más.

El interior no se nota de lujo, evidentemente. Plásticos duros abundantes. ¿Y? Al menos no es el horror de un Peugeot 308, por poner un ejemplo, aunque desconozco si ese coche tiene plásticos blandos en su interior. Plásticos blandos, plásticos duros… por el amor de Santa Culata, que vamos subidos en una rana atómica, ¡qué más darán los plásticos! Además, lo que sí resulta es diferente, y cómodo. Todo queda a mano, sorprendentemente pese a su aspecto futurista de moto cibernética. Con mil millones de pequeños fallos, que sumados hacen un coche imperfecto. Como que el reloj de la radio sea independiente del reloj de la pantalla principal, o que el ordenador de viaje se opere con un botón al que para acceder hay que meter la mano por dentro del aro del volante, o la falta de luces en los espejos de los parasoles, que eso será algo que a alguien le importará (sinceramente, no creo que sirvan de mucho).

Por dentro, foto de estudio

El arranque del motor es todo menos suave y discreto. El motor hace mucho ruido, y el ruido se siente en el habitáculo. No así las vibraciones clásicas de los diesel, como tiene que ser en un coche actual. Al arrancar, las agujas suben y bajan cual check-control ochentero. No sirve de nada, evidentemente, pero da igual. El cuadro va permanentemente iluminado en blanco, lo cuál me parece bueno. Hay una pantalla principal con unos controles que, aunque aparentes, me pareció que no servían de nada. O eso, o las diferencias entre los programas de funcionamiento Normal, Sport y Eco tienden a cero, claro, que también podría ser y, de hecho, parece lo más lógico. Pero mola ver los gráficos de potencia, par, e incluso un medidor de fuerza G en la pantallita, que por otra parte queda demasiado baja para mirar mientras se conduce.

En marcha

Parece que de momento la cosa no va bien, y el comprador del Focus va por delante en raciocinio. Intentar acceder a las plazas traseras le dará aún más razón, y entrará en estado catatónico al ver el maletero, cuyo inútil doble fondo es casi tan grande como el principal, sin contar con esa tapa tan alta a la que subir maletas puede suponer un esfuerzo considerable. Las ventanillas traseras no bajan del todo, y quedan bastante altas, quizá demasiado para tener buena visibilidad desde los asientos traseros. ¿Y?

Pisamos el embrague, y es un buen embrague. Nada que ver con las mierdas habituales, es un embrague decente. Metemos primera y nos enamoramos. El tacto de la caja de cambios, y ojo a lo que voy a poner, es delicioso. No es un BMW, ni lo pretende, ni un MX5, un S2000 o un EVO. No es eso, pero es una gozada. Seis velocidades, una caja de cambios que apetece usar, y un motor al que no le hace falta que usemos la caja. Imperfección divertidísima, uno quiere más.

Foto no contractual

¿Más? En autopista a ritmos normales o elevados, el coche va perfectamente. No es un Cayenne, claro, pero le da mil vueltas a un Volvo S40, por poner una referencia conocida por mí, y no se siente peor que un Tiguan. En carretera de curvas, pese a ser tracción delantera, es divertido y ágil, con una dirección precisa y un volante de un tacto perfecto. En ciudad es cómodo, no es muy grande, y su altura da una ventaja de visibilidad siempre de agradecer, no digamos al adentrarnos en rotondas, permitiendo ver por encima de los demás. Bueno, salvo que uno viva en una urbanización o circule por una zona un tanto pija,  tal y como me pasó el otro día, que de repente de cinco coches, los cinco eran SUV (y el mío el menos SUV pero sí el más sucio). La suspensión es dura, quizá demasiado, pero eso ayuda a la estabilidad en carreteras con buen firme. Ojo, con buen firme, porque en baches grandes o bandas de esas de reducir velocidad, si se pillan en curva y yendo rápido el coche responde con unos movimientos laterales bastante curiosos. Quizá haya que ir algo más atento, pero conduciendo es de lo que se trata, de ir atento.

¿Y ese coche qué hace? Ese coche baja por una pista en un estado lamentable a una playa en la que hace un frío que pela, y sube con un conductor nervioso que evita a toda costa parar y volver a arrancar, temeroso de que las ruedas patinen. Y se ensucia con barro y agua sucia de los charcos, y uno se lo pasa bomba, yendo a bordo de un aparato que no cuesta mucho, no gasta mucho, y es muy diferente a todo lo demás.

Camino de la playa

Y es una forma distinta de moverse, un coche que apetece coger, un coche que dejas en el garaje y lo miras mientras te alejas. Un coche al que, para ponerle tracción total, en la fábrica le ponen un motor de gasolina de 190 caballos y una caja de variador continuo, por esos motivos japoneses que nadie en su sano juicio comprende, existiendo en la misma marca (más o menos) el Renault Koleos de gasoil, con cambio manual y con tracción total.

Todo lo malo que pueda tener, que no es en absoluto grave, lo compensa ese carácter y esa estética del coche, y su capacidad para, aunque sea, meterse por algún caminillo sin pavor a dañar los bajos, sorprender a la gente empezando por el conductor, ilusionar. Evidentemente tiene lagunas de equipamiento y en el diseño prima más la estética que la funcionalidad, entendiendo por funcionalidad el maximizar el espacio interior (no sea que lo compre una familia oso, supongo).

Juke ligeramente sucio

Las alternativas son igualmente estúpidas y pasionales, y pasan a mi entender por el Mini Countryman y el Volkswagen New Beetle. Los demás, es otra liga, pero tengo clara una cosa: el Juke hace lo que los demás, pero aquellos no logran hacer lo que el Juke. Y eso es una ventaja tremenda para quien se dé cuenta de que realmente no necesita la tracción total, no necesita acomodar tres adultos en los asientos traseros, o un maletero con el que vaciar el Carrefour más cercano una vez por semana. Y para quien es capaz de prescindir de cosas a las que los fabricantes de coches “normales” nos han forzado a creer que necesitamos.

El viernes lo recogí en la oficina de Avis, y tal cuál fui al colegio a buscar a una personita que me esperaba ansiosa por ver el coche nuevo. Sí, también sirve para subirse a los bordillos y atascar calles, y de hecho lo hace muy bien. Lo devolví el martes por la mañana, lo aparqué junto al funesto Ibiza del que he hablado. Sin duda, una buena experiencia.

Subido al bordillo frente al colegio, entorno habitual

Nissan Juke, el más potente sale por unos 25.000 euros. El 1.5dci de 115 caballos es suficiente. No pidan tapicería en alcántara. No es un Range Rover Evoque, pero también cuesta la mitad. Compleméntenlo en su garaje con un buen deportivo usado, que los hay, y serán felices gastando lo que cuesta el Evoque, o mucho menos.

Hotel Xiengthong Palace, Luang Prabang


Un año hacía desde que dejé Luang Prabang para venirme a Yangon, y lo cierto es que echaba de menos esa pequeñísima ciudad laosiana. Como suele pasar cuando alguien se va de un lugar que le deja recuerdos positivos, se tiende a idealizar el sitio, uno se queda con las cosas buenas y olvida las malas, se hace una imagen mental del lugar que, generalmente, no se ajusta a la verdadera realidad. Nos pasa a todos los que cambiamos de ciudad cada cierto tiempo, en nuestra memoria se forman ideas positivas de los sitios en los que estuvimos a gusto, y corremos el riesgo de desengañarnos al regresar.

¿Es el caso de Luang Prabang? Cierto, sólo me he quedado cuatro días, pero cuatro días en los que he llegado incluso a ver posibles casas para comprar y establecerme allí. El sitio sigue siendo maravilloso, pequeño, familiar, sencillo, acogedor, bonito, limpio… Limpio, claro, en comparación con Yangon y teniendo en cuenta que es una ciudad asiática, pero limpio.

 El Mekong

Pasear por la calle, circular en moto entre el tráfico, los restaurantes frente al Mekong o al Nam Khan, las calles renovadas, el nuevo centro comercial chino tan terrible, el nuevo Airbus de Lao Airlines, el Hummer de Mr. Lee, promotor del campo de golf, laosianos con cada vez más medios, la nueva telefonía 3G… y la hospitalidad de la gente, la tranquilidad con la que se hace todo, el ritmo de vida más pausado. En definitiva, cosas que acaban por dar una calidad de vida maravillosa (para quien le guste). Y a formar esa impresión, o en mi caso a reafirmar esa idea, sin duda contribuyó el hotel en el que nos hospedamos: Xiengthong Palace.

Tráfico habitual junto al Nam Khan

He de decir que Luang Prabang está llena de plazas hoteleras, cada vez más, para todos los bolsillos, desde el mochilero que gasta más en cerveza que en dormir, al viajero de lujo a quien no le importa gastar 500 dólares o más por noche en el alojamiento, sin olvidarnos de aquellos que directamente aparcan su jet privado en el aeropuerto y se encierran en una villa con piscina privada del hotel Amantaka,  del que salen en pantalón corto y camiseta, con gafas de sol y gorra, al estilo de Jude Law y Sienna Miller hace un par de años.

Luang Prabang es un destino turístico de moda, y hay muchísimas razones para que lo sea.
Para mí, además, ha pasado a ser un destino residencial, y es el hotel Xiengthong Palace el que más ideas me ha dado sobre cómo me gustaría que fuese mi casa.

Xiengthong Palace

Se trata de un hotel muy nuevo, casi a estrenar, promovido por una agencia de viajes de la zona y dirigido por un grupo hotelero de Bangladesh, si no me equivoco. Son pocas habitaciones, 26, distribuidas en pequeños bloques dentro de la finca, rodeando un patio en el que han puesto una especie de estanque con aires de piscina, aunque no utilizable como tal. A un lado, el templo de Wat Xiengthong; del otro, una callejuela sin tráfico, paralela a la calle principal (Sakharine Road); y al otro lado, sencillamente el Mekong en todo su esplendor.  Algunas habitaciones tienen vistas al río, otras al patio interior, la nuestra era con vistas a esa callecita lateral.

Vista hacia el Mekong

Me resulta difícil ponerme a describir el hotel existiendo como existe su página web, y digo esto porque es uno de los pocos casos en los que la web resulta realista, ajustada a lo que (de momento) hay. ¿De momento? Bueno, es lo de siempre, el hotel es nuevo y aunque todo parece de muy buena calidad, su evolución dependerá del mantenimiento que se le haga. Confiemos en que sea bueno.

Conviene, antes de juzgar, saber lo que se paga por los sitios. En este caso, hablamos de menos de 100 dólares por noche (precio de oferta), con lo que hay que valorar en consecuencia. Sin embargo, he de decir que muchas cosas se situaban por encima de hoteles de renombre con precios considerablemente más altos, bien en la misma Luang Prabang, bien en otros destinos “exóticos” de Asia, por no comparar con hoteles en España, no digamos ya en Inglaterra, cosa imposible debido a los costes y a las disparidades en el nivel de vida. Lo único “bajo par”, para mi gusto, es el buffet de desayuno. Ni los croissants están al nivel de otros locales u hoteles de la ciudad, ni los productos del buffet son de calidad destacable. Pero el zumo de naranja es excelente, y hay una cocinera dispuesta a preparar cosas al momento. Digamos que, como era de esperar, es aquí donde el precio pagado se ajusta a la realidad del producto, lo que tratándose de un hotel completo, deja muchísimas cosas por encima del nivel esperado, y eso es bueno.

 Mesas en el restaurante

El diseño de la habitación es muy bueno, es como entrar en tu propia casa, con una puerta que da directamente a una preciosa escalera de madera por la que subir a tu dormitorio. Hay habitaciones en la planta baja, para quien no quiera andar trepando, pero creo que merece la pena el ligerísimo esfuerzo y acomodarse en el piso superior. Arriba, un dormitorio suficientemente amplio, con una terraza entera en madera, y un cuarto de baño amplio y equipado con bañera, ducha, un solo lavabo y el wc, que no queda cerrado o separado.

La ducha resulta amplia, la presión de agua es buena, el rango de temperaturas es excelente, la grifería es de calidad, las toallas son suficientes, los productos de aseo no están mal… y el suelo es el que quiero, sin duda, para mi casa. El aire acondicionado funciona bien y es silencioso, hay un iPod Dock disponible (y cargado con una música espantosa, todo sea dicho), kettle para hacerse un café o un té, caja fuerte en la que cabe un ordenador portátil, frutas, dos botellas de agua gratuitas cada día, minibar con cualquier cosa que se necesite, etc… Sí, son esas cosas que esperamos de cualquier hotel de cuatro o cinco estrellas, pero que no está de más nombrarlas, más si todo funciona correctamente y la experiencia nos dice que no todas están siempre disponibles en hoteles mucho más caros.

Habitación

Y hay internet, wifi, de velocidad y estabilidad suficiente, y gratuito. Como debe de ser, claro. En la recepción disponen de dos ordenadores públicos con acceso a internet, también. De nuevo cosas que damos por hecho, pero que siempre son de agradecer cuando vemos que están ahí y que funcionan, como funciona la seguridad, el personal de limpieza, la gente de recepción, el servicio del restaurante, como funciona todo.

Recepción

No creo que merezca la pena cenar en el restaurante, por cierto. En él comimos un día, costando más una comida sencilla para dos, con agua y sin postre, que la cena para tres la víspera en un conocido restaurante local (Tamarind), en el que además fuimos mejor atendidos. No fue mucho dinero, no obstante, pues la comida local de Luang Prabang es barata, incluso en sitios de mucha calidad. Pero ahí está, es bonito, las vistas son agradables y la comida no está del todo mal. Imagino que en plena temporada tendrán más ambiente en el restaurante y el bar, en plena temporada está todo lleno en Luang Prabang.
Patio interior

Que durante la estancia fuese mi cumpleaños y me lo felicitasen con letras formadas con recortes de hojas de bananero, colocadas sobre la cama, además de con un pastel que fue enviado por dos chicas del personal del hotel (no piensen mal, dos chicas uniformadas que cantaron un simpático “cumpleaños feliz”), es un detalle de los que te hacen guardar un buen recuerdo. Pero lo cierto es que, salvo por algunas cosas del desayuno tan sencillas de evitar como no cogiéndolas del buffet, y tan comprensibles a la vista del precio pagado (repito, algo menos de 100 dólares la noche por una habitación doble), no guardo más que recuerdos positivos de este hotel, lo que me lleva a recomendarlo sin lugar a dudas como una buena opción en Luang Prabang para quien prefiera carecer de piscina por el hecho de estar en pleno centro, o no quiera o no pueda pagar el triple por quedarse en La Résidence Phou Vao (olvídense de los demás de esos niveles, son sencillamente peores en todo), o le resulte imposible pagar los más de mil dólares por noche del Aman (que es, evidentemente, el mejor hotel del país si a uno no le importa dormir en un viejo hospital colonial reconvertido, cosa que a mí no me importa).

En definitiva, un buen hotel. El servicio puede que sea mejorable, pero creo que todos somos adultos para saber lo que queremos. Además, tienen un spa y, por lo visto, jacuzzi que yo no usé. Y por la mañana, los monjes pasan recolectando almas frente a las habitaciones que dan a la callecita esa lateral. No se puede pedir más.

Xiengthong Palace, Kounxoau Road, Ban Phonehueng, Luang Prabang. 
www.xiengthongpalace.com

miércoles, 25 de abril de 2012

5 días con un Seat Ibiza, motivos para comprar el Audi A1

Y vuelta a lo de siempre. Llegan las vacaciones, que de verdad este año sí que son merecidas, y toca alquilar el coche con el que moverse por mi Asturias natal. Es lo que tiene el haber vendido aquel Mazda MX5, permanentemente dispuesto a poner una sonrisa en la cara de quien en él se montaba. Y, como siempre, toca sufrir la lotería de alquilar con Avis, no sólo en cuanto a modelos de coches, sino también en cuanto a formas de reservar. Y es que no se entiende que reservando en la oficina el alquiler cueste un 30% más que haciéndolo por internet, como tampoco se entiende que salga aún más barato reservando a través de la web de Iberia Plus. Bueno, en realidad eso sí se entiende (o se quiere entender), pero que en las webs uno no sea capaz de averiguar cuánto le va a costar el seguro a todo riesgo es tremendo. Allí estaba yo, ratón en mano y rezando a Santa IP del Sagrado Router para conseguir reservar un coche. Concretamente un Fiat 500, que cuando uno alquila coche por diez días mejor coger el más barato. A fin de cuentas, el 500 será barato pero también es molón, divertido y diferente. Eso sí, con el riesgo de obtener a cambio un Chevrolet Spark. No se preocupen si, como yo, no saben de qué se trata, aquí encontrarán información sobre semejante vergüenza.


Chevrolet Spark, la cosa…

Aterrizaje tras varias horas de vuelo, descansado gracias a la POR FIN renovada clase Business del vuelo de Thai Airways de Bangkok a Madrid (bueno, renovada relativamente, al menos ya no es de los años 70), y primera sorpresa de Avis: no hay Fiat 500 (eso ya lo sabía yo…), así que me dan un Seat Ibiza, que parece ser es de un grupo superior (lo que no se sabe es superior en qué).

Fiat 500, éste no.

Resignado, con muchas ganas de llegar a casa y pocas de discutir, y negándome a pagar más suplementos, salgo al parking para observar con terror varios Citroën C3 aparcados junto a mi Ibiza. Vuelvo a la oficina, los Citroën son de la misma categoría, pido que me lo cambien y… ¡no lo hacen! Los motivos son inexplicables, pero se niegan a darme alguno de los C3 y me tengo que ir con un Seat Ibiza azul oscuro, cinco puertas, gasolina de 85 caballos. Mi desgana por conducir eso es similar a la desgana del motor por acelerar, pero qué se le va a hacer, al menos me dará para escribir algo en el blog, pienso.

Y allá voy, autopista dirección Oviedo para comenzar el sufrimiento. A estas alturas el lector se habrá dado cuenta de mi galopante pijerío automotriz. Yo simplemente me propongo relatar mi realidad respecto al artefacto hispánico alquilado, cosa que haré como con cualquier otro coche.

Se da la casualidad de que exactamente un año atrás, había alquilado yo en París un hermoso Audi A1, y sinceramente creo que venía con el mismo motor, con lo que la comparación resulta evidente. Lo similar se lo describiré con gusto, mientras saboreo una brocheta de pollo al sobrevolar algo que debería de ser Valencia, pero que no lo es salvo que la ciudad haya encogido, cuando el avión se adentra en el Mediterráneo. Técnicamente todo el coche es lo mismo. Esa afirmación, generalmente dicha por quien no se pudo permitir el Audi y se conformó con el Ibiza o el Polo en el mejor de los casos, es tan cierta como inexacta. Sí, la base mecánica es la misma, con sus motores y demás. Se nota en el interior pues los pedales están tremendamente desplazados hacia el centro, tal y como comenté sobre el Audi A1. Uno pone el pie derecho bajo la línea central del volante y no pisa el freno, sino el embrague. Y el embrague se pisa como quien pone el lavavajillas, con nulo interés. Al menos, la caja de cambios no es excesivamente mala, muy Volkswagen, correcta. Y, fundamentalmente, el motor hace muy poco ruido y se siente fino, y eso es de agradecer. No deja de ser un motor de gasolina a estrenar.

Seat Ibiza

Aquí se termina la prueba positiva del Seat Ibiza azul oscuro de cinco puertas y motor de 85 caballos. Por desgracia, es así. He dicho que no es lo mismo que un Audi A1, porque cuando hablamos de estos coches que sirven para ir de un sitio a otro, lo que haya debajo del capó realmente pierde importancia, y uno se queda con tres variables principales: lo atractivo del coche por fuera, lo atractivo del coche por dentro, y el precio. Y, a la vista está, un Seat Ibiza ni es igual ni cuesta lo mismo que un Audi A1. El Audi, como era de suponer, es mejor. ¿Por qué? Porque los asientos, el volante, los mandos, las puertas, las ventanillas, los asientos traseros, el mini-maletero, los faros, la parrilla, el mando a distancia, los cuatro aros, el techo, las tapicerías, las alfombrillas, etc… son mejores. Negarlo, es negar la evidencia.

Se suele decir que los niños nunca mienten. Los niños mienten en cuanto se van haciendo mayores, aunque enseguida se sinceren. Pero les contaré que una rubia que pronto cumplirá 10 años dijo al ver el Ibiza que el del año anterior había sido mejor, que lo cambiase. Se refería a un BMW 116d. Tenía razón, pero eso es algo evidente incluso para un ornitorrinco ciego. La comparación con el A1 es tan odiosa que uno se limita a desplazarse, aparcar y huir corriendo de la escena sin mirar atrás. Hasta el punto de perder el coche en el aparcamiento de un centro comercial, por anodino, por feo, por todo. Y la rubia, desconociendo el manido Audi, tenía razón al pedir el cambio.

El interior suena a hueco, y todo él desprende un aire “sí pero no”. Cinco días bastaron para confirmar lo dicho la primera noche ante la pregunta de un amigo mío: ¿qué tal el coche? Despreciable. Cinco días bastaron para darse cuenta de que si uno ha de comprar un utilitario y necesita que su coche sea del grupo Volkswagen, por los motivos que sea, ha de comprarse el Audi A1. Si no, volvemos a lo dicho en el caso del Dacia Sandero: un Ford Fiesta.

Ford Fiesta

De veras, no soy yo de casarme con ninguna marca, pero viendo lo que hay en el mercado y volviendo a los tres factores que uno ha de mirar cuando se compra un coche de estos, sinceramente creo que el Fiesta es imbatible. Es atractivo, suficientemente espacioso y motorizado, debe de costar más o menos lo mismo, y mecánicamente qué más dará si los coches modernos son todos buenos. O el Citroën, con una pinta realmente simpática. Pero por favor, no el Ibiza. Bueno, un Polo… tampoco, el único Polo bonito era el del año 2000 en versión GTI, rojo.

El Seat Ibiza lo hay en versiones potentes. Iba a poner “deportivas”, pero me daba un poco la risa. Estoy seguro de que el turbodiésel anda de narices, no digamos ya los gasolina de mil caballos que deben de vender. Hace bastantes años, un verano, unas amigas mías tuvieron un Ibiza GTI prestado. Aquello andaba muchísimo (o mucho si aplicamos el factor de corrección del carnet recién sacado con un Xantia diesel). Es indiferente.

El coche fue devuelto a la casa de alquiler en cuanto se pudo asegurar seguir los cinco días restantes con otro modelo, sobre el que escribiré más tarde. Allí quedó. Curiosamente, esta mañana al volver al aeropuerto para salir hacia Madrid, aparqué mi segundo coche junto al Ibiza. Estaba muy mal aparcado. Creo entender a su conductor, y me lo imagino saliendo a toda prisa de allí, sin mirar atrás y deseando olvidar a un coche que, lo diré, me da y me dio asco.

Seat Ibiza, en realidad no es tan malo, el motor anda bien y es silencioso (y gastón, que los 9 litros largos se los bebió), hay bastante sitio dentro y seguro que no es caro. Cómprense un Fiesta y háganse un favor.

jueves, 5 de abril de 2012

¿Viaje de novios por libre o con agencia?

Se acerca la temporada de bodas y, por tanto, de viajes de novios. No es que yo piense embarcarme en una luna de miel precipitada. Al contrario, en donde me voy a embarcar dentro de poco más de una semana es en una maratón de vuelos para repartir mis vacaciones entre tres países, o cuatro, y que sea lo que los controladores aéreos quieran.

A menudo se me plantea en algunos de los foros en los que participo la duda que da título a este artículo. La Gran Duda. Voy a tratar de resumir las ventajas y los inconvenientes de una forma un poco más extensa que las ventajas y los inconvenientes de la lucha cuerpo a cuerpo que mi padre decía haber estudiado en la Mili: ventajas, ves al enemigo; inconvenientes, el enemigo te ve.

La mili, que yo no hice.

Imagino la situación de la típica pareja joven que lleva dos años preparando la boda, entre elección de iglesia y restaurante, los menús, la lista de invitados, dónde se sienta quién, que si pones a tu prima en la mesa de los niños, que no que ya tiene 27 años, pues aparenta menos y no tiene novio, etc… El vestido de la novia, el traje del novio… Sí, a mi mente se me viene ese traje oscuro, camisa negra y corbata naranja o verde de los invitados, pero no tiene por qué ser así, y en casi cualquier boda la duda sobre la organización del viaje se va a plantear, sea boda de chaqué de Sastrería Plácido, sea boda de traje de tres botones de Milano.

Partiendo de la base de que la decisión final, como en todo, será la que tome la novia, empezamos aquí con el primer inconveniente y quizá el más peligroso: la responsabilidad sobre el viaje. Porque uno (una) se casa y cree que todo es maravilloso y que su luna de miel, “una vez en la vida”, va a ser perfecta y la mejor que la humanidad haya visto jamás, pasando a formar parte el recorrido y las fotos de los mejores catálogos de las mejores agencias. Pero no, las cosas no son así y como en cualquier viaje o cosa que se organiza, algo puede salir mal. Y cuando algo va mal, tendemos a buscar un responsable. Primer punto para la agencia: ¿quieres ser tú, hábil organizador, el responsable y empezar a romper la relación de pareja, o que sea una agencia contra la que ir en equipo si algo sale mal?

El enemigo potencial

Como todos sabemos, el conocimiento de destinos turísticos desconocidos es, casi siempre, elevadísimo entre quienes se empeñan en organizarse su viaje, no digamos ya entre sus familiares y amigos. Cuantas más fotos y opiniones lea, menos sabrá el dependiente de la agencia de viajes a la que hemos ido a mirar previamente. Y, por desgracia, no se trata de una ironía. O no del todo. Si bien es cierto que hay agencias en las que quienes atienden han estado en esos destinos exóticos, son las menos. Pero no nos olvidemos de la otra parte, y es que quien vende los viajes suele tener experiencia en eso, y suele vender paquetes diseñados por quienes sí conocen los destinos. ¿Por qué no aprovecharse de eso?

No nos aprovechamos por el precio, porque generalmente tendemos a creer que gastaremos menos reservando todo por nuestra cuenta. Y sí, puede que sea así, incluso puede que el ahorro sea considerable, pero también puede que no, o puede que acabemos gastando más si nuestro presupuesto nos lo permite, a base del manido “es que por la diferencia, prefiero alojarme en este otro hotel que es mejor”. O que se tuerzan las cosas y haya que ser rescatados o haya que “auto-desalojarse", como dijo una vez una señora en televisión, ofendidísima ella. Vamos ahora a una posible realidad…

Manolo y Soraya se casan, lo tienen todo ya arreglado, y han decidido hacer un tour por Tailandia y Laos. Como suele pasar, Soraya quiere terminar el viaje con una semana en la playa, algo perfectamente comprensible, de la luna de miel hay que volver morenos. Van a visitar Bangkok, Chiang Mai, Chiang Rai, Luang Prabang, Vientiane, Bangkok de nuevo, y una semanita en Krabi o en Koh Samui. Viaje ideal, qué maravilla y qué bien lo vamos a pasar.

Krabi, que es la playa esa de la roca con plantas, en medio

Manolo es un ávido usuario de Internet, participa en cuatro foros habitualmente, lee la prensa sólo en versión digital, y tiene un portátil, un Smartphone y un iPad. Todo perfectamente habitual, yo podría incluso ser ese Manolo. Por tanto, se embarca en la aventura de reservar todo por Internet por su cuenta. Y pasa horas rebuscando los vuelos por cuatro páginas diferentes hasta dar con la mejor oferta, intentando conexiones casi imposibles y preguntando si da tiempo o no a gente que no conoce en foros de dudosa credibilidad. No reserva los hoteles hasta que no ha leído las críticas de Tripadvisor, en el mejor de los casos, pues a veces es llevado por la prisa y reserva sin mirar, entrándole el pánico al ver seis críticas negativas entre las más de trescientas que tiene el hotel. Busca actividades, abre la Wikipedia, lee sobre los destinos. Reserva lo que puede por Internet y el resto ya lo hará allí. Tras varias semanas, porque Manolo además trabaja y se siguen ultimando los detalles de la boda, ha logrado reservarlo todo. O casi todo. Y además, ha ido a la agencia de viajes que conoce para preguntar precios de tours similares, con objeto de comprobar el extraordinario ahorro que está consiguiendo. Y como ahorra tanto, cambia el hotel de la playa a otro que considera mejor. Manolo no valora el tiempo invertido en reservar por su cuenta, sólo ve sus economías.

Manolo y Soraya se van de viaje. El ahorro en vuelos es importante, aunque a Bangkok vayan por Amsterdam en un vuelo de día, en lugar de directos en un vuelo nocturno. Bueno, tampoco es para tanto. Llegan a Bangkok, y ven a la salida del avión los primeros carteles de los grandes tour operadores recibiendo a sus clientes. Ellos se limitan a seguir a la gente, esperando dar con Inmigración y la recogida de equipajes. Lo logran. Recogen el equipaje (a otros les ayuda el guía) y salen a la calle. ¿Y cómo vamos al hotel? "En Todoboda leí que un taxi cuesta sólo 300 bahts". Taxi. El taxista no conoce el hotel que ha reservado Manolo. Hace un calor espantoso y no han dormido nada, comienzan las tensiones, pero la pareja se quiere tanto que da todo igual. A su lado otra pareja, de Valladolid, se sube en un monovolumen que tiene un cartel de Exotissimo Tours. Llegan al hotel. Manolo pensaba que lo había pagado ya, pero resulta que tiene que dar su tarjeta de crédito. El hotel hace una preautorización y bloquea una pasta gansa. Comienzan las dudas: ¿tendremos suficiente para el resto del viaje? Se impone mirar la cuenta corriente por internet. Cenan y se quedan dormidos en la habitación del hotel.

El glamour de viajar en avión

Tras un día en Bangkok visitando lo que sale en la guía de Lonely Planet, agotados, pasan su segunda noche en la ciudad y vuelan al día siguiente a Chiang Rai. Hay que ir al aeropuerto, claro, otro taxi. El vuelo es corto, el hotel está bien pero… bah. Van a Chiang Mai, la ciudad es una chulada pero se quedan con la duda de haberlo visto todo. Vuelan a Vientiane, han reservado un traslado con el hotel, el coche del hotel no está. Llaman, no les entienden y no entienden. Logran llegar al hotel, la habitación no les gusta y nadie sabe que es su luna de miel porque Manolo olvidó decirlo. Ven la ciudad, nadie les dijo qué ver, y se dan cuenta de que han volado al Sur para luego volar de nuevo al Norte antes de volver a Tailandia. Llegan a Luang Prabang. Contratan la excursión con el hotel, cenan en tal sitio, ven a los monjes y se ponen a organizar el traslado al aeropuerto para volver a Tailandia. Algo va mal, parece que el vuelo está anulado por el humo que ciega la visibilidad. Manolo reservó cada vuelo con una compañía distinta, aprovechando ofertas. Pide ayuda en el hotel, ese hotel de lujo tan moderno y bonito en internet pero en el que nadie habla inglés como él lo entiende. La chica de recepción dice que les ayudará a cambiar el vuelo. No entienden por qué lleva tanto tiempo. Y por qué han de pasar por una agencia local. Nueva discusión de la pareja. El vuelo se cambia pero pierden la conexión con Koh Samui porque es una compañía aérea distinta y el horario no cuadra. En Koh Samui, además, diluvia, lo mismo que en Bangkok.

Aterrizan demasiado tarde en Bangkok como para volar como querían a Koh Samui, hay que buscar hotel. Ha habido inundaciones en la isla y el tiempo es realmente espantoso, pero lo tienen ya todo confirmado. Llaman al hotel para anular, no les aceptan la anulación. Buscan ir a otro sitio, pierden un día de viaje mirando en el business center del hotel de Bangkok destinos. Reservan con Air Asia para ir a vaya usted a saber qué sitio, en Internet dicen que es bueno. Llegan, no está mal, pero no es lo que la novia quería, y la novia quería la foto en las playas de Tailandia con el cielo azul, el agua verde, las montañas con rocas y plantas, la arena blanca y el cocktail en la mano. Aquí también llueve, nadie les dijo que era época de monzones. Y la culpa la tiene el novio.

Climatología adversa, como la relación de pareja en esos momentos

Vuelan de vuelta a España. Les salió de chollo volar de Bangkok a Dehli con Jet Airways y cambiar ahí a Lufthansa vía Frankfort. 23 horas de viaje. Vuelven exhaustos y sin ninguna gana de volver al sudeste asiático. Se detestan mutuamente.

Es un caso extremo y muy novelado, claro. Disculpen la imaginativa, pero quería plantear supuestos que sí pueden pasar cuando viajamos. Y no he querido entrar en temas escabrosos de enfermedad o accidentes, que uno prefiere no pensar en esas cosas.

Lo que quiero explicar es que viajar por nuestra cuenta, cuando las expectativas del viaje son divertirse y se va con la mente abierta a cualquier cosa, es lo mejor que uno puede hacer. Improvisar, arriesgar, reservar, ahorrar aquí para gastar allí, etc… Por mi experiencia con turistas en luna de miel, sus expectativas no son esas, sino que suelen ser “todo perfecto como en la foto que vimos, cuki”. Sumémosle un absoluto desconocimiento de la realidad de los lugares a los que viajan, y la desprotección de no tener a quién quejarse o quién arregle cualquier cosa que pueda pasar. El cocktail es más peligroso que un mal mojito preparado en Pattaya con hielos de dudosa procedencia.

Qué bonito es todo…

Mi consejo es que se valore mucho lo que se va a hacer y lo que se va a ahorrar. Habría sido estúpido por mi parte reservar mi vuelo de Iberia del próximo 14 de abril con la agencia con la que trabajo aquí en Yangon, que me pedía más de 600 dólares, cuando por internet lo he comprado por 180, porque llego a mi país y sé moverme si algo sale mal con ese vuelo. Pero no sé hasta qué punto merece la pena ahorrarse un dinero y arriesgarse en un viaje que, tanto la novia como las amigas de ésta, esperan sea tan perfecto o más que la boda, y que se desarrolla en sitios desconocidos, en destinos remotos con culturas diferentes. Porque al final, de la misma forma que encargamos la preparación del banquete y el servicio a unos expertos en lugar de convertirnos en chefs y maîtres, no hay por qué empeñarse en convertirse en agente de viajes, y menos para un viaje tan “especial”.
 
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