martes 7 de julio de 2009

Hotel Urbem Valencia, uno más

Cosas raras le pueden pasar a uno, ciertamente, como que un amigo te diga un día que tiene que ir a Valencia con un coche algo especial y que, siendo el coche biplaza, tiene un asiento libre. Y entonces dices “vale”, y se organiza el tema rápidamente. Quinientos kilómetros, más o menos, hasta Madrid un sábado por la mañana, recogida del vehículo, viaje hasta Valencia ese mediodía, llegada, noche, cena, mañana y tarde del domingo, y regreso de nuevo hacia Madrid donde, ya puestos, uno recoge su propio automóvil y se vuelve para Asturias a ritmos impropios de la legislación actual española. No está mal.














El coche, preparándose para el viaje.


El hotel elegido para tan corta y extraña estancia fue, tras muchas deliberaciones, el Hotel Urbem Valencia, por lo visto antiguamente conocido como Ópera, situado al lado mismo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, en una zona totalmente nueva y plagada de edificios de apartamentos de esos que talmente parecen especulativos. Zona aparentemente tranquila, a medio camino entre el casco histórico y la zona del puerto o la playa de la Malvarrosa.

Definitivamente tengo que cambiarme el chip de los hoteles de cuatro estrellas. Lo que está claro es que uno ya no puede pensar en un cinco estrellas algo peor, sino en un tres estrellas más bonito o con cosas como de diseño. Una pena, pero es la realidad.


















Hall del hotel, con sus metales y cosas.

El hall es bonito, como todo el hotel en sí. No destaca en nada, salvo que sea la primera vez que uno entra en un hotel de este tipo. Es agradable, amplio, cómodo, fresco (cosa que se agradecía mucho, por el terrorífico calor que -para mí- hacía fuera). La piedra negra brillante, el cristal y el acero pulido le dan ese aspecto tan elegante como habitual de estos cuatro estrellas ciudadanos. No es que esté cansado de ello, es que no me sorprende en absoluto. Pero está todo limpio y ordenador, y el personal es agradable, muy agradable de hecho. Fue simpático el preguntar si podíamos dejar el coche un rato aparcado frente al hotel, recibir una respuesta relativamente negativa en un principio, mostrar el coche y pasar a tener respuesta totalmente positiva. Bueno, es lo que hay, y un Ferrari no molesta, aunque sea negro y descapotable y esté algo sucio por fuera.














Aparcados

La habitación, como suele pasar, resulta pequeña. Pero como digo “como suele pasar” seguramente no sea pequeña, sino habitual en estos hoteles. Un diseño cuidado, un equipamiento justo, una limpieza normal… pagas por lo que tienes, nada más. ¿Lujo low-cost? Podría ser, ciertamente, por lo medido de todo. Yo más bien lo dejaría en “lujo aparente”, como el que tienen las tiendas de Massimo Dutti. El baño bien, sin más. Me sigue desesperando encontrar un solo lavabo en las habitaciones dobles, pero visto que en algún hotel que presume de sus cinco estrellas, añadiendo el distintivo gran lujo detrás, también castigan al cliente con esta incomodidad, en el caso del Urbem Valencia habrá que dejarlo estar. A fin de cuentas tampoco es tan grave, son simples manías. Pero una ducha simple y con una presión de agua bastante justita no es ninguna manía. Los hoteleros siguen poniendo esas bañeras antiecológicas que nadie, salvo cuatro señoras sin bañera en casa, usa, en lugar de instalar buenas duchas con alcachofas sobredimensionadas, platos de ducha extragrandes, chorros diversos y presión, buena presión de agua. Además, todo el cuarto de baño requería una limpieza con un antical. Es increíble la cantidad de cal que tiene el agua en Valencia, cosa que pudimos comprobar más tarde limpiando (o intentando limpiar) el coche.














Así son las habitaciones por dentro, imagino que todas iguales.

Pero todo eso son puras manías mías, como digo, así que no lo tengan muy en cuenta salvo que sean ustedes como yo. Lo que no sé si es manía mía es el tema de la cama. Sinceramente, me pareció incómoda, inestable y demasiado blanda. La realidad es que dormí bastante mal, cosa que se podría achacar, no obstante, al calor o al cansancio del viaje. ¿Cansancio del viaje? En teoría no, pues esa misma tarde disfrutamos de una larga sesión en el Spa del hotel. Seamos realistas, la elección del hotel vino muy motivada por la disponibilidad del Spa. Es una gozada que sea la moda actual de los hoteles. Todo el mundo lo pone, a todo el mundo le da pérdidas, pero como cliente resulta mucho más conveniente que el terrible gimnasio que antes se exigía.

El Spa es, seguramente, lo más destacado del hotel. Una piscina pequeña pero suficientemente equipada, un frigidarium realmente frío, un caldarium realmente caliente, unas duchas térmicas funcionales (¡por fin! creí que nunca iba a encontrarlas), una sauna y un baño turco perfectos… Como tiene que ser, acompañado todo por una correcta iluminación y por la necesaria escasa afluencia de público, que hace posible disfrutar de cada estación sin prisas ni incomodidades. De la piscina, como le comenté allí mismo al personal del Spa, cabe señalar que algunos chorros tenían una duración excesiva. Esto resulta molesto para el cliente, a causa del ruido que generan, y también supone un excesivo gasto inútil de energía para el hotel. Pero la experiencia es del todo positiva, totalmente recomendable.













Pequeño, pero bien acondicionado.

Cosa que no puedo decir del desayuno, pero no por la calidad de sus productos o por la limpieza o amplitud de la sala, sino por esos detalles que te fastidian la manera de empezar el día. El primero, cosa común en la gran mayoría de los hoteles de este tipo, es el tamaño de las mesas, totalmente ridículas para quien va a tomar un desayuno buffet, incluso yendo solo. Pero fue el personal que atendía la sala quien me hizo llevarme una sensación negativa, muy negativa. Que en un principio te digan que la bebida caliente te la sirven ellos y que te la ofrezcan es normal. No es normal que, si se les dice que de momento no, se olviden de ti durante el resto del servicio. Menos normal resulta que, llegado el momento en el que uno se termina levantando y pidiéndosela a un camarero, éste te mire sencillamente mal, con una expresión mezcla de sorpresa y desgana. Sumémosle el hecho de ver camareros hablando entre ellos, sin prestar atención a las mesas, más cuando sobre la de uno mismo se van acumulando platos sucios, cosa realmente delicada dado el tamaño de la mesa, como he señalado.
















Si es que son minúsculas… como la foto.

Porque una cosa es un buffet libre, y otra un desayuno casero. Que si me lo tengo que hacer yo todo me lo hago, ojo, pero entonces que no pongan a camareros a pasearse por entre las mesas mirándote mal, como con ganas de que termines, o a hablar con sus compañeros en corrillos propios de sala de descanso de personal. Y si quieren tirarse el moco de desayuno buffet de lujo, de ese que es semi-buffet con camareros atendiéndote, cocineros preparando cosas, etc… que lo hagan bien. Podría decirse que, siendo domingo por la mañana, el personal estaba cansado y un poco pasota. No es excusa, evidentemente. Tampoco es excusa el que estuviese incluido en el precio, pues mucha gente tiende a perdonar estas cosas con el “con lo que hemos pagado…” Yo estoy dispuesto a pagar más si tengo buen servicio, pero no a renunciar a él por una oferta comercial que el hotel haya podido hacerme.

La otra restauración que probamos durante la estancia fue el brunch del domingo, debido a que no encontramos un solo restaurante en la zona del puerto o de la playa en el que ver la Formula 1, cosa imprescindible cuando se va hasta arriba de merchandising diverso de Ferrari, incluyendo la pieza más importante de todas: el coche. Bien, muy bien el brunch. Cantidades adecuadas, mucha variedad, una paella en su punto, todo tipo de bebidas, comodidad, buen servicio, tranquilidad… Aquí sí que sí, el producto estaba más cerca de un cinco estrellas que de un tres, como tiene que ser. Yo no es que comiese mucho, pero sólo en bebidas en bar ya me habría gastado (de haber pedido también algo de comer) más de lo que pagué por el brunch completo. No me entiendan mal, me refiero al hecho de pedir una clara, un gazpacho, un agua y una horchata. Además, con el brunch uno puede guardar la habitación hasta las 4 de la tarde, y eso sí que es de agradecer, de cara a salir recién duchado y listo para el viaje. Por cierto, la horchata no me gustó, al contrario que la que me tomé en un puesto en la calle.


















En definitiva, un buen hotel con detalles muy mejorables, pero que también es posible conseguir a precios muy buenos. ¿Recomendado? Sí, ¿por qué no? Desde luego que yo prefiero pagar aquí la mitad de lo que me cobrarían en ese horror llamado Balneario de las Arenas, paradigma del Gran Lujo provinciano en un entorno de chabolas (por un lado) y paseo marítimo (por el otro). Cosa rara en mí, siempre dispuesto a no pagar 200 cuando por 400 uno se puede quedar en el Ritz. Pero las cosas como son, y este hotel Urbem Valencia, aunque sólo sea por el Spa, merece la pena. El detalle de la cama es un detalle personal, y a mí me gustan las camas amplias y duras. ¿Volveré? No, evidentemente. Hay tantos hoteles de este tipo, y seguramente igual de buenos, que no necesito repetir. Para quien sólo quiera llegar, dejar el equipaje, volver a dormir, y pegarse una sesión de Spa, lo veo perfecto. No para quien pretenda hacer una “vida de hotel”, pero… ¿hay algún cuatro estrellas que te lo permita?

Hotel Urbem Valencia, poco más de 100 euros la habitación con desayuno y Spa.
www.hotelurbemvalencia.com
Calle de Menorca 22
46023 Valencia
902 161 620

domingo 14 de junio de 2009

Restaurante Fuente La Lloba

Esto que van un inglés, un francés y un español… creo que este es el inicio de los peores chistes en español jamás hechos. Sin embargo, se parece bastante al que debería de ser el inicio de este artículo, que habla de uno de los restaurantes más particulares en los que jamás he comido. No hay ni ingleses ni franceses, pero sí un catalán y un japonés, y una casa perdida en unas montañas de Asturias.

Lo que viniera esta gente a hacer aquí o, mejor dicho, el por qué acabaron montándose el negocio en semejante sitio, sigue siendo un misterio para mí. Bueno, misterio porque no me dio por preguntarles, pero es que el sitio me dejó sin palabras. Les pongo en situación: hablo de un restaurante japonés instalado en los bajos de una casa típica asturiana, perdida en un pueblo en medio de las montañas, con una carta inexistente, y que sólo da de comer previa reserva. No suena mal, ¿verdad? Mejor sabrá, como respondía siempre mi padre cuando cocinaba.














El acceso no es fácil. Les aviso de que la famosa AS-258, carretera que lleva hasta allí, no está señalizada desde la carretera general en dirección Infiesto, así que hay que ir un poco a la aventura. Yo acabé llamándoles a la desesperada. También les aviso de que esa carretera es estrecha, bacheada y empinada. Es decir, que con un Ferrari mejor no vayan (es que me alegraría mucho saber que tengo lectores que conducen Ferraris…). Pero vamos, que tampoco es algo inaccesible, ni mucho menos, y el resultado merece la pena. Primero por la espectacularidad del entorno, del paisaje, de todo. Y segundo por lo que vendrá luego, una vez instalados en la mesa.














Nosotros optamos por comer en el tatami. Sí, no es lo más cómodo del mundo y tampoco es apropiado para mujeres en falda (dependiendo de la señora), pero ya que uno se va tan lejos a comer a un japonés, conviene hacerlo bien. Como digo, el servicio es exclusivamente previa reserva, y el menú es “el que hay”. Ciertos platos son fijos, otros dependen de la temporada y de los gustos del comensal. Nos decidimos por un menú degustación completo, que a razón de 30 euros por persona no se me antoja especialmente caro. Menú que incluía un pequeño aperitivo bastante curioso, tofu frito, sushi, verduras en tempura, cerdo empanado, y los postres. Enorme, sencillamente enorme, y más para comer sentado en el suelo… o no, quizá no. ¿A alguien le parece caro ahora? Decir que cada plato es presentado por Kei, uno de los dueños, con explicaciones perfectas de qué es cada cosa y cómo se ha de comer, muy adecuado para quienes nunca hayan comido este tipo de cocina.














En la terraza cerrada, sobre el tatami

El aperitivo, que creo era de algas o de nabo, sencillamente delicioso, y un buen entrenamiento para usar los palillos. El tofu es un puro regalo para el gusto, y eso que hablamos de un cubo de masa cuajada blanca rebozada… pero es en su simplicidad donde está su delicia. La salsa de jengibre que le acompaña es aromática, sí, pero afortunadamente (para mí) no tiene ese gusto a colonia que sí tiene el jengibre encurtido típico de los restaurantes japoneses.

Los sushis estaban perfectamente preparados. Sucede que esto es bastante común en los buenos restaurantes japoneses, y que mi paladar no logra distinguir uno muy bueno de otro excelente, quizá por falta de experiencia. A mí, desde luego, me parecieron muy buenos, por no decir excelentes. Se agradece, además, que sólo uno fuese de salmón crudo, por motivos alérgicos personales. Eso sí, a destacar el wasabi artesanal que acompañaba el plato: magnífico. Acostumbrado uno a las pastas de wasabi industriales que ponen en todas partes, encontrarse con un puré casero es una muy buena sorpresa. Conviene recordar que, aunque artesanal, sigue picando muchísimo, así que ojo con el asunto.













Sushis, cortesía del Fotolog de Habana_7, que como me parece una buena foto, les hago publicidad.

Las verduras en tempura no me resultaron nada grasientas, y eso es bueno. Destaca la dulzura de la cebolla y el gusto novedoso, para mí, de la calabaza, pero sin desmerecer a las demás. El langostino en tempura, como no podía ser de otra forma, una delicia. ¿Hay alguna forma de preparar mal un langostino?

Después vino un plato de cerdo empanado en pan japonés que, para mi gusto, sobraba. Y digo que sobraba por dos motivos: ya habíamos comido bastante, y no casaba especialmente bien con el resto del menú. A mí me gustó, y mucho, pero me habría gustado más comerlo en otro tipo de menú o de ocasión. Y es que ese día yo habría podido seguir comiendo el aperitivo de algas y el sushi hasta reventar. Quizá ese cerdo nos rompió un poco el ritmo de la comida.














El postre sobre la mesa

De postre tomamos todos un helado de té verde, artesanal, que no me pareció nada especial, quizá un tanto insípido, pero es que el té verde es de por sí insípido, así que la crítica que se puede hacer es a nuestra elección, no al helado. Y digo que no al helado porque, en lo que es textura y temperatura, estaba en su punto. Yo es que no soy muy de postres, y el helado que me gusta es el de limón de Los Italianos (C/ Milicias Nacionales, Oviedo).

Toda la comida la acompañamos con cerveza. En el restaurante tienen Asahi, Sapporo y Kirin. Las tres son lagers japonesas muy conocidas, siendo la Asahi mucho más seca que las otras dos. Sinceramente, no me veo acompañando este tipo de comida con vino, aunque habrá gente capaz de ello.














Mis pixeladas señoras Madre y Tía, con las cervezas...

Ganas de volver. De volver, no de devolver, no se me confundan. Si, tengo ganas de volver allí, tomar el aperitivo, comer, y disfrutar del paisaje y del jardín. Y del perro, aunque cuando yo estuve no se dignó en salir a saludar, el muy perro. Es un ambiente tan familiar, la casa mezcla tan bien estancias asturianas con japonesas, el paisaje es tan bonito, y está tan lejos de todo (sin tener que hacer cuatro horas de coche), que es inevitable no querer volver. Si, además, se come bien, ¿se puede pedir más? Pues sí, se puede pedir el tener la experiencia ya hecha y el saber confeccionarse un menú a medida, cosa que desconozco si es posible.

Recomiendo comer en el tatami. Es, quizá, desde donde se disfruta de las mejores vistas. Para cenar, ya de noche, una mesa tradicional será más cómoda e íntima. No recomiendo llamar para reservar, simplemente porque es obligatorio. He leído por ahí que en ocasiones es necesario esperar varios días para tener mesa, así que ya están tardando en llamar…














Nota: a la vuelta, pueden continuar la carretera en dirección Lastres. Es interminable, les advierto.

Fuente la Lloba, un sitio para comer (eso dice la tarjeta del restaurante). Carretera AS-258, km. 14. Huentes, Piloña. Asturias. Teléfonos: 686 376 805 – 676 646 516. Cerrado domingo noche y lunes.

miércoles 13 de mayo de 2009

Fin del foro

Exactamente en un día indeterminado de cualquier mes del año 1997 comencé mi andadura por los foros de debate en Internet. De aquella se trataba de “grupos de noticias”, foros en diferido basados en una especie de central que recogía los mensajes, enviados cual e-mail. Sin imágenes, sin emoticonos, y con una estructura de árbol bastante curiosa para identificar a quién respondías. Duró lo que duró.













Las news, que llamábamos

No estaba del todo mal aquello, pero se vio superado por la tecnología de los foros en páginas web, mucho más amenos y con muchas más posibilidades de enriquecer los mensajes. Algo lógico, al entrar todos en la era de las tarifas planas, teniendo siempre los ordenadores conectados. Porque no, en los años de aquellos grupos de noticias uno pagaba por cada llamada que hacía, ocupando la línea telefónica. Quizá por ello, pese a que siempre existieron personajes conflictivos, los textos eran más currados, los participantes más cultos, había más nivel en los debates, las respuestas eran más respetuosas…

Pero todo cansa, y yo me cansé de los grupos de noticias. Y ahora me acabo de dar cuenta de que me he cansado de los foros. Voy a centrarme en los foros de coches, pero la realidad es que casi todos son así. Bueno, seamos justos, casi todos los foros en español, pues resulta curioso ver otros de igual temática que, en otros idiomas, resultan infinitamente más interesantes y concisos, con participaciones muchísimo más respetuosas con el resto de opiniones.

















La pongo aquí para ir preparándoles, pero sepan que ésto me duele más a mí que a ustedes.

Cuánto daño están haciendo las cámaras de 10 megapíxeles, Patiño, Cantizano, Jordi González y compañía, las tarifas planas, el Mediamarkt… Tanto que se hace sencillamente insoportable intentar mantener un debate medianamente serio. Todo el mundo participa, y esto lleva a una pérdida de calidad, de gracia, de elegancia, de todo… Y en Forocoches ya, además de insoportable, imposible. Hemos pasado de manifestar opiniones con cierta cordura a, sencillamente, decir las mayores gilipolleces en el grado más radical posible, bañándolo todo con las argumentaciones más indignas de alguien que pretenda ser considerado como persona.













El otro día un individuo argumentaba (es un decir) que la obligatoriedad del uso del cinturón de seguridad en su coche le suponía un atentado contra su derecho fundamental de libertad de movimientos en su propiedad privada. ¿Qué decir ante esto? Si es que revuelve el estómago leerlo… Esta pseudofrase, salida de la inspiración que producen Chelo García Cortés, María Eugenia Yagüe y, con perdón, sus putas madres, va uno y la pone. Y se queda tan a gusto. Y su voto vale lo mismo que el mío o el suyo, querido lector. Como lo oye.

Pero no se crean, la cosa va más allá cuando otro ser, seguramente con taras mentales provocadas en el momento del parto, añade que dado que su seguro paga a la Seguridad Social los gastos de su atención, tiene todo el derecho del mundo a bla bla bla… Disculpen, soy incapaz de seguir contándoselo sin parar un momento a vomitar, pero les digo que en el debate quedó de manifiesto la inutilidad de aquel ser para entender conceptos tan básicos como recursos limitados, atención pública, etc… Argumentaciones radicales, respondidas con educación, y devueltas con el consabido “os quedáis sin recursos”, equivalente al “me dejas hablar” de las tertulias televisivas, todo aliñado con un “sois unos borregos seguidores de la DGT”, tachando a cualquiera que no esté de acuerdo como de absoluto imbécil.


















Yo no quiero acabar así...

Y, ojo, que si al menos las discusiones fuesen radicales y a muerte, la cosa tendría su punto de gracia, pero como suele pasar con estos radicalillos de pacotilla, cuando reciben lo único que merecen en forma de adjetivo calificativo, que no es más que un realista, claro y conciso insulto (pero fundamentalmente realista, de ajustado a la realidad), se asustan y se ofenden, sacando aquello de “el insulto es el recurso de quien se queda sin recursos” (como ven, les gusta mucho esa frase), o “pierdes la razón con tus insultos”. Sí, se ve que si uno dice que el caballo blanco de santiago es blanco, y añade un expreso ", imbécil", deja de tener razón y el caballo pasa a ser morado, o pistacho. O, como me dijeron a mí, pierdo mi clase y mi elegancia. Como ustedes son lectores de este blog, no me cabe la menor duda de que saben que a las cucarachas o al pulgón no se les mata con elegancia, con clase o educación, sino que sencillamente se les fumiga y se termina con ellos. Es curioso ver cómo, quien en la vida ha tenido ni demostrado un cierto nivel de saber estar, es el primero en pedirlo cuando, desde el mayor de los respetos y con la mayor precisión de cara al ajuste perfecto a la realidad, es llamado gilipollas.

¿Y si esto sucede con discusiones tan vacuas como si una cierta casa de automóviles está a tal o cual altura en calidad, gama, diseño, etc…? Es el fenómeno de los talibanes, la talibanada nui de los internets. Defensores a ultranza de lo que sea, sólo por llevar el logo que, imagino, guía sus miserables vidas en búsqueda de la felicidad. Pues me alegro mucho por ellos si son felices, pero personalmente pueden recibir lo que viene a ser carne en barra por cierto orificio comúnmente utilizado como salida o escape. Porque uno está harto de que se le trate como si fuese tonto, cosa que ya bastante hacen a diario los programadores de televisión, o los servicios técnicos de lo que cada uno tenga contratado en casa o en la oficina, como para que venga un tuercebotas a dar lecciones sobre cosas intrascendentes.

En Forocoches, pues es del foro del que hablo, hay incluso un sub-foro dedicado a los vehículos todo-terreno. Sí, es como se lo imaginan: un lugar en el que todo el mundo ha participado en el Camel Trophy, en el que sólo caben auténticos todo-terreno, en el que salir al campo a pasar el día es ir a hacer trialeras imposibles. Un sub-foro 4x4 en el que no tiene cabida nadie que, aunque sea ligerísimamente, plantee la compra o defienda el uso de lo que, a día de hoy, se entiende como vehículo todo-terreno: un SUV. Y con la misma radicalidad que en los demás foros, claro.














“El Veyron mola pero a mi me parece una mierda XD”. Esto no es serio. O yo me voy haciendo mayor, o no sé qué me pasa, pero no puedo seguir leyendo este tipo de chorradas acompañadas de un puto XD (que, por lo visto, supone una cara sonriente con los ojos cerrados), ni mucho menos sentirme integrado en ese foro. Que no, hombre, que no. Porque, además, no merecen la pena… Es pastorearles, como bien me dijo un amigo el otro día, y yo paso.

Hace años ya, a la vista de las horripilantes faltas de ortografía que se veían en el foro, me animé a recopilarlas y hacer un texto explicativo de cada una, con tintes cómicos y ejemplos sencillos, que ayudasen a la gente a comprenderlas y a evitar su repetición. Fui correspondido con insultos medianamente escritos. A día de hoy, otro de los motivos por los que he finalizado sesión allí es, precisamente, el hecho de que comienzo a confundir si una palabra está bien o mal escrita. Todo lo malo se pega, es evidente. Y no, me niego a que eso me suceda a mí.

Tuercebotas es una expresión que me gusta. Y me gusta más por quién se la oí por primera vez de forma habitual, alguien con quien no estaré muy de acuerdo en ideas políticas, pero que sabe hablar, argumentar, discutir e invitar a tomar unas cañas o a ir al Santiago Bernabeu a ver al Madrid. Un tuercebotas es un pelanas. A mí no me gusta juntarme con pelanas, qué le vamos a hacer, ni aunque sea de forma virtual. Pero, como alguna vez tuve la genial idea de manifestar esta nimia preferencia, por lo visto soy ahora un pedante, un chulo, un engreído, un desarraigado… Mejor que ser un pelanas, sin duda.














Fin del foro. Lo siento, paren esto que yo me apeo. Estoy cansado de que cualquier indocumentado pueda opinar y discutir sobre cualquier tema, y más de que encima pretendan tener razón. Y estoy cansado de pastorear. Créanme, si están metidos en algún foro de gran volumen y les sucede algo similar, no lo duden y háganlo: finalizar sesión, log-out, salir… Nadie les va a echar de menos, serán más felices y tendrán más tiempo para hacer cosas realmente interesantes. Déjenles esas discusiones al vulgo, que cuanto más tiempo pasen en casa discutiendo, menos estarán molestando en otros lados.


















Segunda vez que lo pongo en en el blog…

Discutir en Internet es como correr en los juegos paralímpicos. Aunque ganes, sigues siendo retrasado. Pena que algunos hayamos tardado demasiado en aceptarlo, pero nunca es tarde.

Cámaras de 10 megapíxeles, compactas, con lentes sacadas del cristal que poníamos de pequeños en las chapas, y que nos premian con horribles fotos plagadas de aberraciones, desenfoques, pixelaciones, y demás defectos, a tamaño 5000x3000 de resolución, obligándole a uno a tener una pantalla del tamaño de una tele gigante del Mediamarkt para poder verlas de forma completa. El horror, también. Como el Mediamarkt.

jueves 7 de mayo de 2009

The Driving World

Si es que estoy hecho un desastre. Porque una cosa es no tener actualizado el blog, algo justificable en parte por mi cambio de residencia, pero otra es tener pendiente un artículo desde finales del mes de octubre del año pasado, y seguir así.

Espero que me sepan disculpar… Será la cama esta que compré tras devolver una de IKEA (muy bonita pero mala, lo que se dice mala, mala). O será que cada día descubro cómo se desmorona mi vida. En serio, es terrible. Imagínense, me pierden las gafas de sol en la máquina de rayos X del aeropuerto de Copenhague, se me rompen las chanclas, encuentro un agujero en mis vaqueros favoritos… ¿Qué será lo próximo? ¿Quedarme sin papel de cocina? Pues no, lo último va a ser una pre-gripe que me está dejando todo el día encamado. O sea, que es culpa de la cama.















Ahí quedaron... panda de delincuentes...

Como les he querido contar desde hace tiempo, allá por finales de octubre tuve la ocasión de participar en una de las rutas que organiza una empresa llamada The Driving World. Esta gente dicen ser la primera red social de propietarios de vehículos de alta gama, y se dedican a la organización de eventos para que éstos puedan disfrutar de sus coches, conocer sitios, hacer rutas, hacer amistades, y todas esas cosas tan bonitas que suceden cuando te juntas con gente con tus mismos intereses. Bueno, este párrafo me ha quedado realmente cursi, así que me permitirán que añada que son buenos amigos míos, y que saben lo que hacen y lo que quieren: huir de la pompa y boato de otras concentraciones de coches basadas más en lucirse que en disfrutar. Y es que aquí se viene a conducir.














En petit-comité

La idea es hacer un fin de semana con dos noches en hoteles pequeños, discretos y de decoración y gastronomía cuidadas, lejos de grandes urbes y, por tanto, de grandes aglomeraciones, con actividades durante el día como pueden ser rallyes de regularidad, rutas deportivas, visitas a pequeños museos o sitios pintorescos, etc…

En mi caso, la salida se llamaba Ruta de los Quesos, que partiendo de Oviedo nos llevaba por carreteras reviradas hasta Cabrales, con visita al museo del queso, para vuelta a Cangas de Onís, ciudad en la que se cenó, se salió, y por la mañana se visitó, incluyendo el mercado popular, altamente recomendable.














En ruta

Los hoteles elegidos fueron el Castillo del Bosque La Zoreda, un cinco estrellas que se inauguró, de hecho, de cara al evento, y el Parador de Cangas de Onís. Dado que yo iba en calidad de invitado, y que actualmente vivo en Asturias, a gusto me quedé en mi casa. No obstante, ambos hoteles son buenos conocidos míos, y si bien el Parador requiere urgentemente de una (o dos, o tres) actualización, estoy seguro de que colmaron las expectativas de los participantes. Y vaya participantes… No me voy a poner a hablar de las personas, todas tan agradables y simpáticas como maravillosamente anónimas, pero desde luego que el parking del primer hotel tardará en volver a verse como se vio aquella noche.














Para venir con el camión remolque...

La jornada del sábado se anunciaba excitante, tanto por la ruta como por las condiciones climáticas. Y es que Asturias nos despertaba con su típico cielo cubierto, las nubes bajas, y una llovizna constante que, durante algunos momentos, se transformó en diluvio. Pero como esta región es así, en plenos Picos de Europa lucía un sol radiante, lo que propició que algunos participantes pudiésemos descapotar, aunque fuese por poco tiempo… Así, camino del restaurante por fin pude adelantar a Jesús y su Ferrari 360 Spider, parado en la cuneta poniendo la capota a toda prisa mientras volvía a arreciar la lluvia. Yo preferí seguir descapotado.

La lluvia, el sol, las curvas, el otoño… la subida al Fito, auténtico circuito de competición (la carretera está adornada por un magnífico doble guardarraíl en la mayoría de las interminables curvas), se hizo bastante complicada. Y es que mover por ahí coches de dos metros de ancho y no menos de 400 caballos no es algo que se haga a diario. Los Lotus se despegaban, pero el 430 y el 911 Turbo les seguían de cerca. Por detrás, otros Porsche y Ferrari subían a un ritmo que, humildemente, consideré bastante elevado dadas las condiciones. Y cerrando el grupo mi humilde MX5 dándolo todo, y Josemi y su infatigable Lupo GTI.














La plebe, como quien dice...

La llegada al alto fue apoteósica, al estilo de la parada que hicimos anteriormente en una gasolinera. Éramos unos cuantos coches metiendo ruido, y eso siempre gusta. Durante la bajada preferí mantener las distancias, dado que no conocía la carretera y los frenos de mi coche tienen sus limitaciones. Y fue entonces cuando Efrén decidió mimetizar su Lotus de color British Racing Green con el entorno, y pasarlo a Asturian Vacas Green. Sin consecuencias, bastó el esfuerzo de todos para sacar los escasos 600 kilos de coche de la cuneta y volver a rodar.














¡Por lo negro, hombre, por lo negro!

El resto de la jornada siguió la misma tónica: muy buen ambiente, ninguna necesidad de demostrar nada a nadie, ningún pique… conducción deportiva, simple y puramente. Lo que incluyó una subida de vuelta de Arenas de Cabrales, atravesando un desfiladero, en la que dimos rienda suelta a toda la cuadra de la expedición. Quisiera aprovechar para pedir disculpas a los habitantes de la zona por el estruendo de la caravana apretando sus motores entre las montañas. O no, nada de disculpas, porque bonito fue un rato largo.

Lamentablemente, la niebla nos impidió subir a los Lagos de Covadonga. Quienes somos de la zona sabemos que en este lugar la niebla es muy traicionera, y puede reducir la visibilidad a cero en menos de lo que tarda el Ferrari F430 en cambiar de marcha. Así que lo dejamos en mera visita eclesiástica, para regresar a Cangas de Onís e instalarnos en el Parador. Y ahí fue donde yo lo dejé y me retiré camino de mi casa, dando por finalizada una buena jornada, un buen día.














Y es que de eso se encargan en The Driving World, de hacer pasar un buen día a lomos de un deportivo de prestigio (aunque en mi caso fuese un popular roadster, pero es lo que hay). Y es que esta gente se curra realmente las rutas, con visitas a hoteles buscando las mejores opciones, recorriendo mil y una vez las carreteras para evitar sorpresas, roadbooks cuidados y realistas, charlas antes de cada ruta con recomendaciones prácticas hechas por gente que sabe de lo que habla… Aquí no hay azafatas en bikini, ni cincuenta coches paseando por una ciudad escoltados por la Policía. Son salidas casi familiares, en las que lo fundamental es pasarlo bien y disfrutar del entorno y de los coches. Y no son caros. Bueno, no son caros para los sitios a los que se va, claro, y para el nivel de los participantes.

The Driving World, www.thedrivingworld.com, o como pasar un buen fin de semana entre amigos. Si alguien se quiere apuntar a alguna salida, que se dé prisa, que por decisión de la organización aceptan pocos coches de cada vez. Tanto mejor que sea así, a mi gusto.

viernes 6 de marzo de 2009

Alfa Romeo MiTo, pequeño gran coche

Me van a permitir que la introducción surrealista o, en principio, fuera de contexto de este artículo, con objeto de hacer un giro y pasar a hablar del coche en sí, me la salte. Porque lo sucedido con Europcar hace unas semanas supera cualquier cosa que pueda inventarme ahora mismo.

Por ponerles en situación, hace tiempo planeé una escapada a Ljubljana, que además de ser una ciudad muy pequeña con un par de J en su nombre, es un sitio muy bonito y que queda realmente lejos de mi Oviedo actual. Viendo las combinaciones de transporte, me decidí por volar desde Santander a Bergamo (véase artículo sobre Ryanair, el bus con alas), conduciendo entonces desde Bergamo hasta Eslovenia con un coche de alquiler. Resumiré lo ocurrido con Europcar de forma esquemática:

Alquilo por Internet un VW Tiguan; me entero de que Europcar no permite sacar a Eslovenia al Tiguan, so pena de quedarme sin cobertura de seguro por incumplir condiciones de contrato; llamo a Europcar para confirmar, no me confirman; envío un e-mail; vuelvo a llamar, me dicen que sí; envío un fax a Bergamo para que me lo digan por escrito; envío otro e-mail; llamo a Europcar y me dicen que no; nadie responde ni a fax ni a e-mails; cambio el alquiler a un Alfa MiTo; hago todo lo posible, y lo imposible, por confirmar que el MiTo sí puede circular por Eslovenia; me lo confirman; pido que me den cualquier cosa excepto un Astra si el MiTo no estuviese disponible; llego a Bergamo y pregunto qué coche tengo: “it’s an Opel Astra, sir”; la desesperación es en mí; peleo por otro coche; me dan un Nissan Xtrail, pese a negarme a pagar suplementos; el Nissan tiene 96.000km; no lo cojo y vuelvo a pelear; salgo finalmente de allí, una hora más tarde, con un Alfa MiTo al que le quito las pegatinas de la fábrica: el coche tiene 9 kilómetros en el marcador y 6 días de edad.














Campo de batalla…

Bien, al coche. Alfa Romeo MiTo 1.6 JTDm de 120cv, de un color terriblemente homosexualín, o no. Pequeño gran coche he titulado este artículo, pero esto sólo se puede entender cuando pasemos a comentar el modo D del sistema DNA que incorpora. Antes vamos con todo lo demás.

Por fuera es atractivo, es cuco, es molón. Eso es un hecho, está claro. A la gente le llama la atención, no es un coche con paragolpes y protecciones, tiene un aspecto relativamente dinámico y, a la vez, parece un osito de peluche al que estrujar. Sé de varios a los que la mera presencia de ese coche les provoca ganas de estrujarlo… en una prensa de desguace. Pero eso no quita para que el coche resulte mono a la inmensa mayoría de la gente. Eso sí, no es tan pequeño como parece en las fotos (afortunadamente).














Perdido cerca de Ursna Sela, en un sitio llamado Hudičev, en Soteska (por lo visto).

Por dentro, seamos realistas, es un coche bien terminado, con una visibilidad relativa bastante normal, unos materiales aparentes y bien rematados, unas plazas traseras que no probé (así que no hablaré de ellas), y unos asientos delanteros que, como siempre con Alfa Romeo, resultan realmente buenos. Y es que uno se pregunta por qué Alfa lleva haciendo asientos tan buenos desde hace tantos años (hablo de los años 80, ya), y otras marcas siguen poniendo esos sillones de banquetas cortas y respaldos blandos que resultan insoportables para cualquier persona de dimensiones humanas y gusto por la conducción.














Foto de catálogo, no le hice fotos por dentro.

El maletero, mi amado maletero, resulta suficiente pero tiene un acceso incómodo, por la excesiva altura del borde de carga, y la profundidad brutal del propio hueco, que hace que dejar una maleta dentro suponga elevarla mucho, para luego dejarla caer dentro. Me he acostumbrado al maletero con fondo plano y portón hacia abajo del XC90, con lo cómodo que resulta para dejar cosas, sentarse o meterse dentro, y éste del MiTo me resultó bastante inconveniente. Pero vamos, que mi historia con los maleteros es de sobra conocida… Como curiosidad, el Volkswagen Scirocco sufre del mismo mal de “las profundidades del maletero”.

El tacto de los mandos es bueno, con la dureza y precisión justas, si bien detesté el sistema del limpia-parabrisas, cuya regulación de intensidad es por rosca en vez de por posición de la palanca. Mi coche no traía sensor de lluvia, no obstante, y si lo traía no fui capaz de activarlo. Un buen volante terminado en cuero hacían olvidar el asqueroso (o normal, debería decir) tacto de la palanca de cambios. Que no, que a mí estas cosas no me terminan de convencer. O me ponen una caja dura como la de mi Mazda, o un buen cambio automático, porque lo que es disfrutar manejando el palitroque ese como que no. No obstante, sí es cierto que a un conductor habituado a coches “normales” le puede parecer precisa y directa. Desde luego que tiene un tacto mejorado respecto a un, por ejemplo, Nissan Qashqai, por hablar de otro coche que he estado viendo últimamente.














El hombre sin cabeza… (Photoshop mediante)

La amplitud interior, delante, es considerable. Ciertamente se viaja bien en el coche, pero a esto contribuye más el tacto del propio cacharro sobre las carreteras que otra cosa. Y es que se sujeta muy bien, independientemente de la velocidad que llevemos, y con la posición D del sistema DNA la dirección se vuelve tan dura que en las rectas autopistas del norte de Italia uno casi puede ir con las manos fuera del volante.

Eso sí, estos motores de gasoleo podrían ser, si por mi fuese, eliminados del planeta. Y no porque no funcionen bien, o porque sean ruidosos (que no lo son tanto), o porque no estiren… No, el problema viene por la gestión del acelerador, con ese recorrido pesado y largo que hace que el motor se sienta pesado y torpe en arrancadas. Quienes están de conducir estos coches no lo notan, pero cuando habitualmente te subes en coches con motores hipersensibles al acelerador, de esos que acaricias el pedal y ya lo tienes a 3.000 vueltas, de esos siempre dispuestos a acelerar, de esos que se sienten ligeros… pues estas cosas aceitosas no terminan de convencer. O al menos el MiTo no lo hizo en los modos de conducción normal. He podido ir comprobando, con el tiempo, que los coches con cambio automático disimulan muy bien esta característica (o defecto, según se mire) de acelerador y motor pesado. En un coche de pretensiones dinámicas, la verdad, me resulta difícil acostumbrarme a ello.














Con el control de tracción loco tras sacarlo de veinte centímetros de nieve.

El sistema DNA del que he hablado ya dos veces es un interruptor que, en sus tres posiciones, modifica los parámetros de gestión del acelerador y de la dirección (y creo que de los controles electrónicos de tracción y demás). D corresponde a un modo dinámico, N es un punto neutro, y A supuestamente es una gestión orientada a condiciones de baja adherencia. La realidad es que entre N y A no se aprecian diferencias en conducción normal aunque, por si acaso, en cuanto aparecen montones de nieve en los bordes de la carretera y el cielo se cae sobre uno, lo pones rápidamente y te sientes más seguro. En N y A el acelerador es lento y pesado, como digo, y el coche se muestra torpe. ¿Torpe? Bueno, mejor dicho se muestra normal, utilitario, insulso. Eso sí, la dirección se vuelve blanda y eso es de agradecer en las maniobras. Desconozco si en estos dos modos el coche entrega menos potencia, pero desde luego que lo parece.














El botón mágico.

Con el modo D el coche pasa de tener 120cv a 7.800cv, aproximadamente. De hecho, a igualdad de presión sobre el acelerador, en cuanto se pasa a D el coche acelera, echándonos el cuerpo hacia atrás si no estamos prevenidos. La respuesta del gas es mucho más directa, más parecida a los aceleradores de coches de gasolina. El coche está siempre voluntarioso para acelerar, y si lo llevamos entre 2.000 vueltas y unas 3.000, lo cierto es que la reserva de potencia es espectacular. Lástima que por debajo no haya tanta respuesta, pero es que si así fuese estaría escribiendo sobre un Bentley, no sobre un coche pequeño con un motor de poca cilindrada. Y lástima que en el modo D la dirección se vuelva tan sumamente dura. Y es que la respuesta del gas es ideal y adictiva, y maniobrando por ciudad uno quisiera tener esa respuesta de motor pero sin renunciar a una dirección cómoda y blanda. Porque, como digo, en modo D el volante queda demasiado rígido, forzadamente rígido me atrevería a decir. Sí, hay tacto directo en carretera de curvas, pero puede incluso llegar a fatigar.














En la gasolinera más vieja de Italia, antes de devolverlo.

En los 1.400 kilómetros que le hice al coche, más o menos, la conclusión a la que llegué me dejó un poco mosqueado. Y es que, dejando de lado consideraciones estéticas, el único atractivo que le veo al coche es su sistema DNA.
Tendría que probar una versión de gasolina, porque desde luego que en esta versión, pese a ser como digo lo que realmente te llama del coche, no parece del todo bien resuelto. Sí, el comportamiento del coche es muy bueno, es divertido, anda bien y gasta poco, y no es un coche por el que haya que pagar mucho dinero, pero… Hombre, es diferente al Grande Punto, con el que comparte plataforma y muchas cosas, y la diferencia se nota y se siente (y se ve), pero… Sí, un Clio es mejor, tan simple como eso. Mejor porque, además, es más barato, pero no es un coche que mole como sí mola el MiTo. No es un coche guay en versiones normales. No es un coche con “alma”.

Es que le falta ese punto final, ese toque definitivo en el ajuste del coche. Es bueno, pero la posible mejora se hace tan palpable que duele, que fastidia que lo hayan hecho “mal”. Mal, o no como a mí me gustaría. No se entiende que ayer, circulando con un Tiguan TDI de 140cv (20 más que el MiTo), automático, voluminoso y pesado, el coche se sintiese muchísimo más cómodo para maniobrar en cruces y desviaciones, con una dirección suave y mucha respuesta al acelerador, y no excesivamente más torpe en una conducción normal.

Por otra parte, también pude comprobar que, sin faros de Xenon, el coche no alumbra absolutamente nada. Tampoco es que frene de manera gloriosa, o como me gustaría esperar en un coche moderno y de talante supuestamente deportivo. Eso sí, como digo a alta velocidad se tiene sobre la carretera más que bien. El Pasante de Mestre, que es una autopista recién inaugurada entre Venecia y Padua, y que recuerdo elevada sobre pilares en su práctica totalidad, lo convertí en mi circuito de velocidad aprovechando la idiosincrasia italiana. Pocas veces circulé por debajo de 180 kilómetros por hora, y las sensaciones se correspondían con algo más grande que un MiTo. Básicamente por la dureza de la dirección, imagino, que me hacía partícipe de cada giro que abordaba.













Mini Clubman, el furgoneto.

En definitiva, se trata de un coche atractivo, con el componente pijo del Mini pero con más gusto a Italia que una pizza Margherita y una birra Peroni. El problema está en que, aunque la pizza y la birra son ricas y a veces apetecen, hay comidas mejores y, fundamentalmente, cervezas mucho mejores. Eso sí, son más caras, como más caro es el Mini Clubman, que es el que realmente me gusta. Que no tiene DNA, vale, pero me gusta más. Que es más caro ya lo sé, ya lo he dicho. Es mejor (o al menos para mí).

Alfa Romeo Mito 1.6 JTDm 120cv. Realmente va muy bien y anda como un cañón. Lástima que yo prefiera otra cosa. Y no es caro, creo que por 18.000 euros o así se compra.

miércoles 4 de marzo de 2009

El imbécil

¿Nunca han pensado que hay gente que, además de vivir en la más absoluta vulgaridad, presume de ello con ese orgullo que no es más que un menosprecio supremo hacia cualquier cosa elevada?

Hace tiempo hablaba de El Perfecto, un personaje realmente odioso pero que, dentro de lo insoportable que puede resultar, no deja de ser una persona con cierta capacidad e inteligencia, con cierta educación y, básicamente, una conversación que puede resultar amena si no se entra en ciertos temas con los que El Perfecto es intransigente. El imbécil está a otro nivel, muy por debajo.














Esto no tiene nada que ver, pero esta foto me gusta cómo me salió. Es en Tetuán, Marruecos.

El imbécil, que no merece ni la mayúscula, es un tipo simple. Pero simple en el peor sentido de la palabra, aquel que no sólo implica vulgaridad y nulo interés por salir de ella, pues todo lo que la gente con clase entiende que es por encima, él lo ve como una estupidez, sino ese menosprecio por lo que se sale de su norma. El imbécil no va a rebatirte nunca nada con argumentos válidos, principalmente por ser incapaz de siquiera imaginar que hay cosas más allá de su mundo. Y en su mundo, todo aquello que ustedes mis lectores, y yo, vivimos y hacemos no tiene lugar. Su mundo es vulgar.

El imbécil responde “tu madre, por si acaso” ante cualquier palabra extranjera, y se ríe por ello. Y no habla idiomas, claro. Bueno, igual él dice que sí, y se atreverá a decir “con un nivel medio”. ¿Medio? Sí, mediocre. A un imbécil nunca se le ha de insinuar que uno habla mejor tal o cual lengua, pues lo tomará a fanfarronada, intentará reírse del “contrario”, y pondrá como ejemplo supuestas situaciones que pongan de manifiesto la tristeza de la vida del otro (tristeza para él, se entiende), aunque no tengan nada que ver con lo discutido.














Pelirrojo: Hey girls, do you know how to get to Sörgheinltrg square?

Rubia: Tu madre, por si acaso.
Teñida: Tú eres imbécil, ya no pillamos
Moreno: ¿tendrán Coca Cola o Pepsi en la cafetería?


El imbécil, como el perfecto, sabe lo que conviene a todo el mundo en cualquier tema, porque lo que conviene es siempre lo más mesurado y sencillo (dentro de su exclusivo criterio). Él cree que su sencillez es la buena, la que debe imperar. No es consciente de la diferencia entre ser un tipo sencillo, y vivir y opinar con sencillez, y ser un imbécil.

Para un imbécil, una mera foto inocente puede ser la muestra global de la vida del criticado. Sirva como ejemplo una vez que mostré unas fotografías de una excursión a los Lagos de Covadonga, excursión realizada cómodamente con un Volvo XC90. Pues bien, de ahí se dedujo que no hacía falta tanto coche, que con un Skoda Octavia Scout se iba mejor, que para qué un supuesto todo terreno si no hay nieve en toda la carretera (pese a que la carretera no se veía en las fotos), que no hay dinero para mantenerlo, que seguro que lleva unas ruedas gastadas y malas, que sólo es por presumir, que mejor se pagaba el piso, que no sabía conducir y que iba estorbando por la carretera, que la tenía pequeña (lo sé, ya lo dije aquí), y cosas aún más inverosímiles.














Análisis vital absoluto, ni Grissom.

Es magnífico. Y lo mejor de todo es que se lo cree. El imbécil se cree su mentira, está por encima del bien y del mal. Piensen en algo, lo primero que se les ocurra. Pues no, están equivocados y sólo pretenden presumir y aparentar, deberían de pensar en lo que les dirá el imbécil.

¿Saben qué pasa? Que resulta muy sencillo pasar de ellos e ignorarles. Sencillo, pero a la vez duro porque, a fin de cuentas, resultan molestos y tienden a perseguir a su objetivo, para mofarse en su vulgaridad. Es a las personas de bien como Escenas de Matrimonio a la televisión de entretenimiento.












“Clarkson es un estúpido”

Como el imbécil tiene un sentido del humor tan simple, las sutilezas o ironías se le escapan. Jeremy Clarkson es un ejemplo de víctima de los imbéciles. Me alegra saber, pues, que yo a veces también lo soy. No está mal ser comparado, aunque sea remotamente y en estas tonterías, al maestro Clarkson, genio de la provocación elaborada y premio en muchas ocasiones al personaje británico peor vestido (es el de la izquierda, por cierto).

Un día insulté a uno, hace años. Ya saben que para el imbécil quien insulta es porque no tiene argumentos. Claro, yo es que soy incapaz de argumentar con una tablilla de tarima de madera, y si la piso, se rompe y me hago daño me cagaré en lo que haga falta. Pero recuerden una cosa: hay gente que, sencillamente, no merece otras respuestas.

Recuerden otra cosa: mandar a recibir por el recto a alguien no es vulgar. Bueno, reconozco que hay formas más finas de decirlo, pero no es vulgar, sino una simple realidad de lo que algunos merecen. Pueden siempre sustituirlo por el surrealista pero magnífico “que te folle un pez”. Y es que sólo de imaginar la situación uno esboza una abultada sonrisa. Un rodaballo no, piensen en algo así con más cuerpo, en plan lubina gigante. Una lubina, sí.














Está preparada para ello….

Procuren mantenerse alejados de los imbéciles, y nunca crucen palabra con ellos. Y si lo hacen, a palabras necias oídos sordos. Ellos son los de los oídos necios, y nuestras palabras les resultarán sordas.

lunes 2 de marzo de 2009

Hotel Antiq, Ljubljana

Me da la sensación, por lo que he ido viendo en páginas Web, que los países del Este, miembros del antiguo bloque comunista, todavía tienen mucho de aquello en sus establecimientos hoteleros de lujo. Esos grandes bloques de hormigón, al más puro estilo del ya desaparecido Hotel Russia de Moscú, con sus habitaciones cuadradas equipadas con una cama incómoda, un ventanal, dos mesitas, un escritorio, una butaca, una tele… y poco más. Una pomposidad similar a la de los grandes coches Volga o ZIL, con sus imitaciones relativamente conseguidas de los Cadillac y Buick americanos. Y seguramente una falta de calidad similar a la de aquellos coches.














Ljubljana, foto no contractual porque me pilló muy mal tiempo.

Ljubljana es la capital de Eslovenia, que aunque parezca mentira no es ningún país báltico, ni ninguna escisión de Prusia o de Polonia. Eslovenia fue la primera república en separarse de la antigua (y grandiosamente artificial) Yugoslavia. El General Tito, por nombrar una curiosidad, murió en Ljubljana. Y seguramente esquiase y pasase días invernales y veraniegos en Bled. Sirva esto para ilustrar el por qué Eslovenia siempre fue la zona pija de Yugoslavia, por lo que Ljubljana cuenta con tres o cuatro grandes hoteles comunistas. Uno de ellos está catalogado como cinco estrellas, y se llama Hotel Lev. No merece la pena, se lo digo yo. Un hall propio de los años 60, lo mismo que las habitaciones, pero con unos precios sorprendentemente occidentales y capitalizados. Grand Hotel Union Executive y Business, Premier Hotel, Central Hotel, Austria Trend… Sinceramente, tras haber estado viendo sus precios y sus páginas Web, tras haber pasado por allí a verlos, y tras valorar mucho las diferentes opciones sigo sin encontrar motivos para ir. Bueno, más que para ir debería decir para gastar el dinero allí.

Y es que, rebuscando por Internet, la opción preferente apareció de una forma con la que se hacía inevitable elegir otro. Podría haber ido al Hotel Mons, con un aire muy moderno y londinense, pero luego resultó estar realmente lejos del centro (todo lo lejos que se puede estar en una ciudad de 600.000 habitantes, claro), y ser más un motel que un hotel.















Hotel Mons, por ejemplo. Si tan solo estuviese en el centro...

Soy de la opinión de que, cuando se va de vacaciones a un país desconocido (aunque similar, no olvidemos que Eslovenia pertenece a la zona Euro), conviene olvidarse de las exigencias parisinas, madrileñas o londinenses. Primero porque estamos de vacaciones, y segundo porque hay que ser realista y consecuente con lo que se paga. Por ese motivo evité el Hotel Lev y su fastuosidad. Quería huir de tanta tontería a la que me he ido acostumbrando en estos cinco estrellas, y perdonar cualquier pequeño detalle por el hecho de pagar mucho menos o de estar en un establecimiento más familiar. No quiero decir que todo el mundo deba de perdonar el encontrar el teléfono desconectado en la habitación, o alguna lámpara desenchufada, o no lograr una conexión a Internet con el ordenador propio durante la estancia. No se confundan, no me he vuelto “blando” juzgando hoteles. Pero a veces hay que ser, cuanto menos, igual de honesto que el establecimiento. Y cuando el hotel no es honesto (sirva de ejemplo esa cantidad de grandes hoteles que actualmente viven de su nombre y facturan 7 ó 10 euros por un botellín de agua), entonces hay que ir a muerte exigiendo producto. Pero es que el Hotel Antiq no pretende esas cosas…














El lobby.

Una auténtica joyita, eso es lo que es este hotel. Puede resultar tremendamente kitsch, espantoso, excesivamente antiguo, lo que quieran, pero es una joya. Primero por su situación, en pleno casco antiguo de la ciudad, siendo el único de los hoteles de categoría en la zona. Es sencillamente imbatible, más si tenemos en cuenta que pese a no tener parking, el personal del hotel siempre parece dispuesto a facilitar lo que sea, como por ejemplo abrir el acceso a la zona peatonal donde (milagros de los países recién europeizados) aún se puede aparcar sin pagar. Abrir la ventana por la mañana y ver la colina del Castillo de Ljubljana, o no tener ningún ruido de tráfico ni de nada durante la noche y la mañana. Llegar andando por calles peatonales, o caminar treinta metros y estar en el río. O un acceso sencillísimo, una vez que el navegador lo localiza. Pleno casco histórico, sencillamente.














Acceso a internet gratuito, en la primera planta, patio interior. Bonito, ¿no?

Pero también es una joya por su trato personalizado, algo que podría parecer sencillo contando con sólo 16 habitaciones, pero que por experiencia sé que no siempre es así. Nejc, el chico rubio con aspecto de asesino balcánico de sangre fría que nos atendió todas las tardes, o Matjaz, otro chico igual de alto pero con menos pelo y que estuvo ahí todas las mañanas, te hacen sentirte en casa. Sí, es un cliché demasiado visto, el rollo americano clásico del “home away home”, pero es cierto. Sin olvidarme de los dos chicos que vi trabajando por las noches, con trato correctísimo y lo suficientemente internacional como para no inmiscuirse en mi vida privada ni tampoco comportarse como robots ausentes (cosa muy común de ver cuando se llega tarde a un hotel).














Como en casa.

Por motivos que no logro comprender, logré reservar el apartamento número 13 a un precio ridículo, propio de las habitaciones más pequeñas. Este apartamento es duplex, con un piso inferior que incluye un amplio salón comedor, baño, un cuartito en el que hay un sofá-cama, y una cocina que, en mi caso, estaba cerrada. Arriba queda el dormitorio, con su tejado abuhardillado a dos aguas. Lo malo: sí, la cama no era la mejor del mundo, y la ropa de cama podría ser de un dos estrellas; el sofá del salón tampoco era el más cómodo del mundo, y la tele era algo antigua; el minibar era una simple nevera y no tenía mucha variedad (aunque llenísima de alcohol); la habitación no parecía estar verificada por una gobernanta, con algún detalle a mejorar; el baño no era muy amplio para dos personas, pero sí más que en muchos cinco estrellas españoles; el acceso a la suite se hace saliendo al exterior, y si llueve te mojas; la calidad general del mobiliario y de los equipamientos es bastante modesta.














Bien bonito, limpio y útil, y con buena presión de agua, como debe de ser.

Bueno, vale, ¿y? En la suite hacía el suficiente calor como para sentirse muy a gusto pese a los 5 grados bajo cero del exterior. La cama era suficientemente cómoda, sin caer en excesos de heavenly-bed de Ritz-Carlton por la que pagas 200 euros más por noche, y aunque la ropa de cama no era mejor que la de mi propia casa, ¿es eso tan importante para un fin de semana en Ljubljana? Sofá incómodo, pero sofá. Sofá y salón con mesa de comedor, espacio y amplitud, de hecho. Amplitud, eso tan olvidado en los hoteles modernos. La tele no la encendí, evidentemente, y aunque no pudiese verla desde la cama, ¿realmente importa dadas las circunstancias? Creo que no. Sí importa cuando estás una noche en un hotel al lado del aeropuerto, pero ¿teniendo un día y medio para visitar un país? Lo dudo. Tampoco me importó que en el minibar no hubiese doble ración de cada bebida, siendo una habitación doble, porque como digo, en este hotel uno ha de olvidarse de las consideraciones “cuatrocincoestrelleras” habituales. Porque el trato es magnífico, porque la situación es imbatible, porque el precio no puede ser mejor, y porque para hacer las dos cosas básicas de uso de un hotel (sin entrar en temas privados), como son dormir y desayunar, cumple con creces. Con creces porque se duerme bien, pero también porque se desayuna muy, muy bien. Y es que el último día, siendo mi suite la única habitación ocupada del hotel, el desayuno especial que prepararon fue magnífico.














Desayuno especial, que llaman, por persona. Más el café, claro.

Claro que eché de menos el entrar en una habitación moderna con mobiliario de diseño y calidad superlativos, con un conector de audio para hacer sonar mi Ipod por toda la suite, con cincuenta productos Hermès en el cuarto de baño, con una carta de servicio de habitaciones amplísima, o con una ducha o baño de vapor en la habitación. Normal, creo que todo el mundo es capaz de echar de menos un George V parisino, como de cara a una cena ligera en casa siempre se echan de menos la ración de angulas, el platito de caviar o algo entretenido en la tele. Pero volvemos a lo de antes, a ser consecuente con lo que se tiene y con lo que se paga.














Vistas desde la suite hacia la colina, ¿no es maravilloso?

Salvo que mi presupuesto para una próxima escapada a Ljubljana aumente de forma considerable, creo que ya tengo hotel de culto en esa ciudad. Porque por 100 euros la noche (que se convirtieron en bastante menos por el descuento que me aplicaron cortesía de la casa), sé lo que tengo, mientras que por los 200 euros de los demás, mucho me temo que tendré que llevarme sorpresas. Además, pese a ser yo de la teoría de por qué gastar X si por el doble puedes quedarte en el Ritz, no me cuesta nada cambiar a la teoría opuesta.

Hotel Antiq, Gornji trg 3, Ljubljana. Teléfono +386 1 421 3560. http://www.antiqhotel.si/ No tiene ascensor… pero en su web sale un señor hablando cosas.
 
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